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La cuestión de Action Française: ni paz de Cristo, ni Reino de Cristo, por Domingo Sanmartí Font, Cristiandad nº 15, 1 de noviembre de 1944

La intervención de santa Teresita en la conversión de Maurras
(Por José Manuel Zubicoa Bayón. Publicado, sin los trozos en negrita, en
CRISTIANDAD de Barcelona. Año LIV, núms. 795 -796, pgs. 26-30. Septiembre-octubre de 1997)

Charles Maurras, maestro y guía de Acción Francesa, organización que había vuelto a levantar con gran ímpetu desde bases nacionalistas la bandera monárquica en plena III República francesa, no era creyente, había perdido la fe en su primera juventud. Cimentaba su ideal monárquico en el positivismo, que, en su sistema, es equivalente a la tradición: constatar hechos y recibir tradiciones viene a ser lo mismo. Claro que para ser reducida a una supuestamente aséptica colección de datos, la tradición de los pueblos de la Cristiandad occidental ha de ser esterilizada de su componente religiosa católica sobrenatural, que es su alma, quedando así inmanentizada como nacionalismo. Maurras era respetuoso y amante del «catolicismo» sólo como un factor de orden social y político. Veía la Iglesia católica como un mero montaje institucional grandioso y necesario, pero ajeno a la realidad sobrenatural de la que se había desconectado desde su adolescencia. «En él, el catolicismo fue político como el realismo fue racional» (1). La conocida consigna maurrasiana de Acción Francesa, «política ante todo», no puede ser absuelta de naturalismo, pese a los esfuerzos explicativos posteriores de sus seguidores católicos, que los tenía --y muchos y muy buenos--, especialmente entre los monárquicos de tradición y familia. Aunque el propio Maurras decía: «Sólo un poder político tiene los medios de llevar a cabo las reformas sociales. La cuestión mental, la cuestión moral, la cuestión social, todo queda reducido así a una cuestión política» (2). Pero el papa Pío XI les recordará al final que es al revés de su alegato: que «la religión es la que defiende a la política. Y siempre que la política ignora las enseñanzas de la religión, se convierte en mala política» (3). Bajo cada problema político hay un problema religioso, como decía Donoso Cortés. Bajo la postura orgullosa de los que se erigían en guardianes y maestros de la ortodoxia por ser monárquicos por herencia o por su militancia en la organización subyacía el mismo error de los que, por ser hijos de Abraham según la carne, se consideraban dueños del reino de Dios por derecho propio. Subyacía el error «judío» en una de sus variedades, que tampoco aquí en España por desgracia faltaba ni falta...

Pero Maurras, como antirrevolucionario acendrado había polemizado denodadamente con Le Sillon de Marc Sangnier, con la democracia cristiana (a cuyos miembros definía adecuadamente como imbéciles) y con el modernismo en la época de los grandes combates y condenas del papa san Pío X. Y él perseveraba en sus campañas contra todos ellos. Creándose grandes enemigos, claro está. Que eran los de la Iglesia (principalmente los enquistados dentro de ella). Aunque también se multiplicaban los acercamientos e incluso las adhesiones a la Acción Francesa de muchos católicos. Los antimodernistas y antiliberales. Entre ellos abundantes eclesiásticos: cardenales, obispos, religiosos; y grandes teólogos y filósofos: el dominico Garrigou-Lagrange, el jesuita cardenal Billot, Maritain... San Pío X les agradecía sus esfuerzos, no sólo a los católicos de Acción Francesa, sino al propio Maurras. Pero sus enemigos modernistas y cristianodemócratas acechaban, buscando hipócritamente algo en lo que presentarles como condenables ante la Iglesia. Realmente hay que reconocer que ofrecían blanco, que daban motivo para graves acusaciones. Sobre todo el propio Maurras, tanto por las expresiones anticristianas de sus obras literarias iniciales -que deploraba después e iba rectificando en sus reediciones-, como en algunas de las ideas que difundía en Acción Francesa -aunque sus seguidores católicos no las compartiesen a fondo. Ideas insertas en su arraigado naturalismo tales como su distinción y contraposición de cristianismo y catolicismo, el positivismo en el que seguía creyendo, su insistencia en la primacía de la política, el amoralismo de su política, su nacionalismo -además "integral"-... El P. Orlandis llamaba "veneno" al catalanismo (4), porque el nacionalismo es veneno, sea el catalanismo, sea el españolismo, o cualquier otro: Canals habla de la "falsa filosofía del nacionalismo" (5). El amor a la patria, en cambio, no sólo es bueno por ser de ley natural imperada por Dios, sino que está por eso incluido entre los deberes del cuarto mandamiento tal como los enseña siempre la Iglesia. El nacionalismo es la perversión del amor a la patria por el inmanentismo ateo y panteísta de la doctrina del pueblo soberano o soberanía nacional, que es el principio del liberalismo. Maurras, que se consideraba incompatible con el liberalismo, no escapaba al inmanentismo por su naturalismo.

