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Mis recuerdos del padre Orlandis. Acerca de su milenarismo

La teología de la historia del Padre Orlandis, S. I. y el problema del milenarismo

Mis recuerdos del Padre Orlandis: Pensando hoy su teología de la historia

La doctrina escatológica del Vaticano II en el Catecismo de la Iglesia católica

La Iglesia consumada en la escatología intrahistórica de San Buenaventura

Recuerdos y reflexiones actuales sobre la teología de la historia del P. Ramón Orlandis

(Conferencia pronunciada en la clausura de la XXIX Reunión de amigos de la Ciudad Católica. Poblet, 14 de octubre de 1990. Publicada en la revista Verbo, núm. 301-302 (1992), págs. 191-201)

Francisco Canals Vidal

CRISTIANDAD, núm. 728-730, enero-marzo de 1992, págs. 19 a 23

En una «advertencia previa», que a modo de artículo editorial servía de introducción al número de Cristiandad de fecha 1 de mayo de 1945, el Padre Ramón Orlandis Despuig, S. I., maestro y fundador de Scbola Cordis Iesu, escribía:

«Uno de los acontecimientos revelados como futuros en la Sagrada Escritura es la aparición a su tiempo del llamado "hombre del pecado", del Anticristo, supremo perseguidor de la Iglesia. En tiempos de fe más viva preocupaba hondamente este hecho profetizado; ahora casi ha desaparecido del cuadro de las preocupaciones humanas. Pues bien, fundándose en la Escritura, los autores eclesiásticos de los tiempos primeros de la Iglesia pensaban que debía haber sucesión de continuidad entre la desaparición del Imperio Romano y la aparición del Anticristo... »Continuaron los escritores eclesiásticos aferrados a la interpretación tradicional y no la abandonaron ni siquiera cuando en el siglo XV, al conquistar loís turcos Constantinopla, pereció de muerte miserable el Imperio de Oriente, y quedó tan arraigada la creencia que, aún a fines del siglo XVI, un varón tan eminente como San Roberto Belarmino no dudaba en esgrimir contra la estolidez de los protestantes, que decían que el Anticristo era el Pontífice romano, un argumento fundado en la interpretación tradicional, es, a saber: que mal podía ser el Papa el Anticristo, ya que éste no había de aparecer mientras durase el Imperio Romano y éste aún existía».

El controversista antiluterano e insigne defensor de la autoridad pontificia, que fue declarado Doctor de la Iglesia por el Papa Pío XII, se refería en el lugar aludido por el Padre Orlandis, al reconocimiento universal por parte de los católicos y de los protestantes de la existencia del «Sacro Romano Imperio de la Nación germánica».

También el gran comentarista de las Sagradas Escrituras Cornelio a Lapide, sobre la II Epístola a los tesalonicenses (II, 6) se apoyaba, frente a los mismos protestantes en el que tiene como «común sentir»... Argumenta, en efecto, que:

«Todos llaman al Emperador Rodolfo moderno Emperador Romano. Y también los mismos luteranos llaman a sus "electores" Electores del Emperador, o del Rey de los romanos. Pues en Roma recibe su corona y es instaurado como Emperador».

El Padre Orlandis continuaba su reflexión citando a aquellos historiadores recientes que «afirman con fundamento que el Imperio fundado por Augusto duró hasta principios del siglo XIX y feneció en el año 1806 decapitado por el sable de Napoleón».

Será oportuno añadir también que la tradición según la cual el Imperio Romano será aquel al que sucederá el reinado del Anticristo es, según Cornelio a Lapide, en el lugar citado,

«común tradición de los Padres, como atestigua San Jerónimo sobre el capítulo VII de Daniel, y a lo que parece, tradición apostólica».

