El PC francés colaboró con los nazis invasores de Francia hasta junio de 1941 y la Asamblea Nacional de la la III República expulsó de su seno a los diputados comunistas

2013-01-18 La Ilustración Liberal http://www.libertaddigital.com/opinion/pedro-fernandez-barbadillo/los-escuadrones-de-la-muerte-del-pc-frances-67102/

El aparato de propaganda del comunismo es tan descomunal y experto que ha conseguido ocultar sus genocidios y su inmenso fracaso económico, hasta el punto de que vuelve a presentarse como alternativa creíble en los países sumidos en la crisis. También ha hecho olvidar que los comunistas son caníbales con sus propios camaradas. Los dictadores que fueron ogros de los comunistas en el siglo XX, como Adolf Hitler, Benito Mussolini y Francisco Franco, no se comieron a sus pares o sus seguidores, salvo el alemán en 1934 y sólo para asentar su poder. Por el contrario los dirigentes de los PC, estuviesen en el gobierno, en la oposición o en el exilio, solían purgar o ser purgados periódicamente, y mientras Mussolini o Franco enviaban a sus disidentes a una embajada o a un corto destierro dentro del propio país, entre los rojos era frecuente la ejecución, el accidente de carretera, el error médico o la deportación a alguna Siberia.

Otra de las grandes mentiras del siglo XX es la de la resistencia francesa al invasor nazi. Baste decir que el alto mando alemán enviaba a las divisiones destrozadas en el frente oriental a descansar y recuperarse a la dulce Francia.

Seguramente la Segunda Guerra Mundial no habría comenzado en septiembre de 1939 si no se hubiese producido el Pacto de Amistad, Cooperación y Demarcación (en esos momentos, los dos países no tenían fronteras en común, como hasta 1918) entre Adolf Hitler y Josif Stalin, firmado en Moscú el 23 de agosto de ese año. Cuando saltó la noticia, el mundo quedó pasmado. Ambos regímenes totalitarios, el nacional-socialista alemán y el bolchevique soviético, eran enemigos feroces y se dedicaban todo tipo de insultos. En horas veinticuatro, y por orden de sus amos de la URSS, faro de la humanidad progresista, los comunistas de todo el mundo pasaron de atacar a Hitler a elogiarle y de considerarle un aliado de las burguesías explotadoras a un representante de la clase trabajadora alemana.

Consigna a los obreros de no rebelarse

El PC francés, el mayor partido de Europa detrás del PCUS, colaboró con el enemigo alemán: sus agentes no sólo sabotearon el esfuerzo militar de Francia, sino que impusieron a sus obreros la consigna de obediencia al ocupante. Ningún comunista siguió el mensaje de esperanza y resistencia pronunciado desde Londres por el general Charles de Gaulle. El gobierno liberal-socialista de la III República hizo aprobar una ley en la Asamblea Nacional que expulsaba de su seno a los diputados comunistas; los parlamentarios la aprobaron por 521 votos contra 2 en enero de 1940.

El idilio entre los comunistas franceses y los militares alemanas sólo se rompió en junio de 1941, cuando el III Reich atacó a su aliado, la URSS, antes de que ésta lo atacase. Inmediatamente los rojos dieron otro giro de 180 grados: primero enemigos de los nazis, después amigos y de nuevo enemigos. De la guerra, tanto Stalin como sus lacayos salieron con la vitola de haber dado su sangre para derrotar a la bestia parda. Los cientos de activistas comunistas que fueron ejecutados por el ocupante o cayeron en el maquis se convirtieron en mártires, cuyos cuerpos impedían a los historiadores acercarse a los hechos vergonzosos de los primeros años de la guerra.

