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artículos de Cristiandad de Barcelona

CRISTIANDAD
Año IV, nº 73, página 145
Barcelona, 1 de abril de 1947

¿SOMOS PESIMISTAS?

Ramón Orlandis, S. J.

Revista Cristiandad – Nº 73 - AÑO IV - 1 de abril de 1947, pág. 145

Una súplica reiterada del Director de CRISTIANDAD me ha obligado a escribir el artículo que se sigue, en este día tercer aniversario de la publicación de la Revista. La razón que ha tenido para hacerme esta petición ha sido el deseo de que la revista se haga cargo de una observación benévola y caritativa, hecha por una persona de calidad y dignísima no sólo de toda nuestra atención y respeto, sino también de nuestro agradecimiento, ya que manifiesta su interés por nuestra obra con palabras y con obras.

Y por cierto que entre estas pruebas de interés no pondríamos en último lugar el que se haya dignado hacer la observación de que CRISTIANDAD se hace cargo, con toda la atención y la buena voluntad de que es capaz.

El que subscribe este artículo, en los pocos que ha publicado en la Revista, para nombrarse siempre se ha valido del pronombre plural «nosotros»; no era su intención que el tal pronombre fuera el llamado mayestático, bastante caído en desuso, sino la creencia de que en aquel momento hablaba como intérprete de la mente de todos los que forman el núcleo de la Redacción. Hoy me propongo usar el pronombre singular porque tal vez diré algo que sólo a mi persona singular se puede atribuir.

Debo advertir que como no he tenido el honor de conferir personalmente con quien ha hecho la observación que recogemos, no conozco su pensamiento en forma precisa y clara. Y así no adivino con suficiente seguridad qué es lo que ha hallado en la Revista que pueda haber motivado la observación a que en este artículo se atiende.

Se refiere esta observación a cierto pesimismo que nota en CRISTIANDAD quien nos la hace y que pudiera, según él, producir en los lectores un efecto de acobardamiento con la consiguiente inercia. A través del intermediario así concibo yo el pensamiento de quien nos hace la observación; pero he de confesar que no adivino si este efecto pesimista nace de lo que dice la Revista o de lo que calla, o del tono con que lo dice. Tal vez hubiera sido más conveniente antes de escribir el articulo, procurar una más exacta información; pero por una parte se me urge para que lo redacte, y por otra, aun sin conocer con precisión la observación que lo ocasiona, me será dado poner ciertos puntos, a nuestro parecer de importancia, en su debido lugar.

Hagamos, pues, la suposición de que se nos dice de CRISTIANDAD que es pesimista en sus maneras de ver, juzgar y hablar, y que esto puede engendrar en los lectores caimiento de espíritu e inacción.

Conste que CRISTIANDAD no tan sólo agradece esta observación y cualquiera otra que se le haga, sino que además tiene propósito firme de examinarse con toda sinceridad y exacción para enmendarse en cuanto le sea posible. Y el que subscribe este artículo, que como en otra ocasión dijo, se considera como el curador espiritual de CRISTIANDAD en su menor edad, se siente en la obligación de tener participación en este examen, cuyo resultado habrá de recaer no poco sobre su propia responsabilidad.

Dos puntos de consideración son, a lo que creo, los que ha de poner ante sí al examinar su propio espíritu por lo que se refiere al pesimismo o al optimismo.

1. ¿Los criterios, los modos de ver y de juzgar de CRISTIANDAD son en realidad de verdad pesimistas?

2° Dado que no lo sean, ¿falta a CRISTIANDAD aquella prudencia que ordena que no todo aquello que es verdad se diga, para no ocasionar males que del conocimiento de lo verdadero pueden seguirse?

DOS PESIMISMOS

En primer lugar, ¿los criterios y los modos de ver de CRISTIANDAD son en realidad pesimistas?

Advirtamos ante todo que este calificativo puede tener dos sentidos, lo cual si no se tiene en cuenta, al aplicarse engendra confusión.