En la Biblia conocida como de Bover-Cantera, y en las notas puestas por el propio Padre Bover, se confirma y aprueba esta doctrina tradicional, a la que se le añade la observación según la cual la remoción del Imperio Romano implica también la quiebra del principio de autoridad en el mundo y con ello el fin del obstáculo que detiene el «misterio de iniquidad», es decir, de anormalidad o desajuste, que San Pablo afirmaba operar ya entonces en el mundo, pero ser detenido por un obstáculo que sería removido antes de que se manifestase plenamente aquel misterio de iniquidad y con ello apareciese «el hombre del pecado que se alza contra todo lo que se llame Dios o reciba culto» (II a los tésalonicenses, II, 7).

Así completada y prolongada la doctrina tradicional, según la reflexión contemporánea del Padre Bover, podríamos observar que los títulos «imperiales», históricamente vinculados a la herencia romana, quebraron definitivamente en los años 1917 y 1918, y que la revolución bolchevique por una parte, y los cambios políticos con la fragmentación de la Europa central por otra, y el advenimiento de la República en el Imperio Alemán, se realizaran sobre las ruinas de aquellos poderes imperiales. Al término de la Segunda Guerra Mundial, el hecho de la «descolonización» se realizaba después de la abdicación por el Rey de la Gran Bretaña de su título asiático imperial, a la vez que se producía lo que podríamos caracterizar como el advenimiento de la pluralidad democrática en la vida internacional.

Para ser fieles a la línea de pensamiento del Padre Orlandis, será conveniente aludir también a la práctica contemporaneidad del fin del Imperio Británico con la proclamación del Estado de Israel, reconocido internadonalmente en los diversos campos o bloques. Y no olvidar tampoco el misterioso hecho de que sólo con el novus ordo de la liturgia de la Semana Santa, promulgado por Pío XII, desaparecía oficialmente de la liturgia romana la plegaria que, en el día de Viernes Santo, imploraba de Dios la protección sobre el Imperio Romano y el Emperador.

Reunión del Puebo de Israel y fin del tiempo de las naciones

Cuando se hizo pública la llamada Declaración Balfour durante la I Guerra Mundial, el proyecto de la creación de un «hogar nacional» para el pueblo judío, fue considerado por muchos como un designio no viable y un sueño de los judíos contrario a los planes divinos, por considerar que estaba anunciado que el pueblo judío no podía reunirse en su tierra más que «en el fin de los tiempos», ya inmediato al final juicio de Dios y el fin de la historia.

Los más antiguos miembros de Schola Cordis Iesu, que habían tratado muy íntimamente con el Padre Orlandis en los primeros años de la década de los veinte, daban testimonio de la conversación reiterada sobre el tema. Refería el Padre Orlandis que, al objetarle contra la formación del Estado de Israel con aquellos argumentos que pasaban por tradicicmales en la interpretación de la Biblia, replicaba él su convicción cierta de que Israel se reuniría en la que había sido la tierra prometida y de la que se había dispersado después de la caída de Jerusalén en tiempos de Tito.

En los argumentos a los que el Padre Orlandis replicaba, se confundía «el fin del mundo» con el cumplimiento o término de «los tiempos de las naciones» (Luc. 21, 24). La reunión de Israel prepara providencialmente, para un futuro posterior a la hora de la tentación universal (Apoc. 3,10), la conversión colectiva del pueblo judío, profetizada por san Pablo en su Epístola a los romanos, y anunciada por los Profetas del Antiguo Testamento.

En su enseñanza sobre la Teología de la Historia era central este anuncio de la conversión de Israel, sin la que no se realizaría nunca la unidad en un «solo rebaño y un solo Pastor», y sólo por medio de la cual podría entenderse el cumplimiento del designio divino al que tantas veces se refieren los textos del magisterio pontificio, al proclamar las esperanzas de la Iglesia sobre la paz de Cristo en el Reino de Cristo.

