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El malentendido sobre el cielo en la tierra tras la Parusía

No es lo mismo el cielo que el reino de Dios plenamente consumado en la tierra tras la Parusía. Difieren tanto, como la situación de los mortales que viven en la tierra difiere de la de quienes viven en el cielo.

A diferencia de los mortales que ya han ido al cielo, los que vivan en la tierra después de la Parusía padecerán las consecuencias de la herida del pecado original, que se siguen teniendo después del bautismo; porque el bautismo quita el pecado y da la gracia, pero no devuelve los dones preternaturales que se perdieron a causa del percado original, ni sana las heridas que dejó en nuestra naturaleza el pecado original y que son agravadas por los pecados personales. En la vida mortal, nuestra naturaleza herida por el pecado original sigue siendo esencialmente íntegra e inclinada a la verdad y al bien, pero enferma, dañada, debilitada por esas heridas, que son la ignorancia, como herida en el entendimiento; la malicia, como herida en la voluntad, que le resta atracción hacia lo bueno; la debilidad de ánimo ante las dificultades para el bien arduo, como herida del apetito irascible; y la insumisión a la razón de la concupiscencia o apetencia del bien deleitable, como herida del apetito concupiscible, que inclina por esa insumisión a dejarse arrastrar por los deleites. Queda mermada la inclinación de la naturaleza humana a la verdad y al bien. Y queda, en general, perdida la armonía interna por la rebeldía e insumisión de las potencias inferiores (el apetito concupiscible y el irascible) respecto al entendimiento; y la insumisión del cuerpo al alma y de la voluntad a Dios. Y quedan las enfermedades, defectos e inclinaciones deficientes y la muerte, como consecuencias en nuestra naturaleza del pecado original.

El Catecismo de la Iglesia Católica de 1992 formula así las secuelas del pecado original :

La naturaleza humana quedó "herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado" (CEC 405).

Las heridas que dejó el pecado original en nuestra naturaleza humana, según explica santo Tomás, siguiendo a san Beda el Venerable

Los que vivan en la tierra después de la Parusía, como los que vivimos antes de esa gran época o día del reino de Dios plenamente consumado en la tierra tras la Parusía, tendrán, como ahora, que luchar continuamente para vivir según Dios y no según uno mismo, pero después de la Parusía lo conseguirán por la gracia sobreabundante y Dios reinará en todas las almas y en todas las naciones.

Como los que vivimos antes de esa gran época o día del reino de Dios plenamente consumado en la tierra tras la Parusía, los que vivan después, tendrán como ahora, que llevar la cruz, pero, en esa época, por la gracia sobreabundante, todos la llevarán y le seguirán a Jesús, el Verbo hecho carne.

Los que vivan en la tierra después de la Parusía tendrán, como ahora, que padecer la poda para dar más fruto (Jn 15, 2), pero, por la gracia sobreabundante, todos la sufrirán y darán más fruto.

Los que vivan en la tierra después de la Parusía también sufrirán a veces las derrotas parciales de caer en pecados; pero, por la gracia sobreabundante, se arrepentirán, se levantarán de esas caídas, conseguirán el perdón de esos pecados y los repararán .

Tras la Parusía, los que vivan en la tierra tendrán, como ahora, que ganarse el pan con el sudor de su frente, padeciendo para aprender, padeciendo para trabajar, padeciendo para pasar de la potencia al acto, padeciendo para someter el yo a Dios y para amar al prójimo. Tendrán que padecer las enfermedades, el desgaste, la vejez y la muerte. Y tendrán como ahora que protagonizar la lucha violenta cada uno consigo mismo por tener el reino de Dios sobre sí, como anunció Jesús:

"El Reino de los cielos sufre violencia y los violentos son los que lo arrebatan".
(Mt 11,12).

Habrá que seguir luchando violenta y continuamente por la conversión. Pero, tras la Parusía, todos lo harán. Y todas las naciones.

