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artículos de Cristiandad de Barcelona

Verdaguer, poeta de la raza

Tomás Lamarca

CRISTIANDAD
Año II, nº 34, páginas 357-358
Barcelona-Madrid, 15 de agosto de 1945
Plura ut unum

A poco de la aparición del magno poema «La Atlántida», D. Manuel de la Revilla desde las páginas de la revista madrileña El Liceo, se permitió hacer algunos comentarios acerca del valor y la oportunidad de la nueva obra, un poco de crítica que trascendía, como veremos, el puro ámbito del poema y de la poesía para invadir otros campos de carácter más bien ideológico-político.

El señor de la Revilla era un intelectual muy siglo XIX, muy ateneísta... Profundamente orgulloso del don de las luces que derramaban por primera vez en la historia sus cegadores rayos, sólo creía en la destrucción del oscurantismo a los conjuros mágicos de la trompeta de la libertad. Si el señor de la Revilla, nos permitimos añadir, hubiese sobrevivido a su propia época, creemos que su disco habría cambiado algún poco y que sus ideas estarían tintadas hoy por una dosis mayor de escepticismo, aunque siguiera proclamando en alta voz, y algunas veces con cierto calor, su única fe: no, en trompetas libertadoras ni en Constituciones redentoras, desde luego, pero sí en «derechos nativos» y en libertades más al orden del día.

Consecuente, pues, con aquellas sus ideas, sostenía en su artículo la tesis de que la epopeya no era ya propia del siglo XIX, porque «lo maravilloso se había hecho imposible», porque lo objetivo de la epopeya había dejado su lugar a lo subjetivo más propio de la novela, la leyenda y el drama; porque, en una palabra, «las teorías liberales y las tendencias democráticas de nuestro tiempo no permitirían la entrada en acción de un héroe, pues ello representaría algo así como una contradicción social, ya que el héroe, en cuanto a tal, estaría por encima de la soberanía popular y de la opinión pública, que son las verdaderas potencias...»

Con esto, tras de advertir algunos aciertos, según el crítico, de «La Atlántida», negaba doctoralmente su valor en cuanto a poema épico y en cuanto a su alcance social como obra artística.

Voces autorizadas se alzaron en contra de sus aserciones y en vindicación de nuestro poeta y, sin embargo, no pusieron de relieve la verdadera y acertada intuición que, en medio de sus errores, brillaba en las palabras del articulista: la declaración de que existe una irreconciliable enemiga entre el liberalismo, preocupado excesivamente con lo terreno, con lo secundario, con lo que se pesa, se mide y se cuenta, con lo puramente económico del bienestar material, y lo grande, lo heroico, lo trascendente de los valores espirituales.

Si hubiesen penetrado este aspecto habrían podido leer entre líneas, otras muchas negaciones formuladas a modo de amargas preguntas: ¿Porqué un sacerdote se había permitido poner lo maravilloso pagano –único posible, según el señor de la Revilla– al servicio del providencialismo cristiano? ¿Porqué bebía nuestro poeta de las fuentes de Platón, Séneca y los clásicos para cristianizarlas poniéndolo todo al servicio de la profunda idea, que ya el Padre Eusebio de Nieremberg había referido a la catástrofe de la Atlántida, de que Dios azota a la humanidad y a los pueblos, cuando éstos se han hecho culpables? ¿Porqué se permitía recordar a una España que poco tiempo, después había de pronunciar la desoladora frase de «piérdanse las colonias y sálvense las instituciones» una gesta suya gloriosa, dándole por marco colosal el hundimiento de un continente y significándole que, al elegirla a ella la Providencia para reparar en parte esta catástrofe, premiaba sus virtudes y su lucha secular?

Era la «oportunidad» del poema lo que dolía al articulista y es comprensible que una concepción de tamaña osadía como la de nuestro poeta Verdaguer, le doliera en lo íntimo del alma y arrancara de su boca expresiones sarcásticas: la comprensión del poema chocaba con sus ideas, ello es evidente, y amenazaba con subvertir «su orden» y «su ilustración».

