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Textos de Santo Tomás de Aquino

"A la naturaleza del bien pertenece comunicarse a los demás, según escribe Dionisio en el c.4 De Div. Nom . Por consiguiente pertenece a la naturaleza del bien sumo comunicarse a la criatura de modo superlativo. Lo cual se realiza en sumo grado cuando Dios «une a sí la naturaleza creada de tal manera que se constituye una sola persona de tres realidades: el Verbo, el alma y la carne», como dice Agustín en el libro XIII De Trin. . De donde resulta evidente la conveniencia de que Dios se encarnase".
(Santo Tomás de Aquino, S Th, III, 1, 1c).

"La encarnación era necesaria para la plena participación de la divinidad, que constituye nuestra bienaventuranza y el fin de la vida humana. Y esto nos fue otorgado por la humanidad de Cristo; pues, como dice Agustín en un sermón De Nativitate Domini: «Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciese Dios» (Serm. suppos., serm 128. ML 39,1997)".
(Santo Tomás de Aquino, S Th, III, 1, 2c).

"Para destruir la presunción humana «nos fue otorgada la gracia de Dios en Cristo hombre sin ningún mérito nuestro», como se dice en el libro XIII De Trinitate [de san Agustín]... Como dice san Agustín en el mismo sitio, «la soberbia humana, obstáculo principal para la unión con Dios, puede ser confundida y curada por la profunda humildad de Dios»... Como dice Agustín en el libro XIII De Trinitate, c13,14 (ML 43,1027 - 1028): «Debió hacerse de tal modo que el diablo fuese vencido por la justicia de Jesucristo hombre», lo que se cumplió al satisfacer Cristo por nosotros. Un simple hombre no podía satisfacer por todo el género humano; y Dios no estaba obligado a hacerlo; luego era conveniente que Jesucristo fuese a la vez Dios y hombre. Por eso dice el papa León en un sermón De Nativ.: «El poder asume la debilidad, la majestad se apropia de la humildad, a fin de que, como era necesario para nuestra redención, un solo y mismo mediador entre Dios y los hombres pudiese, por un lado, morir y, por otro, resucitar. Si no fuese verdadero Dios, no traería el remedio; y, de no ser verdadero hombre, no nos daría ejemplo» (Sermones, serm 21, c.3 ML 54,192).