A diferencia de los que están en la Iglesia triunfante del cielo, los que vivan en la tierra convertidos tras la Parusía seguirán siendo Iglesia militante, es decir, que tendrán que luchar contra la ignorancia y contra la malicia, contra la debilidad ante las dificultades para el bien arduo y contra el arrastre del bien placentero. Tendrán que trabajar duramente por el saber, especialmente por el saber práctico de la prudencia. Tendrán que esforzarse para buscar el bien, para sí y para los demás, mediante la justicia. Tendrán que enfrentatse a las dificultades para la práctica del bien, mediante la fortaleza. Tendrán que esforzarse para controlar y someter a la razón la concupiscencia o apetencia de lo deleitable, mediante la templanza. Además, padecerán enfermedades y accidentes, y tratarán de escapar a la muerte sin conseguirlo al final.

Decía el jesuita Ramón Orlandis, S. J.:

"Lejos de nosotros fantasear una era de una santidad dulzona, sin cruz ni mortificación".
¿
Somos pesimistas? Ramón Orlandis, S. I. CRISTIANDAD Barcelona, Año IV, nº 73, 1 de abril de 1947, página 145

En cambio en el cielo ya no hay lucha, enfermedad, ni muerte. Ni, mucho menos, ya pecado. Sino santidad plena y creciente. Ni heridas del pecado. Allí, en el cielo, se sanan del todo las heridas que dejó en nuestra naturaleza el pecado original y que son agravadas por nuestros pecados personales. Allí, en el cielo, se nos quitan las malas tendencias, que llevamos como defectos y que utiliza el demonio con la doble finalidad de oprimirnos y de hacernos caer. Porque, como dice santo Tomás de Aquino son también daños del pecado original las deficiencias corporales y la muerte (S Th, 1a2ae, q. 85, art 5, c).

En el cielo ya no hay que luchar para conseguir el saber, para buscar el bien, para practicarlo con fortaleza y para no ser arrastrados por los deleites materiales. Todo el bien, que es Dios, es dado por Él en el cielo. Dios se da y da la capacidad de vivir su vida divina.

En el cielo se restablece definitivamente la armonía del orden natural con el sobrenatural, se recupera la justicia original "por la que la voluntad estaba sometida a Dios" (S Th, 1a2ae, q. 82, art 3, c) y por la que "la razón controlaba perfectamente las fuerzas inferiores del alma; y la razón misma, sujeta a Dios, se perfeccionaba" (S Th, 1a2ae, q. 85, art 3, c).

En el cielo, Dios nos soluciona de raíz y nos da el triunfo definitivo sobre el problema que tenemos en nuestra vida mortal en la tierra antes y después de la Parusía, puesto que es preciso que vivamos según Dios, pero desde el pecado original, nuestra voluntad es insumisa a Él, y a su vez, nuestras potencias superiores tienen insumisas a las inferiores:

"Todo el orden de la justicia original provenía del hecho de que la voluntad del hombre estaba sujeta a Dios... Lo formal en el pecado original es la privación de la justicia original, por la cual la voluntad estaba sometida a Dios; y todo el otro desorden de las facultades del alma es como lo material en el pecado original. Mas el desorden de las otras facultades del alma se manifiesta principalmente en que se vuelven desordenadamente a los bienes mudables".
(S Th, 1a2ae, q. 82, art 3, c).

El objetivo es vivir según Dios, como se vive en el cielo, es el objetivo vivir según Dios en la tierra después de la Parusía; lo mismo que ahora en la tierra antes de la Parusía el objetivo es vivir según Dios.

Con estas diferencias:

Tanto se diferencian el cielo y la tierra. Pero se parecerá al cielo la vida en la tierra tras la Parusía, la vida en el reino de Dios plenamente consumado en la tierra. Será vivir según Dios

Sí; esto es la analogía: semejanzas y diferencias conjuntamente.

Después de la Parusía se vivirá por todos en la tierra según Dios, se hará generalizadamente la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo. No en vano nos enseñó a rezar así el Señor.

«Venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo».
(Mateo 6, 10)

No es para nada, para lo que nos mandó que pidiéramos esto, sino para concedérnoslo con toda seguridad, plenamente, del todo. Y derramó su sangre para ello. Se vivirá en la tierra haciendo la voluntad de Dios como en el cielo.

En las condiciones de vida de los terrestres mortales como ahora, pero viviendo según Dios en la tierra, como en el cielo.

Aunque las condiciones de vida y este mismo vivir según Dios son diferentes en la tierra y en el cielo. Por el momento, entre los humanos en el cielo hay pocos santos en cuerpo y alma, con un cuerpo glorioso, como Jesús resucitado y María asunta al cielo. Probablemente san José está entre aquellos que el evangelio dice que resucitaron, cuando resucitó Jesús (Mt, 27,52-53). La inmensa mayoría de los humanos santos del cielo son almas con la luz de la gloria y la fruición de la visión beatífica; pero que, en espera de su cuerpo resucitado y glorificado, están como incompletas, como "nerviosas", al decir de Canals.

No sabemos cómo será la unión de Dios con ellos y no lo podemos saber, ni podemos entender lo que algunos han explicado después de haber tenido alguna experiencia mística.

Una de las diferencias es que en el cielo no hay naciones. Sino la familia de Dios. Todos viviendo en familia con Dios.

El reinado social plenamente en la tierra del Sagrado Corazón de Jesús, el Verbo hecho carne

En la tierra se implantará el reino de Dios plenamente no sólo en todas las almas, sino también plenamente en todas las naciones tras la Parusía, la segunda venida en gloria y majestad de Jesús, el Verbo hecho carne.

La base del reinado social en plenitud de Jesucristo es el reino de Dios en todas las almas. Todos vivirán según Dios. Esto es lo primordial. Pero también reinará en plenitud Jesús, el Verbo hecho carne, en la soci3edad, en todas las naciones, sobre esta base de que reinará en todos los corazones.

Dos amores fundaron dos ciudades, dos modelos de sociedad, explica san Agustín.

San Agustín lo explica en el libro XIV de La Ciudad de Dios

Primero explica que vivir según uno mismo y no vivir del todo según Dios es hacer lo que quiere Satanás, estar sometido a Satanás.

San Agustín explica aquella doctrina enseñada de parte de Dios por san Pablo que proscribe obrar según la carne (Gal 5,16-25; Gal 6,7-8; 8,5-14).
Aclara que vivir según la carne, no es solamente vivir según el cuerpo humano o simplemente según los deseos sexuales, sino que es vivir según uno mismo, y no según Dios, vivir como si Dios no existiera, porque Satanás no tiene cuerpo carnal y es el jefe y modelo de obrar según la carne.

"No se hizo semejante al diablo el hombre por tener carne, de que carece el diablo; sino por vivir según él mismo, es decir, según el hombre. También el diablo quiso vivir según él mismo, cuando no se mantuvo en la verdad. Y de este modo habló mentira, no de Dios, sino de sí propio, que no sólo es mendaz, sino el padre de la mentira".
(San Agustín, La Ciudad de Dios, libro XIV, cap. 3. BAC, 1958, pág. 927).

"Cuando el hombre vive según el hombre y no según Dios, es semejante al diablo. Porque ni el ángel debe vivir según el ángel, sino según Dios, para mantenerse en la verdad y hablar la verdad que viene de Dios; no la mentira que nace de sí mismo... Cuando el hombre vive según la verdad, no vive según él mismo, sino según Dios".
(San Agustín, La Ciudad de Dios, libro XIV, cap. 4. BAC, 1958, pág. 927).

"El hombre no fue creado recto para vivir según él mismo, sino según su Hacedor, esto es para hacer la voluntad de Dios antes que la suya. No vivir como su condición exigía que viviera, eso es la mentira".
(San Agustín, La Ciudad de Dios, libro XIV, cap. 4. BAC, 1958, pág. 928).

