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Pablo VI y la comisión papal sobre el control de natalidad desde el 23 de junio de 1963

Grisez escribe: “Es evidente, observó Ford, que cuando el Papa Pablo V reorganizó la comisión, no quería ir en contra del cambio, sino que quería dar a los que lo proponían, todas las oportunidades para exponer sus argumentos”. Ellos lo hicieron, y el Papa rechazó sus pretensiones.

Cuando al final actuó el Espiritu Santo, el Papa actuó como Papa y enseñó la doctrina católica y entonces lo hizo inspirado por el Espíritu Santo:

"En última instancia, el Papa se convenció de la verdad sobre las cuestiones debatidas, y también se convenció de que no tenía más alternativa que enseñar la verdad, lo que finalmente hizo".

Y firmó la Humanae Vitae en 1968.

Padre Ford, Pablo VI y el Control de Natalidad

Germain Grisez ofrece una nueva visión de la Comisión Papal

12 de mayo de 2011 Por E. Christian Brugger http://www.zenit.org/es/articles/padre-ford-pablo-vi-y-el-control-de-natalidad

WASHINGTON , D.C., jueves 12 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- Cualquier persona interesada en el aumento de la disensión pública entre los católicos y la enseñanza moral de la Iglesia en los últimos 40 años, está familiarizado con la controversia generada con la publicación de la encíclica papal “Humanae Vitae” publicada por el Papa Pablo VI el 25 de julio de 1968.

Esta publicación fue precedida de cinco años de cuidadoso análisis por parte del Papa con todo tipo de preguntas relacionadas con la regulación de la natalidad. Parte de este análisis fue confiado a un grupo de estudio compuesto por eclesiásticos y expertos, conocido popularmente como la “comisión papal de control de natalidad”.

El grupo de estudio, formalmente llamada Comisión Pontificia sobre Población, Familia y Natalidad, fue constituida, de hecho, por el Papa Juan XXIII el 27 de abril de 1963, seis meses después del comienzo del Concilio Vaticano II. Contrariamente a la creencia popular, el propósito de esto no era el de replantear la doctrina de la Iglesia con respecto a la anticoncepción, sino ayudar a la Santa Sede en la preparación de la próxima conferencia patrocinada por Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud.

Juan XXIII murió 37 días después y el cardenal Giovanni Montini fue elegido el 21 de junio, tomando el nombre de Pablo VI. El nuevo Papa era muy consciente del problema planteado a la Iglesia por el nuevo consenso de Occidente sobre el control de los nacimientos. Los católicos usaban cada vez más los anticonceptivos y los teólogos europeos comenzaban a poner en duda la enseñanza recibida en revistas especializadas. También existía la duda de si la píldora anticonceptiva era una forma de anticoncepción ya que no intervenía en el transcurso del acto sexual. Los asesores comenzaron a presionar al Papa desde todos los lados, sobre la urgencia de la cuestión, instándole a tomar en consideración dicho tema.

El Papa estaba de acuerdo en que el asunto merecía ser tomado en consideración con seriedad, pero pensaba que el Concilio Vaticano II, que estaba en su segundo año, no era el lugar apropiado para ello. Por tanto, aumentó el número de miembros de la Comisión Pontificia, cosa que hizo el 23 de junio de 1963, añadiendo médicos, psiquiatras, demógrafos, sociólogos, economistas y matrimonios. Precisamente porque él no especificó a la comisión un nuevo mandato, sus miembros lo redefinieron por su cuenta: analizar de nuevo el contenido y el estatus de la enseñanza recibida en la Iglesia Católica sobre el uso del control de natalidad.

Ya que era una comisión confidencial, muchos detalles relacionados con los trabajos realizados no fueron publicados nunca. Sabemos, sin embargo, que un año antes de la publicación de la “Humanae Vitae”, y seis meses después de que la comisión terminase su trabajo, en la primavera de 1967, cuatro documentos de la Comisión fueron filtrados a la prensa y publicados en inglés y francés. Estos documentos revelaban que la mayoría de miembros estaba a favor de cambiar la enseñanza tradicional sobre la anticoncepción y que así lo habían recomendado al Papa.

La prensa se dio un festín con los documentos filtrados. Los católicos de todo el mundo recibieron la impresión de que la Iglesia preparaba un “cambio en su magisterio” sobre la cuestión de la anticoncepción. Consecuentemente, las esperanzas y las expectativas falsas se fortalecieron. Esto provocó, en parte, la consternación de mucha gente en la Iglesia cuando en junio de 1968 el Santo Padre reafirmó la antigua enseñanza.

¿Por qué los católicos estaban tan mal dispuestos a recibir la enseñanza papal? ¿Por qué el Papa recibió tan poco apoyo de los obispos de todo el mundo?¿Por qué los defensores del cambio de los documentos filtrados pudieron causar tal terrible confusión en las mentes de los católicos sencillos? Muchos libros destacaron los trabajos de la Comisión y fueron publicados durante muchos años, pero la mayor parte de ellos fueron escritos por los firmes opositores de la “Humanae Vitae”.

El resto de la historia

El eminente teólogo americano de teología moral, Germain Grisez, profesor retirado de Ética Cristiana en la Universidad Mount Saint Mary de Emmitsburg, Maryland, publicó recientemente en su página web, The Way of the Lord Jesus (www.twotlj.org/Ford.html), varios de los documentos oficiales de la Comisión papal, incluyendo los cuatro que fueron filtrados.