Sin embargo, los archivos acaban hablando. Cuando por fin se abrieron los correspondientes al PCF, a Moscú y –muy importante– a la Policía francesa en los años de la Ocupación, se supo a qué grado de perversidad habían llegado los comunistas para imponer sus dogmas oficiales. Los historiadores Jean-Marc Berlière y Franck Liaigre publicaron en 2007 un libro, titulado Liquider les traîtres: la face cachée du PCF (1941-1943), en el que describían que la dirección comunista había aplicado medidas despóticas para imponer la obediencia a las directrices de colaborar con los alemanes. Y éstas consistían en un ejército de delatores que identificaban a los desobedientes o a quienes criticaban al padre de los pueblos por su unión con Hitler, y luego escuadrones de la muerte que secuestraban a los traidores y los asesinaban si un sanedrín de dirigentes del PCF consideraba que esa desobediencia merecía la muerte.

Delatores, verdugos y jueces

Un minúsculo núcleo de la dirección del Partido decidía la verificación, denuncia y asesinato de los acusados. Sin juicio, sin abogado defensor, los apparatchiki condenaban a muerte. Y las ejecuciones, mediante el típico tiro en la nuca, se realizaron, en París y en provincias, mediante un grupo de militantes "con pocos escrúpulos", que habían servido en la paz para reventar actos de los demás partidos y en la posguerra para depurar colaboracionistas.

Entre julio de 1941 y julio de 1942, el grupo Valmy, nombre de una batalla de la Revolución Francesa, fue responsable de muchos crímenes comunistas, sobre todo de exdirigentes que mantuvieron su compromiso antifascista y abandonaron el PCF.

Se desconoce la cifra total de asesinatos. Los dos historiadores han comprobado documentalmente unas 800 verificaciones de camaradas sospechosos. Y unas 250 decisiones, perífrasis para asesinato.

Como indicio de lo dicho, debe recordarse que los comunistas internados en campos de concentración colaboraron con los nazis, como confirmó el exministro socialista Jorge Semprún Maura: se hacían con el mando en los campos y entregaban a los verdugos a gentes no comunistas para salvar a sus camaradas.

En septiembre de 1944 la mayor parte de Francia quedó liberada de los alemanes, y entonces los comunistas pudieron dedicarse a matar otros compatriotas. Los mismos historiadores han escrito otro libro desmitificador de la Resistencia: Así terminan los bastardos: secuestros ilegales y ejecuciones en París liberado. Los autores recuerdan que, en los meses siguientes, en las riberas del Sena aparecían cadáveres con un tiro en la cabeza y una pieza de cemento atada al cuello. Al principio de la liberación, la sede de los ejecutores y depuradores comunistas fue el Instituto Dental de la Avenida de Choisy, 176. Entre los asesinados no había sólo vichistas o colaboracionistas, sino hasta un exdiputado socialista y por supuesto antiguos camaradas.

Todos estos asesinatos y torturas fueron sometidos primero a amnistía y luego al olvido.

Cuando las editoriales españolas traducen todo ensayo generado por el último sociólogo o profesor de filosofía francés sobre cualquier asunto, llama la atención que ninguna, ni las dedicadas a la Segunda Guerra Mundial, haya traducido este libro sobre uno de los episodios más siniestros del siglo XX.

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El lado siniestro de Jorge Semprún

MADRID Jueves, Julio 7, 2011 | Por Nicolás Águila http://www.cubanet.org/opiniones/el-lado-siniestro-de-jorge-semprun/

Jorge Semprún ha recibido una salva casi unánime de panegíricos con motivo de su reciente fallecimiento el pasado 7 de junio. Los comentarios de corte hagiográfico van desde quien lo considera “un gran hombre” hasta quien lo proclama como el máximo exponente de “la conciencia de Europa”.

Muy pocos se han atrevido a señalar una grave acusación que pesa sobre el autor de El largo viaje y lo vincula a los crímenes contra la humanidad durante el capítulo más negro de la historia contemporánea. Entre otros, su propio hermano Carlos Semprún Maura, que fue también luchador antifranquista y militante comunista hasta evolucionar hacia posiciones liberales, lo acusó sin rodeos de haber sido kapo de los nazis en su etapa de prisionero en el campo de concentración de Buchenwald.