Un médico visita un enfermo y juzga con serena objetividad que la enfermedad es incurable: se dice del dictamen del médico que es pesimista. Hablando con propiedad habría que aplicar el calificativo no al médico ni a su dictamen, sino a la realidad del mal; el dictamen del médico no hace si no afirmar un mal que en realidad existe; tal vez no habrá sido bastante mirado o prudente al manifestar su juicio delante de personas a quienes la verdad podría ocasionar males, pero esto nada merma de lo acertado del dictamen.

Otro médico se ha ganado merecida fama de impresionable, de imaginativo, de misántropo; visita a un enfermo y diagnostica que el mal es grave, que se ha de temer lo peor. En medio de su aflicción, a la familia del enfermo le queda una esperanza. El médico consultado todo lo ve negro; ¡es un pesimista!, tal vez se equivoca, sin duda exagera.

Esta distinción es absolutamente necesaria para instituir un examen de conciencia en orden a averiguar si en un espíritu o en una conducta influye o interviene el auténtico pesimismo, del cual no es ejemplar el primer médico, sino el segundo.

PRESUPUESTO

CRISTIANDAD como cualquier publicación que no se avenga a ser anodina, se halla en la necesidad de tener opinión, de manifestarla y de sostenerla, y esto no tan sólo en los problemas generales de doctrina y de principios, sino también en los de hecho.

CRISTIANDAD, por ejemplo, con la debida prudencia y moderación, aun a riesgo de equivocarse, ha de intentar comprender la actual situación del mundo y de sus constituyentes y desentrañar los bienes y males, las venturas y desdichas de que para un futuro más o menos próximo o lejano está preñado el mundo actual. Que en los juicios de hecho y de valor a que aludimos pueda influir el sentimiento o el prejuicio es indiscutible, y que en casos aislados influyan es poco menos que inevitable. En tales casos puede decirse que suele errar más quien menos piensa que yerra. Por esto será gran remedio y gran preventivo para no errar o siquiera para errar menos el prestar siempre atención al parecer de los demás, aun de los adversarios, cuánto más de las personas sensatas y benévolas.

De aquí que CRISTIANDAD ante la insinuación amistosa que la nota de pesimismo, no puede menos de preguntarse: ¿en realidad soy pesimista?, ¿influye en mis criterios y apreciaciones ese humor negro, enfermedad de espíritus decadentes y engendrador de anemia e inactividad espiritual?, ¿me parezco al segundo médico?

OPTIMISMO NUCLEAR

A quienquiera que haya leído con atención siquiera mediana los números de CRISTIANDAD publicados hasta ahora, le habrá debido de entrar por los ojos la expresión insistente de una idea, la reiteración incesante de una esperanza: la idea de la Realeza de Cristo, la esperanza de una realización del Reinado de Cristo sobre la tierra con una perfección mayor que la que ha alcanzado hasta ahora. Esta idea y esta esperanza estructuradas, o por mejor decir, organizadas, vitalizadas, constituyen un ideal: ideal es éste de luz y de fuerza, ideal de vigoroso optimismo cristiano. Ideal que en lo que tiene de nuclear y esencial no es sino la herencia recibida por la Iglesia, de Cristo y de sus Apóstoles, que encierra el impulso de expansión vital de la verdad evangélica hasta conseguir la adecuación del Reino de Cristo de hecho con el de derecho, o lo que es lo mismo, la aceptación plena del encargo de Jesucristo docete omnes gentes: haced que todas las naciones acepten y acaten vuestro magisterio, admitan la buena nueva de que sois mensajeros, disfruten de los bienes que en esta buena nueva se les ofrecen.

Cada vez se ve con luz más clara que el deseo de Jesucristo manifestado en su Iglesia y por su Iglesia es que este ideal saludable y levantado penetre no tan sólo en el alma de los sacerdotes y de los religiosos consagrados a Él con vínculos especiales, sino que también oriente y vitalice el espíritu de todo cristiano. No es otra la significación de la Acción Católica. ¿No se habría de definir la Acción Católica como la movilización general del pueblo cristiano? y ¿es posible una auténtica movilización general sin que el pueblo movilizado sienta vitalmente el ideal que le moviliza? y ¿es posible el entusiasmo por un ideal, sin la fe en este ideal, en su virtualidad, en la posibilidad de su realización?

