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El reino de Cristo profetizado en el Evangelio y anunciado en el Catecismo de 1992

El Reino de Cristo en el Catecismo de la Iglesia católica de 1992

Recibir el reinado pleno de Jesús en el alma es corresponderle con amor al amor ardiente con el que nos quiere liberar con su reinado, acatando su voluntad y cumpliendo sus mandamientos, (Jn 14,15; Jn 15,10; I Jn 5,3), pero no aceptarle como rey en el alma es hacer lo que hizo con Él la soldadesca romana, después de azotarle, al coronarle de espinas, proclamarle rey como una burla, torturándole:

«Los soldados del procurador llevaron consigo a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte. Le desnudaron y le echaron encima un manto de púrpura; y, trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y en su mano derecha una caña; y doblando la rodilla delante de él, le hacían burla diciendo: «¡Salve, Rey de los judíos!»; y después de escupirle, cogieron la caña y le golpeaban en la cabeza. Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y le llevaron a crucificarle.
(Mt 27,27-31).

Recibir el reinado pleno de Jesús en la propia persona es efecto del amor que puede despertar en nosotros, por la acción del Espíritu Santo, verle en la cruz sufrir así para salvarnos. Y en ese sentido se cumple que Jesús reina desde la cruz, como decía Benedicto XVI, en la fiesta solemne de Cristo Rey de 2011:

"Jesús, desde el trono de la cruz, acoge a todos los hombres con misericordia infinita"

Y también en el sentido de que su reino lo implantará Él en la tierra, en su plenitud consumada, por amor a nosotros. Es la dimensión social del Reinado del Sagrado Corazón de Jesús, que, al igual que la dimensión personal, es consecuencia de los méritos infinitos que nos ganó Jesucristo con su pasión y su cruz, pagando nustro rescate con su sangre preciosa.

León XIII expresaba así en la encíclica Annum Sacrum la consumación del Reinado de Jesucristo en la tierra por la devoción a su Sagrado Corazón:

«Entonces, por fin, podrán sanarse tantas heridas; entonces, todo derecho recobrará su vigor antiguo en provecho de la autoridad, y se restituirán los bienes y el ornato de la paz, caerán las espadas, y las armas se escurrirán de las manos cuando todos acepten de buen grado la Soberanía de Cristo y a Él obedezcan, y toda lengua confiese que Nuestro Señor Jesucristo está en la Gloria de Dios Padre».

Sólo que hay que insistir en que el triunfo mundial de las devociones al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María y la aceptación voluntaria de la soberanía de Jesucristo será posterior a su segunda venida gloriosa y a la ruina que Él, con su manifestación, producirá en el imperio anticristiano, que impone vivir como si Dios no existiera, al evidenciar con su venida para todos visible que esto es una falacia. tras lo que la Virgen María atraerá a todos hacia el Sagrado Corazón de Jesús.

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús no se puede decir que ahora, en el siglo XXI, esté aumentando en la tierra, sino que hay que constatar que aumenta el proceso de descristianización, la apostasía de las naciones y la anomía. No se ve que vaya camino de triunfar dicha preciosa devoción, sin que cause este triunfo una intervención divina extraordinaria. Aunque el saneamiento eclesiástico en parte se ha iniciado desde el pontificado de san Juan Pablo II con el nombramiento de obispos buenos, con el factor común que les caracteriza de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

Estamos ahora, en el siglo XXI, en aquella situación en la que Jesús tiene encargado que, aunque es rechazado Dios y la autoridad de su Iglesia, hay que anunciar de todas maneras que viene ya el Reino de Dios:

«En la ciudad en que entréis y no os reciban, salid a sus plazas y decid:
"Hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies, os lo sacudimos. Pero sabed, con todo, que el Reino de Dios está cerca"». (Lc 10,10-11).

La época de paz y prosperidad está profetizada y vendrá con el establecimiento glorioso del Reino mesiánico. Así lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica (1992):

"Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel (cf. Hch 1, 6-7) que, según los profetas (cf. Is 11, 1-9), debía traer a todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz" (CEC 672).

Antes de la época profetizada de paz y prosperidad en la Iglesia, coincidente con el Reinado Social de Jesucristo, lo que se producirá es una extrema persecución y apostasía, no el triunfo de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

«El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal (cf. 2 Te 2, 7)». (CEC 671 ).

«Desde la Ascensión, el advenimiento de Cristo en gloria es inminente (cf Ap 22, 20), aunque tal acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén "retenidos" en las manos de Dios (cf. 2 Te 2, 3-12)».
(CEC 673).

«Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el "Misterio de iniquidad" bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Te 2, 4-12; 1Te 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22)». (CIC 675).

Y el Reinado Social de Jesucristo no se producirá a consecuencia de un triunfo debido a un proceso de crecimiento de la Iglesia, que bastante tendrá con sobrevivir, en algún pequeño resto, a la apostasía y a la persecución final, sino que el Reino de Dios y de su Cristo se producirá por una intervención victoriosa del propio Dios, según enseña la Iglesia en su Catecismo,

«El Reino no se realizará en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20, 7-10)».

«La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección (cf. Ap 19, 1-9). El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de un proceso creciente» (CEC 677).

La segunda venida gloriosa de Jesucristo traerá consigo su reconocimiento como Mesías por Israel en el tiempo de la restauración universal:

«La Venida del Mesías glorioso, en un momento determinado de la historia se vincula al reconocimiento del Mesías por "todo Israel" (Rm 11, 26; Mt 23, 39) ... San Pedro dice a los judíos de Jerusalén después de Pentecostés: "Arrepentíos, pues, y convertíos para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que del Señor venga el tiempo de la consolación y envíe al Cristo que os había sido destinado, a Jesús, a quien debe retener el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de que Dios habló por boca de sus profetas" (Hch 3, 19-21)» (CEC 674).

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El malentendido sobre la visibilidad de Nuestro Señor Jesucristo en su segunda venida gloriosa