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La política de san Luis

Por José Manuel Zubicoa Bayón

CRISTIANDAD, Año XXXI - Núm. 522 - 523, agosto - septiembre de 1974, pág. 224

Estamos ante la gran figura de un rey del siglo XIII, de la época cumbre de la Cristiandad medieval. Se trata de un santo entre otros santos monarcas que hubo en la Edad Media. Por su relación con santo Tomás y san Buenaventura, cuyo séptimo centenario conmemoramos este año, es por lo que ahora tratamos de san Luis de Francia. Para iluminar una época en la que estuvieron vigentes como nunca hasta ahora unas normas sociales y políticas, las de la síntesis de la religión y de la vida esbozadas en la Cristiandad medieval, con las que son análogas las que defiende nuestra revista como única solución a los problemas del mundo, y que se alcanzarán plenamente con toda seguridad en la nueva y definitiva Cristiandad futura: ésta es la esperanza de la Iglesia que nosotros difundimos y que ciframos en nuestro lema AL REINO DE CRISTO POR LOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA.

Un cruzado

San Luis fue ante todo un cruzado. Considerada, en efecto, su política desde una perspectiva histórica trascendente, la cruzada fue la directriz fija y constante de su actitud. A la organización y ejecución de la cruzada subordinó todos sus designios políticos hasta su muerte, que halló precisamente en la cruzada. Dos veces fue san Luis a la cruzada. La primera, cuando tenía 34 años, dirigió su expedición a Egipto, corazón del poder musulmán que dominaba Tierra Santa. Tras algunos éxitos iniciales, sufrió una tremenda derrota y cayó prisionero con todo su ejército. Un mes estuvo en prisión en constante peligro de morir y ver morir a los suyos. Finalmente fue puesto en libertad mediante un cuantioso rescate que pagó por él y por sus hombres. Habían pasado dos años desde su marcha; muchos habían muerto, otros muchos regresaron. A pesar de todo, San Luis prosiguió la cruzada y, en lugar de volver a Francia, se dirigió a Tierra Santa con exiguas fuerzas y contra el parecer de casi todos. Allí permaneció otros cuatro años, aunque no pudo hacer otra cosa que consolidar las posiciones de los cruzados que sin él hubieran caído; pero no pudo entrar en Jerusalén. Con esta amargura tuvo que volver, pues le reclamaban apremiantemente los asuntos de Francia, al recibir la desoladora noticia de la muerte de su madre, que, en su ausencia gobernaba el reino.

De regreso, no pensó ya más que en volver a la cruzada. Por fin, al cabo de 16 años, creyó poder realizar su misión. Contra el parecer de casi todos, tomó de nuevo la cruz. Esta vez dirigió la expedición a Túnez, tomó Cartago y allí murió a las pocas semanas en una epidemia de peste.

Espíritu de cruzada

Es revelador que san Luis dirigiera su última expedición a Túnez. Esto no fue sólo para quitar un apoyo a los musulmanes de Egipto, sino sobre todo, porque abrigaba esperanzas de convertir a la fe cristiana al sultán de Túnez, que parecía estar dispuesto a ello.

"¡Oh, si yo pudiera ser el padrino de tal ahijado!", decía.

Y a los enviados del berberisco:

"Decid a vuestro amo que deseo tan vivamente la salvación de su alma que consentiría de buen grado estar en las prisiones de los sarracenos todos los días de mi vida, sin ver jamás la luz del día, con tal que vuestro rey y su gente se hiciesen cristianos".

De esta forma, aprendemos en la actitud de San Luis lo que es la cruzada. Él fue un apóstol sobre toda aparente utilidad política. El fin de su política de cruzada era la conversión de los infieles: no sólo la simple anexión de sus tierras, sino su incorporación efectiva a la Cristiandad mediante la conquista de las personas para Cristo y su Iglesia y la consiguiente organización política cristiana de aquellos países. La Cristiandad medieval había transformado ya desde el siglo XI la guerra. La había limitado y ajustado a leyes cristianas mediante la tregua de Dios y la paz de Dios; con ello transformó al guerrero bárbaro en caballero cristiano. Y no sólo sometió así lo natural a lo sobrenatural, sino que llegó a sobrenaturalizar la misma guerra; esto fue la cruzada medieval: la empresa, ajena en sí a toda ambición política individual, de extender la Cristiandad mediante la guerra santa a los poderes anticristianos que sometían aquellos países, principalmente Tierra Santa.