Pocas personas vivas en la actualidad están más cualificadas que Grisez para hablar de los trabajos de la comisión. Como filósofo de moral durante su juventud, él fue la mano derecha del padre jesuita John C. Ford, el más famoso teólogo americano en esa época y el consejero más influyente de la Comisión que defendía la enseñanza tradicional de la Iglesia. Juntos, Ford y Grisez, redactaron la mayor parte de documentos de la comisión exponiendo los argumentos en defensa de la enseñanza recibida contra la anticoncepción artificial.

Grisez proporciona enlaces a los documentos en el contexto de un ensayo biográfico sobre el padre John C. Ford, un gran jesuita que sufrió seriamente por defender la verdad católica en la moral sexual (no confundir con el padre de la Santa Cruz John T. Ford). Los documentos dejan claro que desde el principio de la expansión de dicha Comisión, bajo el gobierno papal de Pablo VI, el secretario general de la comisión, el padre dominico Henri de Riedmatten, de acuerdo con otros miembros de igual opinión, estaban decididos a persuadir al Papa para que cambiase la enseñanza de la Iglesia (en la anticoncepción).

Cuando se votó el 20 de junio de 1966, de los 15 obispos, miembros de la comisión, que estaban presentes, 9 votaron a favor del cambio. Además 12 de los 19 expertos teólogos apoyaron el cambio, así como casi todos los consejeros legales.

A un miembro de la Comisión, el arzobispo Karol Wojtyla de Cracovia se le impidió asistir a las sesiones por los obstáculos impuestos por las autoridades polacas. No existe la duda de que él habría votado con la minoría.

Con la publicación de la “Humanae Vitae” el Papa rompió con las opiniones de la mayoría de sus consejeros cardenales y obispos, así como con su teólogo personal. Recordando los comentarios del padre Ford sobre los desequilibrados resultados de la consulta, Grisez escribe: “Es evidente, observó Ford, que cuando el Papa Pablo V reorganizó la comisión, no quería ir en contra del cambio, sino que quería dar a los que lo proponían, todas las oportunidades para exponer sus argumentos”. Ellos lo hicieron, y el Papa rechazó sus pretensiones.

La reciente publicación de Grisez proporciona un material muy importante para la realización de una evaluación crítica, quizás una reevaluación, de un penoso periodo de la historia reciente, un dolor que todavía se siente en la vida de la Iglesia.

* * *

E. Christian Brugger es Decano de Ética en la Culture of Life Foundation, y es profesor asociado de teología moral en el Seminario Teológico St. John Vianney en Denver, Colorado. Recibió su doctorado en Filosofía en Oxford en el año 2000.

[Para ponerse en contacto con él, dirigirse a bioethics@zenit.org. El texto debe incluir las iniciales y la ciudad o país].

[Traducción del inglés por Carmen Álvarez]

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El Papa Francisco y el beato Pablo VI y sus dos consejeros: el Espíritu Santo, cuando enseñan como Papas, y sus ideas propias o ajenas

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El inicio de la píldora anticonceptiva en 1957

Carl Djerassi, autodenominado 'la madre de la píldora', (nacido en Viena el 29 de octubre de 1929 en una familia judía emigrada a los USA en 1939, fallecido en San Francisco el 31 de enero de 2015), licenciado en química orgánica a los 21 años sintetizó en 1951 en un laboratorio de México junto con el mexicano Luis Miramontes y el húngaro-mexicano George Rosenkranz, la "progestina 19-noretisterona", base para la píldora anticonceptiva, que empezó a venderse en Estados Unidos en 1957 y enseguida en todo el mundo.

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Mons. Livieres dice que al Papa Francisco le toca hoy esa misma hora heroica que afrontó Pablo VI
"Al Papa Francisco le toca hoy esa misma hora heroica que afrontó Pablo VI cuando a contracorriente publicó su Humanæ Vitæ. Él es el custodio y el guardián supremo de la doctrina y la práctica de la fe. Como a todos los Papas, le toca ser el administrador fiel que debe confirmar en la fe a sus hermanos. Unámonos a él y recemos encarecidamente por él, para acompañarlo con nuestro amor filial en esta dura prueba ante tantas presiones y confusión.
Estemos tranquilos. Un Papa no podría enseñar formalmente el error. Lo que sí puede ocurrir, y ha ocurrido algunas veces a lo largo de la historia de la Iglesia, es que por medio de silencios y omisiones, de nombramientos y promociones, de actos y de gestos, la autoridad contribuya a que se expanda la confusión y se desanimen los creyentes que están «peleándola» en las trincheras misionales de las periferias humanas".

"Le ocurrió al mismo san Pedro, el primer Papa, en Galacia. Después de afirmar en el Concilio de Jerusalén la verdadera doctrina, sembró sin embargo la confusión en Galacia por respetos humanos. Pero el Señor no lo abandonó: tuvo la gracia de contar con el apoyo y la corrección fraterna que le hizo san Pablo" (
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Significado y consecuencias de la encíclica Humanae Vitae en su 40 aniversario


Por: Miguel Ángel Fuentes, I.V.E. | Fuente:
www.yoinfluyo.com

http://es.catholic.net/op/articulos/8453/la-humanae-vitae-de-pablo-vi-esencia-de-un-documento-proftico.html

“La mañana del 25 de julio de 1968–recordaría años más tarde el Cardenal Casaroli, siendo Secretario de Estado–, Pablo VI celebró la Misa del Espíritu Santo, pidió luz de lo Alto... y firmó: firmó su firma más difícil, una de sus firmas más gloriosas. Firmó su propia pasión”.