San Pablo mismo dice con todas las letras que ser carnal es vivir según el hombre:

«Habiendo entre vosotros celos y discordias, ¿no es claro que sois carnales y vivís según el hombre?»
(I Cor 3,3).

Vivir según uno mismo es estar sometido al imperio de Satanás. Intentar compatibilizar vivir según Dios y vivir según uno mismo es autoengañarse y darle entrada a Satanás para que domine e impere. No es ya vivir según Dios.

Después explica san Agustín la dimensión social del reino de Dios: "Dos amores fundaron dos ciudades".

El imperio de Satanás también es sobre la sociedad, pero conviene insistir en que su raíz más profunda y más sometedora es el sometimiento de cada persona humana a vivir según ella misma y no del todo según Dios. Y vivir según uno mismo lleva a odiar a Dios.

El imperio de Satanás es todo sistema que impone vivir y obrar según uno mismo, como si Dios no existiera. Todo sistema políticamente correcto en la modernidad y en la posmodernidad. Es el imperio de las estructuras de pecado cada vez más ineludiblemente dominantes hoy en lo estatal, en lo económico, en lo cultural, en lo social y en lo personal.

El mismo san Agustín explica que el origen de la dimensión social del imperio de Satanás está en que hay quienes viven según la carne, es decir, viven según sí propio. Y explica que el origen del reino de Dios, la ciudad de Dios, es que hay otros que viven según el espíritu, es decir, según Dios; y en eso mismo explica que está la contraposición y enfrentamiento entre ambas sociedades humanas o ciudades humanas:

"De que hay unos que viven según la carne y otros según el espíritu, se han originado dos ciudades diversas y contrarias entre sí... Con claridad meridiana escribe san Pablo a los de Corinto: «Habiendo entre vosotros celos y discordias, ¿no es claro que sois carnales y vivís según el hombre?» (I Cor 3,3). Luego proceder según el hombre es igual a ser carnal... Poco antes había llamado [hombres] animales a los mismos que ahora llama [hombres] carnales. Dice así: «... El hombre animal no puede hacerse capaz de las cosas que son del Espíritu de Dios, pues para todos son necedad» (I Cor 2, 11-14)".
(San Agustín, La Ciudad de Dios, libro XIV, cap. 4. BAC, 1958, págs. 928-929).

Dos ciudades significa dos modelos de sociedad:

"Siendo tantos y tan grandes los pueblos diseminados por todo el orbe de la tierra... no forman más que dos géneros de sociedad humana, que podemos llamar, conformándonos con nuestras Escrituras, dos ciudades. Una es la de los hombres que quieren vivir según la carne, y otra la de los que quieren vivir según el espíritu".
(San Agustín, La Ciudad de Dios, libro XIV, cap. I. BAC, 1958, pág. 921).

"Dos amores fundaron dos ciudades: el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí propio, la celestial. La primera se gloría en sí misma, y la segunda, en Dios; porque aquella busca la gloria de los hombres, y esta tiene por máxima gloria a Dios, testigo de su conciencia. Aquella se engríe en gloria, y ésta dice a su Dios: "Tú, mi gloria..." (Sal 3,4)... En aquella, sus sabios, que viven según el hombre... se desvanecieron en sus pensamientos y su necio corazón se oscureció... En esta, en cambio, no hay sabiduría humana, sino piedad, que funda el culto legítimo al Dios verdadero, en espera del premio en la ciudad de los santos... «con el fin de que Dios sea todo en todas las cosas»." (I Cor 15,28).
(San Agustín, La Ciudad de Dios, libro XIV, cap. 28. BAC, 1958, pág. 985-986).