Ahora bien, a partir de la cruzada de oración y penitencia iniciada en el Año Santo de 1950 sabemos ya experimentalmente que la cruzada no sólo se caracteriza por su fin sobrenatural de extender la Cristiandad, sino que incluso puede emplear medios puramente sobrenaturales en vez de los naturales aunque éstos estén sobrenaturalizados; más aún, esta cruzada de la última mitad del siglo xx es más propiamente cruzada que la medieval: hay una analogía entre ambas pero el término principal y propio es la cruzada actual, la que emplea medios sobrenaturales para fines sobrenaturales: la que para implantar la Cristiandad, el Reino de Cristo, el reinado de su Sagrado Corazón en la tierra, en todas las almas y, en consecuencia, en la sociedad humana, no confía ya en que nosotros los cristianos vamos a implantar ese Reino con una guerra, ni con un tratado internacional; ni con unas elecciones, ni con una dictadura; con partidos o sin ellos; ni con una campaña de prensa, de panfletos y libros; ni con el desarrollo económico, ni con la distribución de la renta; ni con un concordato, ni sin él; ni con nuestra astucia, ni con nuestras virtudes; ni siquiera con nuestras limosnas o con el rigor de nuestras penitencias, ni con el fervor de nuestras plegarias. Se trata ahora de una cruzada de confianza en el Sagrado Corazón de Jesús, de esperar que Él en persona va a implantar su Reino en toda la tierra, la nueva y definitiva Cristiandad, no idéntica a la medieval, ni (mucho menos) distinta, sino análoga y perfecta. Y se trata, no de cruzarse de brazos en la inactividad, sino de hacer todo lo que Dios quiere porque "Dios lo quiere", sabiendo que, como obra nuestra, es tan ineficaz para traer el Reino de Dios, como bañarse siete veces en el J ordán para curarse; solo que tenemos que hacerlo porque "Dios lo quiere". Unidos así a Cristo confiando en el Sagrado Corazón de Jesús que nos cumplirá sus promesas de traernos el Reino de Dios.

Apostolado del Reino de Dios

Esto buscaba San Luis, el Reino de Dios, bajo el lema cruzado de "Dios lo quiere" entregado a la voluntad de Dios y dispuesto a morir en la empresa. Su ardiente celo por la salvación de las almas quedó ya de manifiesto en su primera expedición de cruzada, cuando, en Chipre, camino de Egipto, recibió a los enviados del Kan de los mongoles, enemigo de los musulmanes, que le ofrecía una alianza contra ellos. San Luis a su vez envió al Kan a sus embajadores, que le llevaron para atraerlo a la fe, una tienda en forma de capilla con tallas de la Anunciación y de los demás misterios de la fe. A estos embajadores, que eran dos frailes predicadores que hablaban árabe, les encomendó la misión de enseñar a los mongoles lo que debían creer. En muchas otras ocasiones se ocupó personalmente de la conversión de musulmanes y judíos, poniendo en juego su persona, pero no su fe, pues sostenía que no se debe disputar de la fe si no se es muy buen teólogo. Y naturalmente se cuidó del fomento de la fe y la caridad entre sus súbditos cristianos: introdujo en todo el reino de Francia la Inquisición; la medieval, claro está, diferente de la distorsión de la Inquisición renacentista; hizo perseguir por la ley como delitos los pecados externos contra la fe y las buenas costumbres, y él mismo enseñaba el temor de Dios a todos los que le rodeaban sin ningún respeto humano.

Las virtudes de un Santo

La fe y la caridad llenaban su vida. Era devoto para con Dios, muy piadoso: realizaba numerosas prácticas de piedad; y, sobre todo, su devoción era la Misa; rezaba también el rosario en su forma primitiva (intercalando una genuflexión entre cada dos avemarías). Pedía ardientemente el don de lágrimas. Meditaba largamente; todos los viernes lo hacía sobre la Pasión del Señor, después se confesaba y se hacía azotar con cadenillas de hierro. Llevaba cilicio y los regalaba a sus cortesanos. Era el primero en el temor de Dios que enseñaba a sus amigos: según su confesor nunca cometió pecado mortal (es tradición que el horror al pecado mortal se lo inculcó su madre Blanca de Castilla). Espléndido en su corte, era sabio él mismo y se mortificaba en todo. En la humillación de la derrota se mantuvo sereno por la oración, recordando la Pasión del Señor. Prisionero en Egipto, fue constante ante la muerte con que le amenazaban los musulmanes por no aceptar la blasfema fórmula de juramento que para el pacto de su rescate le exigían. Demostró también una resignación heroica a la voluntad de Dios ante la muerte de su madre a la que amaba más que a nadie. Era inteligente y prudente, prefería ser sensato que beato. Prefería los sermones, lecturas y conversaciones teológicas que las devociones incluso. Sus lecturas eran las fuentes de nuestra fe: la Biblia y los Santos Padres. Sus conversaciones favoritas versaban sobre la fe y la moral; para ello recibía a su mesa a religiosos y hombres de talento como santo Tomás y san Buenaventura, Guifulcodi (luego Clemente IV) y Roberto de Sorbón (que fue su capellán y fundó la Sorbona), Joinville, etc. Sólo se rodeaba de personas irreprochables; elegía para los cargos a quienes creyeran en Dios y le amaran, fueran quienes fueran. No tuvo favorito ni primer ministro como excepción entre los otros Capetos; tenía sensatez para poder juzgar por sí mismo y escuchaba consejos e incluso admitía lecciones, si eran razonables. Temperamentalmente inclinado a la cólera se dominaba ante las injurias personales y la descargaba, sobre todo, con los nobles que le hacían peticiones, ¡él, tan cartitativo con los pobres a los que sentaba a su mesa y tan espontáneamente generoso en su corte!, pues le indignaba la actitud de muchos que se cuidaban sólo de alcanzar ventajas materiales y no el amor de Dios.