Quienes recordamos la insistente expresión de esta esperanza, afirmada de palabra y por escrito, en artículos publicados en la revista Cristiandad, advertimos una profunda y admirable coincidencia entre el pensamiento del Padre Orlandis y las enseñanzas del Concilio Vaticano II, en el decreto sobre las religiones no cristianas y en el que se relaciona la conversión de Israel, «que la Iglesia espera con los Profetas y el Apóstol», con el cumplimiento del anuncio de que todos los hombres con una sola voz y unidos entre sí invocarán al Dios de Israel.

Pero, anteriormente al cumplimiento de estas esperanzas, en las que será realidad la promesa y anuncio que leemos en el Apocalipsis: «los reinos de este mundo han venido a ser de Dios y de su Mesías, y reinará para siempre», tenían que sobrevenir para la humanidad la serie de acontecimientos anunciados para esta etapa, en la que al decir de los Papas «se manifiesta el hombre del pecado que se alzará contra todo lo que se llame dios o reciba culto». (Véase, entre otros muchos textos pontificios en que se alude a nuestro tiempo desde esta perspectiva, el pasaje de la encíclica de Pío XI Divini Redemptoris de 19-III-1937, 22).

[«Esto es lo que con sumo dolor estamos presenciando: por primera vez en la historia asistimos a una lucha fríamente calculada y cuidadosamente preparada contra todo lo que es divino (cf. 2Tes 2,4). Porque el comunismo es por su misma naturaleza totalmente antirreligioso y considera la religión como el «opio del pueblo», ya que los principios religiosos, que hablan de la vida ultraterrena, desvían al proletariado del esfuerzo por realizar aquel paraíso comunista que debe alcanzarse en la tierra»].

Se apoyaba insistentemente nuestro maestro en un texto del escriturista Knabenbauer, que a su vez remitía a Cornelio a Lapide:

«Entonces, derribado el Reino del Anticristo, la Iglesia reinará en todas partes de la tierra, y se hará, de los Judíos y de los Gentiles, un solo rebaño y un solo pastor».

El texto se refiere al pasaje del profeta Daniel (cap. 8, versículo 27):

«La grandeza del Reino que está bajo el cielo se dará al Pueblo de los santos del Altísimo».

Ahora bien, advirtamos que este anuncio se refiere al tiempo que sigue a la destrucción del Reino del Anticristo, culminación de la lucha contra Dios de «la potestad política antiteocrática» (expresión del Padre Rovira en su tratado inédito De Regno Christi in terris consummato) simbolizada en el Apocalipsis en la Bestia que surge del mar (símbolo de la gentilidad).

La gran tentación que sobrevendrá sobre todos los habitantes de la tierra, engañados por el falso profetismo de la Bestia surgida de la tierra (símbolo del pueblo judío), corresponde, pues, a los tiempos en que culmina la tiranía y la persecución que se concretan en el Reino del Anticristo; sólo derribando el cual se alcanza el cumplimiento en la historia de las palabras que anuncian la conversión universal, y que el Papa Pío XI llamaba «cierta y consoladora profecía del divino Corazón» (véase la encíclica Ubi arcano, de 23-XII-1922, nº 20).

["...Aquel vaticinio del mismo Cristo: y oirán mi voz, y se hará un solo rebano y un solo pastor (Jn 10,16) . Dios quiera, Venerables Hermanos, que lo que Nos con vosotros, y con la porción de la Iglesia a vosotros encomendada, con un mismo corazón imploramos en Nuestras oraciones, veamos con el resultado mas satisfactorio realizada cuanto antes esta tan consoladora y cierta profecía del divino Corazón". (Pío XI: Ubi arcano, de 23-XII-1922, nº 20.).].

Un signo que se reconocía anunciado en la Sagrada Escritura en la interpretación tradicional y común, y que había de realizarse en esta lucha del Anticristo contra Cristo y la Iglesia, era también

la anunciada «caída de Babilonia». Apoyándose, no sólo en el texto del Apocalipsis, sino en el hecho de que el Apóstol Pedro alude a la Iglesia de Roma con las palabras «la Iglesia que está- en Babilonia», los protestantes afirmaban que el pontificado romano era la Mujer sentada sobre la Bestia llamada en el Apocalipsis con el nombre misterioso de «Babilonia la Grande»; los exégetas católicos negaban a los protestantes esta tesis, pero les concedían que, en los tiempos del Anticristo, y por obra de su poder tiránico, la ciudad de Roma sería aniquilada.