La sociedad del reino de Dios plenamente consumado en la tierra tras la Parusía

Con la Parusía, la segunda venida en gloria y majestad de Jesús, el Verbo hecho carne, reinará Él en todas las naciones, una vez eliminada, con Su manifestación en su Parusía, la base del sistema anticristiano que impone vivir individual y colectivamente como si Dios no existiera, al evidenciar Él que no ha lugar al ateísmo, que es la base del poder anticristiano. Quedando así arruinado ese poder. Jesús, haciéndose ver en el esplendor de su advenimiento, como cuerpo glorioso, no visible más que cuando Él quiere, destruirá el reino del Anticristo:

Se manifestará el Impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca, y aniquilará con la Manifestación de su Venida.
(2Tes 2,8).

«Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre; y entonces se golpearán el pecho todas las razas de la tierra y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria».
(Mt 24,30).

Eliminado el obstáculo del poder anticristiano con todas sus estructuras de pecado, se realizará progresiva y aceleradamente, mediante la extraordinaria efusión efusión de gracia que se iniciará con la Parusía, la cristianización de todos los pueblos con el auge de las devociones a la Virgen María y al Sagrado Corazón de Jesús. Y como consecuencia:

"Sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia, podrá levantarse la civilización del Amor, el Reino del Corazón de Cristo"
(San Juan Pablo II, 5.10.1986. Carta al General de la Compañía de Jesús. Insegnamenti, vol. IX/2, 1986, p. 843)

"La civilización del amor debe ser el verdadero punto de llegada de la historia humana"
(San Juan Pablo II, 3.11.1991. Homilía en la Parroquia de San Romualdo de Roma. L'Oss. 21.11.91).

Todas las naciones serán cristianas, serán confesionales los pueblos y los Estados.

Las naciones están llamadas a la santidad y a ello se encaminarán en la Cristiandad futura

Así fue anunciada y proclamada con seguridad la esperanza de la Iglesia por el Concilio Vaticano II:

"La Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le servirán hombro con hombro" (Nostra aetate, 4).

Lo que es proclamar con toda seguridad la confesionalidad de todos los pueblos y que obrarán en consecuencia en el futuro, obedeciendole a Dios; y a la Iglesia y al Papa cuando enseñan con la autoridad que Dios les ha dado en materias de fe y de moral, estando la normativa ética de la política entre las materias sobre las que el Papa tiene autoridad, cuando la ejerce, lo mismo que la Iglesia Católica.

Esto es la síntesis de la religión y de la vida en la Cristiandad futura.

Y Canals explica que ese texto es el anuncio de la unidad religiosa de toda la humanidad:

"Tratando de la religión judía, y afirmando la futura conversión de Israel, el texto anuncia la futura unidad religiosa de toda la humanidad".
(La teología de la historia del Padre Orlandis, S. I. y el problema del milenarismo, Francisco Canals, CRISTIANDAD, Barcelona. Año LV. Núms. 801-802. Marzo-Abril 1998. Págs. 23-28)

Y de la siguiente manera fue proclamada por el Papa la misión de la Iglesia:

"Cristo llama, justifica, santifica y envía a sus discípulos a anunciar el Reino de Dios, para que todas las naciones lleguen a ser Pueblo de Dios".
(Mensaje de Benedicto XVI para la Jornada Mundial de las Misiones de 2009).

Esta confesionalidad de todos los pueblos y de su organización política regional, nacional y mundial será posible, y se realizará con toda seguridad, con los medios que aporta la Iglesia, y la aceptación, por la gracia de Dios, de estos medios, en particular la autoridad de la Iglesia en materias morales como infalible, que es lo que define a los Estados confesionales. (Véase: Lo que aporta la Iglesia).

Y destacadamente están llamadas a la santidad todas las tierras de España, Cataluña incluida entre las principales:

«Reinaré en España y con más veneración que en otras partes».
(Jesús al beato Bernardo de Hoyos en la acción de gracias de la misa del jueves, 14 de mayo de 1733, fiesta solemne de la Ascensión).

El proceso de cristianización y recristianización consiguiente a la Parusía tendrá como resultado el reinado de Jesús, el Verbo hecho carne, en todos los corazones y en todas las naciones, como está anunciado. Entonces las naciones serán cristianas y estarán en la Iglesia.