Condena y rebelión

Un expediente que San Pío X permite abrir en 1914 en la Curia Pontificia, en el dicasterio de la Sagrada Congregación del Índice, propone al final la inclusión en el entonces existente Índice de libros prohibidos de siete obras de Charles Maurras y además la revista "Acción Francesa". San Pío X, aprueba la condena pero se reserva su publicación y no la publica. El Papa al caracterizar la situación de la Acción Francesa decía que era "damnabilis sed non damnanda": es condenable pero no ha de ser condenada. Pero, tras la muerte de San Pío X en 1914 mismo, sus enemigos semimodernistas y democristianos, demasiado numerosos aún en el clero y fuera de él, en Francia y en Roma, incluso en la Curia, creen ver la ocasión propicia para intensificar sus ataques. Todavía Benedicto XV retiene sin publicar la condena, pese a no ser simpatizante (aunque esto en un Papa no cuenta para expresar y enseñar la fe de la Iglesia y para gobernarla: sólo los "acta", los documentos que contienen sus enseñanzas y disposiciones oficiales como Papa).

Pero en 1926, ya en el pontificado de Pío XI, viene la condena de Acción Francesa, que, que, aunque algunos la deseaban por motivos políticos y por revanchismo modernista, fue objetivamente religiosa al producirse en el ejercicio de la autoridad pontificia, siempre sobrenatural cuando se ejerce como tal; "divina", como enseña la bula Unam Sanctam (DS, 874). Dios escribió derecho por la condena de Pío XI, aunque los renglones por los que llegó fueran torcidos: sus enemigos querían hundirle por sus aciertos, pero la Iglesia quiso corregirle de sus errores (6).

La circunstancia ocasional fue que, en una encuesta publicada en Bélgica en mayo de 1925 por los Cahiers de la Jeunesse Catholique Belge sobre la pregunta "¿A qué escritores de los últimos veinticinco años considera usted sus maestros?", Maurras aparece en primer lugar con 174 votos; Mercier, el último con 6. El historiador Daniel-Rops concluye: "El episcopado belga se conmovió: un grupo de personalidades católicas publicaron un documento que era una voz de alarma. Pío XI decidió mostrarse más duro" (7). Lo cierto es que, de pronto, en 1926, el cardenal Andrieu, arzobispo de Burdeos, simpatizante otrora de Acción Francesa, publica una repulsa de esta organización y de Maurras. En la polémica subsiguiente, Pío XI apoya públicamente el escrito de Andrieu -que el propio Pío XI había promovido como advertencia (8)-, constatando el Papa el «naturalismo que estos autores han bebido (inconscientemente creemos Nos) como tantos contemporáneos, en la enseñanza pública de esta escuela moderna y laica, envenenadora de la juventud, que ellos mismos combaten a menudo tan ardientemente» (9). Maurras y los demás dirigentes de Acción Francesa rechazan estas advertencias y exigencias previas en virtud de su nacionalismo, alegando que "detrás de todos los ataques a la Acción Francesa está lo alemán" (10). El Papa, en su alocución consistorial (es decir, ante los cardenales) del 20 de diciembre del mismo año 1926, tras mencionar a la Acción Francesa, prohibe a los católicos «adherirse a las empresas y en alguna forma a la escuela que poniendo los intereses de los partidos por encima de la religión hacen servir ésta a aquellos»; y añade que «no está permitido a los católicos sostener, apoyar y leer los periódicos publicados por hombres cuyos escritos se apartan de nuestro dogma y de nuestra moral» (11). Acción Francesa niega la sumisión en un escrito que termina con la expresión "non possumus". Nada menos. Es la que han empleado siempre los Papas para rechazar las exigencias de los poderes opresores de la Iglesia, desde que el primer Papa la utilizó para rechazar modestamente la prohibición del Sanedrín de que los apóstoles predicaran dando testimonio de Cristo (Hch 4, 20).

