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El malentendido sobre la duración de los tiempos de la última época

Puede dar la impresión de que tras la Parusía ocurre en breves instantes el final de la vida sobre la tierra, la resurreción de los muertos y ser arrebatados para ser llevados al cielo los que aún vivan en la tierra en ese momento, que se presupone que dura unos instantes.

Sabemos, porque ha sido revelado, qué acontecimientos escatológicos ocurrirán, y en qué orden; incluso nos ha sido revelado algún detalle sorprendentemente pormenorizado.

Pero de los tiempos no sabemos nada, ni del cuándo, ni de la duración de los diversos acontecimientos. Nada de esto nos ha sido revelado.

El propio Jesús, el Verbo hecho carne, en sus cálidas palabras de la última cena anunció los siguientes acontecimientos: su próximo retorno al cielo, que iba a visualizar como Ascensión; su segunda venida o Parusía, su "volveré", después de que nos haya preparado una morada en el cielo; y que después de su segunda venida se llevará con Él al cielo a los que de nuestra familia humana vivan en la tierra en aquel tiempo:

«En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros».
(Jn 14,2-3. Bibl CEE 2011)

Dios, por medio de san Pablo, ha reiterado la revelación de que Jesús, volverá; y que después de su segunda venida se llevará con Él al cielo a los humanos que vivan en la tierra cuando la resurrección de los muertos:

"Hermanos, no queremos que estéis en la ignorancia respecto de los muertos, para que no os entristezcáis como los demás, que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y que resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús. Os decimos eso como Palabra del Señor: Nosotros, los que vivamos, los que quedemos hasta la Venida del Señor no nos adelantaremos a los que murieron. El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor".
(I Tes 4,13-17. Bibl Jerusalén)

El propio Jesús, el Verbo hecho carne, insistió en no revelarnos nada de esos aspectos cronológicos, nada de esos tiempos.

El día de la Ascensión:

Le preguntaron: «Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?»
El les contestó: «A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad».
(Hch 1,6-9).

Ya en el discurso escatológico que traen los evangelios sinópticos:

«De aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino sólo el Padre. Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre... No se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo del hombre... Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor».
(Mt 24,36-42; Mc 13,32).

«Como sucedió en los días de Noé... Lo mismo, que sucedió en los días de Lot... Lo mismo sucederá el Día en que el Hijo del hombre se manifieste» (Lc 17,26;28;30).

Es nuestra imaginación la que pone el falso dato de que todo ocurre en un instante, una cosa tras otra, todo seguido en breves momentos. La Parusía, la resurrección de los muertos, el arrebato de los que aún vivan y en definitiva, el instantáneo fin del mundo y la desaparición de la vida humana sobre la tierra.

Hay que tener muy en cuenta que día en la Sagrada Escritura no significa un periodo de veinticuatro horas de reloj, sino que significa una época de duración variable, que puede ser de algunos siglos o milenios.

San Agustín enseña, como doctor de la Iglesia que es:

«La Iglesia universal del Dios verdadero confiesa y profesa que Cristo ha de venir del cielo a juzgar a los vivos y a los muertos, y a esto le llamamos nosotros último día del divino juicio, esto es el tiempo último. Pues, por cuantos días se extienda este juicio es incierto: pero las escrituras santas usualmente ponen el término día en lugar de tiempo, como no ignora el que haya leído, por más ligeramente que lo haya hecho, aquellas letras santas. Así pues cuando decimos día del juicio de Dios, añadimos último o novísimo, lo que indica que también ahora juzga y que desde el principio del tiempo juzgó».
(San Agustín: De Civitate Dei lib. XX, cap. 1, núm. 2).

Decía Canals:

"De este tiempo último del Juicio de Dios, de su Advenimiento y de su Reino, cuya duración desconocemos, hemos de sentir según la palabra de Dios que en uno y otro Testamento nos habla".

También san Buenaventura habla de la época final de la Iglesia como posterior a la eliminación del Anticristo por la Parusía de Jesús tras las otras épocas.

En el siguiente texto del Catecismo de 1992, la Iglesia Católica emplea la palabra "tiempo" con el significado de "época" cuando habla del "tiempo de la restauración universal" como la época de la restauración universal iniciada por la Parusía o segunda venida de Jesús, el Verbo hecho carne. E incluso cuando habla del "tiempo de la consolación":

674. «La venida del Mesías glorioso en un momento determinado de la historia (cf. Rm 11, 31), se vincula al reconocimiento del Mesías por "todo Israel"... San Pedro dice a los judíos de Jerusalén después de Pentecostés: "Arrepentíos, pues, y convertíos para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que del Señor venga el tiempo de la consolación y envíe al Cristo que os había sido destinado, a Jesús, a quien debe retener el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de que Dios habló por boca de sus profetas" (Hch 3, 19-21). Y san Pablo le hace eco... La entrada de "la plenitud de los judíos" (Rm 11, 12) en la salvación mesiánica..., hará al pueblo de Dios "llegar a la plenitud de Cristo" (Ef 4, 13)».

San Pablo no dice que en el momento de la segunda venida de Cristo morirán todos los habitantes del planeta. Al contrario, distingue dos tiempos y dos situaciones tras la Parusía de Jesucristo. Dice clara y explícitamente que primero resucitarán "los que murieron en Cristo". Y que será "después" cuando serán llevados al cielo los habitantes del planeta. Ese "después", no dice si ocurrirá tras unos instantes -como dicen muchos hoy en día, pero no san Pablo-, o si ocurrirá tras un tiempo más largo, como creían y esperaban la inmensa mayoría de los cristianos hasta el siglo IV, hasta la época de san Agustín y de san Jerónimo, porque así lo encontraban en los textos bíblicos y en la predicación transmitida desde los apóstoles. Después de la alarma sembrada por san Jerónimo, horrorizado porque esto le sonaba a judaizante, sólo una minoría de cristianos católicos lo ha seguido entendiendo así, aunque muchos eclesiásticos también lo han rechazado horrorizados a su vez, porque algunos protestantes decían que el Anticristo era el Papa y que la Gran Ramera de Babilonia era la Roma pontificia. Y así se ha venido sembrando la creencia infundada de que la segunda venida de Cristo trae consigo el fin aniquilador del mundo y de todos sus habitantes.

