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artículos de Cristiandad de Barcelona

Advertencia previa

RAMÓN ORLANDIS, S. J.

CRISTIANDAD
Año II, nº 27, páginas 193-195
Barcelona-Madrid, 1 de mayo de 1945
Editorial

Quien esta advertencia suscribe, no es por cierto el director de la Revista; no es siquiera –aunque algunos puedan creerlo– quien tuvo la iniciativa en su aparición. Es, sí, desde los orígenes, el inspirador de la Revista; no hay para qué disimularlo. Es asimismo, digámoslo así, su curador espiritual en la menor edad. Claro es, dicho sea entre paréntesis, que ni inspiración significa escritura al dictado, ni curatela, entorpecimiento de iniciativa o movimiento.

De esta su relación con respecto a CRISTIANDAD se origina y en esta relación se funda una ineludible responsabilidad: la de procurar con solicitud competente el bien de la Revista, que no es ni puede ser otro, sino el que ésta tienda siempre a su fin, sin tropiezos ni desviaciones de orden espiritual.

Exige esto, a todas luces, vigilancia, y quien tenga bien conocido así el fin como la índole de CRISTIANDAD, forzosamente se hará cargo de que la vigilancia no podrá ceñirse al mero cuidado de que en ella nada aparezca que no sea conforme al dogma y a la moral cristiana entendidos estos términos en su sentido estricto. Más es lo que exigen el fin y la índole de CRISTIANDAD: exigen que nada de lo que en ella se publique desdiga en lo más mínimo del nombre que con orgullo –orgullo santo– ostenta en su portada con caracteres deliberadamente llamativos. CRISTIANDAD desde su primera concepción quiso llamarse "CRISTIANDAD" y rechazó toda otra designación onomástica, tal vez más a la moda, más velada, menos audaz, menos –por qué no decirlo– menos provocativa. Y este nombre lo escogió a conciencia, previendo que con él, en algunos sectores, sería quizás menos bien recibida, arriesgándose a ver tal vez reducida su publicidad.

CRISTIANDAD, al elegir este nombre, declaró sin rebozo qué vida quería vivir, que quería vivir en un todo del espíritu cristiano, del espíritu de la Iglesia de Jesucristo, de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, de la Iglesia romana, única verdadera, de la Iglesia cristiana auténtica.

CRISTIANDAD, por ser CRISTIANDAD, no se encoge ante el peligro de que la motejen de beata y así sin ningún asomo de empacho se profesa a la luz del día devotísima del Sagrado Corazón de Jesús, lo cual a no pocos cristianos podrá parecer una sencilla beatería.

Todo esto es la explicación del por qué CRISTIANDAD quiere y exige de su curador espiritual que la vigile, no sea que en su juvenil inexperiencia, se desvíe un solo paso del camino que conduce a su meta; que nada pueda descubrirse en sus páginas, que, visto a la luz del Vaticano, pueda parecer una mancha en su perfecta ortodoxia; una sombra proyectada por la interposición de un criterio menos conforme con el de la Madre Iglesia.

Si algo así un ojo cristianamente avizor descubriera en las páginas de CRISTIANDAD, no lo ponga en duda el lector, habría sido un desliz inconsciente y CRISTIANDAD le agradecería en el alma un aviso de benevolencia. Los que forman el núcleo de la Redacción no se tienen por maestros infalibles y quien ejerce la vigilancia bien puede unos instantes dormitar.

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No es empero el espíritu de Cristo y de su esposa la Iglesia espíritu de congojas y apreturas. Donde está el espíritu de Dios, allí está la libertad, la libertad verdadera, la libertad de los hijos de Dios. Por esto precisamente, porque se entrega sin recalcitraciones ni titubeos, sin tacañerías ni minimismos al espíritu maternal de la Iglesia, CRISTIANDAD se gloría de vivir en la legítima y genuina libertad. Por esto siempre dejará a sus redactores y colaboradores la justa y honesta libertad de opinar, en todo aquello que la Verdad Eterna deja a la discusión bien intencionada y caritativa de los humildes mortales.

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Otra observación: dado el carácter peculiar de la Revista, que no tiene pretensiones de científica y menos de magistral, no sería justo ni razonable exigir de ella en todos los casos aquella precisión de nomenclaturas, aquella exhauriente totalidad de comprensión, aquella extensión de conocimientos eruditos, que se pueden, con razón, pedir al maestro, al hombre de ciencia. Cuando CRISTIANDAD quiere ilustrar a sus lectores con autoridad magistral, halla un recurso eficacísimo, ciertamente bien compatible con su humildad y modestia, y de este recurso se vale en todos los números: el recurso de convertirse en altavoz de la palabra autorizada de los Romanos Pontífices, de los Sagrados Doctores, de los autores aprobados por el sufragio cristiano.

