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Los curas vascos salvaron en el siglo XIX la Orden de los Trinitarios de Roma que libera esclavos y prisioneros

DIARIO DE NAVARRA. AGENCIAS. Roma Sábado, 26 de septiembre de 2009

La única iglesia y convento español de la Orden de los Trinitarios de Roma, erigida por Borromini en 1646, fue salvada por curas vascos que acudieron en avalancha a la Ciudad Eterna en el siglo XIX y lograron reforzar y hacer resurgir la orden dedicada a liberar esclavos y prisioneros. El bullir de la ciudad y el ruido del tráfico romano se esfuman una vez traspasada la puerta de San Carlo Alle Quatre Fontane, cuya fachada sinuosa, de curvas cóncavas y convexas, fue diseñada por el arquitecto barroco Francesco Borromini en 1646, un año antes de suicidarse dejándose caer contra su espada.

Fray Pedro Aliaga, natural de Jaén, es el superior en funciones del convento a la espera de la pronta llegada del bilbaíno fray Vicente Basterra, que se hará cargo de la pequeña comunidad de frailes trinitarios, una de cuyas principales misiones es la redención de cautivos.

Fueron ellos, los trinitarios españoles fray Juan Gil y fray Antonio de la Bella, los que en 1580 y mediante el pago de 500 ducados liberaron a Miguel de Cervantes Saavedra atado con "dos cadenas y un grillo" en Argel y listo para partir hacia Constantinopla.

"Actualmente -explica Aliaga- hemos liberado a niños de Sudán por un importe de 100 o 150 euros, aunque creemos que es más efectivo construir centros en ese país para impedir que sean sus propios padres los que los vendan".

La iglesia es una obra de referencia del arte universal por constituir una síntesis barroca de arquitectura y escultura, en agitado trazado de líneas típico de Borromini y además pertenece jurídicamente a España.

Cuando se le pregunta cuántos miembros tiene la comunidad, fray Pedro cuenta con los dedos: "Somos Vicente, Antonio, Javier, Luis....y un servidor. En total once, pero en enero seremos 20".

En un recoleto huerto con limoneros y naranjos, anejo a la iglesia, fray Pedro cuenta que la orden trinitaria estuvo a punto de desaparecer en el siglo XIX, con las desamortizaciones en España, Italia y Portugal, las revoluciones en Francia y por el emperador Francisco José I de Austria-Hungría, "poco amigo de las órdenes religiosas".

La orden se quedó reducida a San Carlino, como es conocida en Roma esta iglesia-convento y, cuando estaba a punto de cerrar en 1850 llegó Bernardo del Santísimo Sacramento de Zamalloa de Amorebieta (Vizcaya), quien tomó el hábito y "al ver que había cuatro gatos" se dedicó escribir a los párrocos del País Vasco para que enviasen "chicarrones con vocación", relata el superior.

Y acudieron en masa, como Mariano Yurre, de 13 años, monaguillo en Begoña, quien tras un penoso viaje y antes de entrar en el convento donde tenía que ingresar sin dinero "se gastó las perras que le quedaban en cerezas y se pegó un atracón antes de franquear la puerta".

Los "chicarrones" vascos se formaban en San Carlino y luego regresaban a España desde donde impulsaron decisivamente la maltrecha orden despojada de sus bienes en Europa en el turbulento siglo XIX.

Del paso de los vascos por San Carlino queda un frontón desconchado, lo que convierte a la iglesia romana en la única con espacio al aire libre para el juego de pelota, y donde los frailes disputaban partidos de pelota con los jesuitas de la Universidad Gregoriana.

También, en la llamada Sala de los Venerables en la que cuelgan severos retratos de superiores, un escudo policromado con el árbol de Guernica decora la bóveda junto a otro de la Corona de Castilla.

"El 80 o 90 por ciento de los trinitarios españoles eran vascos, fueron los primeros en abrir misiones en Madagascar, Cuba, Argentina, Colombia y Chile y aún ahora son mayoría", afirma fray Pedro Aliaga.

La impronta vasca en San Carlino decidió en 1898 a la benefactora de Bilbao, Casilda Iturrizar, a sustituir el pavimento de barro cocido por uno de mármol, pues los frailes trinitarios no podían hacer ostentación de riqueza en sus iglesias "porque el dinero se destinaba a liberar prisioneros".

Y como recuerdo, en una lápida conmemorativa en mármol en el centro del pavimento de la iglesia se lee "gracias a la generosidad de la muy piadosa Casilda Iturrizar, viuda de Epalza, Flaviobrigensis (Bilbao, en latín) en España".