Este acto de soberbia atroz provoca ya la condena fulminante: el Papa hace publicar un decreto con dos fechas, 29 de enero de 1914 y 29 de diciembre de 1926, en el que se reproduce y ratifica la condena de san Pío X de la primera de esas fechas y la extiende al diario Acción Francesa de 1926, «de tal suerte que este periódico debe ser tenido como prohibido y condenado, y debe ser inscrito en el Índice de libros prohibidos» (12). Todo ello imperado por el propio Pío XI a un simple asesor del Santo Oficio sin trámite de los cardenales de la Curia, puesto que el Papa para actuar como tal no necesita hacerlo ante ningún dicasterio, obviamente. Fue otro decreto de la Sacra Penintenciaría el que tres meses después especificaba las penas a los católicos que no se sometiesen: considerarlos y tratarlos como pecadores públicos y negarles la absolución y la participación en los demás sacramentos y el funeral y el entierro católicos a los que siguiesen siendo lectores habituales y suscriptores de Acción Francesa y a los que siguiesen "militando en la Liga de Acción Francesa y en favor de sus dirigentes que se obstinan en conservar como jefes" (13). Algunos se sometieron destrozados, como el cardenal Billot, que dimitió del cardenalato y se retiró a un convento de su orden. Pero no todos los católicos se sometieron y hubo excomuniones. También hubo defecciones de la resistencia a los democristianos como la de Maritain, que inició su viraje.

Recurso a Santa Teresita

Todas estas tragedias les hacen recapacitar. El propio Maurras, en su libro sobre san Pío X, reconocerá después que "la insubordinación había sido un grave error". Muchas personalidades católicas franceses y de la Iglesia Universal mediaron e intercedieron para conseguir la sumisión y el perdón. Entre ellas las carmelitas de Lisieux de las que era superiora sor Inés de Jesús (Paulina, la entrañable hermana y "madrecita"de nuestra santa). "Maurras, que tenía un gran afecto por Santa Teresa, frecuentaba el carmelo. Se estableció una correspondencia bastante asidua entre él y la madre Inés, que le daba consejos. Por una sugerencia que le llegó de Lisieux, Maurras escribió a Pío XI el 6-I-1937. Pío XI le respondió con una carta de tres páginas manuscritas en la que le decía "Como hasta ahora he hecho, continuaré haciendo más intensa y más paternalmente lo único que, ¡ay! puedo hacer por usted, esto es rezar por su persona y por su felicidad" (14). Fue el primer paso para la indispensable sumisión, camino ineludible del ansiado perdón. En 1937, el Secretario de Estado, Cardenal Pacelli, legado pontificio para la consagración de la basílica de Lisieux, al despedirse de la superiora Sor Inés de Jesús, el "legado le preguntó qué gracia desearía obtener de Pío XI, respondiendo la religiosa inmediatamente que lo que pedía era que se levantaran las censuras contra Maurras y la Acción Francesa" (15). En la circular biográfica de Sor Inés de Jesús, fallecida en 1951, publicada, como siempre que muere una de ellas por sus hermanas de congregación, se expresa la eficacia de su influencia directa ante Pío XI, que recibía las cartas de sor Inés en propia mano y cerradas (16). Pero esta intervención del carmelo de Lisieux no fue todo. "Hubo una intervención sobrenatural bastante extraordinaria: habiendo ofrecido su vida por la reconciliación de Maurras una carmelita de Lisieux, murió, en efecto, y su hermana reanudó el voto" (17).

