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Llamamiento del Papa Pío XII a los intelectuales

Luis Rey Altuna

CRISTIANDAD
Año II, nº 20, páginas 33-36
Barcelona-Madrid, 15 de enero de 1945
Plura ut unum

El llamamiento a que se refiere el epígrafe está explícito en diversos documentos pontificios de estos últimos años, e implícito en el mensaje de Navidad de 1943.

Hay en este último una angustia tal por los dolores que oprimen a la humanidad y las ideas que la desintegran, que lo que en principio semeja llamamiento de vigía, luego se hace grito de náufrago perdido en la anchura de los mares. Anchuras de mar alcanza efectivamente ese lamento que se introduce, por milagro de la catolicidad, en todos los rincones del mundo y en todas las esferas sociales. A su conjunto despierta nuestra conciencia cristiana, se remueven los sentimientos humanos, y nos sube a la garganta el eco de «¡ya vamos!», en respuesta a la voz apremiante del Padre común.

Pero no a todos afecta o debe afectar igualmente esta llamada. Allí están para atestiguarlo las palabras del Pontífice: «No se pueden esperar ni iniciar la salvación, la renovación y una progresiva mejora, si numerosas e influyentes agrupaciones no vuelven a la recta concepción social». Y poco más adelante: «De estos grupos más influyentes y dispuestos para comprender y ponderar la atrayente belleza de las justas normas sociales pasará y entrará después en las multitudes la convicción del origen verdadero, divino y espiritual de la vida social...»

Los grupos más influyentes señalados por el Papa, para una reorganización social justa del mundo, si bien pueden serlo de algún modo los grandes capitalistas y empresarios cuyo comportamiento influye más directamente en el obrero, con todo parece que no son ellos los llamados a darnos las fórmulas sociales, producto más bien de inteligencias sabias al servicio de la moral y de la humanidad. Esto es ya un llamamiento a los intelectuales, implícito en el mensaje navideño del año pasado.

Pero volvamos la vista más atrás. El dos de octubre de 1942, pronunciaba Su Santidad un discurso admirable –como todos los suyos– ante los miembros del XLI Congreso de la Asociación italiana para el progreso de las ciencias. De él entresacamos las siguientes palabras: «La asidua actuación de la máxima vitam impendere vero, la infatigable dedicación al servicio de la ciencia, la lucha por la conquista de conocimientos cada vez más perfectos, no menos que su sistemática aplicación a las cada vez mayores exigencias de la vida, no sólo material y económica, sino también ética y religiosa, forman una misión a la que las clases dirigentes en el campo científico no pueden sustraerse sin daño irreparable para el país y para el pueblo».

El Pontífice está hablando, como se deja entender, primariamente a los sabios italianos «pensadores e indagadores, inventores y constructores, literatos y filósofos, juristas y escritores», a quienes confía, en días aún distantes del catolicismo nacional, una de las mayores empresas que pueden imponerse a hombres humanos por labios divinos. «Nos tenemos plena confianza –no se sabe si canta o llora proféticamente el Papa– en que a la presente generación de cultivadores de las ciencias, hoy aquí ante Nos tan dignamente representada, le está reservado un porvenir no lejano en el que dedicar todas las fuerzas de su entendimiento, todo el idealismo de su voluntad a que, acabada la más formidable de las guerras, en fecunda unión con los hombres honrados de todos los países, surja en el mundo un nuevo orden de justicia y de paz, extraño a todo lo que es excesivo, inicuo e injusto, un orden que también el pueblo italiano pueda saludar con alegría desde lo profundo de su fe, de su pensamiento y de su sentimiento, como corresponde a sus más gloriosas tradiciones religiosas y civiles».

He transcrito estos párrafos impregnados de patética exaltación por creer que en ellos se formula tal vez como en ningún otro el hecho mismo, y aún el recto sentido, de lo que se ha dado en denominar llamamiento del Papa a los intelectuales.

