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Artículos del Padre Orlandis
artículos de Cristiandad de Barcelona

El arco iris de la «Pax Romana»

P. Ramón Orlandis, S.I.

El congreso de «Pax Romana» que se ha de celebrar en España la segunda quincena de este mes de junio ha inducido a Cristiandad a publicar este número. En él no hace sino reafirmar su idea, la que le dio vida; la que es la única razón de su existencia, la única justificación de los trabajos y sacrificios que se imponen o que soportan cuantos intervienen en ella.

No debemos ocultar -la justicia y la gratitud nos obligan a no ocultarlo- que con frecuencia nos llegan palabras de aliento, no tan sólo de España, sino también del extranjero, sobre todo de Portugal y de América. Estas palabras de aliento siempre traen consigo significación de benevolencia. Jamás dudamos de la sinceridad de quien nos las dice. Mas, no podemos disimularlo, a las veces nos asalta la duda, no de si somos objeto de benevolencia, pero sí, de si somos comprendidos. Y lo que nos pone recelosos es el saber que aún ahora, después de dos años de hablar al público nos llegan noticias de que no falta quien dice: ¿A qué va Cristiandad? ¿Qué se propone? Cristiandad, al oír esto, se queda como desconcertada, porque desde el primer día ha querido hablar con toda claridad y sinceridad, tanto que ya no sabe encontrar palabras más claras con que expresarse; por lo cual no le queda otro recurso que volver a repetir lo mismo, aun a riesgo de caer en la monotonía. Y esta es la razón principal que hace a Cristiandad aprovechar la ocasión que le ofrece el congreso de «Pax Romana» para publicar este número que casi no será otra cosa que una antología de pasajes de números anteriores, en que tratando de la paz, y de la paz tal como la desea y busca «Pax Romana», ha formulado una y otra vez la idea que le ha dado la vida y en ella la conserva.

Cristiandad y «Pax Romana»

La paz que desea y busca «Pax Romana» no es otra que aquella paz que tomó por ideal y divisa el Sumo Pontífice Pío XI desde el principio de su pontificado: «Pax Christi in regno Christi»; la paz de Cristo en el Reino de Cristo. Por esto «Pax Romana» se lo ha apropiado, ha hecho de esta expresión de Pío XI su propia divisa. Y Cristiandad si no la ha tomado por divisa, la ha elegido por ideal. Por esto desde el primer momento ha trabajado por entender el genuino sentido de dicha fórmula, precisamente en los documentos pontificios que son de tal claridad, que no dejan lugar a discusión. Basta leerlos con atención, reverencia y docilidad. Por esto Cristiandad para difundir su conocimiento y para facilitarlo, no ha cesado de insertar literalmente los fragmentos más significativos de dichos documentos, ora en el cuerpo de los artículos, ora en la sección «Nova et vetera», y ha llamado en su auxilio al arte tipográfico para dirigir hacia ellos la atención del lector y facilitar la inteligencia.

Intención de este artículo

Dos años hace que Cristiandad se publica y en uno y otro al llegar la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús le ha dedicado todo un número. Este año concurre esta fiesta en la segunda quincena de junio con el congreso de «Pax Romana» y el plan de que hemos hablado de dedicar a éste un número nos impedía hasta cierto punto seguir la costumbre de los otros dos años. Este impedimento en realidad es más aparente que real, porque según el pensamiento de Pío XI, la fórmula «La Paz de Cristo en el Reino de Cristo» es innegable que se ha de completar con esta otra «Al Reino de Cristo por la devoción al Corazón de Jesús». Por esto nosotros, que queremos ser discípulos fieles e íntegros del Magisterio pontificio, no sabemos separar estas dos fórmulas que creemos indivisibles. Y por esto nos ha parecido necesario al tratar de la primera no dejar en la sombra la segunda, y a esta intención responde el presente artículo.