En su segundo libro de memorias, A orillas del Sena, un español…, su hermano Carlos se refiere a Jorge Semprún Maura como “el único kapo conocido, o sea con éxito de ventas, que ha escrito sus memorias de deportado”. Y se extraña irónicamente de que, pese al aspecto saludable que presentaba Jorge Semprún tras su liberación del campo de concentración, “nadie hizo la menor mención, ni sacó conclusiones, sobre la diferencia que existía entre su pinta y la pinta cadavérica de otros deportados”.

Otro pariente suyo, el periodista Ramón Pérez-Maura, corrobora asimismo que Semprún sirvió de “kapo rojo” en Buchenwald. ¿Será un ajuste de cuentas, una vendetta por puro cainismo de la parentela rencorosa, o es un hecho real y verificable? Ciertamente existen testigos directos, sin vínculo familiar, que recuerdan a Jorge Semprún como kapo en dicho campo de concentración. Uno de ellos, Stéphane Hessel, ha cobrado renovada actualidad por ser el autor de Indignaos, el libro que sirvió de inspiración al movimiento de los “indignados” del 15-M en España. En su testimonio, citado por Juan Pedro Quiñonero, Hessel asegura que los comunistas, incluyendo a Jorge Semprún, asumieron la gestión del campo de concentración de Buchenwald.

La acusación no puede ser más dura y moralmente invalidante, ya que que kapo (acrónimo del alemán kameraden polizei) era el prisionero que desempeñaba cargos administrativos en el campo de concentración y, a cambio de ciertos privilegios como preso de confianza, se prestaba al trabajo sucio y en ocasiones brutal contra sus propios compañeros. Jorge Semprún, si bien no aceptaba la inculpación de kapo, tampoco la negaba rotundamente. Permaneció impasible, atrincherado tras el apoyo incondicional de toda la progresía. A pesar de los testimonios sobre los kapos rojos aportados por los sobrevivientes de la barbarie nazi, no se encontrará en su obra, que gira casi toda en torno a su experiencia como deportado en Buchenwald, la menor referencia al papel de los prisioneros comunistas como colaboradores de los nazis en los campos de concentración.

Uno desearía al menos comprender al joven Semprún, un “terrorista” contra los alemanes ocupantes, como él mismo se calificara, pero al fin y al cabo un muchacho de apenas veinte años cuando fue capturado por la Gestapo y colocado frente al dilema moral más difícil de su vida. Vivió más que suficiente para pedir perdón o tan siquiera explicar que su única opción como militante era cumplir las órdenes del PCF. Mas no lo hizo. No tuvo la entereza de compartir sus terribles verdades con los lectores, a no ser al final de su vida y solo mediante vaguedades metafísicas sobre “el mal en estado puro” que afirmó haber conocido en el campo de concentración, según nos cuenta Franziska Augstein en la última biografía de Jorge Semprún, publicada el año pasado en su versión al español.

A pesar del tono más bien tolerante de la biografía, una obra voluminosa fruto de innumerables horas de conversación con el biografiado, Augstein no cae en la burda hagiografía ni escamotea el dato biográfico más controversial. En su calidad de biógrafa autorizada nos confirma que Semprún, el preso 44904, actuó como kapo de los nazis al aceptar la innoble tarea de enviar a la muerte a muchos –tal vez centenares– de los prisioneros del campo de concentración:

…Le asignaron un puesto en la oficina de Estadística Laboral (Arbeitsstatistik). Oficialmente su tarea consistía en gestionar el fichero de prisioneros del campo y confeccionar las listas para los destacamentos que trabajaban fuera del campo. Semprún manipulaba muchas de estas listas a escondidas: la dirección clandestina del campo, en un intento de salvar a camaradas y a otros resistentes de confianza, apuntaba a desconocidos a los durísimos y mortalmente peligrosos comandos de trabajo.