El hecho del llamamiento es incuestionable. Su Santidad llama porfiamente a los intelectuales, es decir, a los hombres de ciencia, a los asiduos cultivadores del saber, a los intelectos iluminados y alumbradores de alta cultura, a los pensadores, a los dirigentes de la humanidad. Que todo esto y nada más que esto viene a significar aquí el vocablo intelectual, tal vez demasiado traído, y no siempre con decoro, por nuestros prohombres de la generación del 98.

Y ahora, antes de filosofar un tanto sobre las circunstancias y motivo del llamamiento, una pregunta que tiende a florear, sin reventar del todo en nuestra mente censurada por la modestia: ¿Nos afecta también a nosotros la llamada del Papa? Sí, en cierto sentido, naturalmente. En el sentido de que sin presumir de grandes filósofos –nada más propio en todo caso que la modestia socrática del «sólo sé que no sé nada»– hemos de reconocer que Dios nos ha puesto en unas condiciones culturales y sociales que nos acercan más o menos al alcázar de la intelectualidad. Acaso algunos de nosotros, por menos intelectuales, tenemos obligación de libar la ciencia de los grandes sabios para convertirnos en maestros o consejeros de las zonas retiradas, y por tanto desconectadas, de la sabiduría pura.

Quede pues bien claro, y como premisa que forzará en nuestra conciencia determinadas conclusiones, que el llamamiento pontificio afecta a un doble sujeto: el sabio y el profesional, el maestro y el universitario. El Papa nos llama por cualquiera de dichos títulos, y precisa atender su llamamiento.

Pero ¿hay algunas razones peculiares a favor del mismo en la actualidad?

* * *

Resulta a primera vista paradójico referirse a una crisis científica en el momento preciso en que la ciencia ha logrado rebasar fronteras tenidas hasta ahora por infranqueables y en que la vida moderna se vale de artefactos prodigiosos que pondrían admiración a los mayores sabios del mundo antiguo. ¡Cuántos quisieran hoy que la ciencia no hubiera progresado tanto, víctimas de la ciencia misma! Pero es que a fuerza de querer saberlo todo el hombre de ciencia ha llegado a conclusiones contradictorias y ha visto sujeto su vuelo por las mallas de sus propias elucubraciones. La teoría de la relatividad ha puesto en entredicho verdades tan averiguadas como el heliocentrismo de Galileo. «El siglo terminaba –ha escrito De Broglie– iluminado por la esperanza de una síntesis próxima y completa de toda la Física». Y esas esperanzas han quedado defraudadas.

Acaso más acusada y demoledora es la crisis filosófica por la que periclita la existencia misma de la verdad. El relativismo es en Filosofía más vicio que en Ciencia, y representa sólo una forma del aún más viejo escepticismo. Algunos pensadores de nuestro tiempo han comprendido lo insostenible de un relativismo individualista que trasplantara al terreno científico el banderín religioso del «libre examen», y optaron por un relativismo colectivo como el de Oswald Spengler, que propugna un concepto de verdad válido para una época, un pueblo o una cultura. ¡Triste destino el de una verdad condenada a vivir de precario en la Historia, siempre dispuesta a ser desplazada por un clima o una política!

Mucho más consecuente, aunque no menos falso y peligroso, resulta el escepticismo metafísico de un Hume o un Kant, por ejemplo. Sin embargo, ninguna forma de escepticismo atenta más gravemente contra la verdad que esa doctrina de origen norteamericano, y que se conoce generalmente con el nombre de pragmatismo.

El pragmatismo sólo se interesa por la verdad, en cuanto ésta se traduce en vida, mejoras sociales o económicas, confort. Mas sólo es verdadero lo que sirve para algo o resuelve algo en la vida. ¿Podría llegarse a mayor prostitución de la diosa verdad? ¡Cómo se conoce que William James y Vaihinger no han padecido la durísima verdad de una guerra, tan poco propicia a mejorar las condiciones humanas!

A la crisis científico-filosófica hay que añadir, para completar el cuadro, la crisis religiosa implícita en la anterior y consecuencia de la antigua desmembración espiritual de la Cristiandad, del amoralismo actual de las creencias y de la creación de nuevos mitos, en sustitución de los auténticos principios religiosos.