Se trataba de la Carta Encíclica Humanae Vitae, sobre la regulación de la natalidad; terminaba de esa manera un largo trabajo comenzado en 1963 por Juan XXIII, al constituir una “Comisión para el estudio de problemas de población, familia y natalidad”.

Pablo VI, al sucederle en el Pontificado, asumió el reto lanzado por su predecesor, sabiendo desde el principio que ésta sería una de las cruces más pesadas que le tocaría llevar. En efecto, ya en tiempos de Juan XXIII, al tiempo de constituir la comisión de estudio, un grupo de moralistas había comenzado una intensa campaña a favor de la contracepción, que se agudizó con la indiscreta publicación del informe “secreto” escrito para uso del Papa por la referida comisión.

Este informe recogía la posición de los diversos especialistas sobre el tema y se dividía en tres elocuentes partes: el informe de la “mayoría” que se inclinaba notoriamente por una mitigación de la doctrina de la anticoncepción, el de la “minoría” que sostenía la doctrina tradicional, y finalmente la “respuesta” de la mayoría a la minoría.

El mismo esquema revelaba la tendenciosa influencia que se intentaba ejercer sobre el Papa en orden a la permisión moral de los anticonceptivos; su publicación intentó –probablemente– aumentar la presión (3).

Con la publicación de la encíclica llegó la parte más dura para Pablo VI: no sólo la incomprensión de muchos laicos católicos, sino la violenta oposición de influyentes grupos de teólogos y la ambigua posición de algunas Conferencias Episcopales (como los episcopados austriaco, belga, canadiense, francés, etcétera) que, por una parte, daban la razón al Pontífice y, por otra, intentaban mitigar su enseñanza.

Entre las reacciones de los teólogos, la primera fue la Declaración firmada por 87 de ellos de la zona de Washington, sólo dos días más tarde de la publicación de la encíclica. En ella se dirige al Papa la gravísima acusación de haberse opuesto al Concilio Vaticano II, identificando a la Iglesia con la Jerarquía, contra el ecumenismo, ignorando el testimonio de los hermanos separados, contra la actitud de apertura al mundo contemporáneo, y llega así a afirmar que los católicos pueden tranquilamente ignorar la encíclica.

Más grave todavía, por la autoridad de sus firmantes, por el contenido y por el posterior desarrollo, fue la Declaración de 20 teólogos europeos al término de dos días de estudio y discusión en Amsterdam del 18 al 19 de septiembre de 1968.

Sus firmantes fueron J.M. Aubert, A. Auer, T. Beemer, F. Böckle, W. Bulst, R. Callewaert, M. De Wachter, S.J., E. Mc Donagh, O. Franssen, S.J., J. Groot, L. Janssens, W. Klijn, S.J., F. Klosternann, O. Madr, F. Malmberg, S.J., S. Pfürtner, O.P., C. Robert, P. Schoonenberg, S.J., C. Sporken, R. Van Kessel.

También tuvo particular repercusión e influencia el artículo de K. Rahner, S.J., publicado en Die Welt el 26 de agosto de 1968 y traducido en Il Regno, que comienza con algunas profecías sobre la eficacia y la suerte de la encíclica que, como todas las profecías del progresismo, se cumplieron exactamente al revés.

Afirma, por ejemplo, que “la mayoría de los católicos considerará la norma de la encíclica no sólo como doctrina reformabilis (doctrina reformable), sino incluso como doctrina reformanda (doctrina que debe ser reformada)”, es decir, como doctrina errónea.

A los cónyuges católicos, Rahner no sólo reconoce la amplia posibilidad de seguir en buena fe una norma que el Magisterio condena (lo cual nadie discute cuando se trata de conciencia invenciblemente errónea), sino que establece para cada persona el derecho-deber de seguir los dictámenes de la propia conciencia en oposición a las enseñanzas del Papa. Esto cuando “después de un maduro examen de conciencia, cree llegar, con toda cautela y espíritu autocrítico, a una opinión que derogue la norma establecida por el Papa”.

Rahner –por su prestigio e influencia en aquel momento– abrió las puertas a un craso subjetivismo moral de gravísimas consecuencias para la vida de los fieles.

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Humanae Vitae: la encíclica que dividió al mundo

Lucio Brunelli
conoZe.com
revista Esquiú (Buenos Aires, 24/7/1988)
22.VII.2008

http://www.conoze.com/doc.php?doc=8378

Pablo VI 1a promulgó el 25 de julio de 1968. El mismo día de la publicación de la Humanae Vitae, el 29 de juliode 1968. Pocas horas después de que monseñor Vaillano había convocado a los periodistas en la sala de prensa vaticana unos veinte teólogos de la Universidad Católica de Washington redactaban la primera declaración pública de protesta. El inspirador de la manifestación era un catedrático joven y combativo de nombre Charles Curran . En un abrir y cerrar de ojos la suscribieron más de seiscientos teólogos norteamericanos. No pasó mucho tiempo y les tocó el turno a los médicos y capellanes de la Universidad católica de Lille (Francia), que dirigieron una carta abierta a La Croix . El 5 de setiembre el Katholikentag divulga las dudas y perplejidades de los católicos alemanes. El 19 de setiembre una asamblea de eminentes teólogos europeos reunidos en Amsterdam elabora un comunicado oficial para denunciar el presunto carácter anticonciliar de la Humanae Vitae . Pero las contestaciones no se detuvieron en los círculos de intelectuales. En enero de 1969 la Iglesia holandesa al completo, es decir, reunida en 'Concilio pastoral', expresaba su solidaridad con los 'muchos católicos, creyentes íntegros y competentes, que no consideran que sea justo la condena (al uso de anticonceptivos) y que por tanto la rebaten con argumentos sólidos'.