La encíclica «Annum Sacrum»

Si algún día, benévolo lector de Cristiandad -dado que no lo hayas hecho hasta ahora- te determinas a leer con interés y atención los documentos pontificios que tratan de la devoción al Corazón de Jesús y de su importancia, no andarás fuera de camino, a nuestro juicio, en comenzar tu tarea por la lectura de la encíclica Annum Sacrum de León XIII. Es aquella por la cual al finalizar el siglo pasado notificó al mundo entero su determinación deliberada de consagrarlo al Sagrado Corazón. Es ella un documento de tan subido valor, y de tan vital actualidad, que bien comprendido es suficiente para orientar al que no sabe qué rumbo seguir y para confortar el ánimo abatido del pesimista. Por otra parte, las gravísimas y ponderadas palabras con que el Papa expresa su pensamiento, tienen poder para impresionar al corazón del cristiano más frío. Tal vez asomará a los labios del incrédulo una sonrisa burlona al enterarse del remedio con que el Romano Pontífice espera que se han de curar los males del mundo actual. Pero ¿no se helará esta necia sonrisa, si cae en la cuenta de quién es el Papa que propone la medicina con tanta fe en su eficacia? Si no ha llegado a lo más hondo de la irracionalidad e insensatez no podrá menos de respetar la augusta personalidad de León XIII, de rendir homenaje a la elevación de sus miras, de reconocer el valor de su sabiduría. ¡Tan lejos estará de mofarse de la luz sobrenatural que no pueden resistir sus ojos miopes y enfermizos! Con todo nos hacemos cargo de que para el incrédulo ha de ser una paradoja inexplicable el que puedan salir de la misma inteligencia las observaciones tan humanas de la celebrada encíclica Rerum novarum, y las sobrenaturales afirmaciones de la encíclica Annum Sacrum.

Mas el pensador creyente e iluminado por la luz superior de la fe, lejos de hallar oposición entre uno y otro pensamiento, echará de ver que en la encíclica Annum Sacrum se propone el complemento de la otra; el alma que le da vida. ¿No cierra el mismo León XIII la encíclica Rerum novarum con la solemne afirmación de que los problemas sociales de nuestros tiempos han de tener el principal remedio en una gran efusión de caridad, de aquella caridad cristiana que es el principio de la vida sobrenatural? Y, ¿dónde está la fuente única y siempre inexhausta de esta caridad si no en el Corazón de Jesús? ¿Qué maravilla será, pues, que su Vicario en la tierra señale al universo entero dónde hallará el manantial del agua que le ha de sanar?

Cristiandad y la encíclica «Annum Sacrum»

Decíamos más arriba que el ideal de Cristiandad se cifra en estos dos lemas: 1. º Al Reino de Cristo por la devoción al Corazón de Jesús; 2. º La paz de Cristo en el Reino de Cristo. ¿Dónde podrá el mundo hallar la paz verdadera, que ha de ser fruto y exponente de su salud verdadera? En el Reino de Cristo; en el reconocimiento pleno y voluntario de la soberanía de Cristo, de su divina autoridad. Y, ¿cómo podrá ser llevado el mundo actual, incrédulo y rebelde, a reconocer y acatar la soberanía de Cristo? Por la devoción a su divino Corazón, por la creencia en sus promesas y por la confianza en sus auxilios.

Ahora bien, estos dos lemas y la conexión que los unifica queda todo ello probado y declarado en la encíclica Annum Sacrum. La conexión de estos dos lemas fue la estrella polar que guió los pasos del P. Enrique Ramière en todas sus empresas, y de su conocimiento y sentido hizo heredero al Apostolado de la Oración con el encargo de que éste los difundiera por el mundo. Y estos dos lemas y la conexión que los une, todo lo hallamos afirmado y declarado en la encíclica Annum Sacrum; más aún, todo lo hallamos allí incorporado por vez primera en el Magisterio pontificio de la Iglesia universal.

Con esto verá cualquiera el porqué Cristiandad, que por cierto no es propiedad ni pertenencia del Apostolado de la Oración, pero que a él debe su espíritu y la formación de aquellos que desde su nacimiento han formado el núcleo de su redacción, aprecia y pone sobre su cabeza a la encíclica Annum Sacrum.