Las dos espadas en la Iglesia

Habrá dos poderes en la Iglesia, el de las autoridades políticas y el de la jerarquía eclesiástica con el Papa a la cabeza, el poder, o espada, de Nuestra santa Madre Iglesia Católica Jerárquica. Dos poderes coordinados y cada uno con su esfera o ámbito de competencias. El poder eclesiástico ejercerá su autoridad en materia de fe y moral.

La situación de tesis católica, el Reino de Cristo, es la aceptación y el acatamiento voluntario por todos los pueblos del mundo de la autoridad que le compete a la Iglesia y al Papa en materia de fe y de moral incluida su autoridad sobre la normativa ética de la política.

Hablando desde la fe, desde situación de tesis católica, el propio Benedicto XVI fundamenta la esperanza segura de la situación de tesis católica en el reino de Cristo en plenitud, implantado por el mismo Cristo:

"No obstante las oscuridades, al final vencerá Él, como luminosamente muestra el Apocalipsis mediante sus imágenes sobrecogedoras". (Benedicto XVI, Encíclica Deus Caritas est, 39).

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Decía el Padre Ramón Orlandis, S. I., siguiendo las enseñanzas impartidas por Pío XI en las encíclicas Ubi Arcano de 1922 y Quas primas de 1925
(
«R. Orlandis S. I.: «Sobre la actualidad de la idea de Cristo Rey». CRISTIANDAD, núm. 39 (1-11-1945), págs. 465-468):

Sólo en el Reinado de Cristo puede haber paz verdadera y estable. En él sí, fuera de él, no. Y la paz que se promete no es sólo la espiritual de las almas, sino la social y la internacional (Ubi Arcano, Quas primas).

El Reinado que trae consigo las promesas es el aceptado libremente por los hombres: no el Reinado de mero hecho, ni el Reinado del mero poder

Reina Cristo en la sociedad, cuando constituida ésta rectamente, la Iglesia, cumpliendo el divino encargo, defienda y tutele los derechos de Dios, ora sobre los hombres en particular, ora sobre la sociedad entera (Ubi Arcano).

La negación de la realeza de Cristo es peste, ruina, muerte; el acatamiento de la realeza de Cristo es vida, salud, prosperidad.

«Si un día reconocieran los hombres, en su vida privada y pública, la regia potestad de Cristo, no es posible imaginar los bienes, que forzosamente penetrarían todas las partes de la sociedad civil; la justa libertad, la disciplina y la tranquilidad, la concordia y la paz».

La realización de este ideal, no tan sólo se ha de desear y procurar, sino también se ha de esperar, en cuanto correspondamos al plan divino (Ubi Arcano, Quas primas, Miserentissimus Redemptor de 1928).

Los males de nuestro mundo son gravísimos. Sólo la aceptación voluntaria del Reinado de Cristo puede remediarlos. Por esto es tan necesario que el mundo inficionado por la peste de los errores contrarios a la soberanía de Cristo, sea instruido, según su capacidad, en la doctrina salvadora, que sepa en qué consiste la soberanía de Cristo, su justicia y su valor.

"Al prescribir al mundo católico, que dé culto a Jesucristo Rey, tenemos en cuenta las necesidades actuales y aplicamos el remedio principal a la peste que ha inficionado la sociedad humana"

Ahora en 2020, podemos decir:

Sí; será voluntaria la aceptación del reinado de Cristo y se le dará culto público y privado por todos y por todas las naciones, como única solución.

Sí; Cristo ya lo sabe y es Cristo el que lo va a hacer por su misericordia infinita y su omnipotencia

Cristo acabará con apostasía social y así acabará con los terribles males subsiguientes que lamentaba Pío XI en 1922 y en 1925.

"Los acerbísimos frutos, tan frecuentes y duraderos, que este alejarse de Cristo individuos y naciones, ha producido, los lamentamos ya en la Encíclica Ubi Arcano [1922] y de nuevo los lamentamos hoy" [Quas primas de 1925].

