Textos
artículos de Cristiandad de Barcelona

¿Espiritualidad nueva?

Jaime Bofill Bofill
Catedrático de Metafísica de la Universidad de Barcelona

CRISTIANDAD
Al Reino de Cristo
por la devoción a los Sagrados
Corazones de Jesús y María
Año XIII, nº 292, página 147
Barcelona, 15 de mayo de 1956
Editorial

Nuestra generación, tan trabajada y dolorida, angustiada y desilusionada, está saludablemente inquieta en la búsqueda de un bien perdido, ha dicho el Papa. Y esta inquietud se manifiesta en un sentimiento de insatisfacción ante las realidades presentes y en un afán de novedades en todos los órdenes de la vida.
En los medios eclesiásticos e intelectuales católicos de nuestra Patria se dibuja también claramente esta inquietud. Y se ha iniciado un movimiento de revisión de los conceptos y prácticas de la vida espiritual y aun de la actuación sacerdotal, con el ánimo, sin duda, de realizar la consigna pontificia de una renovación total de la vida cristiana».
Hoy se ha puesto de moda la palabra «espiritualidad». Lo que antes designábamos con los nombres de piedad, vida interior, vida cristiana, perfección, santidad, &c., se expresa ahora globalmente con esta palabra. Y no cabe duda que ella expresa y significa todos los aspectos distintos de la vida espiritual –sobrenatural– y que su uso es acertado.
Pero al cambiar el nombre se ha cambiado también el concepto. Al menos se han introducido nuevos puntos de vista y nuevas apreciaciones con respecto a
la vida sobrenatural. Hoy se habla de una «espiritualidad nueva». De una espiritualidad sacerdotal y de una espiritualidad seglar. Y esta nueva espiritualidad quiere ser la respuesta a la consigna del Papa; la expresión práctica y real de esa renovación de la vida cristiana que el Papa nos exige.
No resulta fácil ordenar todas las manifestaciones de esta nueva espiritualidad, porque se producen en muy distintos lugares y de un modo bastante anárquico, y nadie hasta ahora –por lo menos en España– ha intentado sistematizarlas.
Hay deficiencias que deben enmendarse. Hay rectificaciones que son necesarias. Pero todos hemos de evitar los excesos en el fondo y en la forma y hemos de proceder con extremada cautela para no destruir nada de lo bueno que tenemos, sin saberlo substituir por lo mejor.

* * *

Entresacamos los pasajes anteriores de una Carta pastoral llamada a tener gran resonancia en España. La firma el Excmo. Sr. Obispo de Solsona [don Vicente Enrique Tarancón], Secretario General del Episcopado español. Con el título de "¿Espiritualidad nueva?" plantea y analiza el grave problema de la inquietud renovadora que viene difundiéndose entre nosotros. Su tono, verdaderamente pastoral, es sereno y ecuánime. Su finalidad, práctica; por esto su método es la enumeración circunstanciada de cuestiones en los que este problema básico se trasluce. Sopesando en cada caso la situación actual, las críticas, fundadas o no, que esta situación ha provocado, y las reacciones subsiguientes, indica la actitud necesaria o conveniente y previene contra las desviaciones y los errores que pueden seguirse o se han manifestado ya al pretender rectificar aquellas deficiencias.

«Urge una renovación», exclama; «y creo que en esto todos estamos de acuerdo».

El ver cómo la Jerarquía reconoce esta situación y toma en su mano la empresa de renovación de nuestra vida cristiana, nos da la confianza de que los deseos pontificios de «una renovación del Mundo, desde sus cimientos» no van a quedar estériles entre nosotros.

Necesitamos esta confianza. El ritmo de transformación y amplificación de cuestiones a que está sometido el Mundo hace en gran manera difícil su asimilación, el recto juicio sobre las mismas y el dominio de las situaciones que van sucediéndose. Para bien o para mal, España se encontrará más influenciada cada día por las corrientes generales: el aislacionismo político cede, como estamos viendo, a necesidades imperiosas, casi de sobrevivencia. Mas esto entraña consigo el riesgo de despersonalización nacional, y lo que es más grave, de debilitación de nuestra postura católica, lo mismo si ésta se define tan sólo defensivamente, que si se pasa a aceptar como un progreso formas y modalidades extrañas a su espíritu.

En esta situación, el peligro de divagación e ineficacia amenaza en una doble forma: la de teorizar (ni que fuese sobre los principios y fines reales de la Iglesia y de la sociedad) y la de hundirse en lo intrascendente, bajo una pretendida exigencia de concreción y de sentido práctico.

La Carta pastoral que comentamos (símbolo, en este momento, para nosotros, de «la actuación Episcopal, reflejada en los Boletines de las distintas Diócesis de España»), testifica que «los Pastores, puestos por el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios, no pueden callar ni inhibirse». Es el acto de presencia de la Iglesia, que se sabe asistida desde lo Alto, y tiene plena conciencia de su indefectibilidad, de su fuerza, de su misión salvadora. Y descubrimos de repente que la tentación de desaliento, incluso en el orden natural, no es otra cosa que uno de los efectos del naturalismo reinante. Efecto, eso sí, especialmente deletéreo: porque abre de par en par la puerta al egoísmo mezquino, a la corrupción de costumbres, a este «vivir al día» que nos impone su ritmo enervante.

Esta tentación es demasiado profunda para que pueda curarse con sólo palabras; tanto más cuando la palabra parece ya irremediablemente convertida en verbalismo. Y nos encontramos frente a uno de estos círculos de que es pródiga la vida. La esperanza, condición de posibilidad de toda actitud activa, sólo se recuperará por la acción. Esperar es obrar. Esperar es luchar. Y, lo mismo que hace doce años, cuando Cristiandad apareció por vez primera, la lucha sigue siendo necesaria y posible, desde el momento que podemos seguir diciendo todavía: no todo se ha ganado, pero tampoco todo se ha perdido.

Del orden social y político, la cuestión se retrotrae, sin embargo, por sí sola al orden espiritual. El problema de España –con toda la amplitud con que se empieza a replantear ahora– se condensa en un problema de espiritualidad. En el orden interior del espíritu –principio y fundamento– debe decidirse toda ulterior opción. Por esto, quienes buscan, por encima de todo, la verdad, y no quieren sacrificarla a idolatrías, se apoyarán hoy más que nunca en las orientaciones de la Jerarquía, intérprete auténtica de la Iglesia universal en el solar patrio, a pesar –¿por qué no?– de unas deficiencias reales o hipotéticas que una crítica naturalista, antijuvenil, desesperanzada y estéril –«¿espiritualidad nueva?»– ha llevado imprudentemente a corros y corrillos, cuando no a la calle, con demasiada frecuencia.

* * *

Ahí está una Pastoral. Mejor dicho: «otra» Pastoral. Comprensiva y enérgica, ponderada y valiente. Que a nadie puede herir, sin cohonestar ningún error. Todo un programa de revisión y de acción. Cristiandad comprende la alta distinción de que es objeto, al habérsele autorizado para incluir este documento en su colección de fascículos. A él se refiere, con el sincero deseo de atenerse en todo, escrupulosamente, a las orientaciones de la Jerarquía.

Porque conoce el criterio: «Quien a Vosotros escucha, a Mí me escucha.»

Así como el terrible alegato: «Por esto no me escucháis: porque no sois de la verdad.»