Todos los números de CRISTIANDAD son una profesión de fe y de esperanza en este ideal y si en ellos a las veces transpira la indignación contra los malminoristas, por ejemplo, contra los católicos liberales, no es porque CRISTIANDAD ignore u olvide que en ciertas ocasiones, en sobradas ocasiones, por desgracia, es necesario y lícito contentarse y aun acogerse al mal menor, sino porque los católicos liberales de ayer y no menos los de hoy, prácticamente por lo menos, hacen de la hipótesis tesis, alaban y encarecen el bienestar de la Iglesia en las naciones en que se vive en la hipótesis, menosprecian como visionarios a los que aun hoy en día osan hablar del ideal y no pocas veces achacan a la intransigencia de éstos, para ellos visionarios, a su falta de cultura, de comprensión y de caridad, casi todos los males del mundo y de la Iglesia; la severidad y la dureza de trato la guardan para los intransigentes, mientras que la amabilidad y aun la melosidad untuosa la reservan para los que hacen necesaria la hipótesis. A los intransigentes a duras penas les otorgan la opinión de buena fe, que prodigan a manos llenas a los incrédulos, a los herejes, a los cismáticos. De la condescendencia con éstos parecen esperar todo el bien, por lo menos el escaso bien con que se contentan. ¿Esta táctica, esta manera de pensar podrá dar otro resultado que el obscurecerse en la mente de los cristianos sencillos la convicción cristiana, que debe rechazar con dignidad todo error en la fe, toda mutilación en la verdad cristiana? Y esas tácticas de esperar el bien de la Iglesia de la alianza con los que si no están abiertamente contra ella, por lo menos es cierto que están fuera de ella ¿no será causa de que se debilite el espíritu sobrenatural, la esperanza en los medios eficacísimos, en realidad los únicos eficaces, que son patrimonio exclusivo de la Iglesia?

Perdóneme el lector la digresión. Decíamos que CRISTIANDAD, los que forman el núcleo de su redacción, llevan en su corazón el ideal cristiano, y añado ahora que tienen la persuasión de que cuanto más dista el mundo de la plena realización de este ideal, cuanto mayores son las exigencias malaventuradas de la hipótesis, más necesario es conservar puro y vivo en la mente y en el corazón este ideal, y profesarlo públicamente.

León XIII, el gran León XIII, en su luminosa encíclica Libertas esto encarga cuando reconoce la necesidad eventual de la hipótesis, la necesidad de acogerse al sistema de las llamadas libertades modernas. Quod sentit de ipsis Ecclesia, idem ipsi sentiant, lo mismo que de estas libertades siente la Iglesia, sientan ellos, los católicos que viven en una nación en que la hipótesis es necesaria.

Por lo mismo, ¿por qué disimularlo?, CRISTIANDAD siente su espíritu encogerse, al llegar a su noticia ciertas alabanzas sin ningún género de distingos, de naciones en que por necesidad se vive en la hipótesis, alabanzas que celebran el bienestar, la cultura de aquellas naciones, como si fueran espejo en que las demás se han de mirar, ejemplar que han de imitar, ideal que han de emular.

El optimismo de que acabamos de hablar es, como decimos, nuclear, substancial; de él habrían de participar todos los cristianos, porque no es sino la flor de las virtudes teologales, la flor fructífera del celo por la gloria de Dios, la exaltación de la Iglesia y el bien del género humano. Ahora preguntamos: si CRISTIANDAD es fruto de esta flor siquiera fruto humilde, ¿cómo podría ser substancialmente engendradora de pesimismo? Una sola explicación se podría dar de ello: la ineptitud de los que la redactan, la falta de dotes naturales, la falta de formación, o tal vez la falta de espíritu sobrenatural, que esteriliza las obras apostólicas que más fruto habrían de dar.