Las fórmulas de sumisión ofrecidas por el comité director de Acción Francesa se aproximaban cada vez más a lo juzgado necesario por la Iglesia cuando murió Pío XI en febrero de 1939. Su sucesor Pío XII pudo ver enseguida el final. "Tras una visita a París de Otaviani, asesor entonces del Santo Oficio, salió para Roma una nueva carta firmada por todos los miembros del comité de redacción de "Acción Francesa", en la que expresaban "su sincera tristeza" por cuanto había habido de "irrespetuoso, injurioso e incluso injusto" en su actitud y rechazaban "todo principio y toda teoría contraria a las enseñanzas de la Iglesia", pedían perdón y "reprobaban cuantas cosas erróneas hubieran podido escribir" y prometían no publicar nada opuesto "a la adhesión debida a las enseñanzas y a las directrices de orden religioso y moral de la Iglesia" (18). Un decreto de julio de 1939 levantaba la condena de Acción Francesa y de su periódico. Primera intervención, sin duda de santa Teresita, que quería pasar su cielo haciendo el bien en la tierra, enviando una lluvia de rosas.

Pero quedaba el problema de Maurras, de su increencia. Todos entraban en el Reino de Dios que es la Iglesia, mientras él seguía fuera. Pero lo que había pedido la carmelita de Lisieux a cambio de su vida, aceptada, había sido la reconciliación de Maurras, no sólo el levantamiento de las censuras contra Acción Francesa. El camino sería el de la gran humillación y el de la gran misericordia.

En septiembre del mismo 1939, estalla la segunda guerra mundial. En junio de 1940, Francia ya está vencida. Pétain acepta la humillación de la derrota --que achaca a la debilidad demográfica--, retira a Francia de la guerra e inicia un régimen político relativamente antiliberal. Todo ello con el apoyo de casi todo el pueblo francés, también de Maurras y de Acción Francesa, por antirrepublicanismo, antidemocratismo y nacionalismo, ahora humillado y que aún lo sería más por la ocupación alemana y su presión cada vez más insoslayable. Mientras, De Gaulle con escasos apoyos levanta la bandera de la Francia libre para continuar la guerra contra Alemania. Pero la guerra tiene su dinámica según el plan de la Providencia para humillar las soberbias. En 1941, los nazis invaden la URSS, hasta entonces su gran colaboradora. Los comunistas franceses se unen ahora a la resistencia, con gran acogida en especial de los democristianos. Roosevelt mete a los EE.UU. en la guerra para salvar a la URSS. En noviembre de 1942, tiene lugar el desembarco americano en el Marruecos francés y la ocupación de la Francia de Pétain por los alemanes. En 1944, la "liberación" es verdaderamente la segunda derrota de Francia, que queda sometida a una coalición de nacionalismo gaullista, democracia cristiana y comunismo, la cual lleva a cabo una sangrienta revancha contra los colaboracionistas, pero también y sobre todo contra los que habían aceptado el régimen de Pétain menos insano, en sustitución de la III República liberal anticristiana, caída por su podredumbre. Esta revancha incluía en el punto de mira a los de Acción Francesa, empezando por Maurras. A éste le quedaba la gran humillación de su inicuo juicio y su condena a cadena perpetua por "connivencia con el enemigo". A él, el nacionalista antialemán. Y la cárcel.

La misión de Cormier

Excarcelado Maurras en 1952 por un indulto presidencial, eligió para su confinamiento Tours, en cuya clínica de San Gregorio esperaba recibir los cuidados que requería, dado su agotamiento debido a los años de cárcel a su edad. Tenía entonces ochenta y cuatro años. El arzobispo de Tours, monseñor Gaillard, encargó al canónigo Arístides Cormier, que intentara aproximarse a Maurras y "ayudarle espiritualmente" si él lo deseare; ya que Cormier había asistido con éxito a René Benjamín gran amigo de Maurras en circunstancias muy similares. Cormier se veía en esta misión como "sacerdote, ante todo, encargado de una misión sacerdotal para la salud de un alma" (19). Era uno de los muchos sacerdotes simpatizantes de la Acción Francesa y le escribe a Maurras diciéndole que apreciaba "el valor de ciertas lecciones que aprendí en sus obras cuando tenía veinte años".

