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San Teodoro es el patrón de los militares y de los ejércitos

Fue un militar de las legiones de la antigua Roma, de la época de Licinio. Murió mártir por negarse a ofrecer sacrificios a los ídolos. Decía que él era soldado de Cristo. Su fiesta conmemorativa es el 7 de febrero.

Es un tema clásico el de las condiciones para que una guerra sea justa. Hay que tener en cuenta además el deber de la guerra cuando es justa y necesaria, porque el pecado de omisión nunca es admisible. Y es hora ya de honrar y agradecer a todos los que han cumplido con su deber de ir a la guerra y no digamos a los que han muerto o han sufrido heridas, mutilaciones y enfermedades por cumplir su obligación, dada por Dios por ley natural de luchar cuando se debe.

«El bien común implica, finalmente, la paz, es decir, la estabilidad y la seguridad de un orden justo. Supone, por tanto, que la autoridad asegura, por medios honestos, la seguridad de la sociedad y la de sus miembros. El bien común fundamenta el derecho a la legítima defensa individual y colectiva» (Catecismo de la Iglesia Católica de 1992, CEC, nº 1909).

«Todo ciudadano y todo gobernante están obligados a empeñarse en evitar las guerras.
Sin embargo, “mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de la fuerza correspondiente, una vez agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa” (GS 79)» (Cat IC nº 2308).

«Los que, por servir a la patria, forman parte del ejército, piensen que con ello sirven a la seguridad y a la libertad de los pueblos, y que, al cumplir lealmente su deber, cooperan eficazmente al establecimiento de la paz».
(Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, nº 79).

«Los que se dedican al servicio de la patria en la vida militar son servidores de la seguridad y de la libertad de los pueblos. Si realizan correctamente su tarea, colaboran verdaderamente al bien común de la nación y al mantenimiento de la paz» (Cat IC, nº 2310).

«Hay infieles que nunca han recibido la fe, como los gentiles y los judíos. Estos no deben ser obligados de ninguna forma a creer, porque el acto de creer es propio de la voluntad. Deben ser, sin embargo, forzados por los fieles, si tienen poder para ello, a no impedir la fe con blasfemias, incitaciones torcidas o persecución manifiesta. Por esta razón, los cristianos suscitan con frecuencia la guerra contra los infieles, no para obligarles a aceptar la fe, pues si los vencen y hacen cautivos los dejan en su libertad de creer o no creer, sino para forzarles a no impedir la fe de Cristo»
(Santo Tomás, Suma Teológica, II-II, q. 10, a. 8, in c).

«Se han de considerar con rigor las condiciones estrictas de una legítima defensa mediante la fuerza militar. La gravedad de semejante decisión somete a esta a condiciones rigurosas de legitimidad moral. Es preciso a la vez:
— Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto.
— Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces.
— Que se reúnan las condiciones serias de éxito.
— Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición.
Estos son los elementos tradicionales enumerados en la doctrina llamada de la “guerra justa”.
La apreciación de estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de quienes están a cargo del bien común» (CEC nº 2309).

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No procede interpretar como una prohibición de la guerra justa la orden de Jesús a Cefas, "vuelve la espada a la vaina" (Jn 18,11), ni como una estigmatización de la profesión militar, o como una declaración de los militares como pecadores públicos.

En el Antiguo Testamento, Dios, que es el mismo Dios que el del Nuevo Testamento, ordena en varias ocasiones a los israelitas, no sólo hacer la guerra a los enemigos del pueblo de Dios, sino a veces manda su exterminio. Y castiga duramente

"Samuel dijo a Saúl: «Yahveh me ha enviado para consagrarte rey sobre su pueblo Israel. Escucha, pues, las palabras de Yahveh: Esto dice Yahveh Sebaot: He decidido castigar lo que Amalec hizo a Israel, cortándole el camino cuando subía de Egipto. Ahora, vete y castiga a Amalec, consagrándolo al anatema con todo lo que posee, no tengas compasión de él, mata hombres y mujeres, niños y lactantes, bueyes y ovejas, camellos y asnos.»
(I Sam 15,1-3)