Una «aporía» verosímil

Con lo dicho se dará el lector cuenta y razón del consejo de comenzar sus lecturas por la encíclica de que tratamos. Al avanzar en su lectura se convencerá fácilmente que de verdad el sabio Pontífice afirma que el remedio único y eficaz del mundo actual no es otro que el reconocimiento y el acatamiento, pleno y voluntario, de la soberanía de Cristo, y por consiguiente, que al reinado de Cristo está vinculada la paz de Cristo, la paz sólida y estable, la paz que es condición necesaria de la prosperidad y del bienestar. «Entonces será posible, dice el Romano Pontífice, sanar tantas heridas; entonces revivirá todo derecho con esperanza de que recobre su prístina autoridad; y quedarán restituidas las galas de la paz; y caerán las espadas y huirán las armas de las manos; cuando todos aceptarán de buen grado la soberanía de Cristo y le obedecerán y toda lengua confesará que Jesucristo Nuestro Señor está en la gloria de Dios Padre».

Mas, bien podría suceder -no sería inverosímil- que antes de llegar a este pasaje, en que casi se contiene ya la conclusión de la encíclica, entrara un lector sutil en aquel estado de espíritu, al que los modernos aplican el vocablo griego aporía. Esto es, en aquella desazón desconcertante que es efecto de una duda no esperada; como suele acontecer en un razonamiento del cual esperábamos la deducción clara e indudable, y al no hallar la luz que se esperaba se siente un movimiento de decepción.

¿Puede esto acontecer en la lectura de la encíclica de que hablamos? ¿Es verosímil que acontezca? A nuestro parecer, no deja de ser posible. Vamos a declarar por qué.

Para que se eche de ver lo posible de la aporía reconstruyamos la argumentación de la encíclica, y lo que pretende en primer lugar demostrar.

La argumentación del Pontífice se dirige a demostrar la legitimidad de la determinación que ha tomado; la justificación del acto de consagración del mundo al Corazón de Jesús. Y el camino que sigue no es otro sino el poner de manifiesto la soberanía de Cristo y sus títulos, y el consiguiente derecho a que todos los hombres reconozcan y acaten esta soberanía. De aquí se deduce la obligación estricta en que están todos los hombres de reconocer esta soberanía.

Hasta aquí la fuerza de la argumentación es ineluctable. Entonces el Papa da un paso más, y declara en qué consiste la consagración y en qué está su justificación. La consagración no es una mera aceptación de la autoridad soberana de Cristo. Es algo más perfecto, más libre, más generoso; es un acto de agradecimiento, de noble fidelidad; es una afirmación de la espontaneidad con que el vasallo se entrega al soberano; cuya tendencia se dirige a significar, que aun en la suposición absurda de que el que se va a consagrar a Cristo Rey no estuviera en el deber de acatar su soberanía, él, por propia iniciativa, se entregaría a su divino servicio. Claro está que con sólo su declaración este acto queda justificado, como queda asimismo declarada su nobleza y generosidad y por tanto cuánto ha de ser agradable a Jesucristo.

Con estas indudables y generosas razones, manifiesta León XIII la nobleza y la conveniencia del acto de consagración a Jesucristo.

Mas ahora precisamente se insinúa el peligro de la aporía. ¿No podría ocurrírsele a un lector de ingenio algo sutil, por no decir quisquilloso, una dificultad? Concedido, diría, que la argumentación demuestra, sin dar lugar a duda, que la consagración, o sea, la entrega de nuestra libertad, de nuestra personalidad a Jesucristo como soberano es acto razonable y de tendencia nobilísima. Pero, añadiría: Con perdón del papa León XIII y de su alta sabiduría, no veo cómo con esto queda demostrada la razón de la consagración al Corazón de Jesús. Verdad es que al Papa no le pasa por alto esta dificultad y que trata de obviarla.

«… y porque en el Sagrado Corazón hay un símbolo y una imagen expresa de la caridad infinita de Jesucristo, la cual nos mueve al amor mutuo, será cosa muy conveniente el consagrarse a su Corazón augustísimo, y esto no es sino entregarse a Jesucristo y obligarse con Él, ya que cuanto honor, cuanto obsequio, cuanta piedad se ofrenda al divino Corazón, en realidad de verdad se ofrenda al mismo Jesucristo».