Bien es cierto que hombres de penetración genial, como Chateaubriand, habían afirmado que en los tiempos modernos sólo dos asuntos, las Cruzadas y el descubrimiento del Nuevo Mundo, merecían los honores de la epopeya, y también lo es que Edgardo Quinet sostuvo que «no cabe duda de que la epopeya debe estar llena de Dios; que no se ha de poder dar un paso en ella sin sentir la presencia celeste...; que los hechos deben sucederse como en la mente divina, siendo ésta como el lugar de los acontecimientos, y tal ley la primordial y única de lo maravilloso moderno»; pero no lo es menos que ahí se hallaba lo inaceptable para el pensamiento del liberalísimo autor de la crítica, que hacia el fin de su artículo se permitía indicar en forma interrogativa por dónde debía encauzarse la inspiración de los poetas, diciendo: «¿Porqué, por ejemplo, el poeta del siglo XIX no consagraría los brillantes colores de su imaginación a desarrollar el cuadro grandioso de la creación tal como la comprende y la explica la ciencia moderna; la materia cósmica primitiva dando origen a las nebulosas, y estas engendrando a su vez los sistemas planetarios; la vida apareciendo por sorprendente evolución sobre la superficie de los mundos, ascendiendo progresivamente desde la mónera al hombre; las edades geológicas desarrollándose en las edades de los siglos; la inteligencia surgiendo del oscuro fondo de la vida como flor preciada de la creación? ¡He ahí temas y cuadros sobre los que la inspiración de un poeta de nuestra época podría ejercitarse con éxito y provecho...!

Situados ahora, en lo histórico, más allá de su campo de visión, comprendemos dónde estaba su acierto y dónde sus errores. Con las razones que nos ha otorgado una época tan pródiga en experiencias de toda clase, nosotros podríamos contestarle al señor de la Revilla que son sus conceptos los imposibles de realizar, que la grandeza., lo heroico, lo maravilloso, existen; y que el intento de crear la poesía que él propugnaba, ha resultado lamentablemente fútil. ¡Tan lamentable, que en el camino de la negación se ha llegado al campo de las más absurdas extravagancias!

Que él no supiera o no pudiera descubrir allí donde el poeta de la Atlántida las había hallado, las joyas más puras de auténtica poesía, lo creeríamos debido a que, falto de la luz de la fe cristiana y de la fe en la patria, no concibió el sentido de la epopeya que Mosén Jacinto Verdaguer desplegaba con magnificencia ante sus ojos, brotada de una potencia poética excepcionalmente maravillosa.

Tal vez si él hubiese podido abstraerse de sus prejuicios, repasando «La Atlántida» con menos subjetivismo y colocándose en la posición de su autor, que es la que debiera adoptar como crítico, pudiera haber comprendido que su «Neptuno, Hércules, Jehová, y Cía.» achacados al poema, no eran tal extravagante sociedad como él se figuraba, pues ni el primero tenía cabida en aquél más que con un fin accesorio y meramente ornamental, ni el segundo era más que un símbolo con que el poeta pretendía enaltecer las verdaderas cualidades humanas que son propias de la raza: su fortaleza cristiana, a cuya negación conducían las teorías del señor de la Revilla, y su temple heroico, al que desde luego, debía negarse también, desde aquel punto de vista, todo valor.

Si él se hubiese colocado, decimos, en este ángulo de visión, habría comprendido un aspecto bien diferente del que creyó apercibir.