Juan XXIII en sus últimos meses de vida había creado una comisión especial para estudiar y profundizar la respuesta de la Iglesia a las cuestiones que planteaba la comercialización de la nueva píldora Pincus. Asimismo era de competencia de dicha comisión examinar el problema del aumento de la población mundial. El presidente Lyndon Johnson había explicado crudamente a la asamblea de las Naciones Unidas el 25 de junio de 1965 la lógica de las nuevas políticas demográficas: 'Es mucho más remunerativo invertir cinco dólares en el control de la natalidad que emplear cien dólares en favorecer el desarrollo económico'.

América Latina, Africa y Asia comenzaban de este modo a ser invadidas por profilácticos y píldoras made in USA . Pablo VI, siempre atento a las nuevas problemáticas de la ciencia, cuando fue elegido Papa confirmó enseguida la comisión que había nacido por iniciativa de su predecesor y amplió gradualmente sus horizontes. En abril de 1964 llamó a formar parte de ella a cinco de los más renombrados teólogos moralistas de la época: Joseph Fuchs , alemán y Marcelino Zalba , español, ambos jesuitas y catedráticos en la Pontificia Universidad Gregoriana, Jan Visser , holandés, y Bernard Häring, alemán, los dos redentoristas y catedráticos, respectivamente, en la Pontificia Universidad Urbaniana y en la Academia Alfonsiana, y Pierre de Locht , belga, consejero teológico del cardenal Leo Suenens.

'Al comienzo —recuerda hoy el padre Zalba— había bastante uniformidad en los puntos de vista'. Con el andar del tiempo, sin embargo, la discusión sobre el carácter lícito o no de los nuevos métodos de anticoncepción se hizo cada vez más encendida. En concomitancia, por una parte, con el aumento continuo de los expertos —y de las opiniones— invitados a incorporarse en las varias comisiones cuyos miembros llegaron a ser setenta y cinco en junio de 1966 entre obispos, teólogos, médicos, demógrafos y matrimonios cristianos. Por la otra, en relación con la creciente presión externa impuesta por los medios de comunicación social. En efecto algunos comenzaron a objetar que la píldora planteaba un tipo de problema del todo nuevo respecto a los anticonceptivos tradicionales que Pío XI había condenado sin medios términos con la Casti Connubi en l930. A diferencia de los anticonceptivos la píldora no interfería visiblemente en la 'mecánica' del acto conyugal, que en consecuencia conservaba su carácter 'natural'. Se limitaba a intervenir, y sólo temporáneamente, en la ovulación de la mujer. ¿Qué diferencia había desde el punto de vista moral con el recurso a los métodos naturales que había aprobado Pío XII?

La diferencia existía y residía —respondían los defensores de la doctrina tradicional— en que el método de la 'temperatura' no alteraba artificialmente los ritmos biológicos de la fecundidad femenina sino que permitía a los esposos 'aprovechar' el conocimiento de las leyes de la naturaleza. El punto teológico en el cual se centraba la discusión era el llamado 'principio de totalidad'.

Se pretendía con esta argucia eludir el obstáculo constituido por la doctrina tradicional para la cual cada uno de los actos conyugales debe estar 'abierto' a la procreación. La doctrina sostenía asimismo que la vida matrimonial considerada en su globalidad era garantía suficiente de semejante apertura. Según un número considerable de testimonios el hecho que desequilibró los platillos de la balanza a favor de los promotores del 'principio de totalidad' fue la 'conversión' del profesor Fuchs . Este, tras un período en el que había obrado con suma prudencia, confesó que ya no podía continuar enseñando la doctrina tradicional desde su cátedra en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. El episodio causó naturalmente una fuerte impresión: Fuchs era una de las personalidades de mayor renombre que formaban parte de la comisión pontificia.

Los Padres conciliares, mientras tanto, discutían la misma temática del amor conyugal en el esquema nº 13, que después llevaría por título Gaudium et Spes . El 23 de noviembre de 1965 Pablo VI debía intervenir personalmente para corregir algunas formulaciones en materia de anticoncepción que se prestaban a interpretaciones ambiguas. Los Padres conciliares precisaban en la redacción final del documento conciliar —en la famosa nota nº 14— que el Pontífice se reserva el derecho de tomar cualquier decisión ulterior sobre los asuntos tratados, confiando a una comisión especial la tarea de proporcionarle documentos y elementos de juicio para una reflexión no sólo de carácter moral sino también científico. La responsabilidad de los expertos que él mismo había designado se acrecentaba en el preciso momento en que los teólogos que defendían la doctrina 'tradicional' se habían convertido en minoría. En 1966 un grupo de dieciséis obispos fueron llamados a tomar parte en la comisión pontificia. Entre ellos se contaban siete cardenales: Ottaviani (prefecto del Santo Oficio), Suenens (de Malinas, Bélgica), Doepfner (de Munich, Alemania), Heenan (de Westminster, Inglaterra), Gracias (de Bombay, India), Lefebvre (de Bourges, Francia) y Shehan (de Baltimore, Estados Unidos). Todos ellos participaron en la última y decisiva reunión de la comisión que tuvo lugar el 20 de junio en el Pontificio Colegio Español de Roma. El único ausente fue el arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla , que había sido convocado por el Papa. El Gobierno polaco no le había concedido 1a autorización para viajar a Roma. Después de seis días de ásperos debates se optaba por someter a votación las diversas posiciones. La pregunta se planteaba en estos términos: ¿debe ser considerada la anticoncepción 'intrínsecamente mala'? En la comisión pontificia responden negativamente Doepfner, Suenens, Shehan, Lefebvre, Dearden, Dupuy, Méndez, Reuss y Zoa. Se abstienen Heenan, Gracias y Binz. Votan afirmativamente sólo Ottaviani, Morris y Colombo, obispo y teólogo de confianza de Pablo VI. Entre los teólogos la diferencia es aún más notoria: once votos negativos contra cuatro afirmativos. Un veredicto que no dejaba lugar a objeción alguna. (...) Colombo, semiparalizado a causa de la enfermedad y la vejez, recuerda con lucidez aquel día, una herida abierta que aún duele: '¡Si las autoridades polacas hubieran dejado salir a Wojtyla! —da rienda suelta a sus sentimientos—. Después de todo, uno de aquellos nueve, pero no quiero decir quién, al poco tiempo se echó atrás, cambió de parecer'. Habla como quien pretende volver al pasado, a aquel pasado turbulento del 23 de junio de 1966, y modificar el curso de la historia.