Además, con gusto y agradecimiento pide y obtiene la colaboración y la firma de escritores prestigiosos, sacerdotes y seglares, que con su reconocido crédito ornen y enriquezcan sus columnas.

La Teología de la Historia

Para que el lector aprecie la razón de dedicar todo un número de CRISTIANDAD a un tema en apariencia inactual e intrascendente, es prenotando indispensable enterarle de una de las aficiones preponderantes de aquellos que constituyen el núcleo de redacción.

Formados éstos en Schola Cordis Iesu y por ende en el seno del Apostolado de la Oración, cuyo lema se expresa en aquella petición: «Adveniat regnum tuum», es obvio que desde el principio concibieran vivos deseos de entender a fondo la idea, que se expresa en la fórmula universalmente admitida: el Reinado Social de Cristo y que una vez comprendidas las riquezas de contenido, que en esta fórmula se encierran, los tesoros de salud que en ella y por ella se ofrecen al mundo enfermo extendieran sus deseos a dar a conocer tales tesoros al mundo, que por desgracia, no los conoce en su valor ni los busca para su remedio. ¿Dónde, pues, habían ellos de buscar la comprensión de tales tesoros y dónde habían de hallar la orientación y el estímulo para comunicarlos? Obligado era acudir a los escritos y a las empresas del que con razón es llamado segundo fundador del Apostolado, de aquel egregio varón, cuyo nombre es Enrique Ramière. Él fue quien consolidó la obra del P. Gautrelet, su primer fundador; él quien le dio vida nueva y robusta, infundiéndole la savia divina cuya fuente es el Corazón de Cristo y con ello le dio su forma definitiva. El P. Enrique Ramière vio con una claridad que no habían alcanzado ni los contemporáneos de Santa Margarita María, ni los que en el siglo XVIII y en la primera del XIX se aplicaron al estudio y al comentario de las revelaciones de Paray, la significación de aquella promesa de reinado: «reinaré a pesar de mis enemigos» que en ellas de continuo se repite; y a la luz de esta claridad comprendió que tal promesa no se hizo tan sólo a los cristianos considerados aisladamente, sino a las sociedades en que ellos vivían; más aún al mundo entero. Y vio más aquel eminente varón; vio que Jesucristo quería salvar al mundo, valiéndose de la devoción a su Corazón divino, ya que ésta es el medio providencial, por el cual quiere establecer su reinado de amor en el mundo pecador y rebelde.

En realidad, en aquellos momentos solemnes, en que en un rincón de un convento de la Visitación el Divino Redentor sembraba las semillas de su obra providencial, un genio escrutador y adivinador de lo porvenir, tal vez hubiera podido sentir los primeros escalofríos, anunciadores de aquella tempestad espantosa que en los siglos subsiguientes derrumbaría tronos y altares y que, lejos de purificar el ambiente, lo dejaría saturado de miasmas capaces de gangrenar la humana sociedad.

El P. Enrique Ramière no hubo de prever lo futuro; él veía con sus propios ojos la devastación revolucionaria, y se daba cuenta perfecta de que el mundo seguía respirando aquel aire pestilencial. Por esto el P. Ramière enardecido en celo y en deseos de iluminar las inteligencias obscurecidas, intensifica su vida de espíritu y de apostolado, y multiplica sus trabajos, escribe libros, emprende obras, etc., para que los miopes y los ciegos vean dónde está el camino de salvación.

En sus luminosos trabajos intelectuales, para alumbrar las inteligencias no se encierra en el círculo de las verdades y de los principios abstractos; hace ver las normas y las leyes de la providencia divina actuando en la vida de los pueblos y de todo el género humano y acude a la revelación divina para rastrear los planes que ha trazado Dios a la humanidad y para sondear con humilde osadía lo que en lo porvenir estos planes le reservan. Y esto no por estéril curiosidad, sino para orientar los espíritus y alentarlos con la esperanza.

Y para esto estudia la historia, no tan sólo a la luz de la razón, sino también a la luz más poderosa de la revelación divina. Y si no crea una ciencia que ya cultivaron por ejemplo San Agustín y Bossuet es quien primero le da el nombre adecuado y lleno de significación de Teología da la Historia.