Lo cierto es, que «La Atlántida» ha ganado para el lector de hoy en profundidad y sentido y que éste puede comprender con mucha mayor fuerza las intuiciones del poeta, cuando, como desde el primer canto, al descubrir a Iberia, como único superviviente del cataclismo, se desboca en aquellas cataratas de poesía:

«Mes una nit bramaren la mar y el tró; de trémol
com fulla en mans de Bòreas l'Europa trontollá
i despertada á punta de día al terratrèmol,
d'esglay cruixint-li els òssos, no veia el mon germá.{1}

«Y á tú ¿qui't salva, oh niu de les nacions iberes
quan l'arbre d'on penjavas al mar fou sumergit?
¿qui't serva, jove Espanya, quan lo navili hont eras
com góndola amarrada, s'esfonza mig partit?{2}

Si el crítico se hubiese colocado en este punto de vista, se habría hecho patente para él la magnificencia épica de aquella invocación:

«¡Senyor de les venjances, donáu alè á mon cántic
y diré el colp temble que, rebatent-la a fons,
feu desbotar als amples Mediterrà y Atlàntic
per desunir los mons!{3}

Y habría comprendido el por qué con intenso amor patrio, de verdadero patriotismo cristiano, se refiriera al supuesto fundador de nuestra raza, describiéndole como quien:

«Doná lleis a sa prole y ensenyaments pexquéli
salvats al sí de l'Arca del naufragi major;
lo nom d'un Deu Altissim en l'ánima escriguéli
naixentes endreçantli les ales del seu cor.{4}

Con un genial arranque, coloca, pues, Verdaguer, las raíces cristianas de España en esas alturas legendarias, y recogiendo la maravillosa tradición del «dios ignoto», subraya aún este punto emazándolo con la fama de Alcides fundador de pueblos, a quien, mientras ponía las bases de una ciuadad mediterránea:

«Diuen que allá, un cap-vespre de vent i de tempesta,
sentí la veu que en Calpe l'omplí de sant terror;{5}

para descorrer plenamente el velo cristiano de toda la epopeya al conjuro de las palabras que le dirige Jehová:

Jo so –diu-li– qui et duia pel braç com infant tendre,
á esquarterar i rompre l'occidental Babel;
Jo so qui ab la guspira del llamp la vaig encendre
quan alçá, fent dels núvols escala, guerra al cel.{6}

Ante lo que Alcides, jura que el Dios de Túbal será el de sus nietos, y le erige un templo, que:

Quan del cel l'olivera floría en lo Calvari
de genollons en terra caigué davant son Deu,
qui per altar volía la terra, y per sagrari,
ditxosa patria meva, volía lo cor teu.{7}

Es en ello, en esta preferencia y fidelidad recíprocas entre Dios y España, en lo que pone Verdaguer las motivaciones del designio providencial que reservaba a España, salvada del cataclismo, para la empresa cristianizadora del Nuevo Mundo:

«Y'ls 'vuy malavinguts fragments en que's partesca,
units pels nets d'Hesperis me tornarán a amar,
com un parell de braus que'l bover desjunyesca
per, al ser vells, poderlos millor aparellar.{8}

Y, entre el clamor más horrendo del cataclismo de la tierra de los Atlantes, resuena la voz de esta elección:

Espanya, pel chor d'angels cridada, s'esparpella
i veu que es lliga un pèlach ignot á son cos nu.
—Quí relleva en ton cel l'estel caygut?–diu ella,
i, als braços estrenyent-la, joyós responli: –Tu.{9}

Es esta providencial elección la que justifica su salvación en medio del castigo. La empresa más que humana está reservada para los hijos de Alcides y Hesperis, a quien el héroe griego, para alejarla de la tierra castigada, intenta seducir con la perspectiva de la maravillosa naturaleza de Iberia:

Als camps hon te esperan les vèrgels d'Iberia
la terra es més verda, lo cel es més blau;
tu pots trasplantarhi les roses d'Hesperia y jo de Beocia
ab l'art de la guerra los jochs de la pau.{10}

Cuya idea volverá a recoger, cuando, hacia el fin del poema nos vuelva a hablar del legado de Hesperis y Alcides:

A sos filis y niçaga dexans la dolça lira;
lo grec degué afegirhi vibrantes cordes d'or;
puix que canta les guerres y quan d'amor sospira
desvetlla encara 'ls somnis ò tempestats del cor.{11}

Los hijos de Iberia, los descendientes de Alcides:

Així com los plançons se semblen al vell roure
al domador de monstres retiran los fills seus;
es fama que la terra llurs nets faràn somoure,
com góndola al posarhi son timoner los peus.{12}