Los informes previos que reunió Cormier le indicaban que "ante lo sobrenatural y los misterios cristianos, Maurras parecía permanecer en la posición de agnóstico". Y el sacerdote se preguntaba si "las pruebas que acababa de sufrir, habrían endurecido su alma o, por el contrario, se habría ésta endulzado en contacto con la gracia del sufrimiento". Además de reflexionar, Cormier se ocupó "sobre todo en rezar": al ya beatificado Pío X, a la Virgen María, a la que Maurras había cantado como poeta, y a "Santa Teresita del Niño Jesús, de la cual él se reconocía deudor por sus maravillosas intervenciones bienhechoras", dice refiriéndose quizá a la rehabilitación eclesiástica de la Acción Francesa en 1939.

Las entrevistas en la clínica tuvieron que ser por parte de Cormier por escrito debido a la sordera total que padecía Maurras desde la infancia. El canónigo Cormier era sobrenaturalmente consciente de que su misión ante Maurras, como él dice, consistía en: "llamar a su alma menos por razones humanas que por la gracia misma de mi sacerdocio. Nunca jamás, en veinte años, había recibido y comprendido este poder misterioso del sacerdocio, su fuerza sobrenatural, como delante de este hombre. Sabía que un día u otro nos veríamos obligados a enfrentarnos, no en un torneo abstracto, filosófico o teológico, sino en un encuentro patético, en el que su alma sería puesta en presencia de la misericordia divina, representada y ejercida por la virtud sobrenatural del sacerdocio".

Aunque confiaba en las plegarias de amigos discípulos y almas santas, "la prudencia turenesa me aconsejaba no apresurarme", dice. Ésta era la "voz de la prudencia humana; pero otra voz me susurraba una táctica opuesta": ir derecho al objetivo. Plantearle "abiertamente el problema de su alma y de sus relaciones con Dios". No perder tiempo, pues "sabía que la salud de Maurras era muy precaria"

Santa Teresita interviene de nuevo

En la segunda entrevista, el 9 de abril de 1952, durante la Semana Santa, le plantea de pronto la cuestión definitiva:

-¿Cómo está su alma con Dios?

Cormier seguía ansiosamente todos los gestos de Maurras mientras apretaba en su mano el rosario. El rostro del gran polemista se había endurecido y le "asestó esta respuesta, dice Cormier, que no olvidaré en mi vida":

-Sepa señor cura, que en este asunto soy muy duro.

"Tuve la impresión, prosigue Cormier, de hallarme ante un doble muro infranqueable: su sordera, que me impedía hablarle, y la reserva de su mirada endurecida. Desamparado, invoqué a Santa Teresita del Niño Jesús pidiéndole ayuda. Después traté de sonreír, a mi pesar, por reflejo inconsciente. Fue como el arco iris que anuncia el fin de la tormenta. Su mirada, poco a poco, se endulzó. Aproximando a la mía su silla, y volviéndose hacia mí, hasta situarse de frente, Maurras me dijo con su voz de sordo, un poco apagada:

-¿Qué quiere usted que le diga y qué puede hacer usted por mí?

-Ayudarle, probablemente -respondí.

-Se lo agradezco, padre, pero siempre hay para mí cosas no solamente incomprensibles, sino incluso inconcebibles. Todos mis razonamientos no conducen a nada… Tengo los mayores deseos de creer. Todo lo daría por eso. Tuve por madre una santa mujer y fui educado en un colegio católico por maestros cuya memoria venero… Después, he tenido la desgracia de perder la fe. Pero no soy ateo, como se ha pretendido para calumniarme. No lo he sido jamás.

"Le interrumpí para plantearle esta cuestión":

-¿Ha renegado usted la fe del bautismo?

-No, jamás.

-Entonces, ¿ha dudado más que negado?