Gobierno e ideas políticas

Coronado rey a los 12 años, su minoridad bajo la regencia de su madre Blanca de Castilla, fue durante los ocho años siguientes turbada por los feudales levantiscos y rebeldes al poder real. Con el apoyo del pueblo, que identificaba con la monarquía la causa del orden, Blanca, inteligente, voluntariosa y enérgica, logró someter a los feudales y entregar a San Luis el reino pacificado.

Aunque mayor de edad, San Luis se mantuvo en la mayor piedad filial: ante su madre fue siempre "como un niño pequeño". Pero aunque Blanca, madre absorbente, se opuso ante su decisión de ir a la cruzada, supo obedecer antes a Dios.

En su gobierno personal, fue sobre todo un pacificador recordando explícitamente las bienaventuranzas ante sus consejeros y, pese a las aparentes ventajas que pretendían ver algunos de ellos en fomentar la guerra entre sus enemigos potenciales, y las aparentes desventajas de sus propios tratados de paz (recordemos sus tratados con Enrique III de Inglaterra y con Jaime I de Aragón), él veía el mayor bien en la paz ajustada a derecho que reconciliase a todos los cristianos para poder realizar su gran misión común de la cruzada. Esto y su fidelidad a los pactos (también criticada por los historiadores positivistas como Langlois) le trajo por añadidura la reputación internacional de personificar el Derecho, lo que le convirtió por acuerdo unánime en árbitro de todas las querellas.

Su regla de gobierno era el amor que tenía a su pueblo, un amor religioso semejante a su amor a Dios. De ahí, que fuera el primer servidor del pueblo. Caudillo enérgico en la guerra, jamás consintió que se sacrificasen por él sus hombres, pues decía que cualquiera estimaba su vida como él la suya.

Reinó con justicia, sin acepción de personas, más bien predispuesto del lado de los pobres cuya causa amparaba en los litigios hasta que se aclaraba el pleito. Fue muy justiciero y sabia imponer castigos ejemplares en aplicación de las leyes, aunque fuera a los nobles. Decía que para ser buen rey, hay que saber negarse audazmente a conceder aquello mismo que se podría otorgar.

En resumen, su reinado, y toda su vida fue el cumplimiento del mandato del Señor: "Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura". Y Dios le cumplió esta promesa, pues la consecuencia de su política cristiana fue que Francia tuvo como nunca una época de seguridad, prosperidad y bienestar y que este rey imperioso, justiciero y enérgico fue excepcionalmente tan temido y respetado en vida como honrado y venerado tras su muerte.

Dentro del sistema feudal, no se inmiscuía en la justa jurisdicción de sus vasallos, los señores feudales. Por otra parte, apoyado en las pujantes ciudades, a las que tuvo "en favor y en amor" (recordemos que apoyaron a la corona en sus luchas contra la rebeldía feudal durante la minoría de san Luis), puso en su sitio a los grandes señores: tras sus reformas legislativas, ya no hubo magnates soberanos en Francia, sólo grandes vasallos y un solo soberano. San Luis fue el que acabó con la anarquía feudal en Francia: suprimió las guerras privadas, sometiendo todas las querellas y litigios ante los tribunales bajo pena de alta traición; prohibió el duelo en los juicios, estableciendo en su lugar la prueba por medio de testigos y las actuaciones contradictorias; concedió el derecho de apelación de todos los juicios feudales al juicio real y convirtió el parlamento en un organismo judicial, corte o tribunal supremo del rey, en el que se sentaban los jurisconsultos junto a los magnates. Otra reforma muy bien recibida por el pueblo fue la monetaria: San Luis hizo que la moneda real fuera de curso legal en todos los feudos con lo que acabó con los abusos del derecho de acuñar que tenían más de 80 barones, que desde entonces tuvieron que mantener la ley de sus propias monedas; también tomó severas medidas con los usureros. Más todavía se cuidó San Luis de proteger a su pueblo de los abusos de los propios funcionarios reales; para ello, instituyó los Estados (o Cortes) del Languedoc y para ello envió a recorrer el reino mensajeros reales, similares a los "missi dominici" carolingios, vigilaban a los funcionarios reales y proponían querellas contra ellos. De acuerdo con el Papa Alejandro IV redujo el abuso de la excomunión y tuvo a raya a los clérigos ambiciosos. Legisló también sobre los oficios y profesiones y en esto, como en todo, se aconsejó previamente de los interesados. Tan caritativo con los pobres y enfermos a los que personalmente socorría y servía a la mesa, instituyó numerosas fundaciones benéficas públicas bajo administración eclesiástica y muchísimas casas religiosas e iglesias, sobre todo para las órdenes que se fueron creando en el siglo XIII. Su época fue la del máximo esplendor del mejor arte gótico. y hay que ver la Sainte Chapelle de París, joya arquitectónica entre todas, que hizo construir san Luis como relicadio grandioso y precioso de la corona de espinas, la vera cruz, y demás reliquias de la Pasión.