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Mis recuerdos del Padre Orlandis: acerca de su esíritu de cruzada

Francisco Canals

«Buscad en todo la unidad» decía insistentemente el Padre Orlandis. Por inspiración suya la revista Cristiandad tituló una de sus secciones habituales con el lema Plura ut unum.

Me parece que puede ayudar a comprender el dinamismo unitario de sus actitudes de afirmación práctica de la «integridad» de la doctrina social católica y de la certeza de la esperanza de «la culminación del Reino de Cristo en la tierra» la atención a su sentido de cruzada.

Mi convicción de la unidad vital entre su adhesión ferviente e incondicional al sistema de doctrina religioso-político-social «programa del Reino de Cristo», contenido en el Magisterio pontificio, y su «convicción cierta» del cumplimiento del designio divino de instauración de todas las cosas en Cristo, se apoya ciertamente en mi experiencia personal de catorce años.

Pero la podré comunicar más eficazmente invitando a la lectura de lo que dejó escrito sobre «El sentido de cruzada en Íñigo de Loyola». En aquellos artículos, que escribió para Cristiandad en relación con la Cruzada internacional de Oración y Penitencia que promovió en 1950 la Dirección General del Apostolado de la Oración, encontramos la clave de la perspectiva que el propio Padre Orlandis inspiró a nuestra revista el tema de las Cruzadas.

En aquel año 1950 artículos de Pablo López Castellote sobre «El primer emperador cruzado» o de Domingo Santmartí Font sobre la «Pervivencia en España del espíritu de cruzada» ponen de manifiesto una convicción que ahora parece a muchos problemática.

La convicción del Padre Orlandis sobre la licitud y la santidad de las guerras de cruzada ha sido sin duda la de la Iglesia. Esta ha recordado en su liturgia muchas victorias liberadoras: fiestas como la de la Nuestra Señora del Rosario, el 7 de octubre, la del Nombre de María, en 12 de septiembre, o la de la exaltación de la Santa Cruz, el 14 de septiembre, conmemoraban las victorias de Lepanto, en 1571, de Viena, en 1683, o la liberación de Jerusalén del dominio persa en el año 629.

Ha declarado Doctores a santos, como San Bernardo de Claraval o San Lorenzo de Brindisi, que exhortaron a los cristianos a luchas militares de reconquista de la Tierra Santa o de defensa del mundo cristiano ante la agregación del Imperio turco.

Los artículos aludidos del Padre Orlandis, en un marco de encuadre histórico de la biografía de la juventud de Íñigo de Loyola, tienen el carácter explícito de una continuación, profundizadora en la perspectiva de las actitudes personales del santo, de sus estudios sobre los Ejercicios. El Padre Orlandis se propone a través de ellos penetrar en la intención de San Ignacio de Loyola en una de las meditaciones centrales de sus Ejercicios: aquella por la que «el llamamiento del Rey temporal ayuda a contemplar la vida del Rey eternal».

Ciertamente el núcleo y objetivo final de aquella «meditación del Reino» es considerar «a Cristo Nuestro Señor Rey eterno, y delante de Él todo el universo mundo, al cual y a cada uno en particular llama y dice: mi voluntad es de conquistar todo el mundo y todos los enemigos, y así entrar en la gloria de mi Padre…» (Ejercicios, n°95).

Pero, como ayuda a aquella contemplación de «la vida del Rey eternal» San Ignacio propone una «parábola» sobre «el llamamiento del Rey temporal». Leamos su texto íntegro:

«El primer punto es poner delante de mí un rey humano, elegido de mano de Dios Nuestro Señor; a quien hacen reverencia y obedecen todos los príncipes y todos hombres cristianos.

El segundo punto: mirar cómo este rey habla a todos los suyos, diciendo: Mi voluntad es de conquistar toda la tierra de infieles, por tanto quien quisiera venir conmigo ha de ser contento de comer como yo, y así de beber y vestir, etc.; asimismo ha de trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche, etc.; porque así después tenga parte conmigo en la victoria como la ha tenido en los trabajos.

Considerar que deben responder los buenos súbditos a rey tan liberal y tan humano; y, por consiguiente, si alguno no aceptase la petición de tal rey, cuanto sería digno de ser vituperado por todo el mundo y tenido por perverso caballero» (Ejercicios, 92, 93, 94).

No han faltado entre los comentaristas de los Ejercicios de San Ignacio algunos que han visto como anecdótico y accidental a la contemplación de la vida del Rey eternal el ejemplo del rey humano y temporal cuyo designio es la conquista de la tierra de infieles.

En los artículos del Padre Orlandis se da por supuesto algo que también le oí personalmente expresar: que la «analogía» entre este rey humano que llama a sus súbditos a una guerra de cruzada, y el Rey eterno, Cristo Nuestro Señor, cuya voluntad es conquistar todo el mundo es exigida para la comprensión auténtica de la meditación del Reino, clave de los mismos Ejercicios Espirituales, junto con la de las «dos banderas»: «una de Cristo, sumo capitán y Señor Nuestro, y otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra humana natura».