Es notabilísimo lea: en nuestro tiempo lo que escribía Cornelio a Lapide entonces, a principios del siglo xvn. La Roma destruida por el poder anticristiano, en odio a Cristo, no será la Iglesia romana, sino la ciudad de los romanos que se habrá ya separado de Cristo, y habrá vuelto a gloriarse de su antigua «gentilidad». Es decir, anuncia —e incluso afirma que se comenzaba ya a manifestar en su tiempo, en la vana admiración por la antigüedad— la apostasía de la fe cristiana, no sólo en la generalidad de las «naciones», sino concretamente de la ciudad de Roma, a la que el orgullo pagano dio el nombre de «Ciudad Eterna».

No convendría desconocer hoy que la reciente revisión de los Pactos Lateranenses, por los que «la paz de Cristo había sido restituida a Italia» (véase la encíclica Summi pontificatus de Pío XII, de 20-X-1939, 8) ha sido ocasión del reconocimiento por las dos partes contratantes de que no está ya vigente el principio que se formulaba en el artículo primero del Pacto de Letrán, conforme al artículo del Estatutó constitucional del Reino de Italia, de la catolicidad de la nación italiana. Se ha sustituido incluso el reconocimiento del carácter sagrado de la ciudad de Roma como Sede del Sumo Pontífice, con la simple cónstatación por parte de la República Italiana del hecho de la universal estimación del mundo católico por la misma ciudad como centro de la catolicidad.

Después de esta revisión de los acuerdos de 1929, revisión que no puede ser calificada como nueva restitución o reafirmación de la paz de Cristo en el Reinó de Cristo, la ciudad de Roma no es, como tal ciudad, una sociedad cristiana y católica, sino separada oficialmente de su tradición religiosa, y con la conciencia y la voluntad de ser sociológicamente «neutral», «laica» y, como dirían algunos, «postcristiana». Es la situación que anunciaba Cornelio a Lapide para los tiempos en que estaba anunciada su ruina por ¡el poder anticristiano.

Pero la Roma descristianizada será destruida en odio a la Iglesia cristiana, y enfrentándose a la Iglesia el poder anticristiano ejercido desde la ciudad de Jerusalén, y por los judíos movidos por su òdio a la fe cristiana y su hostilidad envidiosa hacia «la Iglesia de las Naciones».

Era interpretación común, en efecto, que el pueblo judío recibiría el falso mesianismo anticristiano precisamente en castigo de haberse negado a aceptar su verdadero Mesías, Jesucristo: «Yo be venido en el nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniere en su propio nombre a él le recibiréis»; estas palabras de Jesús en el Evangelio de San Juan (Ioann. 5, 43) eran entendidas como la Profecía de la admisión del Falso Mesías por el pueblo judío, heredero del rechazo de Cristo.

Si las esperanzas de la Iglesia sobre la consumación del Reino de Cristó han de cumplirse «ya derribado el Reino del Anticristo», y esta tiranía anticristiana por excelencia habrá de destruir la ciudad de Roma, la «Babilonia Occidental», según la expresión de San Agustín, parece obvio que aquella unidad de judíos y gentiles bajo el rebaño de un solo Pastor sólo se realizará al cumplirse la profecía del Apóstol, recordada por el Concilio Vaticano II, acerca de la conversión de Israel.

También resulta más congruente reconocer que en el Israel restaurado y vuelto a Dios se habrá de centrar él núcleo social e histórico del mundo cristiano, en el que se cumplirán más perfectamente que basta ahora los bienes sociales de la justicia y de la paz fruto del Reino de Cristo.

