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Pío XII y los judíos

Javier Díez Religión Digital 30 de mayo de 2008

Estimado Sr. Vidal:

Como aficionado a la historia, hace tiempo leí bastante en Internet sobre Pío XII, Hitler y los judíos. Por eso me he quedado muy sorprendido por su artículo, en que alaba la oposición de los protestantes al nazismo, a la vez que critica a la Iglesia Católica por su pasividad. De la actitud de los protestantes, no voy a hablar para no herir sensibilidades. Voy a hacer sólo algunos comentarios, apoyándome en las notas que tomé durante mi investigación informal.

En 1931, cuando Hitler todavía no había llegado al poder, varios obispos alemanes publicaron cartas pastorales que condenaban el nacionalsocialismo y sus tesis racistas, y decidieron negar los sacramentos a quien se adhiriera al partido nazi. Entre los críticos más firmes destacó Eugenio Pacelli, Nuncio Papal en Múnich y Berlín entre 1917 y 1929: al menos 40 de los 44 discursos que pronunció en suelo alemán en aquellos 12 años contenían ataques al nazismo y a las ideas de Hitler.

Tras la llegada de Hitler al poder, en 1933, la persecución contra la Iglesia se endureció. Desde Roma, Mons. Pacelli, nombrado cardenal y Secretario de Estado Vaticano, siguió condenando el nazismo con energía en innumerables ocasiones. En particular, el discurso que pronunció en Lourdes en 1935 ante 250.000 pereguinos tuvo amplia repercusión en la prensa internacional por la dureza de sus acusaciones: los nazis “sólo son tristes plagiarios que envuelven viejos errores con nuevo oropel. No importa si se agrupen en torno a las pancartas de la revolución social, si están guiados por un falso concepto del mundo y de la vida, o si están poseídos por la superstición del culto a la raza y a la sangre”.

Es falso que la Iglesia Católica firmara el Concordato con Hitler porque se fiaba de él. Un diplomático británico preguntó al cardenal Eugenio Pacelli, futuro Pío XII, «¿Respetará Hitler el concordato?», y este respondió: «Absolutamente no. Sólo podemos esperar que no viole todas las cláusulas a la vez».

La condena más solemne y enérgica de la Iglesia Católica se produjo en 1937, en la encíclica "Mit brennender Sorge" ("Con ardiente preocupación"), de Pío XI, redactada por el mismo Cardenal Pacelli. En la presentación de la encíclica, el cardenal comparó a Hitler con el diablo y de forma profética anunció su temor de que los nazis lanzaran una "guerra de exterminio". A pesar de la prohibición del gobierno alemán y la vigilancia de la Gestapo, la encíclica se introdujo de forma clandestina en el país y se leyó en todas las iglesias católicas el Domingo de Ramos de 1937. Las represalias contra la Iglesia fueron inmediatas, incluyendo las detenciones de numerosos sacerdotes y seglares, muchos de los cuales fueron llevados a campos de concentración. Resulta muy sorprendente que el Sr. Vidal ni siquiera mencione esta encíclica en su artículo. ¿Será que nunca ha oído hablar de ella?

Tras la muerte de Pío XI, fue elegido Papa el Cardenal Pacelli, con el nombre de Pïo XII. Al día siguiente, el periódico oficial del nazismo manifestaba su disgusto: “La elección del cardenal Pacelli no ha sido bien recibida en Alemania porque siempre se ha opuesto al nazismo y prácticamente determinó la política del Vaticano en tiempos de su antecesor” (Berlin Morgenpost, 3-3-1939). Unas semanas después, un informe secreto de la Gestapo afirmaba: “El Cardenal Pacelli se ha destacado por sus ataques al Nacionalsocialismo durante su etapa como Cardenal Secretario de Estado”, y afirmaba que ésta era la razón por las que los países democráticos habían apoyado su candidatura al papado.

En los seis meses que transcurrieron entre su elección y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Pío XII trabajó intensamente por lograr la paz. Pero no se trataba sólo de evitar la guerra, sino de construir una paz basada en la justicia. Por eso el Vaticano se había opuesto al Acuerdo de Múnich de 1938, en que Francia e Inglaterra entregaron Checoslovaquia a Hitler a cambio de una paz aparente y poco duradera.
Pío XII siguió condenando el nazismo con la misma energía que cuando era Nuncio y Cardenal. En su encíclica "Summi Pontificatus" (1939) habló contra “el nacionalismo exacerbado, la idolatría del estado, el totalitarismo, el racismo, el culto a la fuerza bruta y el desprecio de los tratados internacionales”. De nuevo esta encíclica fue perseguida por la Gestapo.