La ambientación histórica de los artículos se dirige precisamente a hacer patente los sentimientos e ideales personales de Íñigo de Loyola, para ayudar a comprender aquella analogía entre el rey temporal y humano y el Rey eterno, que para el Padre Orlandis resultaba por lo demás teológicamente obvia.

«Siendo, como es evidente el llamamiento del Rey temporal la proclamación de una cruzada ideal, se ve claramente que el Santo experimenta en sí mismo que… lejos de serle estorbo para subir al conocimiento de Cristo y de su obra y al deseo de imitarle y de servirle y de amarle, le había ayudado positivamente a ello.

Sin duda percibió la relación de analogía que existe entre lo uno y lo otro. Lo primero se desarrolla dentro de la órbita de lo natural, por más que la intervención manifiesta de Dios y la intención última de los que interviene la hagan rozar con lo sobrenatural; lo segundo es todo en sí mismo sobrenatural.

Entre lo natural y lo sobrenatural no se da semejanza estricta sino aquella manera de relación que los escolásticos denominan analogía» (Cristiandad, núm. 149, 1 de junio de 1950).

En la tarea formativa del Padre Ramón Orlandis era tema central la responsabilidad del cristiano de asumir todas las realidades naturales y de trabajar por su ordenación al fin último sobrenatural del universo y de la vida cristiana.

Por lo mismo, distinguía en el orden mismo de las cosas naturales, de aquellas tareas legítimas y honestas cuyo fin intrínseco e inmediato era un bien de orden humano, natural, aquellas que denominaba «lo natural sobrenaturalizado».

Al ser asumidas con intención sobrenatural, las realidades humanas no son «desnaturalizadas», sino perfeccionadas en sí mismas. El ejemplo más grandioso de esto, que se apoya en el misterio de la divina dispensación, es el matrimonio, elevado a sacramento, que representa y significa la unión entre Cristo y su Iglesia, precisamente al ser restablecido en la perfección originaria en que había sido constituido en la Creación del hombre.

La educación cristiana, misión esencial de los padres, y de la que participan los educadores en tantas obras fundadas en la Iglesia, contiene también esencialmente múltiples dimensiones de orden humano y natural, emprendidas al servicio de la educación en la fe, y en concreto inseparables de ella.

Se ha de reconocer como una tarea natural sobrenaturalizada la filosofía cristiana, según el concepto expresado en las dos encíclicas pontificias dedicadas a la filosofía: la Aeterni Patris, y la reciente Fides et ratio de Juan Pablo II.

También las tareas hoy llamadas de «inculturación de la fe» se contienen en su mayor parte en este ámbito de orientación de lo natural sobrenaturalizado.

Como afirmó Pío XII, los movimientos católicos surgidos en el mundo posterior a la Revolución Francesa trataban de suplir «la bienhechora influencia de la unión entre la Iglesia y el Estado», que creaba como una atmósfera de espíritu cristiano. Así pues, el Estado católico, las monarquías cristianas y el sacro imperio habían sido, como tales sociedades políticas, una realidad sobrenaturalizada. Y lo fueron también las múltiples actividades en que se desplegaron aquellos movimientos: prensa católica, universidades católicas, «partidos católicos» al servicio de la libertad de la Iglesia.

Montalambert, el gran dirigente del partido católico francés proclamaba hacia 1843, bajo la monarquía orleanista, en su campaña por la libertad de enseñanza, «nosotros somos los hijos de los Cruzados».

El Padre Orlandis veía también como actividad «natural sobrenaturalizada» las guerras de Cruzada. He aquí lo que escribía sobre el contenido de la «parábola» ignaciana del llamamiento del Rey temporal:

«Al pretender la conquista de toda la tierra de infieles no le mueve ambición ni voluntad de poder, sino celo y caridad. Caridad para con los cristianos cautivos, caridad para los que viven sujetos bajo el yugo injusto y tiránico de los infieles; caridad para los desgraciados infieles a los cuales sus tiránicos señores hacen gemir bajo la coyunda intolerable del despotismo y son injustamente por ellos impedidos para que no puedan abrazar la fe cristiana.

La conquista, no hay remedio, se ha de hacer mediante una guerra. Esta guerra será justa… esta guerra será humana, cuanto pueda serla la guerra… esta guerra será santa, porque siendo en sí misma justa será santificada por la intención religiosa que a ella mueve y por la bendición de la Iglesia, que no puede menos de bendecir aquello que con tantas veras ha pedido a los príncipes cristianos y con tanta fuerza de autoridad ha intimado.

Por decirlo de una vez, esta guerra será una Cruzada, una Cruzada sin precedentes por el régimen que la guiará, por la unidad que la fortalecerá, por la totalidad que la hará invencible, por el espíritu que la sobrenaturalizará» (Ídem).

El Padre Orlandis no interpretaba como algo unívoco la semejanza entre la empresa a que llama el Rey temporal, y la vocación de Cristo «a conquistar todo el mundo y todos los enemigos». Pero si ciertamente afirmaba expresa y formalmente una verdadera analogía.