Toda esta doctrina del Pontífice está propuesta con claridad y razonada lógicamente. Mas el lector sutil, avanzando en su análisis escrupuloso, no ceja en su insistencia: ¿por qué entonces acudir a este rodeo? ¿Por qué no valerse desde el principio para justificar la entrega al Corazón de Cristo de un motivo de amor, como es el amor mismo de Jesús? ¿Por qué no decir desde luego, sin más ambages, al cristiano, al hombre, al linaje humano: ama a Jesús, porque Él te ama; entrégate por amor al amor de Jesús, conságrate por amor al Corazón amoroso de Jesús? Todas estas frases expresan la misma idea con matices diferentes. ¿Por qué presentarle como rey, como soberano, para mover a los hombres al amor perfecto de Jesús? Este título y aspecto siempre tendrá más eficacia para mover a la reverencia que al amor.

¿Por qué no valerse de otro título y presentar a Jesús como hermano primogénito, que ha llegado en su amor hasta el sacrificio de su vida; o como amante y como esposo de las almas -que a sus puertas cubierto de rocío- pasa las noches del invierno oscuras?

Camino de la solución de la aporía

Sí, lector mío, amante de la verdad, si quieres que te hable con franqueza, lo que tú dices creo que pediría la psicología natural y aun tal vez la sobrenatural ordinaria. Así quizás discurriría cualquier persona piadosa que se preciara más o menos de ser conocedora del corazón humano. ¿Por qué los pontífices romanos León XIII y Pío XI, que son los que exprofeso han tratado de la consagración al Corazón de Jesús, apoyan en primer lugar su motivación en la realeza, en la soberanía de Cristo, en su derecho de jurisdicción universal e irrenunciable, que a Cristo compete sobre cada hombre en particular, y sobre las sociedades y sobre todo el linaje humano? ¿Será que los romanos pontífices no conocen los resortes del humano corazón? ¿Será que no han profundizado la psicología de la devoción al Corazón de Jesús? ¿Quién se atrevería a pensarlo?

Veamos de hallar el camino que nos conduzca a una solución que aquiete la inteligencia. Para dar con él advirtamos el punto de partida del discurso del Pontífice, y al propio tiempo pongamos la mira en el término a que se dirige. León XIII parte del supuesto que tiene delante de sí un mundo del cual una gran parte desconoce a Jesucristo, que jamás ha reconocido su soberanía, y aun quizá se resiste a conocerle; otra gran porción está constituida por los herejes y los cismáticos, que forman parte de comunidades separadas del Reino de Cristo, que es la Iglesia católica; otra parte, tal vez no menor, la integran los que hoy en día son multitud, los que habiendo nacido en el seno de la Iglesia rechazan su fe y su autoridad y viven en revolución contra la autoridad de Cristo.

En torno de sí contempla el Pontífice a los católicos, que conservan la fe de Cristo y profesan obediencia a su ley. Mas de éstos ¡cuántos viven en el frío de la indiferencia!

Una porción escogida se agolpa alrededor del Vicario de Cristo y se acoge a su dirección paternal. Son los fieles súbditos de Cristo, los que reconocen de palabra y de corazón su realeza. El mundo va de catástrofe en catástrofe y el corazón del Pontífice quiere la salvación de todos, el bienestar, la paz.

¿Dónde se hallará el remedio salvador? Las desgracias proceden de que el mundo persiste en su alejamiento de Cristo, en el desconocimiento y en la rebelión contra su divina autoridad. La salvación no puede estar si no en acogerse a Cristo, en el reconocer y acatar su soberanía.

Una corriente de espiritualidad cada vez más caudalosa y manifiesta, conduce a los fieles súbditos de Cristo a proclamar a la faz del mundo los derechos soberanos de su Rey. Un instinto, que no puede ser sino divino, induce en el pueblo cristiano la confianza de que en esta su profesión de fe está el germen de salvación. Es la devoción a Cristo Rey.