Dos años dramáticos

Ya a fines de 1966 hubo quienes cayeron en la cuenta de que el Papa no iba a aceptar las conclusiones a las que había llegado la comisión pontificia. Se verificó entonces un episodio verdaderamente penoso. Algunos miembros de la 'mayoría' se pusieron a manipular la publicación, a través de los medios de prensa, de los documentos conclusivos de la comisión que eran de carácter reservado. Se trató de uno de los más clamorosos scoop, pero a la vez de uno de los más tristes en la historia del periodismo católico. Lo llevó a cabo el National Catholic Reporter , seguido por el Tablet . Todo el mundo sabía ahora que la comisión nombrada por Pablo VI había llegado a conclusiones que modificaban la enseñanza tradicional de la Iglesia sobre la anticoncepción. ¿Cómo podía contrariar el Papa el parecer de los expertos que él mismo había escogido y a quienes se había confiado para tener un conocimiento mayor en materia tan delicada?

Los dos años que separan la votación en el Colegio Español de la publicación de la encíclica se cuentan entre los más dramáticos del entero pontificado de Pablo VI. 'No hemos sentido nunca como ahora en esta coyuntura el peso de nuestro oficio', confía Pablo VI a los fieles el 31 de julio de 1968, dos días después de la publicación de la Humanae Vitae. Cómo se desarrolló y quiénes tomaron parte en el proceso de redacción de la encíclica son interrogantes para los cuales los estudiosos no han hallado aún la respuesta.

El proceso de la encíclica

El belga Jan Grootners ha intentado realizar una reconstrucción histórica del proceso que desembocó en la elaboración de la encíclica. Y ha sacado esta conclusión: varias comisiones secretas independientes entre sí que fueron establecidas a fines de 1966, habrían proporcionado al Papa un primer documento-base para la reflexión. En la redacción final, en cambio, habrían desempeñado un papel fundamental el obispo Carlo Colombo y el teólogo francés Gustave Martelet (precisamente el Papa durante la alocución ya citada del 31 de julio de 1968 invitó a meditar sobre los escritos que Martelet había dedicado al tema del matrimonio).

Sea como sea, el dato más atendible es que el Papa se valió de la aportación de varios expertos. En una primera fase —nos lo confirma el interesado— se intentó valorar la opinión de Josef Fuchs, el exponente teológico más competente entre quienes constituían la 'mayoría'. Fue convocado igualmente el padre Jan Visser, quien tras afirmar enseguida que no consideraba oportuno publicar la encíclica, regresó a Holanda. La contribución del franciscano Ermenegildo Lio , catedrático de Teología moral en la Universidad Lateranense y experto de confianza del cardenal Ottaviani, fue inestimable.

Se le solicitó que presentara al Papa un estudio particularizado sobre algunas cuestiones fundamentales de la encíclica, tarea que llevó a cabo con extrema diligencia. Hay que mencionar asimismo la colaboración prestada por el padre Marcelino Zalba, miembro de la 'minoría'. Después de numerosos 'interrogatorios' hemos logrado arrancarle una pequeña confesión: fue él quien realizó la traducción al latín del texto pontificio junto con un italiano de la Secretaría de Estado. También el teólogo del Papa, Carlo Colombo —no era un moralista pero tenía las ideas muy en claro sobre la materia en cuestión— se niega a hablar del asunto. Al fin, como queriendo evitar ser descortés, dice: 'La encíclica pasó por dos redacciones principales. La primera en italiano y la segunda en francés. Monseñor Paul Poupard, entonces jefe de la sección francesa de la Secretaría de Estado, colaboró significativamente supervisando la redacción en francés'.

Reacciones positivas

Pese a todo hubo quienes se alegraron con las palabras tan severas del Papa: los católicos latinoamericanos. 'La población de nuestro continente, pero también la africana y la asiática —comentó el 29 de septiembre de 1968 Hélder Cámara , el célebre obispo brasileño—, se habría atragantado muy pronto con las píldoras anticonceptivas si Pablo VI no hubiera escrito esta encíclica'.

Veinte años después del evento de la Humanae Vitae, William May, Catedrático de Teología Moral en la Catholic University of America, uno de los firmantes de una declaración contra la encíclica, reconoce:

'En 1968 fui uno de 109 firmantes de la declaración de disentimiento de la Humanae Vitae hecha circular en la Catholic University of America en Washington. Muchos en aquel entonces me felicitaron por mi «coraje» e «inteligencia». Pero hoy estoy arrepentido de aquella decisión.