-Eso es perfectamente exacto. En mi juventud he escrito, en algunos de mis libros, cosas que, justamente, han herido la sensibilidad de la fe de mis amigos católicos; pero lo lamento sinceramente y sería incapaz de volver a escribirlo ahora. Son las locuras de la juventud. Por otra parte, en la reedición de esos libros he suprimido o corregido los pasajes incriminados…

Fue también en esta entrevista cuando Maurras le hizo esta confidencia:

-Tuve el consuelo de asistir a los últimos momentos de mi madre. Estaba allí, por consiguiente cuando el sacerdote vino a administrarle los últimos sacramentos…Cuando todo hubo terminado, mi madre, a quien jamás había visto yo rezar con tanto fervor, volvió hacia mí su rostro iluminado por una fe y una esperanza inexpresables y me dijo: «Carlos, tú harás como yo».

"Ambos comprendimos la importancia de las palabras que acababan de ser pronunciadas. Rompiendo el silencio le formulé entonces esta pregunta:

-¿Reza usted?

-Sí -me respondió-. Algunas oraciones. Me gusta mucho el Ave María, porque yo siempre he rendido culto a la Santa Virgen… En cuanto al Padrenuestro es otra cosa. Lo rezo también, pero al final tropiezo, a pesar mío, en el Et ne nos inducas in tentationen. Entendámonos: en efecto…"

Al decir esto se agitaba y volvía a hacerse razonador.

-En el texto griego de San Mateo, se dice: «No nos induzcas a la tentación». Es muy fuerte. No comprendo que pueda pedirse a Dios, que es sobrenaturalmente bueno, que no engañe a sus criaturas. Siempre este problema del mal, que me atormenta…

"Le animé a continuar rezando sin dejarse detener en su impulso por objeciones o razonamientos… Durante toda la conversación yo había tenido en la mano mi rosario sin que Maurras lo advirtiera. De pronto tuve la inspiración de dárselo, rogándole lo guardara y lo rezara algunas veces. Muy emocionado por mi gesto, se levantó y acercándose a mí, me abrazó. Para corresponder a esta prueba de afecto, tracé sobre su frente la señal de la cruz".

El canónigo Cormier hizo balance tras la entrevista: "no me cabía la menor duda de que su alma se entreabría, al cabo de mucho tiempo, a la acción de la gracia… Una fe muy vacilante todavía y una esperanza más firme, señalaban una nueva actividad de las virtudes sobrenaturales recibidas en el bautismo y adormecidas, si no perdidas, al cabo de largos años".

Las entrevistas entre Cormier y Maurras alternaban con su correspondencia. En una siguiente visita de Cormier, Maurras le dijo:

-Me habla usted, en su carta, de Santa Teresita del Niño Jesús, a propósito de sus dudas contra la fe, y de su confianza. Le debo mucho, sin hablar de lo que el carmelo de Lisieux ha hecho por la reconciliación de la Acción Francesa con Roma. Santa Teresita ha sido mi ángel bueno. Poseo una reliquia de sus huesos que no me abandona. Me la dio la reverenda madre Inés de Jesús con la que tuve correspondencia hasta su muerte, y guardo sus cartas amorosamente.

"Al decir esto, narra Cormier, llevó la mano al bolsillo interior de su chaqueta y sacó una cartera negra, adornada de un escudo con la imagen de Santa Teresita. Sin abrirla me dijo:

-Todas están aquí.

"Con el gesto de un niño que muestra un tesoro apresurándose a ocultarlo, volvió a guardar la cartera en su bolsillo, como si se tratase de un talismán, escribe Cormier. Le pregunté entonces, prosigue, si había leído la Historia de un alma, de Santa Teresita del Niño Jesús.

-Claro que sí --me respondió--. Hay en este libro tesoros de sabiduría. Todas esas mujeres que viven en el claustro tienen destellos sorprendentes. Están instruidas en las cosas humanas y conocen los secretos de lo Alto. Las he consultado con frecuencia y estoy contento de haber seguido sus consejos.

-¿No será que estas cosas son reveladas a los humildes y ocultadas a los sabios? --le dije. Sintió el flechazo.