Frente por frente de esta triple crisis científico-filosófica-religiosa, se alza la figura del Papa reinante como una silueta de espiritualidad, como un baluarte de comunidad histórica, y su voz prefiere adquirir dulzuras de llamada pastoral a enronquecer con anatemas apocalípticos. Por eso llama a los sabios, porque ellos pueden ayudar excepcionalmente a la gran empresa de Cristo.

No olvidemos que Dios ha dejado en definitiva al libre arbitrio del hombre la solución de su propio destino, que cada persona ha de salvarse por sí misma y que las ideas puestas en circulación por los pensadores tienen una influencia decisiva en la marcha de los pueblos. Las ideas hacen muchas veces la conducta individual. Las ideas mandan a la corta o a la larga.

¿Podría acaso entenderse la Revolución Francesa sin Rousseau, el liberalismo económico sin Adam Smith, el pangermanismo sin Hegel, o el comunismo sin Carlos Marx? Hacen falta por consiguiente creadores de antídotos, forjadores de principios y teorías enraizadas en la verdad, que estrechen el cauce de la vida humana no dejándolo desbordarse a los campos del error.

Ya no extrañaremos la insistencia del Santo Padre en reclamar la colaboración de los intelectuales para tan penosa como inaplazable labor. Réstanos tan sólo escuchar sus consignas y ponderarlas por menudo.

* * *

Y antes que nada salgamos al paso a una objeción o prejuicio más bien –moneda corriente entre los sabios– según el cual la ciencia profana nada tiene que ver con la religiosa. En audiencia concedida el 12 de octubre de 1942 a los miembros del congreso internacional de Matemáticos resonaba la voz del Santo Padre con acentos de llamada, alegando los títulos excepcionales de la Iglesia para provocar el acercamiento científico a la fe. Las célebres pinturas rafaelinas de «La Escuela de Atenas» y de «La Disputa del Santísimo Sacramento» que adornan las estancias vaticanas, varias veces aludidas por el Papa, son un símbolo de la preocupación pontificia por la cultura y al propio tiempo de la armonía entre la fe y la razón.

«La ciencia sagrada –decía en esta ocasión– que al servicio de la fe se abisma en los misterios de la divinidad y en el plan divino, de la salvación, y la ciencia profana que lucha sin descanso por un conocimiento cada vez más amplio de las cosas creadas, no son enemigas sino hermanas. La más elevada nobleza de una de ellas determinada por el fin que le es propio, que se eleva sobre la naturaleza, no disminuye la grandeza, la importancia, la necesidad, los méritos de la otra, que estudia y conquista en el universo la obra del Creador».

Aquella genial solución de Santo Tomás de Aquino al arduo problema de las relaciones entre la razón y la fe, a si se quiere, entre la Filosofía y la Teología, resolviéndolo como armonía, con ordenación y en es te sentido servidumbre, de la primera a la segunda, ha adquirido en el pensar de la catolicidad volumen de dogma filosófico. Su Santidad acaba de confirmarlo.

Dentro de este criterio de armonía científico–religiosa, se desarrollan dos bellísimos discursos pronunciados por Pío XII, en la inauguración de curso de la Academia Pontificia de Ciencias, los años 1941 y 1942.

Yo me permito recomendar con ahínco su lectura atenta y si puede ser su meditación reposada.

En su defecto vamos a espigar ahora algunos pensamientos centrales siempre con la mira puesta en nuestro objeto.

El discurso del 41 es un magnífico himno de alabanza a la Sabiduría divina que hizo tan maravillosamente al hombre sujeto capaz de conocer los arcanos del universo y de elevarse por ellos a Dios. Hay párrafos que ni pueden olvidarse, ni mutilarse lo más mínimo sin mengua de su profundidad y belleza.