Cuando suscribí el documento no creía que habría podido poner en práctica la anticoncepción. Por otra parte, tampoco mi esposa, una mujer muy valiente, me lo habría permitido. Pero me encontraba confundido intelectualmente. Había seguido con atención el debate sobre la contraconcepción de la década del '60 y había quedado impresionado por los argumentos de aquella época -eran ya avanzados- para justificar la anticoncepción. En especial me había impresionado uno de ellos: la distinción entre vida conyugal considerada en su totalidad -debía estar abierta a la fecundidad- y cada uno de los actos de la vida matrimonial. El razonamiento, aunque no me convencía del todo, me impulsaba a preguntarme si la contraconcepción podía ser moralmente justa en determinadas circunstancias. Además conocía a muchas personas estupendas que amaban a los niños a pesar de que ponían en práctica la contraconcepción.

Pero había otra razón por la cual me decidí a firmar el documento. Muchas de las personas que ya lo habían firmado gozaban de óptima reputación y también yo quería situarme entre ellas, quería entrar en la élite de los «iluminados», los valientes y libres pensadores del catolicismo. En aquel período trabajaba en el ámbito editorial y estaba siempre en búsqueda de nuevos autores y libros que reflejaran la «teología del futuro».

Claro que comencé a arrepentirme casi inmediatamente. En octubre de 1968 nacía nuestro sexto hijo, una niña, Susie. Durante esos días me encontraba leyendo The biological Time Bomb , libro que mostraba claramente las consecuencias que se derivan de separar la dimensión unitiva de la procreativa en el amor conyugal. Comenzaba a notar que si la contra-concepción era justificable entonces debía justificarse también la inseminación artificial, la fertilización in vitro y todas las «técnicas» reproductivas que prescinden del acto conyugal.

Al año siguiente llegué a la conclusión de que los argumentos usados para respaldar la contra-concepción podrían amparar también todo tipo de comportamiento sexual. En 1970 tuve la confirmación de este pensamiento cuando se editó el libro de Michael Valnt Sex: the radical view of a catholic theologian , que defendía incluso la homosexualidad.

Transcurrió un nuevo año y comencé a enseñar Ética cristiana en la universidad. Por lo tanto me sentí obligado a profundizar estas reflexiones en su ámbito rigurosamente teórico. De este modo comprendí la fragilidad evidente del argumento a favor de la contra-concepción que pretendía sustentarse en la distinción entre vida conyugal en su totalidad y actos individuales. En el mismo texto de la Humanae Vitae encontré el mejor contra-argumento. En el parágrafo nº 13 se lee: «Todo acto conyugal impuesto al cónyuge sin tener en cuenta la condición o los legítimos deseos del otro no constituye un verdadero acto de amor y niega, en consecuencia, una exigencia del recto orden moral en la relación entre los esposos». ¡Qué gran verdad! Y pese a ello no dejamos de considerar el llamado «principio de totalidad». ¿No se lo podría invocar para justificar cada una de las relaciones sexuales no respetuosas de los «deseos legítimos» de uno de los esposos, aún cuando la vida matrimonial entendida en su totalidad los respete? Puede parecer ridículo, y sin embargo, éste era precisamente el argumento empleado por los teólogos que disentían para destruir el poder maravilloso de dar la vida, y de darla en un acto de amor.

Así comprendí que las teorías morales inventadas para legitimar la contra-concepción podían ser manipuladas con objeto de justifícar todo tipo de acción conforme a una lógica utilitaria que rechaza la noción misma de actos « intrínsecamente malos». Sólo entonces pude apreciar la decisión profética del Papa al cual, providencialmente, le había sido dada la fuerza para resistir las tremendas presiones del ambiente que le rodeaba'.

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http://www.conoze.com/doc.php?doc=1559

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Apuntes de Demografía, Blog de Julio Pérez Díaz del CSIC

http://apuntesdedemografia.com/2012/10/01/comision-pontificia-sobre-poblacion-familia-y-natalidad-de-1963/

En 1966 la Comisión entregó un primer informe. Puesto que el encargo en sí mismo había sido confidencial, ni el contenido de dicho informe ni los distintos documentos generados por la comisión debían ser difundidos más allá del círculo papal. Pero sólo unos meses después, en la primavera de 1967, cuatro de los documentos fueron filtrados a la prensa y publicados tanto en inglés como en francés.

Se supo entonces que la conclusión que se había trasladado al Papa de forma mayoritaria era que la anticoncepción no era un mal y que las parejas católicas debían poder elegir los métodos para planificar su familia. Se había rozado la unanimidad, que no fue completa porque dos de los miembros habían entregado un informe particular aconsejando mantener la anterior posición condenatoria de la Iglesia en este tema.

La filtración creó una polémica social e interna de gran envergadura, con un gran reflejo en la prensa del momento. Católicos de todo el mundo empezaron a pensar que su Iglesia preparaba un cambio de doctrina similar al de la iglesia anglicana en la Convención de Lambeth en 1930.

Sin embargo en julio de 1968 el Papa publicó una encíclica, la “Humanae Vitae”, que sorprendió a casi todo el mundo, incluyendo el propio catolicismo. Desoía las recomendaciones de la Comisión Pontificia (que nunca fue vinculante, claró está, dada la capacidad del Papa de tomar decisiones infalibles según el dogma)  y reafirmaba las posturas tradicionales anteriores a todos los cambios sociales de aquellos años. Fue un auténtico terremoto entre el catolicismo “progresista”, que entonces estaba en plena ebullición. Y, probablemente, el inicio de su declive posterior.