Mas he aquí que a la par se produce un fenómeno que no tiene explicación fácil en lo meramente humano: la fusión de la devoción a Cristo Rey con la devoción al Corazón de Jesús.

Allá en los albores de la devoción al Corazón de Jesús, tal vez la vidente de Paray-le-Monial entrevió la conexión providencial entre ambas devociones.

Sea lo que fuere de lo que conoció la Santa, más de siglo y medio transcurrió después de su muerte, sin que los devotos del Corazón divino entendieran aquellas divinas palabras: «Reinaré a pesar de mis enemigos», según la significación que hoy les damos; cosa que no tiene fácil explicación para quien haya leído con reflexión los escritos de santa Margarita.

Pero llegó el tiempo señalado por la divina Providencia, para que el pueblo devoto del Sagrado Corazón comprendiera la divina intención que aquel lenguaje encerraba. «Reinaré a pesar de mis enemigos», repetía sin cesar a su fiel discípula el Maestro soberano, y al llegar el tiempo oportuno, el pueblo piadoso y devoto del Corazón de Jesús comprendió que aquellas divinas palabras eran una respuesta anticipada al grito de la impiedad revolucionaria: «No queremos que este reine sobre nosotros». Y esta interpretación reveladora de las palabras de Cristo, necesariamente hubo de crear conexión tan íntima entre la devoción a la realeza de Cristo y la devoción a su Corazón divino, que no nos retractamos de haberla llamado fusión.

Adalid de esta conexión salvadora fue nuestro padre Ramière. Él fue quien ya solicitó con insistencia de Pío IX la consagración del mundo al Sagrado Corazón, que cinco lustros después realizó León XIII. Si no consiguió la plena satisfacción de su deseo, no quedó del todo defraudada su esperanza; porque el mismo Pío IX vencido por la filial insistencia del buen Padre, si no quiso realizar por sí mismo el acto de la consagración mundial, permitió y aún procuró que todo el pueblo cristiano lo hiciera y él mismo aprobó y bendijo la fórmula de consagración redactada por el padre Ramière.

Es verdad que en esta fórmula no se hace mención expresa de la realeza de Cristo. Mas no se puede dudar del sentido que ya en aquel entonces le atribuye el pueblo fiel y devoto. Testimonio tenemos de ello en España, en el precioso libro de don Gabino Tejado, publicado a raíz de aquella consagración primera, titulado: El catolicismo liberal; puesto que en el comentario-explicación de la fórmula prescrita se contiene una espléndida declaración de la soberanía de Cristo y de su excelencia, necesidad y eficacia.

Ya en el último cuarto del siglo pasado, esta manera de fusión entre ambas devociones llegó a ser tan del dominio popular, que vino a concretarse en una fórmula más expresiva. Ya no se afirmó solamente que la consagración al Sagrado Corazón ha de llevar al mundo al reconocimiento y acatamiento de la soberanía de Cristo, sino que se comenzó a usar aquella conocida expresión: «El reinado del Corazón de Jesús».

La ratificación del Pontífice

En el número 39 de Cristiandad (1 de noviembre de 1945) publicamos un artículo que llevaba por título «Sobre la actualidad de la fiesta de Cristo Rey». En él intentamos hacer resaltar la intención de Pío XI al instituir dicha fiesta, tal como se manifiesta en la encíclica Quas primas. Esta intención veíamos no ser otra, si no la de difundir más y más la idea y la doctrina de la realeza de Cristo, y el motivo que impulsaba al Papa a poner en ello tanto esfuerzo, hallábamos ser la persuasión de que dicha idea, bien comprendida y sentida, habría de mover a los hombres a reconocer la necesidad de acatar la soberanía de Cristo, en lo cual, según el mismo Papa, se encierra el remedio de todos los males del mundo, y su verdadero bien aun en el orden temporal; hasta el punto de afirmar que de dicho reconocimiento depende la posibilidad y la realidad de la paz social e internacional.