Algunos signos de los tiempos

Voy ahora a recordar algunas conversaciones del Padre Orláñdis, no ya referidas por sus discípulos y oídas en los años veinte, sino vividas por mí mismo, en coloquio con otros amigos y condiscípulos, que le formulábamos cuestiones sobre la actualidad de aquellos años. Me refiero a los tiempos posteriores a la II Guerra Mundial, ya proclamado y umversalmente reconocido el Estado de Israel, y en plena hegemonía de la Unión Soviética sobre el vasto territorio que le había sido reconocido en Yalta y Postdam.

Supuesto que Pío XI habla del ateísmo marxista como el comienzo de la realización de la profecía de la rebeldía anticristiana, de que se habla en la segunda carta a los tesalonicenses, le preguntábamos a veces si no sería el poder político comunista el profetizado reino del Anticristo. Contestaba que no era así, sino que se trataba sólo de una etapa como preparatoria providencialmente prevista. Afirmaba rotundamente que el poder comunista duraría poco (véase Apoc. 9, 5). Ésto lo decía en los años cincuenta, cuando muy poca gente pensaba así, y es especialmente importante recordar sus palabras en este año de 1990, en que hemos presenciado tantos acontecimientos inesperados en la Europa del Este.

El haber experimentado el que podríamos llamar «acierto» de las interpretaciones teológico-históricas del Padre Orlandis, hablando con más propiedad, su fuerza orientadora cómo criterio de «discernimiento de espíritus» en el orden histórico y social, me hace sentir especial responsabilidad al continuar exponiendo su pensamiento.

Porque, al referirse a las etapas providenciales por las que Dios prepararía la profetizada conversión social de Israel como Pueblo, y enfocar desde un criterio teológico la situación contemporánea, si anunciaba, como he dicho, la corta duración de la tiranía comunista en el mundo, también preveía, apoyándose en los textos bíblicos, que al fin del dominio comunista no había de seguir la paz universal, sino por el contrario uña épofca de tremendas catástrofes (véanse los pasajes Apoc. 9, 14 y 16, 12, en los que se alude misteriosamente al río Eufrates anunciando el comienzo de la nueva serie de acontecimientos) que, por una parte, causarían entre los judíos sufrimientos que conducirían a algunos a su conversión a Cristo, y, por otra parte, prepararían próximamente la plenitud de la tiranía anticristiana, centrada en el propio Pueblo de Israel, y sobre la Tierra y la Ciudad elegidas por Dios, como escenario temporal de los acontecimientos más decisivos de la presencia del designio providencial en la historia de los hombres.

Sólo después de la persecución universal que, partiendo de la Jerusalén anticristiana, obraría la ruina del mundo de las naciodes y llevaría a la máxima tribulación al «resto de Israel» creyente, podría llegar según los planes divinos aquel momento de que hablaba, como hemos indicado, Knabenbauer, siguiendo a Cornelio a Lapide y a la tradición patrística.

Las esperanzas de la Iglesia.

Deseo terminar estas reflexiones y confidencias evocando el significativo título de la obra de mayor profundidad y trascendencia doctrinal del Padre Enrique Ramiére. Aunque el sistema contenido en Las esperanzas de la Iglesia no coincide en todos sus detalles con el del Padre Ramón Orlandis, cuyo pensamiento estaba más próximo del que expuso el escriturista jesuíta Juan Rovira y Orlandis, ai su obra inédita De Regno Christi in terris consummato, había una profunda coincidencia de actitud espiritual y de visión de la historia, regida por los designios salvíficos de la providencia divina.

Las sistematizaciones de Orlandis y de Rovira podrían considerarse más próximas a la que hallamos en el gran doctor franciscano san Buenaventura, en la última de sus obras, las llamadas Collationes in Hexaemeron, serie de sermones predicados en París, ya en vísperas de su muerte, cuyo texto se conserva en una reportatio cuya autenticidad apoyan los críticos más solventes de la obra de san Buenaventura.