El New York Times, en su editorial del 25 de diciembre de 1941, elogiaba al Papa por "oponerse plenamente al hitlerismo" y por "no dejar duda de que los objetivos de los Nazis son irreconciliables con su propio concepto de la paz cristiana". Y afirmaba: “La voz de Pío XII es una voz solitaria en el silencio que envuelve Europa esta Navidad […] Es prácticamente el único dirigente que queda en el continente con la valentía de levantar su voz.”

Por eso llama la atención que Vd. hable de "los católicos [...] que supieron ver por encima del orden jerárquico los principios morales a los que tenía que guardar fidelidad", como si la jerarquía de la Iglesia Católica no se hubiera opuesto vigorosamente al nazismo.

En cuanto a la actitud de la Iglesia Católica en la Alemania nazi, creo es suficiente aportar el testimonio del físico judío, Albert Einstein, autor de la teoría de la relatividad, que vio con sus propios ojos lo que estaba ocurriendo: “Como amante de la libertad, cuando la revolución triunfó en Alemania, confié en que las universidades saldrían en su defensa, sabiendo que ellas siempre habían alardeado de su dedicación a la verdad; pero no, las universidades callaron inmediatamente. Entonces confié en los grandes editores de los periódicos, cuyos editoriales inflamados de antaño habían proclamado su amor a la libertad. Pero ellos, como las universidades, callaron en pocas semanas. Sólo la Iglesia [se refiere a la Iglesia Católica] se mantuvo firme ante la campaña de Hitler por eliminar la verdad. Yo nunca me había interesado por la Iglesia anteriormente, pero ahora siento gran afecto y admiración, porque la Iglesia es la única ha tenido el coraje y la perseverancia de defender la verdad intelectual y la libertad moral. Debo confesar que, a la que antes desdeñé, ahora la alabo sin reservas” (Revista Time, 23-12-1940, en un número cuyo titular de portada decía: “En Alemania la cruz es la única que no se inclina en reverencia ante la svástica”).

En cuanto a la ayuda concreta a los judíos, es igualmente sorprendente la afirmación resaltada en la cabecera del artículo: "Si los miembros de las distintas confesiones europeas hubieran mantenido una actitud hacia los judíos como la que tuvieron los protestantes daneses, el Holocausto no hubiera tenido lugar y se habrían salvado millones de vidas". ¿Por qué se olvida Vd. de todo lo que la Iglesia Católica, con Pío XII a la cabeza hizo por los judíos, como reconocen sus propios historiadores?

Así, según el historiador hebreo Joseph Lichten, cuando se produjo la invasión de Italia en 1943, “el Papa dio orden de acoger a los judíos en los centros católicos, aun a costa de un gran sacrificio para sus ocupantes; eximió a los monasterios y conventos de la regla de clausura, de modo que pudieran servir de lugares de refugio. Miles de judíos, unos 4.000 o 7.000, fueron escondidos, alimentados, vestidos y alojados en 180 lugares del Vaticano, iglesias y basílicas, edificios administrativos de la Iglesia y parroquias. Otros fueron acogidos en Castelgandolfo, la residencia de verano del Papa, casas privadas, hospitales, enferemerías; el Papa se ocupó personalmente de la atención de los hijos de los judíos deportados de Italia”. La hermana María Corsetti, que en 1998 recibió de la embajada israelí en Roma la medalla de los «Justos de las Naciones», la más alta condecoración hebrea, por haber contribuido a la salvación de numerosos judíos durante la ocupación nazi de Roma, afirma: «Fue Pío XII quien nos ordenó abrir las puertas a todos los perseguidos. Sin la orden del Papa, habría sido imposible salvar a tanta gente».

El diplomático e historiador israelí Pinchas E. Lapide afirma que el número de judíos salvados por la Iglesia Católica es de al menos 700.000, aunque cree más probable que esté cercano a 860.000. “Estas cifras superan con mucho el total de los salvados por otras iglesias, instituciones religiosas y organizaciones de rescate en conjunto.” Y añade que Pío XII “mitigó, alivió, apeló, intercedió y salvó a todos los que pudo. ¿Quién sino un profeta o un mártir podría haber hecho más?”

Sr. Vidal: si quiere entonar el "mea culpa" por la actitud de los protestantes alemanes ante el nazismo, está en su derecho. Pero, por favor, no meta a la Iglesia Católica en el mismo saco, por dos razones: primero, porque sería faltar a la verdad histórica, y segundo, porque es hacer el juego a nuestros enemigos comunes, que cada día están más crecidos.

Reciba un cordial saludo,
Javier Díez