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Germain Grisez, testigo de excepción del nacimiento de la Humanae vitae

Alfa y Omega Nº 763 / 8-XII-2011, por Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo

http://www.alfayomega.es/Revista/2011/763/14_reportaje1.php

La cultura de la vida sólo es posible con Jesucristo

La encíclica Humane vitae es la constatación de que Dios no abandona a su Iglesia, y de que el Espíritu Santo vela por ella y por toda la Humanidad. Todo se ponía a favor de que Pablo VI cambiara la enseñanza de la Iglesia sobre la anticoncepción, pero el resultado de todos los trabajos previos dio como resultado un documento profético que vela por la naturaleza de la sexualidad humana. Sin esta enseñanza, millones de familias católicas se habrían cerrado a nuevos nacimientos; al ignorarla, el mundo se ha sumergido en una dinámica imparable de abortos y divorcios, y en la actual crisis económica y moral. Hemos entrevistado al teólogo don Germain Grisez, laico, testigo privilegiado del nacimiento de la Humanae vitae

Usted trabajó, en 1966, en la Comisión pontificia sobre población, familia y natalidad. ¿En qué consistía esta Comisión?

La Comisión era un pequeño grupo de estudio, creado en 1963 por Juan XXIII, para planificar la contribución de la Santa Sede en algunas reuniones internacionales sobre los problemas de población. Luego, después de que Pablo VI ya fuera Papa, varios teólogos publicaron artículos en los que sugerían que la Iglesia podía -y debía- cambiar su enseñanza moral tradicional de que el uso de la anticoncepción, incluso en parejas casadas, siempre está mal. Algunos miembros de la Comisión y su Secretario General, el padre dominico Henri de Riedmatten, instaron a Pablo VI a que no reafirmara la doctrina tradicional sin haberla revisado antes. Algunos sostenían que la píldora anticonceptiva era diferente de los métodos anticonceptivos que la Iglesia siempre había condenado. Así que Pablo VI decidió, en 1964, ampliar la Comisión, y llamó a una gran variedad de teólogos, sacerdotes implicados en el trabajo pastoral con parejas casadas, médicos, sociólogos y matrimonios. Algunos pensaban que la Iglesia debía cambiar su enseñanza sobre este asunto.

No era el caso del padre jesuita John Ford, ni de usted...

El padre Ford fue un destacado teólogo moral de la época, que defendía la enseñanza de la Iglesia sobre la anticoncepción, y había hablado con Pablo VI sobre este tema. Yo había escrito un libro sobre La contracepción y la ley natural, y Ford me pidió que le ayudara con su trabajo.

A principios de 1966, el Papa Pablo VI reorganizó la Comisión, de modo que todos sus miembros anteriores se convirtieron en asesores expertos de dieciséis cardenales y otros obispos. Ford participó en sesiones de estudio con los otros teólogos. Justo al final, me pidió que fuera a Roma y le ayudara a prepararse para la reunión de los cardenales y obispos.

Usted ayudó a Ford a escribir una respuesta crítica al Informe final oficial de la Comisión. ¿Qué contenía ese Informe, y en qué consistió su crítica?

De Riedmatten escribió el Informe final, y se puso del lado de la mayoría de la Comisión, que sostuvo que las parejas casadas pueden -y a veces deben- usar anticonceptivos, y que la Iglesia debía aprobar su uso y animar a las parejas casadas a seguir su propio juicio acerca de qué métodos utilizar y cuándo utilizarlos.

Uno de los prelados a los que el Papa llamó a la Comisión de cardenales y obispos no pudo asistir: Karol Wojtyla, arzobispo de Cracovia, que más tarde se convirtió en el Papa Juan Pablo II. Cuando los otros quince votaron, todos menos uno estuvieron de acuerdo en que la píldora anticonceptiva no es moralmente diferente de otras formas de anticoncepción. Y nueve de los quince votaron a favor de un cambio en la enseñanza de la Iglesia; tres se opusieron a este cambio; y los otros tres fueron incapaces de tomar una posición clara a favor o en contra.

Entonces Pablo VI tenía apoyo para permitir la anticoncepción...

El cardenal Alfredo Ottaviani, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, era uno de los tres miembros de la Comisión en contra de un cambio en la enseñanza de la Iglesia. En privado, le pidió al padre Ford que preparara una crítica al Informe final. Ford le habló de mí a Ottaviani, y el cardenal nos pidió a ambos reunirnos con él. Entre otras cosas, el cardenal Ottaviani nos dijo que el Papa preguntaría: ¿Entonces cómo han podido todos estos buenos hombres -la gran mayoría de la Comisión- llegar a esta conclusión? Ford y yo comenzamos por esbozar una respuesta a esa pregunta, y así elaboramos nuestro propio borrador.

Le repito entonces esa misma pregunta: ¿cómo pudieron todos aquellos buenos hombres llegar a semejante conclusión?

Había una serie de factores que movían a pensar en un cambio: las dificultades de las parejas casadas, el rápido aumento de la población en algunas zonas menos prósperas del mundo, un nuevo énfasis teológico sobre la bondad de la relación matrimonial, la confusión acerca de los métodos de regulación de la natalidad... Pero el verdadero motivo era una comprensión humanista y mundana de los seres humanos y de los valores morales. Los teólogos de la mayoría de la Comisión, que no eran filósofos, habían aceptado acríticamente una filosofía no cristiana.