-Se dice que tengo mucho orgullo y que es el orgullo el que me ha alejado de la fe. Se olvida, al decir esto, que he amado la verdad por encima de todo, que la he buscado y anhelado con toda mi alma. He reconocido mis errores. Por otra parte, lo verá usted leyendo mi Pío X, que aparecerá pronto. Mucho debo también a este gran Papa que vivió tan humilde y tan pobre en medio de todas las grandezas.

-¿No se siente usted conmovido --le pregunta Cormier-- por todas estas protecciones celestes que le han sido otorgadas?

-¿Cómo no iba a conmoverme? Yo era indigno, pero esto no pudo impedir que me fueran concedidas. Debo reconocerlo.

Y añadió refiriéndose a Santa Teresita y al entonces ya beatificado Pío X:

-Es una inmensa maravilla esta doble santidad.

-Es un gran milagro --dijo Cormier.

Cormier, además de esta frase tan cargada de significado, comenta así la protección especial de Santa Teresita del Niño Jesús sobre Maurras:

"Junto a este anciano, difícil en ocasiones y tan desconfiado cuando de su alma se trataba, había Dios colocado una de sus criaturas más humildes, más dulces y más persuasivas. Sobre esta vejez solitaria y austera velaba una niña maravillosamente santa y bella. Como la Antígona de la antigua tragedia, conduciendo al exilio a su viejo y ciego padre, Teresa de Lisieux protegía y guiaba dulcemente, casi filialmente, hacia la luz y la paz de la tumba, a este otro anciano moralmente proscrito de su patria por un decreto injusto; un anciano atacado de sordera que buscaba en la noche de su alma las verdades divinas. Esta semejanza en nada sacrílega entre lo que él llamaba su "ángel bueno" y la hija de Edipo, ¿no me la sugería el propio extraordinario destino de Maurras? En él se operaba, en efecto, por la gracia misericordiosa de Dios, la unión y la armonía de dos grandezas y dos bellezas largo tiempo separadas en su alma e inconciliables para su genio: la sabiduría y la belleza antiguas, de una parte; los misterios cristianos y los esplendores de la gracia, de otra."

Siguieron las visitas y las cartas. Pasaba el tiempo. Maurras se agravaba. Cormier "presentía que se acercaba para Maurras la hora de las graves decisiones. Era necesario advertirle, pero ¿cómo decirle su estado y proporcionarle los auxilios de mi ministerio?", se preguntaba el canónigo.

Al acercarse el día de Todos los Santos, Cormier inspirado --dice él mismo-- en la fiesta, dada la admiración de Maurras por el dogma de la Comunión de los Santos, le escribió una nueva carta a Maurras advirtiéndole de su estado e invitándole a dar ya el paso definitivo de su conversión:

"Durante las fiestas de Todos los Santos y Difuntos, que nos recuerdan la Comunión de los Santos, permítame pedirle que no se quede al margen, sino que ocupe su puesto al lado de aquellos que usted ha amado en la tierra y le han precedido en la vida bienaventurada. A este puesto que le ha sido señalado el día de su bautismo… ¿Por qué no aprovecha usted la visita que espero hacerle para recibir la absolución?… Es la llamada de Dios. Le suplico la escuche y responda humildemente a ella."

Al visitarle la víspera de Todos los Santos, Maurras, que murió el domingo 16 de noviembre de 1952, muy serio le preguntó a Cormier:

-¿Cree usted, realmente, que se aproxime el fin?

-Creo que es tiempo de que se prepare, respondió el sacerdote.

-Todo esto es muy grave para mí y un poco inesperado. Necesito reflexionar más, repuso Maurras.

"Me atreví a plantarle, dice Cormier, la cuestión de principio que me parecía decisiva:

-Si usted empeora ¿aceptaría recibir los últimos sacramentos?

"La respuesta vino inmediatamente, firmemente articulada:

-Exactamente. Sí, es mi deseo.

"Y añadió:

-He recibido ya una vez la Extremaunción, hace una decena de años; pero estaba en estado comatoso. No tuve conciencia de nada y supe que había recibido ese sacramento gracias a mis amigos. Esta vez, con plena conciencia, quiero ser administrado, pues deseo que todo ocurra en la lealtad y el honor. No termina uno su vida con una superchería. Por eso es por lo que necesito aún algunos días.

