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La suave y humilde palabra de Dios

En el discurrir del verbo mental de las personas mentalmente sanas se hacen presentes varias palabras que podemos llamar "voces", aunque inaudibles. De lo que ocurre en la mente cuando tiene algún trastorno, no tengo experiencia, sino más referencias indirectas. De entre esas diversas "voces", las más intensas proceden de las pasiones, las apetencias, caprichos y exaltaciones del yo. La voz de la razón es mucho más suave y tranquila. Es poco perceptible entre aquellas otras; esas ocupan el primer plano en la mente. Erraban los racionalistas al poner como criterio de verdad la percepción de razones claras y distintas. Lo que se percibe con más claridad e intensidad son las expresiones de apetencias de objetos materiales, de las pasiones y del yo girando en torno a sí mismo. Lo que dice nuestra razón es más tenue. Y hay todavía otra voz que se hace presente en nuestra mente muchas veces, que es la palabra de Dios. Dios invita, no se impone. No arrolla, no incendia, no chilla, no ensordece, no apabulla. Pero hace presente su palabra humilde y suavemente. Hay que desconectar de todas las cosas y del propio yo para poder escuchar la voz de Dios y seguirle.

En la primera lectura de la misa de hoy domingo, 10 de agosto de 2014, se recoge precisamente el pasaje en el que el profeta Elías, que espera la presencia de Dios, constata que el Señor no está en el huracán que se desencadena, ni en el terremoto que sobreviene, ni en el fuego que todo lo incendia, sino en una suave brisa que sopla después tenuemente:

Lectura del primer libro de los Reyes 19, 9a. 11-13a
En aquellos días, cuando Elías llegó al Horeb, el monte de Dios, se metió en una cueva donde pasó la noche. El Señor le dijo:
-«Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va pasar!»
Vino un huracán tan violento que descuajaba los montes e hizo trizas las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego.
Después del fuego, se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapo el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada da la cueva.

La palabra de Dios se presenta así ocultando la grandeza de su voz en el alma de los mortales. Pero Dios en su templo del cielo manifesta su gloria con todo el esplendor que vela a los mortales, porque no pueden soportarla tal como es en Sí. Como expone la lectura de la misa del día siguiente:

Ezequiel 1, 2-5. 24-28c
El año quinto de la deportación del rey Joaquín, el día cinco del mes cuarto, vino la palabra del Señor a Ezequiel, hijo de Buzi, sacerdote, en tierra de los caldeos, a orillas del río Quebar.
Entonces se apoyó sobre mí la mano del Señor, y vi que venía del norte un viento huracanado, una gran nube y un zigzagueo de relámpagos. Nube nimbada de resplandor, y, entre el relampagueo, como el brillo del electro.
En medio de éstos aparecía la figura de cuatro seres vivientes; tenían forma humana. Y oí el rumor de sus alas, como estruendo de aguas caudalosas, como la voz del Todopoderoso, cuando caminaban; griterío de multitudes, como estruendo de tropas; cuando se detenían, abatían las alas. También se oyó un estruendo sobre la plataforma que estaba encima de sus cabezas; cuando se detenían, abatían las alas.
Y por encima de la plataforma, que estaba sobre sus cabezas, había una especie de zafiro en forma de trono; sobre esta especie de trono sobresalía una figura que parecía un hombre. Y vi un brillo como de electro (algo así como fuego lo enmarcaba) de lo que parecía su cintura para arriba, y de lo que parecía su cintura para abajo vi algo así como fuego. Estaba nimbado de resplandor. El resplandor que lo nimbaba era como el arco que aparece en las nubes cuando llueve.
Era la apariencia visible de la gloria del Señor.
Al contemplarla, caí rostro en tierra.