«A Él se elevan nuestros pensamientos, y también nuestro corazón en esta aula de las ciencias; porque aquel Dios que dirige el universo, el curso de los tiempos y los hechos alegres o tristes de los pueblos, es también el Señor Dios de la Sabiduría: Deus scientiarum Dominus (I Reg. 2, 3). Su sabiduría infinita le hace Maestro del cielo y de la tierra, de los ángeles y de los hombres: en Él, Creador del Universo, están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (cfr. 6 Colos. 2, 3). En Él está la inefable ciencia de sí mismo y de la infinita imitabilidad de su vida y belleza; en Él, la ciencia del nacer y del renacer, de la gracia y de la salud; en Él, los arquetipos de las admirables danzas de los planetas, que dan vueltas alrededor del sol, de los soles en las constelaciones, de las constelaciones en el laberinto del firmamento, hasta las últimas orillas del piélago del universo».

Nada más grandilocuente y nada tampoco más humanamente aproximado a la realidad que esta síntesis de la ciencia divina que sabe todo, y puede, conforme a su saber sin limitación alguna. A Dios, Señor de todas las ciencias, a Dios, fuente de toda sabiduría y sol de toda verdad debe el hombre de ciencia su gota y chispa de sabiduría. Acérquese, pues, el sabio a Dios por serlo y para serlo más.

Pero, ¿tiene el hombre más categoría que la de un átomo perdido en el macrocosmos?

El Pontífice encuentra en el hombre, aun después de su caída, dos excelencias por las que se empina sobre todo [35] lo creado, hasta asomarse al mundo de la divinidad: «El entendimiento, cuyo ojo se extiende por el universo creado, que atraviesa los cielos deseoso de contemplar a Dios; y la voluntad dotada de libre albedrío, sierva y señora del intelecto, que en diverso grado nos hace dueños de nuestros pensamientos y de nuestra obra ante nosotros mismos, ante los demás y ante Dios».

Sobre estos dos quicios gira toda la grandeza humana. Merced al entendimiento el hombre reconoce a su autor en el orden del universo, y merced a la voluntad se ordena a sí mismo para no desentonar en la armonía universal.

«¿Está mudo ante vosotros acaso el universo? –increpa el Papa a los sabios– ¿No tiene nada que deciros para apagar la profunda tendencia de vuestro intelecto hacia una síntesis que responda al orden de lo creado? Lo más digno de consideración en el universo es la disposición del orden que todo lo distingue y une, lo enlaza y concatena, en las varias partes y en las diversas naturalezas... ¿Qué es pues esto sino la demostración más evidente que hace el mundo de tener dentro de sí la mano de aquel Maestro, invisible en sí mismo, pero manifiesto en su obra, que es el Dios de toda sabiduría, ordenador del universo con arte suma?» Y hace suyas Pío XII las célebres palabras de Aristóteles: «El universo no puede ser mal gobernado; no es bueno el mando ejercido por muchos; debe ser uno solo el que mande» (Meth. L. XI, c. X, in fin).

Se reconoce con facilidad en estos conceptos el argumento que sirviéndonos como de trampolín del orden sensible salta al conocimiento de un ser superior inteligente y autor de dicho orden. Acaso sea ésta el arma que haya que esgrimir en la actualidad contra el ateísmo –no por vieja, embotada– y que adorna las panoplias de los mayores filósofos.

El sabio, pues, a ley de tal, debe ser teólogo, y consiguientemente moral y religioso. Recordemos aquel testimonio imponderable de hombre tan poco sospechoso como el inglés Francisco Bacon, Barón de Verulam, padre de la ciencia moderna, quien escribió en sus conversaciones De atheismo (XVI): –«Es cierto que la poca filosofía inclina a los hombres al ateísmo, mientras que una ciencia superior los acerca a la religión». ¡Qué verdad tan sangrienta para los ateos y tan halagadora para nosotros!

Si reseguimos el hilo de este discurso pontificio, observamos cómo sabe el Papa introducirse –de vuelta de Dios– en el propio campo de los científicos y defender ante ellos el verdadero concepto de ley natural: «Una impresión producida por Dios que todo lo encamina al fin». Pero donde su pensamiento se mueve con agilidad y competencia admirables a través de las ciencias empíricas, es en el discurso pronunciado con ocasión y ante auditorio semejante el año 1942.