El Padre Orlandis encuentra una síntetis total de esos males:

"Hagamos notar solamente el último de sus amargos frutos que enumera Pío XI: «La humana sociedad trastornada y llevada a la destrucción»".

"La negación de la realeza de Cristo es peste, ruina, muerte; el acatamiento de la realeza de Cristo es vida, salud, prosperidad. «Si un día reconocieran los hombres, en su vida privada y pública, la regia potestad de Cristo, no es posible imaginar los bienes, que forzosamente penetrarían todas las partes de la sociedad civil; la justa libertad, la disciplina y la tranquilidad, la concordia y la paz». Quien lea estos fragmentos copiados y más quien considere no a la ligera ni con prejuicios los documentos citados en su integridad, notará que las palabras del Papa no suenan a formulismos vacíos, sino a íntima persuasión; que no son meras palabras, sino espíritu y vida".

Sí, muy bien. Pero no se ha hecho. Y cada vez se está más lejos de ello.

Constata Orlandis lo que Pío XI puso en marcha:

"Encarga a los jerarcas de la Iglesia que transmitan sus enseñanzas a los fieles, acomodándolas a su inteligencia. Para este fin instituye la solemnidad litúrgica anual de Cristo Rey"

Ahora todos podemos constatar que los eclesiásticos no han conseguido hacer lo que mandó Pío XI. Los gobernantes menos. No sólo hemos quedado como ovejas sin pastor, sino una en el redil por cada noventa y nueve extraviadas.

«La humana sociedad trastornada y llevada a la destrucción»". En esto acertó Pío XI. ¡Y cómo!

Dice Orlandis: Pío XI tiene fe, fe viva e inconmovible en la idea de Cristo Rey

Nosotros en el siglo XXI, también tenemos fe viva e inconmovible y no sólo en la idea de Cristo Rey, sino en su realidad. Va a ser realidad con toda seguridad: el Sagrado Corazón de Jesús, el Verbo hecho carne, reinará en todos los corazones y en todas las naciones.

No lo han hecho los eclesiásticos, ni mucho menos lo hemos hecho los seglares. Y así nos va a todos. A los no creyentes y a los creyentes: «La humana sociedad trastornada y llevada a la destrucción».

La solución es el reinado efectivo del Sagrado Corazón de Cristo rey. Y esto es cada vez más imposible que lo consigamos implantar, ni los eclesiásticos, ni los seglares.

Jesús sabe perfectamente las dos cosas. Y Él lo hará. Él lo va a hacer. Sí. Con toda seguridad. Es la Buena Noticia. Al menos que nos den la Buena Noticia. Ya va siendo hora.

Dice el Padre Orlandis que esta idea de Cristo Rey se conocerá y triunfará. Si, claro.

--¿Cómo que claro, si cada vez más impera el poder anticristiano?

--Sí. Y llegará a dominar totalmente.

Y entonces vendrá Jesús, el Verbo hecho carne. Vendrá con gloria y majestad y haciéndose ver y poniéndose de manifesto a la vista de todos en esta su Parusía. Vendrá visiblemente a la tierra para reinar de forma no visible, pero con toda efectividad:

Fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos.
Y mientras estaban con los ojos clavados en el cielo mirando cómo se iba, de pronto se les presentaron dos varones con vestiduras blancas que les dijeron:
«Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando fijamente al cielo? Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo».
Entonces se volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos.
(Hch 1,9-12).

«Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre; y entonces se golpearán el pecho todas las razas de la tierra y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria».
(Mt 24,30).

Mirad, viene acompañado de nubes: todo ojo le verá, hasta los que le traspasaron, y por él harán duelo todas las razas de la tierra. Sí. Amén (Apoc 1,7).

«Como el relámpago sale por oriente y brilla hasta occidente, así será la venida del Hijo del hombre».
(Mt 24,27).

"Se revelará la gloria de Yahveh, y toda criatura a una la verá. Pues la boca de Yahveh ha hablado". (Is 40, 5. Biblia de Jerusalén, 1973).