¿Y si Pablo VI hubiera aceptado la opinión de la mayoría?

En realidad, Ford y yo no esperábamos que Pablo VI aceptara la opinión de la mayoría. Pensamos que eso sería un error terrible, y que algo así podría conducir a una tremenda confusión en la Iglesia.

La oración y la Misa eran parte de su vida diaria, mientras trabajaban en Roma. ¿Eran conscientes de todo lo que estaba en juego?

Sabíamos que había mucho en juego y que nuestro trabajo era muy importante. Trabajamos muy duro. Celebramos juntos la Misa cada día. Durante todo el tiempo que trabajé con Ford, nunca lo vi deprimido o con ansiedad acerca de cómo iban a ir las cosas. La clave de la paz interior de Ford y de su esperanza firme era que tenía la fe de un niño en la Providencia. Él solía decir: No importa lo mal que parezcan ir las cosas; cuando me voy a la cama, sé que estoy en los brazos de Dios y estoy seguro de que todo va a ir bien. Yo no tenía esa profunda confianza en la Providencia, pero posteriormente, en mayo de 1968, tuve la experiencia de una profunda confianza en la Providencia, así como la certeza absoluta de que Jesús y el Espíritu Santo nunca abandonarían a su Iglesia.

En julio de 1968, Pablo VI finalmente publicó la Humanae vitae, que confirmó la doctrina de la Iglesia sobre la anticoncepción, la esterilización y el aborto. Así, rechazó la opinión de la mayoría de la Comisión y aceptó la de Ford y usted. Nadie hubiera apostado por ustedes...

Pablo VI no se limitó a contar los votos. Pienso que estudió lo que Ford y yo habíamos escrito para el cardenal Ottaviani, así como materiales enviados por el arzobispo Karol Wojtyla y sus colegas polacos. En última instancia, el Papa se convenció de la verdad sobre las cuestiones debatidas, y también se convenció de que no tenía más alternativa que enseñar la verdad, lo que finalmente hizo.

¿Qué pensó en los años siguientes, cuando la Humanae vitae fue contestada, incluso en la misma Iglesia?

Mis pensamientos eran muchos y complejos. Yo pensaba que la Iglesia no estaba tan en buena forma como parecía estar en 1960, ya que bajo la superficie había una gran cantidad de podredumbre y corrupción, que no se mostró sino hasta años después.

También pensé que los obispos y teólogos que disintieron de la Humanae vitae estaban causando un terrible perjuicio a la Iglesia y a las parejas casadas. En 1973, me di cuenta de que al menos algunos de ellos estaban haciendo lo mejor que podían, al igual que yo, y que yo no debía juzgar a ninguno de ellos con dureza.

Hoy parece demostrado que la mentalidad anticonceptiva llevó a la rápida aceptación del aborto, a un gran aumento del divorcio, y a una tasa de natalidad tan baja en los países ricos que ha provocado la actual crisis económica. ¿Cómo puede la Iglesia cambiar ahora la mentalidad anticonceptiva?

Estoy firmemente convencido de que la Iglesia no puede hacer nada que ayude a cambiar la mentalidad anticonceptiva, o promover una cultura de la vida, excepto predicar y enseñar el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. No me refiero a parte del Evangelio, sino a todo el Evangelio. A menos que la gente crea en el reino de Dios, no puede tomar su cruz y seguir a Jesús. Pero una vez que alguien cobra esperanza y toma su cruz, todos los asuntos morales vendrán por su propio peso.

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo

Cronología de la Humanae vitae

1930: Se empieza a comercializar el preservativo desechable.

El inicio de la píldora anticonceptiva en 1957

Carl Djerassi, autodenominado 'la madre de la píldora', (nacido en Viena el 29 de octubre de 1929 en una familia judía emigrada a los USA en 1939, fallecido en San Francisco el 31 de enero de 2015), licenciado en química orgánica a los 21 años sintetizó en 1951 en un laboratorio de México junto con el mexicano Luis Miramontes y el húngaro-mexicano George Rosenkranz, la "progestina 19-noretisterona", base para la píldora anticonceptiva, que empezó a venderse en Estados Unidos en 1957 y enseguida en todo el mundo.

1960: Se empieza a comercializar la píldora anticonceptiva.

1963: Juan XXIII crea la Comisión pontificia sobre población, familia y natalidad, para estudiar cuestiones relativas a la anticoncepción y a la píldora anticonceptiva.

1965: 12 de los 19 teólogos miembros de la Comisión votan a favor de que la Iglesia cambie sus enseñanzas acerca de la anticoncepción, y acepte que los matrimonios puedan usar anticonceptivos, incluida la píldora anticonceptiva.

Abril de 1966: 9 de los 15 obispos miembros de la Comisión están a favor de que Iglesia cambie su doctrina sobre la anticoncepción.

Junio de 1966: El cardenal Ottaviani (en contra del cambio) pide al padre jesuita John Ford y al seglar Germain Grisez que elaboren un Informe con razones sobre la enseñanza de la Iglesia en estos temas.

Mayo de 1968: estalla la llamada Revolución sexual.

Julio de 1968: En medio de una fuerte contestación, Pablo VI publica la encíclica Humane vitae, que concluye así: «El hombre no puede hallar la verdadera felicidad más que en el respeto de las leyes grabadas por Dios en su naturaleza».

1972: Pablo VI otorga a Grisez y a su mujer Jeanette la medalla Pro ecclesia et pontifice.

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