Allí ha exclamado: «Tal orden universal vosotros lo contempláis, lo medís, lo estudiáis; no puede ni ser fruto de una necesidad ciega absoluta ni siquiera del acaso o de la fortuna: el acaso es un parto de la fantasía, la fortuna, un sueño de la humanidad, ignorancia. En el orden vosotros buscáis una razón que lo gobierne ab intrinseco, un ordenamiento de la razón en un mundo que aún sin vida se mueve como si viviese y obra con designios como si intentase; en una palabra, vosotros buscáis la ley, que es precisamente un ordenamiento de la razón de quien gobierna al universo y la ha fijado en la naturaleza y en los movimientos de su instinto inconsciente».

Y entre el vocabulario técnico de electrones, materia, energía, radiaciones, acomete Pío XII con garbo de sabio, y copia de citas la fijación del verdadero concepto de ley natural, equidistante del fijismo absoluto y del relativismo probabilista.

Pero habida cuenta del estrecho margen que nos queda, abandonamos a los estudiosos este problema, en beneficio de otro más relacionado con ideas vertidas anteriormente. Me refiero a la refutación que hace el Papa del fenomenismo, una de las doctrinas en que más apoyo encuentra el escepticismo actual conocido con el nombre de relativismo.

Los conceptos del Pontífice son tan acertados y la dicción tan expresiva, que no se me perdonaría el escamoteo de uno de sus párrafos más brillantes.

«Pero no os dejéis deslumbrar como aquellos filósofos y científicos que estimaron que nuestras facultades cognoscitivas no conocen sino los propios cambios y sensaciones de modo que se vieron obligados a decir que nuestro entendimiento llegaba a tener ciencia únicamente de las semejanzas recibidas de las cosas, no siendo las cosas mismas objeto de nuestra ciencia y de las leyes que formulamos respecto a la naturaleza, ¡Manifiesto error! ¿No son acaso las cosas mismas lo que vosotros buscáis y de lo que habla, razona y discute nuestra ciencia? ¿Os hablamos a vosotros mismos, o a las imágenes que se forman en nuestros ojos al veros aquí presentes? Porque si lo que vosotros buscáis y conocéis fuesen solamente las imágenes de vuestras sensaciones se seguiría de ahí que todas vuestras ciencias físicas, desde las estrellas hasta el átomo, desde el sol hasta la lámpara eléctrica, desde los minerales a los cedros del Líbano, desde los microbios al hombre y a los medicamentos para sus enfermedades, no tratarían de las cosas que están fuera de vuestra alma, sino únicamente de aquellas semejanzas inteligibles que también soñando contempláis dentro de vuestra alma... No, la ciencia no es de los sueños ni de las semejanzas de las cosas, sino de las cosas mismas a través del medio de las imágenes que de ellas recogemos».

Huelga todo comentario, y apenas me atrevo a balbucir que Su Santidad ha vindicado los fueros de la verdad, de la que todos los hombres honrados y conscientes nos debemos proclamar acérrimos defensores.

Hasta aquí han sido las palabras pontificias más bien estrellas que iluminan las inteligencias que soles que calientan los ánimos. No olvidemos el auditorio de cardenales, diplomáticos y personalidades científicas que rodea su cátedra. De ahí su tono didáctico que sólo en los párrafos finales se enciende con vivas recomendaciones. Casi no ha lugar el plural, porque las circunstancias presentes imponen una sola recomendación: Amor, caridad.

* * *

Un afán persuasivo semejante ambienta por completo la alocución de Su Santidad a los universitarios de la Acción Católica Italiana, en 20 de abril de 1941. En ella vibró ya un acento de llamada, y no es posible escucharla sin estremecerse de arrepentimiento y promesas ante los argumentos y mandatos pontificios. ¡Qué responsabilidad la nuestra! Pío XII afirma paladinamente que los que recibieron una formación universitaria son el cerebro en la vida de un pueblo. Y nadie nos libra de esta verdad, por exigua que juzguemos nuestra ciencia.