La eficacia salvadora del acatamiento de la soberanía de Cristo ya hemos visto más arriba cómo ya el papa León XIII la afirma y la pondera.

Pero aún hay más, en toda la encíclica de Pío XI trasciende un sentimiento de sobrenatural optimismo, es a saber, el sentimiento de la actualidad de la idea de Cristo Rey; actualidad que consistirá en una disposición singular de la actual sociedad para entenderla y en la explicitación evolutiva de su contenido que la adapta en forma especial a las inteligencias y aspiraciones de la actual sociedad: Diríamos que Pío XI considera a la idea de la realeza de Cristo como la idea-fuerza capaz de abrirse camino y penetrar en la entraña del mundo actual. A esta manera de adaptación le dábamos el nombre de actualidad psicológica.

Pero a renglón seguido añadíamos literalmente: «La esperanza de que el mundo quiera aceptar el reinado de Cristo fundada en su actualidad psicológica, no tenemos por qué negarlo, deja al espíritu en zozobra. ¡Cuántas veces el hombre ve lo que le conviene; lo aprecia en lo que vale; se siente atraído por ello, mas en último término lo rechaza! ¿No será también de temer la misma inconsecuencia de nuestra sociedad, cuando se enfrente con su remedio y su bien?»

Contra esta incertidumbre e inseguridad en que nos dejaba la posible resistencia de la humana libertad, nos sentíamos confortados al considerar otra manera de actualidad de la idea de Cristo Rey: su actualidad providencial; aquella actualidad que le confiere, no el valor intrínseco de su contenido ni el atractivo que pueda o deba ejercer en el espíritu de nuestra sociedad la virtualidad satisfactiva de sus indigencias y aspiraciones, sino la fuerza que le sobreañade la providencia eficaz de Dios; la garantía de su divina promesa.

Mas, ¿no será un ensueño, una ilusión tal esperanza, la creencia de que Dios la garantiza? Y, supuesta la realidad de la garantía divina, ¿cuál será el objeto real de la legítima esperanza?

Es innegable que el pueblo cristiano y piadoso, el devoto fervoroso del Corazón de Jesús, vive en la esperanza de su reinado de justicia y de caridad. ¿Pero, sabe el pueblo piadoso, en realidad, lo que espera?

¿Qué se promete, por ejemplo, el pueblo español cuando confía en la conocida promesa hecha al padre Bernardo de Hoyos? ¿Qué cuando a voz en cuello entona «Corazón Santo, tú reinarás»? Por lo demás ¿quién le inspira esta creencia? ¿Es el Espíritu Santo o es una pura ilusión popular? Desde luego, hay que reconocer que en el pueblo cristiano se infiltran a las veces vanas opiniones y hasta supersticiones ridículas. Pero, dado que un espíritu discreto sabrá fácilmente distinguir entre aquellas mentiras transitorias y localizadas, y esta esperanza general que lejos de desvanecerse con el tiempo, va creciendo, ¿será esta diferencia prueba suficiente de intervención providencial del Espíritu de Dios?

Inclinará no poco la balanza en favor del influjo de Dios en la difusión y consolidación de la piadosa esperanza, la indiscutible autoridad de las revelaciones de Paray, de donde toma su origen. ¿Qué es la piadosa creencia si no una interpretación razonable de las promesas de Paray? Y las promesas de Paray es verdad que nos constan solamente por revelaciones privadas, mas estas revelaciones son tales que la Iglesia, tan cauta y aun recelosa al juzgar en tales causas, y que en los casos más favorables no suele pasar más allá de la declaración magistral de que en la revelación encausada nada aparece contrario ni al dogma ni a la moral, ante las revelaciones de Paray modifica su actitud, y no duda en apoyarse en ellas al tomar determinaciones de importancia, como es la consagración del mundo al Corazón de Jesús. Claro es que este uso que de las revelaciones hace no las saca de su índole privada. Pero, ¿quién se atreviera a negarlas, dado que es cierto que no incurriría en la pravedad herética, ¿se vería libre de la nota de temeridad?

