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EL REGALISMO

Es la política de control del gobierno del rey o del Estado sobre la Iglesia, imponiéndole las regalías o supuestos derechos absolutos del rey o del Estado a mandar en la Iglesia como en todos los demás asuntos y personas de sus dominios. Nace de las ideas cesaristas de la Baja Edad Media que cristalizan en las monarquías autoritarias del Renacimiento y desembocan en las monarquías absolutas, y, sobre todo, en el despotismo ilustrado del XVIII y, después de la revolución liberal, en la prepotencia del Estado contemporáneo, que se basa en la doctrina del Pueblo Soberano, aún más absoluto supuestamente también.
Una cosa es que el rey reciba como privilegio o concesión del Papa algunas competencias sobre asuntos o nombramientos eclesiásticos, como en el XVI y el XVII, y otra, la afirmación de los regalistas ilustrados de que esas atribuciones son un derecho del rey, son una regalía.

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Regalismo inicial. En España, durante la época de los Reyes Católicos y los Austrias, se implanta por concesión y privilegio recibido del Papa la Inquisición bajo control gubernativo y el Patronato (control y organización) de la Corona sobre la Iglesia de Granada, de Canarias y la de las Indias, y la Presentación (designación) de sus obispos; y en 1523, sobre todos los obispados de España
Regalismo borbónico absolutista. Durante la primera mitad del XVIII, bajo los primeros Borbones, que pasan de la monarquía autoritaria a la monarquía absoluta, se intensifica el regalismo hasta llegar al Patronato Universal, casi, sobre todos sus dominios, obtenido de la Santa Sede en el Concordato de 1753, en el que el Papa se reserva sólo la designación de unos pocos de los miles de cargos eclesiásticos. Esta reserva papal es para dejar constancia de que el Patronato lo tiene el rey por privilegio o concesión, no en virtud de las regalías, no como si el rey tuviese derecho a mandar en la Iglesia.
Regalismo ilustrado. Desde 1754, la superposición de
la Ilustración al absolutismo, no sólo intensifica el regalismo, sino que el control sobre la Iglesia tendrá ahora como objetivo disminuir la impregnación católica de la sociedad hasta conseguir eliminarla. Este nuevo regalismo ilustrado consigue que Carlos III decrete la expulsión de España de los jesuitas en 1767 y que presione al Papa para que suprima la orden de la Compañía de Jesús, hasta conseguirlo en 1773.
Los jesuitas se habían creado muchos enemigos entre las demás órdenes religiosas y entre el clero secular, por su prepotencia contra el resto del clero, mientras ejercieron su influencia en la Corte borbónica hasta su caída en desgracia en 1754. Después experimentaron la dureza del regalismo que habían apoyado mientras les duró esa influencia. Pero ahora imperaba el regalismo ilustrado enemigo de la Iglesia y de la religiosidad popular. El plan de los ilustrados (Campomanes, Roda, Aranda y Floridablanca, entre otros) era expulsar a todas las órdenes religiosas, cuyo malestar habían utilizado, como el de los obispos, contra la Compañía de Jesús.
Desde 1768, se implanta el
Regium exequatur, censura previa por el Consejo de Castilla de los escritos del Papa y de sus subordinados a los católicos españoles para juzgar si contenían algo contrario a las decisiones de la Corona y prohibición de su entrada sin autorización del rey de España en sus dominios. El Estado liberal del XIX, sigue utilizando esta prohibición para impedir la entrada de la bula que contiene la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (1854) y la del Syllabus (1864) que notifica a los fieles católicos las doctrinas que son incompatibles con su fe.

La enseñanza fue uno de los principales instrumentos del regalismo. Los seminarios fueron utilizados desde la real cédula de 1768 para que los futuros sacerdotes recibieran una instrucción cimentada en el regalismo.
Las universidades fueron encaminadas a la secularización y a la enseñanza regalista. Se suprimió el tomismo y el agustinismo después de hacer lo propio con el jesuitismo. Se suprime la autonomía de las universidades en 1769. Se les impone una censura rigurosa en 1770. En 1784, se amplía el poder de los censores

La Inquisición estaba en la época de los ilustrados a su servicio para imponer sus ideas en la Iglesia y para impedir las críticas a la Ilustración. Carlos III se niega a suprimirla, porque es un instrumento eficaz de su despotismo ilustrado: "Los españoles la quieren y a mí no me estorba". Es lo mismo que pasaba en el primer cuarto del XVI con el Renacimiento antes de su crisis. La obra de Fernando de Cevallos, La Falsa Filosofía, Crimen de Estado (1774-1778), no se pudo publicar entera en España, se tuvo que acabar de publicar en Portugal, lo mismo que su Discurso Apologético por la Devoción al Sagrado Corazón de Jesús (Lisboa, 1800). A esta devoción, que iba estableciendo la Iglesia y se iba popularizando como máxima expresión vital religiosa, se oponen radicalmente los ilustrados y sus continuadores los liberales, en primer lugar por el racionalismo al que se aferran fanáticamente, y que es incompatible con la unión de lo humano y lo divino que expresa esta devoción, y en segundo lugar porque ellos conectan mejor con los jansenistas, cuyo pesimismo rechaza la devoción al Sagrado Corazón por ser la expresión de la misericordia de Dios, que perdona los pecados del hombre, restaura al hombre y lo habilita para obrar bien e incluso lo diviniza. Cevallos había denunciado ya en su otra gran obra que la Ilustración iba a llevar a su crisis fatal a la monarquía por llevarla a su máximo absolutismo al separarla de la autoridad moral de la Iglesia, y por eso las supersticiones racionalistas de los ilustrados eran un crimen de Estado.

Respecto a las tierras propiedad de la Iglesia, los ilustrados forman la teoría y el proyecto de la desamortización (apropiárselas el Estado y venderlas). Por una razón económica y otra ideológica: porque la tierra es el gran negocio de la época de los fisiócratas y porque creían que, quitándole sus propiedades a la Iglesia, le harían perder influencia social. Quedará en proyecto y será el liberalismo el que lo realice arrebatándole sus tierras a la Iglesia en el XIX, aunque en la época de Carlos IV, el Papa concede para ser vendidas hasta la sexta parte de las propiedades eclesiásticas españolas.

El regalismo llegó en la época de Carlos IV a impulsar a sus ministros a ordenar a los obispos españoles, a la muerte del Papa Pío VI en 1799, que actuaran bajo las órdenes del gobierno sin depender de Roma. Al propio Godoy le pareció un "decreto fatal", porque era un conato de cisma.
En 1842, el Estado liberal intentará lo mismo en el llamado "
proyecto de cisma de Alonso", del nombre del ministro de Espartero que dio una orden parecida a los obispos. Era navarro, por cierto.