En otra visita, el sábado, 8 de noviembre, ocho días antes de morir, lo encontró trabajando, y, al despedirse le pareció oírle decir:

-Pronto llegará el momento.

"El martes siguiente, que era la fiesta de San Martín, relata Cormier, recomendé a nuestro gran santo turenés el alma que me había sido confiada y por la cual crecía mi inquietud… Le supliqué con insistencia que juntase su intercesión a las ya tantas veces solicitadas de Santa Teresita del Niño Jesús y del beato Pío X. Fue dos días después; el jueves 13 de noviembre, cuando mi plegaria fue escuchada.

Al realizar una nueva visita a la clínica se encontró Cormier con que Maurras mismo le había hecho llamar. Al entrar en su habitación, el gran personaje, le dijo:

-Es el momento de que me ayude a cumplir lo que debo hacer.

"Al final de nuestra entrevista, que debía ser la última --explica Cormier en este caso sin dar ni un solo detalle por respeto al secreto de confesión--, Maurras juntó las manos, recitó el Confiteor y recibió la absolución. Después recibió atenta y devotamente la Extremaución. Cuando la última oración terminó, Maurras tomó mi mano entre las suyas, la llevó a sus labios y me dijo:

-Mucho le agradezco todo lo que acaba de darme. Exprésele también mi gran reconocimiento a monseñor. Siga rezando por mí.

Tres días, el 16 de noviembre de1952, moría Charles Maurras.

Se cumplía la profecía de su madre y Santa Teresita ejercía su vocación de pasar su cielo haciendo el bien en la tierra. En este caso con la colaboración de san Martín de Tours, copatrón de Francia, y de san Pío X.

Que no nos falte a nosotros tanto bien.

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(1) Así lo dice uno de sus grandes seguidores, Mermeix: Le Ralliement et l’Action Française. Paris. Fayard. 1927. Pág. 187. Volver.

(2) Ch. Maurras: Encuesta sobre la Monarquía. Zaragoza. Ed. Círculo. 1958. Pág. 252. Volver.

(3) A. Rhodes: El Vaticano en la era de los dictadores. Barcelona. Euros. 1975. Pág. 97. Volver.

(4) F. Canals: La tradición catalana en el siglo XVIII. Madrid. 1995. Pág. 13. Volver.

(5) Ibib., pág. 11. Volver.

(6) Daniel-Rops dice citando a un destacado miembro de Acción Francesa: «"Se han atribuido a Pío XI motivos políticos: nosotros creemos francamente que el Papa ha cedido a consideraciones religiosas", escribe con honestidad el historiador realista Robert Havard de la Montagne» (Daniel-Rops: Historia de la Iglesia. La Iglesia de las Revoluciones II, pág. 418). Volver.

(7) Ibid. Volver.

(8) Rhodes, o. c., pág. 99. Jarlot, S. I. en Historia de la Iglesia dirigida por Fliche-Martin, traducida al castellano, tomo 26-2, pág 123. E. Weber: L’Action Française. Paris.1962. Pág. 262. Etc. Volver.

(9) Mermeix, o. c., pág. 417. Volver.

(10) Jarlot, o. c., pág. 126. Volver.

(11) Mermeix, pág. 438. Volver.

(12) Ibid., págs. 456-7. Volver.

(13) Ibid., págs. 462-4. Volver.

(14) Jarlot, o. c., pág. 134. Volver.

(15) Ibid. Volver.

(16) Traducida por Fr. Emeterio G. Setién: Madre Inés de Jesús. 2ª ed. 1956. Pp. 143-5. Volver.

(17) Daniel-Rops, ib., 424. Volver.

(18) Jarlot, ib., págs. 136 y 139. Volver.

(19) Todo el relato que sigue está tomado del librito de Arístides Cormier: Mis conversaciones con Maurras y su vuelta a la Iglesia. Traducción en Ed. Nacional. 1955. Volver.