Si tantas mercedes han recibido de Dios, deben ser fieles a su destino, y de esta manera se consumará el designio de tanto tiempo preconcebido; ello constituye la visión final del poema, cuando el fraile protector de Colón:

Veu morgonar ab l'espanyol imperi
l'arbre sant de la Creu á altre hemisferi
y'l mon a la seva ombra reflorir;...{13}

Esa es la grandiosidad del poema vertido todo él hacia la heroica empresa cristiana de la evangelización de América, gesta inmortal de nuestra raza.

¿Pudo admitir o comprender alguna de estas grandezas D. Manuel de la Revilla? Formúlese el lector la respuesta para sí y tenemos la convicción de que llegará a la misma conclusión a que hemos llegado nosotros: la de que no quiso admitirla.

Notas

  1. Pero una noche alzándose bramando mar y cielo,
    cual hoja expuesta al Bóreas, Europa trepidó;
    y al alba despertándose, buscó en su amante anhelo
    al mundo hermano, y llena de espanto no le vio.
  2. Y a ti ¿quién salva? ¡oh nido de la nación ibera!
    cuando la mar el árbol, de do pendias, cubrió,
    cuando el bajel do estabas cual góndola ligera
    sujeta, en dos pedazos abierto, se anegó.
  3. ¡Señor de las venganzas! aliento da a mi cántico,
    diré el terrible golpe que la estrelló en el mar,
    e hizo al Mediterráneo y al anchuroso Atlántico
    por desunir los mundos, hirvientes rebosar.
  4. Da leyes a su prole, la, nutre en la doctrina
    salvada del diluvio por el linaje fiel
    graba en su pecho el nombre de Dios, y así
    del corazón las alas nacientes encamina hacia El.
  5. Cuentan que al declinar de una sombría
    tarde tempestuosa, oyó el acento
    que sublime terror causóle un día.
  6. Yo soy quien te llevaba–del brazo como infante;
    yo soy quien te guiaba–cual maza fulminante
    contra la reina impúdica–la occidental Babel.
    Yo soy quien la encendiera–del rayo con la lumbre
    cuando intentó altanera–trepar la muchedumbre,
    de nube en nube alzándose–del cielo hasta el dintel.
  7. Cuando el celeste olivo dio flor en el Calvario,
    de hinojos aquel templo ante su Dios cayó;
    que por altar quería la tierra, y por sagrario
    tu corazón, oh patria dulcísima, eligió.
  8. Y sus fragmentos, hoy mal avenidos,
    por los hijos de Hesperia luego unidos
    no tornarán a amar, como desunce
    indómitos novillos el boyero
    y a la vejez con yugo más ligero
    su ya dócil cerviz al yugo unce.
  9. Llamada por los ángeles, despierta España y siente
    que a sus desnudos bordes se enlaza ignoto mar:
    ¿Quién al astro sucede? pregunta, y tiernamente
    la abrazan y –¡Tú!– dicen risueños a la par.
  10. Allí do te aguardan doncellas iberas
    y más azul cielo, más verdes praderas,
    plantar puedes rosas de Hesperia feraz;
    y yo de Beocia las artes guerreras,
    los juegos alegres de tiempos de paz.
  11. Ella legó a su raza la armoniosa lira
    do el griego añadió cuerda de varia vibración;
    pues cuando canta guerras, cuando de amor suspira,
    ya evoca tempestades, ya aduerme al corazón.
  12. Así, cuando los retoños salen al viejo roble
    del domador de monstruos su prole es copia fiel.
    Diz que oscilar al mundo, hará su raza noble
    cual góndola al montarse sobre ella un timonel.
  13. Ve alzarse al lado del hispano Imperio la santa Cruz en un nuevo hemisferio y al orbe hermosas flores producir...

La traducción en verso castellano de estos fragmentos, como la de todo el poema, es debida al escritor granadino D. Francisco Díaz Carmona y se publicó en Madrid en 1884.