"Batió Saúl a los amalecitas desde Javilá, en dirección de Sur que está al este de Egipto.
Capturó vivo a Agag, rey de los amalecitas, y pasó a todo el pueblo a filo de espada en cumplimiento del anatema.
Pero Saúl y la tropa perdonaron a Agag y a lo más escogido del ganado mayor y menor, las reses cebadas y los corderos y todo lo bueno. No quisieron consagrarlo al anatema, pero consagraron al anatema toda la hacienda vil y sin valor.
Le fue dirigida la palabra de Dios a Samuel diciendo:
«Me arrepiento de haber dedo la realeza a Saúl, porque se ha apartado de mí y no ha ejecutado mis órdenes.»
(I Sam 15,7-11).

"Samuel dijo: ¿Acaso se complace Yahveh en los holocaustos y sacrificios como en la obediencia a la palabra de Yahveh? Mejor es obedecer que sacrificar, mejor la docilidad que la grasa de los carneros.
Como pecado de hechicería es la rebeldía, crimen de terafim la contumacia. Porque has rechazado la palabra de Yahveh, él te rechaza para que no seas rey".
(I Sam 15,22-33).

"Después dijo Samuel: «Traedme a Agag, rey de los amalecitas», y vino Agag hacia él y se resistía diciendo: «En verdad es amarga la muerte.»
Samuel dijo: «Como tu espada ha privado a las mujeres de sus hijos, así entre las mujeres, privada de su hijo será tu madre», y Samuel despedazó a Agag ante Yahveh en Guilgal".
(I Sam 15,31-33).

Fue Samuel, el anciano profeta de Dios, el que dio muerte al rey de los amalecitas, Agag, cumpliendo la orden de Dios.

Es el mismo Dios el del Nuevo Testamento y el del Antiguo Testamento. Fueron los maniqueos los que dijeron blasfemando que el Dios del Antiguo Testamento es el Dios malo porque ordena guerras y castigos. Y que el Dios bueno es el del Nuevo Testamento, que es el Padre de Jesucristo.

Son los maniqueos los que dicen que son malos los castigos, las leyes, los jueces, la guerra y los militares.

Jesucristo manda a san Pedro envainar la espada en aquella ocasión del prendimiento. En otras ocasiones Dios manda hacer la guerra.

San Agustín, como doctor de la Iglesia que es, explica que los cristianos deben soportar las persecuciones, pero que en ocasiones deben reprimir a los enemigos:

"La ciudad celestial, en cambio, conoce a un solo Dios..., no puede tener comunes con la ciudad terrena las leyes religiosas. Y por éstas se ve en la precisión de ...ser una carga para los que sienten lo contrario y soportar sus odios y sus violentas persecuciones, a menos de refrenar alguna vez los ánimos de sus enemigos con el terror de su multitud, y siempre con la ayuda de Dios" (La Ciudad de Dios, XIX; 17).

San Agustín dictamina incluso que no hay ningún inconveniente en que se funde una Orden religiosa dedicada a la vida militar:

"No creas que no puede agradar a Dios quien sirve en las armas. Entre ellos estaba el santo David, a quien Dios rindió un homenaje tan bello. Ahora bien: las órdenes religiosas han sido fundadas para que los hombres agraden a Dios. Luego no hay ningún inconveniente en que se funde una Orden religiosa dedicada a la vida militar”.
(San Agustín, Ad Bonifacium. Citado por santo Tomás de Aquino en STh, II-II, q. 188, a. 3, s.c.).

Santo Tomás enseña como san Agustín que «muy bien puede fundarse una Orden religiosa para la vida militar, no con un fin temporal, sino para la defensa del culto divino, de la salud pública o de los pobres y oprimidos». (STh II-II, 188,3).