La línea del Partido era tan clara como tenebrosa. Los estalinistas aceptaron de los nazis la gestión del campo de concentración de Buchenwald con el objetivo de sobrevivir. Su coartada, cínica y oportunista a la vez que criminal, era la supuesta misión de preservarse para la historia que les correspondía como vanguardia del proletariado. Ellos eran los elegidos, los que no debían morir, de ahí que seleccionaran a reclusos no comunistas entre sus compañeros para redirigirlos a campos de trabajo forzado de los cuales no se regresaba. Así de simple y de trágico.

La cuestión de los kapos comprometía demasiado a los dirigentes comunistas, a tal punto que desde la posguerra se volvió un tema tabú. Con el fin de falsificar esa página de la historia, el Partido no vaciló en censurar cualquier amago de crítica en ese sentido, aplicando fuertes sanciones a los militantes que osaran transgredir la norma. Al escritor Robert Antelme, quien sí volvió del campo de concentración con la salud seriamente quebrantada, se le ocurrió expresarle a su amigo Jorge Semprún las reservas que tenía sobre la conducta poco ética de los comunistas en Buchenwald, y pagó el precio de su franqueza. Antelme asegura que Semprún lo denunció inmediatamente a la dirección del PCF y que ello le valió su expulsión del Partido. Por otro lado, la escritora Marguerite Duras, esposa de Antelme y también comunista activa en la Resistencia francesa, se refería a Semprún como el chivato que denunció ante la dirección del PCF a casi todos los miembros de la célula en la rue Saint Benoit, entre los cuales figuraba ella misma.

Jorge Semprún fue un estalinista de mano dura, un camarada culto, políglota y encantador que ascendió en 1956 al Buró Político del PCE no precisamente por su gracia y simpatía. Como comisario cultural, entre otras cosas, se le acusa de persecución ideológica contra Carmen Laforet, la autora de Nada, ganadora del Premio Nadal 1944. La novela, que retrata la miseria y grisura bajo el franquismo de posguerra, fue vetada no por Franco, sino por Semprún, a tal punto que no se vino a publicar en Francia sino después de la muerte de la escritora. Su enorme influencia en los medios editoriales franceses logró, 50 años después del hecho, que la Gallimard censurase el pasaje de una biografía de Marguerite Duras en que, según el escritor y periodista Quiñonero, se contaba la delación de Jorge Semprún dirigida al Politburó del PCF contra ella y su esposo Robert Antelme.

No se trata de simples errores de juventud, sino de bajezas incalificables que no se neutralizan recurriendo al heroico antifranquismo de un Semprún clandestino bajo el seudónimo de Federico Sánchez. La leyenda de “el hombre más buscado en España” podrá resultar fascinante como guion de una película, pero debe ser matizada y puesta en su justo sitio. Semprún expuso su vida durante nueve años en la lucha clandestina contra la dictadura franquista, cierto, pero solo con el objetivo de implantar otra mucho peor, la dictadura del proletariado, un eufemismo cuyo trágico significado no escapa a ningún cubano de hoy.

Después de veinte años de practicar el estalinismo puro y duro, Semprún se sintió atraído por la novedad del eurocomunismo. De repente se dio cuenta, junto al ideólogo Fernando Claudín, de todos los desmanes del comunismo al estilo soviético, de los cuales había sido en cierta medida corresponsable. Los dos sufrieron un ataque de lucidez retrospectiva y fueron expulsados del PCE en 1964 por las diferencias crecientes con su jefe Santiago Carrillo, el carnicero de Paracuellos del Jarama. Ambos, como tantos otros rojos radicales, se reciclaron en el entorno político-cultural del PSOE, al amparo de Felipe González, quien los premió con importantes cargos institucionales.