 

Y esto evidenciará la falsedad del ateísmo y así será eliminada la base del poder anticristiano que impone que se viva como si Dios no existiera.

Y suprimido el poder anticristiano, será posible sin ese obstáculo el proceso de cristianización y de recristianización, gracias a la eliminación del sistema anticristiano por la manifestación de Jesús en su Parusía y mediante la extraordinaria efusión de gracia que se iniciará con la Parusía. Y así llegará el auge de la devoción a la Virgen María y al sagrado Corazón de Cristo Rey.

Y sí, triunfará la idea de Cristo rey. Y vendrá la paz y la prosperidad en el reino de Cristo consumado en la tierra. La paz de Cristo en el reino de Cristo. [Por cierto, este era el lema de Pío XI]

 

La mayor promesa del Sagrado Corazón de Jesús es la de su reinado....La extraordinaria efusión efusión de gracia que se iniciará con la Parusía.........INDEX

......Malentendidos sobre la Parusía....

El malentendido sobre la visibilidad de Nuestro Señor Jesucristo en su segunda venida gloriosa

El malentendido sobre el milenarismo aclarado por Canals

El malentendido sobre el fin del mundo
La Parusía no es el fin del mundo, el fin de la época no es el fin del mundo, el final del sistema políticamente correcto no es el fin del mundo

 

Los malentendidos que ha eliminado el Catecismo de la Iglesia de 1992 (nn 671-677),

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Las heridas que dejó el pecado original en nuestra naturaleza humana, según explica santo Tomás, siguiendo a san Beda el Venerable

Lo fundamental es que por el pecado original se perdió la justicia original y la voluntad dejó de ser sumisa del todo a Dios.

"Lo formal en el pecado original es la privación de la justicia original, por la cual la voluntad estaba sometida a Dios; y todo el otro desorden de las facultades del alma es como lo material en el pecado original. Y... se manifiesta principalmente en que se vuelven desordenadamente a los bienes mudables".
(S Th, 1a2ae, q. 82, art 3, c)

La razón dejó de estar sujeta a Dios. Razón y voluntad, las facultades superiores del alma por el pecado original dejan de ser sumisas a Dios del todo y quedan heridas, enfermas:

"Por la justicia original, la razón controlaba perfectamente las fuerzas inferiores del alma; y la razón misma, sujeta a Dios, se perfeccionaba. Pero esta justicia original nos fue arrebatada por el pecado del primer padre"
(S Th, 1a2ae, q. 85, art 3, c).

Son también daños del pecado original la debilidad para el bien arduo, el atractivo incontrolado del bien deleitable, las deficiencias corporales, las malas tendencias, y la muerte:

"El pecado del primer padre es la causa de la muerte y de todos los males de la naturaleza humana, en cuanto que por el pecado del primer padre nos fue arrebatada la justicia original, por la que se mantenían bajo el control de la razón, sin desorden alguno, no sólo las facultades inferiores del alma, sino también el cuerpo entero se mantenía bajo el control del alma sin ningún fallo ... Por esto, sustraída esta justicia original por el pecado del primer padre, así como fue vulnerada la naturaleza humana en cuanto al alma por el desorden de sus potencias... así también se hizo corruptible por el desorden el cuerpo mismo.
Mas la sustracción de la justicia original tiene razón de pena, como también la sustracción de la gracia. Por consiguiente, la muerte y todos los males corporales consecuentes son ciertas penas del pecado original. Y aunque estos males no fueran intentados por el pecador, sin embargo, han sido ordenados por la justicia de Dios, que castiga [el pecado]".
(S Th, 1a2ae, q. 85, art 5, c)

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Oración colecta de la misa del 27 de abril de 2020:

"Te pedimos, Dios todopoderoso, que despojados del hombre viejo con sus inclinaciones, vivamos en la obediencia de Aquel a quien nos has incorporado por los sacramentos pascuales".