Se duele el Papa con razón de que en las universidades actuales, herederas de aquellas universidades eclesiásticas, del Medioevo, luz de la Cristiandad, «se alzan las tinieblas que son una de las causas principales de la falta de moral en que se debate hoy día el mundo». Hay que volver ante todo a aquella compenetración medieval de la ciencia y la fe, «la alta ciencia universitaria –como dice Su Santidad– y la luz revelada por Cristo».

Para ello precisamente se dirige el Papa a «los que frecuentan o han frecuentado las aulas universitarias» y les conmina en primer lugar –nos conmina– a equilibrar el bagaje de conocimientos científicos profanos con el de la ciencia religiosa, no sea que empiece por peligrar nuestra fe, por no disponer, en el terreno de la religión, de armas conceptuales para destruir las dificultades que, partiendo tal vez del campo de nuestra especialidad pongan a prueba, cuando no arruinen por completo, el castillo dogmático que levantamos de pequeños.

Ni sólo hemos de contentarnos con una extensa y bien fundada cultura religiosa. A la teoría debe seguir la práctica, a la vida intelectual la vida moral, que es más propia y trascendentalmente vida. Si una mera ciencia profana obliga a una conducta honrada, toda vez que el sabio está investido de un cierto sacerdocio en el templo de la verdad, ¿cuánto más la teología o ciencia de Dios?

Pocas veces aparece el estilo pontificio tan apremiante y celoso de encender en deseos y obras de apostolado a los intelectuales católicos. Reconoce que la empresa es ardua y difícil, pero cuenta con la gracia de Dios y con las virtudes nuestras. Al menos no podremos alegar la disculpa de la ignorancia.

El mismo Papa nos da una primera lección que es como el espaldarazo de caballeros de la cultura, o las consignas del estratega antes de lanzarnos al combate. Es la lección de la caridad, la misma de Cristo, Maestro de maestros, que no ha olvidado, no puede olvidar su Vicario, porque, al decir de San Pablo, antes pasará la ciencia que la caridad. Una caridad cimentada en la humildad, tanto mayor cuanto que la vocación universitaria –y aun toda vocación profesional culta que se encamina a orientar y dirigir a los demás– obliga en primer lugar a no despreciarlos por modestos que sean, para poder sinceramente amarlos.

Esta lección, síntesis del cristianismo, es la única bandera que enarbola el jefe Supremo de la Cristiandad, en la hora más tremenda que ha conocido el mundo, tal vez desde los días de San Agustín.

* * *

No es del todo fortuita esta alusión al genial de Hipona. Su Santidad lo cita nada menos que tres veces en esta alocución que acabamos de comentar, como ejemplo aleccionador de un intelectual que atiende al llamamiento divino.

Muy tentadora es la sugerencia de Pío XII para no trazar ante vosotros en cuatro rasgos el camino espiritual de Agustín. Es acaso la figura a la que más cariño y espacio he dedicado en mis preocupaciones filosóficas.

En la vida de San Agustín pueden distinguirse claramente tres momentos –no diré estelares para no remedar el título de cierto libro muy en boga– que jalonan el camino de su vuelta a Dios: la juventud turbulenta, la crisis treintañera y la madurez fecunda. ¡Qué interesantes los episodios que esmaltan esa triple fase, bebidos en la intimidad de sus Confesiones! Pero aún más interesante resulta descubrir a través de ellos la propia personalidad de Agustín, determinada por un sentido moral, filosófico y teológico, implicándose mutuamente estos aspectos, aunque con diverso predominio de cada uno de ellos en las diversas fases de su vida.

Aquel «quería amar y buscaba un objeto de mi amor, contentándome simplemente con amar»{1}, requema su adolescencia y le lleva brujuleando, en inquietud angustiosa, de uno a otro amor, hasta anclar en el amor de la verdad que es Dios.

Ejemplo magistral de moderno universitario, zarandeado por esa lucha moral en la que hay victorias pero también derrotas –las hubo en Agustín– y quiera Dios que no definitivas.