En un artículo posterior al que acabamos de citar, y bajo el título de «De cruzado temporal a cruzado espiritual» escribió:

«Para subir a la contemplación de la vida y misterios de Jesucristo… le sirvió a guisa de peldaño el sentido de Cruzada que palpita en la parábola del Rey temporal; y esto en virtud de la analogía que existe entre realidades espirituales o sobrenaturales de orden superior y realidades materiales o naturales de orden inferior.

Esta analogía se da entre una guerra justa y de fin noble y elevado y la guerra espiritual a la cual nos llama Cristo contra los enemigos del alma: mundo, demonio y carne. Y ¿no será esta semejanza o proporción más próxima y señalada, cuando la guerra justa y noble queda, por la intención y por el fin, elevada hasta lo sobrenatural y religioso? ¿Y no es éste mi buen lector el caso de la Cruzada?»

Pero el Padre Orlandis, en el artículo que estamos citando (n° 150) no se detuvo en esta tan explícita formulación doctrinal. Podríamos decir que «enseñó todas sus cartas», y continuó escribiendo, dirigiéndose a su lector.

«Yo apelo a tu buen sentido. Entre un cristiano aburguesado, que se goza en su buena vida y en el confort, y un joven de temple patriótico e idealista, ¿a cuál escogerías, pensando humanamente, para llevarle a una vida de entrega total a Dios, de austeridad y heroísmo cristiano? Vamos a dar un paso más; supón que dicho joven no es solamente un patriota e idealista, sino que es uno de aquellos que, en el mes de julio de 1936, impelidos por el entusiasmo religioso, por el amor al prójimo y a la patria, sin titubeos ni cálculos, se alzaron a campaña con el espíritu auténtico cruzado, ¿qué no esperarías de él en la vida y en la lucha espiritual? ¡Hay!, que quizás algunos de aquellos héroes debamos, tú el que puedas leer esto; yo, el que haya podido escribirlo».

* * *

Tratando de comprender en su intención unitaria las actitudes y tareas apostólicas del Padre Orlandis, creo que podrían hacerse sobre ellas las siguientes precisiones.

En primer lugar: su apostolado en el orden de lo sobrenatural, en el orden de la «cruzada espiritual», en el espíritu de la contemplación de San Ignacio sobre la vida del Rey eternal, tenía su núcleo en el mensaje de amor misericordioso del Corazón de Jesús, inspirador de la «movilización» al servicio de su Reinado en los hombres y en las sociedades.

A esto tendía su esfuerzo en impedir que las contaminaciones naturalistas y las minimizaciones hipócritas, que sirven disimuladamente al «espíritu del mundo», hiciesen olvidar prácticamente a los cristianos de nuestro tiempo «la integridad de la doctrina tradicional católica» -según expresión del Concilio Vaticano II- sobre «el deber de los individuos y las sociedades hacia la religión y la única Iglesia de Cristo».

Las circunstancias del ambiente explican que su tarea en este orden de cosas, que él sentía, de acuerdo con el Magisterio pontificio, como perteneciendo a la evangelización del Reino de Cristo por su amor, fuese incomprendida y descalificada con la acusación de integrismo.

En segundo lugar: era consciente de que aquel espíritu mundano distrae la atención de los católicos hacia los designios divinos de «la instauración en Cristo de todas las cosas, las celestes y las terrenas», y conduce a la renuncia práctica a su deber de «militar bajo las banderas de Cristo Rey y defender todos los derechos de Dios sobre los individuos y las sociedades» -como había expresado Pío XI-.

Toda su tarea de estudio y formación en la Teología de la Historia, se orientaba a mantener ferviente el deseo esperanzado del advenimiento del Reino en el mundo y del cumplimiento de la divina voluntad en la tierra como en el cielo.

También las circunstancias del ambiente explican que este optimismo nuclear del que afirmaba deberían participar todos los cristianos, y a cuyo servicio se ordenaba aquel estudio de la Teología de la Historia, diese el pretexto a algunos a la descalificación de su pensamiento como milenarismo.

En tercer lugar: quería que se ordenasen a los fines de esta actividad apostólica, en su doble dimensión sobrenaturalista y de proclamación del Reinado de Cristo en la sociedad, todas las diversas tareas, filosóficas, históricas, políticas, literarias o estéticas, que inspiró o aconsejó a sus discípulos en el ámbito de lo «natural sobrenaturalizado».

Expresión colectiva de estas tareas, orientadas por el ideal del Reino de Cristo por su Corazón, quiso que fuese la revista Cristiandad, que él no fundó, sino que alentó e inspiró, y de la que tuvo siempre la convicción de que tenía que ser una obra de iniciativa laical, y que pudiese abarcar, con libertad de espíritu y desde la responsabilidad de sus redactores, todo aquello a que actualmente damos el nombre de «inculturación de la fe».

Una acción que nunca hubiese admitido que se intentase realizar por la atenuación del imperativo sobrenatural, o según confusiones de planos que rebajasen el ideal del Reino de Cristo en el mundo, por la inmersión en las ideas, inmanentistas y antropocéntricas, que habían llevado al mundo actual al divorcio entre la fe y la cultura y la vida de los pueblos.