EL OPTIMISMO DEL P. RAMIÈRE

Mas, adelantemos un paso: los redactores ordinarios de CRISTIANDAD, los que constituyen el núcleo de la Redacción, deben en buena parte su formación a los libros en que el P. Enrique Ramière nos ha legado su pensamiento y su espíritu. CRISTIANDAD no se considera, ni se puede legítimamente considerar, como órgano oficial ni oficioso del Apostolado de la Oración, cuyo segundo y definitivo fundador fue el P. Ramière; pero hay que reconocer que trae su origen del Apostolado, que en el Apostolado halla su fuerza y que en el Apostolado encuentra la concreción de su espíritu.

Pues bien, ¿quién habrá, por poco versado que esté en los libros del P. Ramière, por poco que conozca su vida y su actuación, que pueda tacharle de pesimista? En vida se le echó en cara una excesiva benevolencia para con los católicos liberales de aquel tiempo y aquí mismo, en Barcelona, vio la luz un libro en que por esta razón se atacaba duramente una de sus obras fundamentales “La Soberanía social de Jesucristo”. Por otra parte su optimismo no se limitaba a lo substancial que hemos descrito, no relegaba las esperanzas de la Iglesia para la otra vida, sino que pasó su vida inculcando en los lectores de sus libros la confianza en un triunfo de la Iglesia en este mundo, triunfo de que las luchas actuales de la Iglesia no le hacían dudar, antes al contrario le aseguraban en su convicción.

Esto no dejó también de acarrearle contradicción, porque se puso tacha en su doctrina como afín al milenarismo. Verdad es que, con algunos recortes, sus libros vencieron la oposición y de aquél en que con más amplitud declara y defiende su manera de pensar «Les esperances de l'Eglise», se publicaron varias ediciones, una de ellas encabezada por una carta de Pío IX. Ahora bien, ¿hay para qué disimularlo?, los que forman el núcleo de la Redacción de CRISTIANDAD participan de este pensamiento del P. Ramière, lo cual si no es para ellos el motivo substancial de su trabajo y sacrificio no escaso, no deja de alentarles y consolarles.

Es por otra parte indudable que si yo mismo, con quien ellos tan íntimamente y por tanto tiempo han convivido, hubiera desacreditado con mis censuras estas ideas del P. Ramière, no se hubieran a ellas aficionado.

Pero ¿cómo podía yo hacerlo así, cuando lejos de serle contrario, compartía su parecer? Antes de haber leído ninguna obra de dicho autor, ya me había formado mi sistema, en lo substancial idéntico al suyo.

He de confesar que desde el primer momento me intranquilizaba algún tanto una manera de escrúpulo. No se me ocultaban las graves censuras que veía fulminar por no pocos autores serios contra el milenarismo; pero, por otra parte, notaba que al proponer el estado de la cuestión, no concordaban entre sí y atribuían a los milenaristas absurdos y ridiculeces tan grandes que ni siquiera valían la pena de tomarlas en consideración. Ejemplo de esto puede ser la descripción y refutación del milenarismo que el que fue Cardenal Billot nos ha dejado en el tratado de Novissimis. Lo que yo pensaba nada tenía que ver con aquellas ridiculeces. Averiguando más, hallé que autores serios, en obras publicadas a la luz del día, por ejemplo, el conocido teólogo P. Palmieri, venían a decir substancialmente lo que yo pensaba. Después advertí que también coincidía el mío con el pensamiento del Padre Ramière, se entiende  también  en  lo substancial, y sabiendo quién era el P. Ramière aún me tranquilicé más. Estudié las fuentes y me pareció que mi sistema resolvía muchas incoherencias, muchas aparentes antinomias. Y por fin, cuando el inmortal Pío XI publicó sus encíclicas sobre el Reino de Cristo y sobre el Corazón de Jesús me convencí de que substancialmente mis ideas, lejos de contradecir a las del Romano Pontífice, en ningún punto esencial discrepaban de la palabra del Papa.

No hay para qué discutir en este momento el valor doctrinal de los documentos pontificios a que me refiero, sólo observaré que si éstos no tienen fuerza de definición ¿no sería por lo menos injurioso y peligroso decir que el Papa en ellos afirma, sea como sea, cosas que linden con el error milenario?