Debe añadirse, en justicia, que los cubanos debemos reconocerle a Jorge Semprún algunos gestos y declaraciones contrarias al castrismo en momentos en que ningún progre osaba tocar la figura del dictador cubano ni con el consabido pétalo. Eso se le agradece, desde luego, pero no es razón suficiente para canonizarlo como el santón supremo de la progresía. Haber sido un kapo de las SS que decidía sobre la vida y la muerte de sus compañeros en el campo de concentración, y después, durante años, un estalinista implacable que ejercía inquisitorialmente como comisario cultural, no son precisamente méritos en el historial de nadie. Es una vileza imperdonable, incluso punible, que no admite maquillajes del currículum, máxime si jamás se oyó al respecto una mínima frase de perdón o arrepentimiento. No importa que el personaje se llame Jorge Semprún y exhiba el más brillante palmarés como intelectual y escritor. Sigue siendo la misma infamia.

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Jorge Semprún, un gran hombre

Lunes, Junio 20, 2011 Por Miriam Leiva LA HABANA, Cuba http://www.cubanet.org/articulos/jorge-semprum-un-gran-hombre/

Jorge Semprún murió el 7 de junio de 2011 en París. En Cuba su muerte no fue noticia.  Los medios no hablaron de tan importante suceso. Tampoco lo hicieron al día siguiente, elusivos, seguramente siguiendo las “orientaciones superiores”. Tendrían que reseñar su personalidad, al menos brevemente, y no desearían explicar los motivos de las discrepancias con él. Nos sobrecogió la novedad, cuando escuchábamos como todas las tardes una estación de radio de España. Desde hace muchos años recorremos las emisoras internacionales para podernos informar.

Con dificultad hemos seguido la ejemplar vida y la enjundiosa obra de ese gran hombre,  vetado en nuestro cerrado archipiélago. Mucho nos ha faltado por conocer y sobre todo leer, pero no han podido privarnos absolutamente de él.

Nació en Madrid en 1923. A los 15 años, junto a su familia tuvo que exiliarse en Francia, siguiendo a su padre que había sido embajador de la República en La Haya.  Allí se unió a la Resistencia, por lo que en 1943 fue apresado y torturado por los nazis, que lo enviaron al campo de concentración de Buchenwald, donde tuvo el número 44904 durante 2 años.

El 11 de abril de 1945, cuando los primeros dos norteamericanos llegaron allí, ya él junto a miles de sobrevivientes del campo, abandonado en estampida por los alemanes, marchaba con una bazuca al hombro para continuar la lucha. Se había unido en 1942 al Partido Comunista Español, donde ascendió a miembro del Comité Central en 1954 y el Buró Político en 1956.  Burló los órganos policiales de Francisco Franco en su intensa actividad clandestina dentro de España, que convirtió a Federico Sánchez (su seudónimo) en el hombre más buscado. Pero ese mismo partido lo expulsó, junto con Fernando Claudin, en 1965 por su oposición a los métodos estalinistas y sectarios. Sin embargo, sus conocidos dicen que nunca tuvo  rencor. Entre 1988 y 1992 fue ministro de Cultura del gobierno de Felipe González (PSOE).

No menos importante es su obra literaria, que incluye El Largo Viaje (1963), Autobiografía de Federico Sánchez (1977), Federico Sánchez se despide de ustedes (1993), La escritura o la vida (1994), Adiós, luz de veranos (1998), y sus guiones de cine para directores como Alain Resnais (La guerra ha terminado) o Costa Gavras (Z y La confesión). Escribió en francés y español.

Por aquellos atribulados días de represión, conocidos como Primavera Negra de 2003, cuando 75 personas fueron llevadas injustamente a prisión, y sobre las familias se extendió la persecución, la solidaridad de Jorge Semprúm fortaleció la convicción de que la razón estaba de nuestra parte. En nuestras circunstancias, la excepcional vida de Semprúm, luchador torturado, linchado políticamente por expresar sus ideas, esforzado  por lograr la reconciliación y rechazar el odio, ha sido una valiosa enseñanza para proseguir nuestros pacíficos esfuerzos.

Ya no continuará presente físicamente, pero su ejemplo y su obra trascenderán nuestros tiempos para provecho más allá de las fronteras. Él es un hombre universal, de hoy y mañana.