A San Agustín le ha salvado el amor sincero y pasional de la Verdad: «¡Oh verdad, verdad –exclamaba– cuán íntimamente aun entonces te deseaba mi alma!»{2}. Hubo de sufrir las torturas de la duda, pero de ellas salió por fortuna la más genial refutación del escepticismo:

«Todo aquel que se entiende a sí mismo, entiende una verdad y está cierto de esto que entiende»{3}. Entonces, rotas ya las amarras escépticas, se lanza velas al viento a la búsqueda de la verdad, por los mares de la filosofía. Ni el maniqueísmo ni el estoicismo, ni el neoplatonismo, satisfacen sus aspiraciones científicas. En todas esas doctrinas encuentra jirones de verdad.

Pero ¿la verdad misma? Aquí se produce la crisis filosófica que se resuelve junto con la crisis moral en el hallazgo de Dios y de la propia personalidad teológica definitiva, en la plenitud vital de sus treinta años, la edad de las grandes conversiones.

«El verdadero filósofo es amador de Dios»{4}, ha exclamado Agustín en la cumbre del camino, y ya no aspira más que a conocer a Dios y el alma. «¿Nada más? –se pregunta a sí mismo en los soliloquios– ¡Nada absolutamente!»{5}.

Aquí llegó tras fatigosas jornadas. Comenzó por preguntar a todas las criaturas –tierra, mar, cielo y abismos– por aquello que llene su amor insatisfecho. «No somos nosotras, dicen, el Dios que buscas... Él fue quien nos hizo. Mi pregunta –comenta el santo– era mi contemplación, la respuesta de ellas su hermosura»{6}.

Entonces, ante la repulsa de las cosas Agustín vuelve a su interior y se pregunta: «Y tú ¿qué eres?». «Buscando –afirma en las Confesiones– por qué razón aprobaba la hermosura de los cuerpos, celestes o terrestres... di con la inconmutable y eterna verdad que está sobre mi espíritu mudable»{7}. Con razón escribirá en otro lugar que la verdad habita en lo más íntimo del hombre{8}. Estamos inmersos y empapados en la verdad. Dios la ha puesto al alcance de nuestra inteligencia y ciegos seremos si no la descubrimos. ¡Hay con todo, tantas cegueras intelectuales! Y ¡tantas volitivas! Porque la voluntad suple en última instancia la pequeñez y cortedad de nuestras pupilas. «Si no puedes entender –escribe en un sermón el hiponense– cree para que entiendas (crede ut intellgas), precede la fe, sigue el intelecto»{9}.

Por eso el sabio creyente es más sabio que el incrédulo, toda vez que lo es por el doble concepto de sabio y de creyente. ¡Ah! Y qué sabor de actualidad pontificia tiene aquel himno agustiniano a la paz de la Ciudad de Dios, en que se canta el orden individual, familiar, social y universal, tarea primaria y urgente de la intelectualidad:

«La paz del cuerpo es la ordenada disposición de los miembros. La paz del alma irracional, la ordenada quietud de sus apetitos. La paz del alma racional, la ordenada conformidad entre el entendimiento y la voluntad. La paz del cuerpo y del alma, la vida armónica y la salud del viviente. La paz del hombre mortal y de Dios inmortal, la concorde obediencia en la fe, bajo la ley eterna. La paz de los hombres, la ordenada concordia. La paz en la casa, la uniformidad que tienen en mandar y obedecer los que viven juntos. La paz en la ciudad, la ordenada concordia que tienen los ciudadanos en manda y obedecer. La paz de la Ciudad celestial es la ordenadísima sociedad establecida para gozar de Dios y unos de otros en Dios. La paz de todas las cosas, las tranquilidad del orden, y el orden es una disposición de cosas iguales y desiguales que da a cada una su propio lugar»{10}.

Notas

  1. Confes. III, 1.
  2. Confes. III, 4.
  3. De ver. rel. c. XXXIX, n. 71.
  4. De civ. Dei. VIII, I.
  5. Soliloq. I, c. II, n. 7.
  6. Confes. X, 6.
  7. Confes. VII, 17.
  8. De vera rel c. XXXIX, n. 72.
  9. Sermones, CXVIII, I.
  10. De civ. Dei, XIX, c. XIII, n. 1.