Pío XI, en la encíclica Miserentissimus Redemptor, como término y consiguiente de una exposición de hechos concienzuda e intencionada, llega a afirmar que en la institución de la fiesta de Cristo Rey ha querido dar un anticipo de aquel día faustísimo en que el mundo espontáneamente se sujetará al suavísimo Imperio de Cristo; gaudia iam tum illius diei praecepimus auspicatissimi quo die omnis orbis libens volensque Christi Regis suavissimae dominationi parebit. Si se tienen en cuenta los bienes que según el mismo Romano Pontífice en sus anteriores encíclicas Ubi arcano Dei y Quas primas afirmaba ser fruto natural de la aceptación por el mundo de la Soberanía de Cristo, entre los cuales no era el menor la paz social y la internacional, ¿qué más es lo que esperaba el P. Ramière y el autor de este artículo? Tanto es así que dos artículos que he publicado en CRISTIANDAD en que circunstancialmente hube de declarar mis ideas, no fueron otra cosa sino un comentario de las encíclicas de Pío XI Ubi Arcano Dei, Quas primas y Miserentissimus, de la encíclica Annum sacrum de León XIII, precedente obligado de las de Pío XI, y de la Summi Pontificatus del actual Pontífice, complemento de todas éstas, ya que en ella a todas las citadas las hace suyas.

LA TEOLOGÍA DE LA HISTORIA

Formados, los que constituyen el núcleo de la Redacción, en Schola Cordis Iesu, y por ende en el seno del Apostolado de la Oración, cuyo lema se expresa en aquella petición «Adveniat Regnum tuum», es obvio que concibieran vivos deseos de entender a fondo la idea contenida en la fórmula universalmente admitida «El Reinado social de Jesucristo». Natural fue que para ello acudieran a las obras del P. Ramière. Éste, en sus luminosos tratados intelectuales no se encierra en el círculo de las verdades y de los principios abstractos; hace ver las normas y las leyes de la Providencia divina actuando en la vida de los pueblos y de todo el género humano, y acude a la revelación divina para rastrear los planes que Dios ha trazado a la humanidad y para sondear con humilde osadía lo que en lo porvenir estos planes le reservan. Y para esto, estudia la Historia no tan sólo a la luz de la razón, sino también a la luz más poderosa de la revelación divina. Y si no crea una ciencia que ya cultivaron por ejemplo San Agustín y Bossuet, fue quien primero le dio el nombre adecuado y lleno de significación de Teología de la Historia.

Ahora bien, los miembros de Schola Cordis Iesu se aficionaron a esta ciencia y se esforzaron en adquirirla con ecuánime seriedad. De aquí tuvo origen una serie de conferencias o lecciones dadas por mí con libertad de espíritu, porque tenía bien conocida la capacidad, la prudencia de mis oyentes y su inquebrantable y humilde adhesión a la autoridad y a las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia. En estas lecciones hubimos de tratar de todo: de historia, de filosofía, de sociología, de política, de teología, de escritura. Con qué provecho, podranlo juzgar los lectores de CRISTIANDAD.

Cuando se me preguntaba qué me proponía en estas conferencias, solía yo contestar: mi intento no es otro si no el de formar celadores del Apostolado de la Oración, y ante la extrañeza de quien preguntaba, respondía yo que el Apostolado, la idea del P. Ramière, sobre todo entre los varones, no tenía tanta aceptación como merecía, porque se miraba por muchos así como una beatería, lo cual era absoluta perversión de la concepción del P. Ramière y suponía una incomprensión lamentable de la devoción al Corazón de Jesús, de las revelaciones de Paray-le-Monial y de su fin providencial, todo lo cual constaba con toda certeza por los documentos pontificios.

LA SUJECIÓN A LA IGLESIA

En toda esta mi actuación he procurado siempre fomentar en los que rodeaban aquel sano optimismo cristiano que hemos denominado nuclear; pero supuesto que la opinión descrita en el párrafo que hemos titulado «el optimismo del P. Ramière» sea probable y defendible, ¿quién no echará de ver que, dada la condición humana y el espíritu social de nuestros tiempos, proporcionará un nuevo y valioso elemento de luz y de vigor en orden a la intensificación de la actividad de celo y de apostolado? ¿Por qué, pues, no aquilatar los grados de probabilidad en que tal esperanza puede fundarse? ¿Por qué no compartir con el segundo fundador del Apostolado de la Oración este incentivo, siquiera accidental, de optimismo?