Pero, hay más, mucho más. A favor de la piadosa creencia se nos da una prenda de su verdad de valor mucho más preciado. Es el voto de los vicarios de Cristo, de los papas León XIII, Pío XI y Pío XII, que en documentos de su magisterio ecuménico, dirigiéndose a toda la Iglesia católica, sin vacilaciones ni ambages, votan por la confianza piadosa; con lo cual la valorizan ante la conciencia cristiana. Ridículo sería defendernos contra quien sospechara que hacemos intervenir en este problema la infalibilidad pontificia.

Pero no vayamos al otro extremo; sin necesidad de acudir al recurso de la infalibilidad del Papa, ¿pensará prudentemente quien juzgare que tres papas han hablado de ligero al confirmar en solemnes documentos la creencia popular? ¿Hasta tanto llegarían las permisiones divinas? Pero, ¿será verdad que tres vicarios de Cristo, en documentos solemnes, manifiesten participar de la confianza popular y la confirman con su sufragio?

Por lo que toca a León XIII, lo atestigua claramente el remate solemnísimo de su encíclica Annum Sacrum. Pues al finalizar la encíclica afirma el Papa sin dejar lugar a duda la eficacia de remedio y de salud, de justicia y de paz sólida, que aportaría al mundo alejado de Cristo el acatamiento de su soberanía divina. Y entonces con la intención manifiesta de inspirar alientos de confianza, suelta la rienda a su estilo y se remonta a las alturas de lo sublime a semejanza de los profetas de Israel y brota de su pluma aquella majestuosa comparación:

«Cuando la Iglesia cercana aún a sus orígenes se sentía oprimida por el yugo cesáreo, se dejó ver la Cruz en lo alto, al joven emperador, prenuncio y causa a la par de la victoria nobilísima que al poco se siguió. He aquí que hoy se ofrece a nuestros ojos una señal dichosísima y divinísima: es a saber, el Corazón sacratísimo de Jesús, surmontado por la cruz, y refulgiendo entre llamas de purísimo resplandor. En Él hay que poner la esperanza; de Él hay que impetrar y esperar la salvación».

El paralelismo es perfecto. A Constantino se le aparece la Cruz, prenuncio y causa de la victoria, que inaugurará el Imperio cristiano. Al mundo actual una sola salvación le queda, la sujeción voluntaria a la soberanía de Cristo, es decir, la victoria de Cristo sobre el mundo por el amor; hoy aparece a nuestros ojos una señal divinísima, el Corazón de Jesús tal como apareció a santa Margarita María, tal como el pueblo cristiano lo ha recibido por medio de ella en imagen. Signum auspicatissimum, prenuncio de promesas y victoria; de la victoria de Jesucristo por amor, sobre el mundo sublevado contra su imperio de amor. Huelgan los comentarios.

El papa Pío XI en su encíclica Miserentissimus Redemptor, transcribe íntegramente aquel pasaje de León XIII, se lo hace suyo sin reserva, lo declara y lo confirma ampliamente, y después de recordar la solemne consagración del mundo, afirma que al instituir por su encíclica Quas primas la fiesta de Cristo Rey, ha querido dar complemento y perfección al acto de León XIII, el cual a su vez fue el resultado de la confesión de la realeza de Cristo, que entrañaban las consagraciones particulares al Corazón de Jesús, y concluye con aquellas palabras de mucha mayor claridad y precisión que las de León XIII:

«Al hacer aquello -al instituir la fiesta de Cristo Rey- no tan sólo pusimos en evidencia la suprema soberanía que Cristo posee, sobre el mundo universo, sobre la sociedad civil y doméstica, sobre cada hombre en particular, sino también anticipamos las alegrías de aquel día felicísimo en que el universo entero de grado y de voluntad obedecerá al imperio suavísimo de Cristo Rey».