La duración del periodo, posterior a la Parusía y anterior a la resurrección de los muertos y al arrebato al cielo con Jesucristo de los vivientes que haya al final, puede ser de varios siglos o milenios, es decir, del mismo orden de magnitud que las otras épocas y sus subdivisiones. Por de pronto, desde la Ascensión la Parusía puede ocurrir en cualquier momento, y han transcurrido ya casi dos milenios. Ese es el orden de magnitud de las etapas de las que habla san Pablo y que reveló Jesús, el Verbo hecho carne, en la última cena.

No nos han sido revelados los aspectos cronológicos del cuándo de cada acontecimiento. Aunque si algún detalle sorprendentemente pormenorizado como el de que Jesús, el Verbo hecho carne, que visualizó su retorno al cielo como Ascensión hasta ser ocultado por una nube, volverá a la tierra visualizando su regreso de esa misma manera, es decir, entre nubes; y que los supervivientes últimos serán arrebatados "en nubes", dice san Pablo, junto con los resucitados, "al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor".

Siendo lo esencial, como enseña Benedicto XVI, que entonces y ahora "estaremos siempre con el Señor".

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La conflagración revelada por san Pedro

El Día del Señor llegará como un ladrón; en aquel día, los cielos, con ruido ensordecedor, se desharán; los elementos, abrasados, se disolverán, y la tierra y cuanto ella encierra se consumirá. Puesto que todas estas cosas han de disolverse así, ¿cómo conviene que seáis en vuestra santa conducta y en la piedad, esperando y acelerando la venida del Día de Dios, en el que los cielos, en llamas, se disolverán, y los elementos, abrasados, se fundirán?
Pero esperamos, según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia.
(II P 3,10-13 Bibl Jeru)

Ocurrirá esta gran conflagración con toda seguridad y certeza en el Día del Señor, que no significa en el instante de la venida de Jesucristo, Nuestro Señor. Aquí Día significa época, no sólo según lo que enseña san Agustín, según el texto copiado más arriba, sino que el mismo san Pedro, en este mismo lugar, emplea el vocablo día con el significado, no de un período de veinticuatro horas de reloj, sino con el significado de un tiempo, o de una época de duración larga que puede ser de varios siglos o milenios:

"Una cosa no podéis ignorar, queridos: que ante el Señor un día es como mil años y, mil años, como un día". (II P 3,8 Bibl Jeru).

Y lo dice san Pedro empleando una expresión revelada que era ya muy conocida, porque está en los Salmos: ante el Señor un día es como mil años y, mil años, como un día.

Porque mil años a tus ojos son como el ayer, que ya pasó, como una vigilia de la noche.
(Sal 90,4).

También respecto a esta gran conflagración revelada por san Pedro en su segunda epístola hay que descartar la interpretación imaginaria de que la Parusía de Jesús, el Verbo hecho carne, instantáneamente hace que se incendie el cosmos y que los elementos se derritan. La gran conflagración ocurrirá el Día del Señor, es decir, en la época que se inicia con la Parusía, la segunda venida gloriosa de Jesucristo, Nuestro Señor. Después de los siglos o milenios que dure esa época, que es la del reinado de Cristo en la tierra con eficacia plenamente consumada.

Los que dicen que la segunda venida de Jesús, el Verbo hecho carne, trae consigo el instantáneo final de la vida humana sobre la tierra se olvidan de que, en ese mismo texto de la segunda epístola de san Pedro, se nos recuerda

"que ante el Señor un día es como mil años y, mil años, como un día" (II P 3,8 Bibl Jeru).

De modo que no hay que interpretar las profecías de la Escritura según la propia imaginación, o la propia ocurrencia; así lo prescribe Dios en esta misma epístola de san Pedro:

"Ante todo, tened presente que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia; porque nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo, han hablado de parte de Dios".
(II P 1,20-21 Bibl Jeru)

Aquí se interpretan las profecías de la Escritura según lo que enseñan san Agustín y san Buenaventura como doctores de la Iglesia que son. Lo que enseña de parte de Dios el Catecismo de la Iglesia Católica. Y lo que enseña Dios en la propia Escritura por medio de san Pedro y san Pablo; de los Salmos; de los Hechos de los Apóstoles y del propio Evangelio del Señor Jesús, el Verbo hecho carne.

El malentendido sobre el fin del mundo
La Parusía no es el fin del mundo; el fin de la época no es el fin del mundo; no es el instantáneo final de la vida humana sobre la tierra; el final del sistema políticamente correcto no es el fin del mundo
«La Iglesia universal del Dios verdadero confiesa y profesa que Cristo ha de venir del cielo a juzgar a los vivos y a los muertos, y a esto le llamamos nosotros último día del divino juicio, esto es el tiempo último. Pues, por cuantos días se extienda este juicio es incierto: pero las escrituras santas usualmente ponen el término día en lugar de tiempo, como no ignora el que haya leído, por más ligeramente que lo haya hecho aquellas letras santas. Así pues cuando decimos día del juicio de Dios, añadimos último o novísimo, lo que indica que también ahora juzga y que desde el principio del tiempo juzgó» (San Agustín De Civitate Dei lib. XX, cap. 1, núm. 2).