Ante todo era preciso purificar dicha esperanza de toda ilusoria imaginación. Lejos de nosotros las esperanzas claramente heterodoxas condenadas por la Iglesia, de una era paradisíaca, sin pecado original ni concupiscencia. Lejos de nosotros fantasear una era de una santidad dulzona, sin cruz ni mortificación. Fuera de nosotros la idea de un cambio en la organización de la Iglesia, ni la de un enriquecimiento esencial de la misma. La Iglesia que posee la sangre de Cristo y el don del Espíritu no puede ser más rica, porque su riqueza es infinita.

Mas de estas riquezas de la Iglesia no participan todos los hombres llamados a ser miembros de ella, y aun los que de ellas participan, podrían adquirirlas y poseerlas en grado superior a aquél en que las poseen. Y entonces puede ocurrir un problema que tendría visos de malsana curiosidad. ¿Hasta qué grado puede esperarse que llegará la Iglesia en este su posible perfeccionamiento extensivo e intensivo? ¿Se puede esperar, por ejemplo, que haya en el mundo una época en que no se cometan pecados mortales? Imaginémonos, para hacernos cargo, lo que sucedería, si todo el mundo fuera como se cuenta de las Reducciones del Paraguay, de las que la fama decía que allí no se pecaba mortalmente. Claro es que aquellas gentes podían pecar, pero si la fama era verdadera, la gracia de Dios, la educación y las cautelas les preservaban. Mas esperar esto para el mundo entero es no sólo gratuito, sino, además, según lo que yo entiendo, contrario a los datos de la revelación divina.

Los que tenemos la discutible esperanza de que hablamos, no esperamos (por lo menos puedo asegurarlo de mí) sino aquello de lo cual Pío XI nos dice que es anticipo la institución de la fiesta de Cristo Rey: la aceptación voluntaria por las naciones de la Soberanía Social de Jesucristo, de todas las naciones por lo menos con una totalidad moral.

Y  llegamos ahora al punto crucial. ¿Podríase admitir como probable  la presencia visible de Cristo Rey en la tierra, como defienden los milenaristas? En modo alguno; porque ni esto se funda en la revelación, ni es compatible con la institución indefectible del Pontificado en los sucesores de Pedro. ¿Para qué un virrey en donde reside el mismo Rey?

Y  llegó un día a nuestros oídos la noticia de la prohibición del milenarismo, aun del mitigado. Y antes de conocer el Decreto del Santo Oficio anuncié en público la existencia del decreto, añadiendo que si en él se proscribía cualquiera proposición que hubiera yo sostenido, la dieran por retractada, y añadí que sería para mí un placer, porque siempre lo es el salir de una equivocación.

Mas llegó a mis manos el decreto y en él hallé lo que ya sabía: la prohibición del milenarismo aun del mitigado, pero hallé algo más: la virtual absolución del Padre Ramière, etc. Porque el Santo Oficio, al prohibir el milenarismo mitigado, no prohíbe una vaguedad, sino que precisa lo que prohíbe y lo que entiende por Milenarismo mitigado. ¿Y en qué consiste éste según el decreto de prohibición? En el sostener que Jesucristo, antes del juicio final vendrá visiblemente a esta tierra para reinar. Nunca jamás, que sepamos, el P. Ramière enseñó lo que prohíbe el decreto. De mí ciertamente me dice la conciencia que jamás lo he enseñado ni pensado.

Perdónenos el buen amigo que ha dado ocasión a este artículo, si no halla en él lo que tenía derecho a esperar. Creo que sin este artículo previo no me hubiera sido posible declarar mi pensamiento sobre el optimismo o el pesimismo de CRISTIANDAD.

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que todas las naciones acepten y acaten el magisterio de la Iglesia y disfruten de los bienes que en esta buena nueva se les ofrecen