Entre las diversas «seriaciones» de los tiempos de la historia humana en la perspectiva de la salvación, podemos hallar que al doble tiempo: vocación de los gentiles, vocación de los judíos, se corresponden las etapas que llama de la «Iglesia dilatada y de la Iglesia consumada». Mientras que a este período de la Iglesia consumada, coincidente con la vocación de los judíos, se refiere también en otras series la época que llama «la restauración de todas las cosas» y «el tiempo de la paz última».

Nos resultará alentador leer algunas de las palabras del propio san Buenaventura:

«Que los judíos se convertirán es cierto, por Isaías y por el Apóstol, que aduce su autoridad... Dice Isaías: "Subamos al monte del Señor y a la casa del Dios de Jacob"; y sigue: "No desenvainará la espada un pueblo contra otro, ni se adiestrarán más en el arte de la guerra". Contra esto dicen los judíos que todavía no se ha cumplido; pero el Profeta no se refiere a la primera venida o a la primera vocación, sino a la última, cuando el día del Señor se manifieste sobre todos los soberbios; y no se ha de entender que Dios abandone a aquellas ramas». (San Buenaventura: Collationes in Hexaemeron, Col. XV, 24 y 25).

Y en otro lugar dice:

«En el futuro tendrá lugar la reedificación de la Ciudad y la reparación del culto divino. Entonces se cumplirá lo profetizado por Ezequiel, cuando descienda del cielo la Ciudad, no por cierto la que es de arriba, sino la que es de aquí abajo, es decir la militante, cuando sea conforme a la triunfante en cuanto es posible en este mundo. Entonces tendrá lugar la edificación de la Ciudad y su restablecimiento como en el principio, y entonces habrá paz». (Col. XVI, 30).

Para san Buenaventura, la Iglesia estaba en una etapa anterior a aquella a que se refería el pasaje que acabamos de citar. No era previsible el momento en que se cambiase de una edad a otra:

«¿Quién ha dicho cuánto durará? Es cierto que nos encontramos en este tiempo; cierto es también que durará hasta que sea arrojada la Bestia que sube del abismo, y Babilonia sea confundida y derribada, y después se dará la paz; pero primero es necesario que venga la tribulación» (Col. XVI, 19).

Como en el Padre Enrique Ramiére, o en el Padre Orlandis, o en Rovira, también en San Buenaventura hallamos que el anuncio de las grandes tribulaciones que han de sobrevenir sobre los habitantes de la Tierra se ambienta en una atmósfera de anhelo esperanzado por el Reino de Dios. Dios no permite el mal sino para sacar de él mayores bienes, y la hora de las grandes tentaciones y tribulaciones es también signo que ha de alentarnos a «alzar la cabeza porque nuestra salvación se acerca», según nos anunció el Señor en el Evangelio (Luc. 21, 28).

El deseo de que estas esperanzas se cumplan, y de que sean abreviados los días de tribulación, y de que el Amor del divino corazón triunfe sobre el imperio de Satanás, impulsa la oración de la Iglesia:

«Que de uno a otro polo resuene únicamente esta aclamación: Alabado sea el divino Corazón por quien hemos alcanzado la salud: a El la gloria y el honor por todos los siglos».
(Pío XI, Consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús, anualmente renovada en la Fiesta de Cristo Rey).

«Nos consagramos a Ti, a tu Corazón Inmaculado, oh Madre Nuestra, Reina del mundo, a fin de que tu amor y patrocinio acelere el triunfo del Reino de Dios, y todos los pueblos, pacificados entre sí y con Dios, te aclamen Bienaventurada, y contigo entonen de un extremo a otro de la tierra, el eterno Magníficat de gloria, amor y agradecimiento al Corazón de Jesús, únicamente en el cual pueden encontrar la Verdad, la Vida y la Paz». (Acto solemne de consagración del género humano al Inmaculado Corazón de María por el Papa Pío XII en 1942)

 

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