Ahora bien, los miembros de Schola Cordis Iesu se enamoraron de esta ciencia y se esforzaron por adquirirla con ecuánime seriedad y supliendo sus carencias de formación teológica con consultas humildes pero pertinentes. Y al poner en estos estudios un interés creciente y fecundo no pudieron contentarse con los problemas planteados explícitamente por el P. Ramière; mas siguiéndole como guía se hallaron con nuevos problemas de fecundidad insospechada y no se arredraron ante ellos, sino que trabajaron por resolverlos, para enriquecer sus inteligencias y fecundar su corazón.

El fin del Imperio Romano

Pues bien, el tema que en este número de CRISTIANDAD se estudia es de aquellos temas que, aun siendo de índole meramente histórico-positiva, puede tener insospechadas repercusiones en los problemas de Teología de la Historia.

Formulado en términos imprecisos, el problema es como sigue: ¿En qué momento de la Historia feneció el Imperio Romano?, y puestos a precisar, si se pregunta ¿a qué imperio nos referimos, al fundado por Augusto o al imperio medieval, al conocido en la Historia con el nombre de «Sacro Imperio Romano de nación germánica»? Se responderá sin titubeo que al primero, al fundado por Augusto poco antes del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo.

Planteado así el problema tal vez sorprenderá a más de un lector de CRISTIANDAD. ¿Quién en la escuela primaria no aprendió ya de memoria que el edificio levantado por Augusto cayó en ruinas hace quince siglos al empuje de los bárbaros del Norte? ¿Y qué tiene esto que ver con la Teología de la Historia?

Dilate algo más su paciencia quien la ha tenido para seguirnos hasta ahora.

Uno de los acontecimientos revelados como futuros en la Sagrada Escritura es la aparición a su tiempo del hombre llamado del pecado, del Anticristo, supremo perseguidor de la Iglesia. En los tiempos de fe más viva preocupaba hondamente este hecho profetizado; ahora casi ha desaparecido del cuadro de las preocupaciones humanas. Pues bien, fundándose en la Escritura, los autores eclesiásticos de los tiempos primeros de la Iglesia pensaban que debía haber sucesión de comunidad entre la desaparición del Imperio Romano y la aparición del Anticristo, y por esto fue uno de los motivos de pánico temor para los cristianos del siglo V el derrumbamiento del Imperio.

Parecía a primera vista suficiente razón para abandonar aquella interpretación de la Escritura, la natural decepción que había de producir en los espíritus el tener ante la vista las ruinas del Imperio. Y, sin embargo, no fue así; continuaron los escritores eclesiásticos aferrados a la interpretación tradicional, y no la abandonaron ni siquiera cuando en el siglo XV, al conquistar los turcos Constantinopla, pereció de muerte miserable el Imperio de Oriente, y quedó tan arraigada la creencia que aún a fines del siglo XVI un varón tan eminente como San Roberto Belarmino no dudaba en esgrimir contra la estolidez de los protestantes que decían que era el Anticristo el Pontífice Romano, un argumento fundado en la interpretación tradicional, es a saber: que mal podía ser el Papa el Anticristo ya que éste no había de aparecer mientras durase el Imperio Romano y éste aún existía.

En nuestros tiempos se ha variado de táctica: los intérpretes de la Escritura dando por supuesto que hace siglos desapareció de la Historia el Imperio Romano, abandonan la interpretación tradicional y buscan nuevas explicaciones.

Empero, se preguntan los redactores de CRISTIANDAD, ¿es tan cierto como se supone que hace siglos acabó el Imperio fundado por Augusto?, y para hallar respuesta a esta pregunta recurren a los historiadores no preocupados por prejuicios extrahistóricos y hallan que éstos afirman con fundamento que el imperio fundado por Augusto duró hasta principios del siglo XIX y feneció en el año 1806 decapitado por el sable de Napoleón.

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Conociendo ya el lector la importancia de los hechos acontecidos en 1806, esperamos que tendrá el espíritu más preparado para comprender: no ya la materia de cada artículo en particular, sino la intención general de este número; y se dará cuenta de que este problema admite y exige una ampliación y desarrollo que con el favor de Dios se propone CRISTIANDAD ofrecerle en posteriores elucubraciones históricas.

No está de más, para concluir, recordar que dentro de la primera quincena de mayo –el cinco del mismo mes– se cumple el aniversario de la muerte de Napoleón; lo cual no deja de dar oportunidad a este número.