Resta que prestemos oído a las palabras del pontífice reinante, que en su primera encíclica Summi pontificatus hace suyo cuanto nos han dicho León XIII y Pío XI:

«El arcano designio del Señor Nos ha confiado, sin algún merecimiento nuestro, la altísima dignidad y las gravísimas preocupaciones del Pontificado Supremo, precisamente el año en que se cumple el cuadragésimo aniversario de la consagración del género humano al Sacratísimo Corazón del Redentor, que nuestro inmortal predecesor León XIII intimó al orbe, al declinar el pasado siglo, en los umbrales del Año Santo.
¡Con qué júbilo, emoción e íntima aprobación acogimos entonces como mensaje celeste la encíclica Annum Sacrum, precisamente cuando, novel sacerdote, habíamos podido recitar: Introibo ad altare Dei! ¡Y con qué ardiente entusiasmo unimos nuestro corazón a los pensamientos y a las intenciones que animaban y guiaban aquel acto verdaderamente providencial de un Pontífice que con tan profunda agudeza, conocía las necesidades y las llagas manifiestas y ocultas de su tiempo! ¿Cómo, pues, no sentiremos hoy profundo reconocimiento a la Providencia, que ha querido hacer coincidir nuestro primer año de pontificado con un recuerdo tan importante y querido de nuestro primer año de sacerdocio? ¿Cómo no acoger con júbilo tal coyuntura para hacer del culto al Rey de reyes y Señor de señores como la plegaria del introito de este nuestro pontificado, con el espíritu de nuestro inolvidable predecesor, y para fiel actuación de sus intenciones? ¿Cómo no hacer de él el alfa y el omega de nuestra voluntad, de nuestra esperanza, de nuestra enseñanza y de nuestra actividad, de nuestra paciencia y de nuestros sufrimientos, consagrados todos ellos a la difusión del Reino de Cristo? ( … )
De la difusión y del arraigo del culto del divino Corazón del Redentor, que encontró su espléndida corona, no sólo en la consagración del género humano, al declinar el pasado siglo, sino aun en la introducción de la fiesta de la realeza de Cristo por nuestro inmediato predecesor, de feliz memoria, han brotado inefables bienes para un sinnúmero de almas: «impetuoso río alegra la ciudad de Dios».»

Cualquier declaración o comentario no haría si no oscurecer el pensamiento de los vicarios de Cristo.

Solución de la «aporía»

Un soberano amante del pueblo es digno de amor. Su persona es tanto más atractiva cuanto más aúna la bondad de corazón con la elevación de su majestad.

Es verdad que Jesús amigo, Jesús hermano, Jesús esposo atrae más fácilmente el corazón y lo mueve a ternura. Pero considerado el plan de Dios cifrado en aquella fórmula «al Reino de Cristo por la devoción y el amor al Corazón de Jesús», es más conducente a este plan hacerle amar de los hombres como rey soberano, mucho más siendo como es, según dice León XIII, rey que reina por la verdad, por la justicia, por el amor.

El arco iris de «Pax Romana»

Bastará leer con atención los pasajes transcritos en este artículo de los documentos pontificios para echar de ver que la paz a que aspiran los pontífices romanos, la paz que esperan del Corazón de Jesús, la paz de Cristo en el Reino de Cristo, no es aquella paz precaria y circunstancial que puede dar la diplomacia, o los tratados internacionales. No es una paz condicionada a las tristes circunstancias actuales. Esta es la paz del mal menor, a la cual es prudente acogerse, cuando no puede alcanzarse el bien mayor. Será una paz que un pontífice romano admitirá prudentemente, como la habrían admitido tantos pontífices romanos. Pero no es la auténtica Pax Romana: la paz de Cristo en el Reino de Cristo.

La auténtica Pax Romana va precedida de una señal, de la señal de un arco iris. ¿Y cuál es este arco iris de paz? Nos lo dice Pío XI en su encíclica Miserentissimus Redemptor:

«Así como en los tiempos antiguos, al salir la familia humana del Arca de Noé quiso Dios que les brillara un signo, el arco que apareció en las nubes, así en las circunstancias turbulentísimas de la edad moderna… el benignísimo Jesús manifestó en lo alto a los pueblos su Corazón sacratísimo, como bandera de paz y caridad, prenda segura de la victoria en la lucha».