“Puede fundarse una Orden religiosa no sólo para las obras propias de la vida contemplativa, sino también para las de vida activa en lo que llevan consigo de ayuda al prójimo y servicio a Dios, no en lo que se refiere a negocios mundanos. En cuanto al oficio militar, puede ir ordenado a la ayuda al prójimo no sólo en orden a las personas privadas, sino también para defensa de todo el estado. Por eso se dice de Judas Macabeo, en 1 Mac 3,2-3, que combatía con alegría en las batallas de Israel y aumentó la gloría de su pueblo. Puede también ordenarse a la conservación del culto divino. Y por ello se añade, en el mismo pasaje (v.21), que Judas dijo: Luchamos por nuestras vidas y por nuestras leyes. Y más adelante, en 13,3, dice Simón: Ya sabéis lo que yo, mis hermanos y la casa de mi padre hemos luchado por nuestras leyes y por el santuario. Por consiguiente, puede fundarse lícitamente una Orden religiosa que se dedique a la vida militar, no con una finalidad temporal, sino para defensa del culto divino, del bien público o incluso de los pobres y oprimidos, según se dice en el salmo 81,4: Salvad al pobre, librad al indigente de las manos del pecador”.
(Santo Tomás de Aquino en STh, II-II, q. 188, a. 3).

Santo Tomás de Aquino plantea esta objrción:

“Toda Orden religiosa tiene como meta el estado de perfección. Pero es propio de la vida cristiana lo que el Señor dice en Mt 5,39: Yo os digo: no resistáis al mal, y si alguno te abofetea en la mejilla derecha, dale también la otra. Ahora bien: todo esto está en contraposición con la vida militar. Luego ninguna Orden religiosa puede ser fundada para dedicarse a la vida militar”. (Ib.).

Y la resuelve de esta manera:

"Existen dos maneras de no oponer resistencia al mal. En primer lugar, perdonando la injuria personal, y puede ser necesaria para la perfección cuando lo exige el bien de los demás. En segundo lugar, tolerando pacientemente las injurias de los demás, y esto es imperfección o incluso vicio, supuesto que se pueda resistir debidamente al que comete injusticia. Por eso dice San Ambrosio en De Offic. : 'Es totalmente justa la fuerza que defiende a la patria contra los bárbaros, los enfermos del país o los amigos contra los ladrones'. Del mismo modo, el Señor manda (Lc 6,30): No reclames lo que es tuyo.
Y, sin embargo, si alguno no reclama lo que es de otros cuando debe hacerlo, peca, ya que el hombre hace bien en dar lo suyo, pero no lo ajeno, y mucho menos debe descuidar las cosas del Señor, ya que, como dice San Juan Crisóstomo en Super Mt., 'es una gran impiedad no preocuparse por las injurias contra Dios'”.
(Santo Tomás de Aquino en STh, II-II, q. 188, a. 3, ad 1um).

 

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San Francisco de Asís prescribe a sus frailes que guerreen en caso de necesidad con las armas en las manos, lo mismo que hizo san Raimundo de Fitero al frente de sus cistercienses:

"Los hermanos no lleven armas ofensivas, sino para defender a la Iglesia Romana, a la fe cristiana o a su tierra natal, o con el permiso de sus ministros“.
(Primera Regla).


Santa Teresa del Niño Jesús tenía vocación de cruzado y se consideraba hermana de santa Juana de Arco. Dentro de su vocación total al amor.

Siento la vocación de guerrero... Siento en mi alma el valor de un cruzado, de un zuavo pontificio. Quisiera morir por la defensa de la Iglesia en un campo de batalla... (Historia de un Alma, Manuscrito B, 2vº)

Como Juana de Arco, mi hermana querida, quisiera susurrar tu nombre en la hoguera (Historia de un Alma, Manuscrito B, 3rº)

Santa Bernadette se ofrece como zuavo al Papa, el beato Pío IX.

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.La Orden Militar de Calatrava y San Raimundo de Fitero...La guerra necesaria hoy para detener la persecución religiosa de Oriente medio y de África.