El Papa Francisco y el beato Pablo VI y sus dos consejeros...El Papa Francisco cesa a Monseñor Livieres, miembro del Opus Dei, como obispo de Ciudad del Este ..CRISTIANDAD FUTURA...

El grave estado de salud del obispo Livieres en 2015

ADN ASUNCIÓN. 24 Junio 2015

 El obispo don Rogelio Livieres Plano, quien estuvo al frente de la Diócesis de Ciudad del Este por espacio de una década, se halla internado en el Hospital Austral, provincia de Buenos Aires, Argentina. Su estado reviste gravedad, según los profesionales que lo atienden, y esta tarde será operado del hígado. El deterioro de su salud comenzó poco después de ser destituido por el Papa Francisco, en setiembre de 2014.

El pasado 23 de abril, hace dos meses, monseñor Rogelio Livieres Plano fue trasladado de urgencia a la capital argentina, específicamente al Hospital Austral, ubicado en Pilar, provincia de Buenos Aires, en donde quedó internado a raíz del delicado estado de salud en el que se encontraba.

El exobispo de Ciudad del Este padece de diabetes y una afección cardíaca, males de los que estaba siendo tratado periódicamente en el citado nosocomio. Sin embargo, unas semanas después de su retorno de Roma a fines de setiembre último, a donde fuera convocado a los efectos de que le comunicaran su remoción del cargo, Livieres comenzó a sufrir otros malestares, como pérdida de apetito, somnolencia, fatiga y problemas motrices, que luego se combinaron con la excesiva retención de líquidos, alojados principalmente en la cavidad torácica, lo cual precipitó su viaje.

Tras la realización de numerosos estudios, los médicos diagnosticaron una afección hepática severa, causada por la diabetes y las medicaciones que consumió a lo largo de los años, tanto para afrontar su cardiopatía, así como otras complicaciones que se remontan a cuando dos de sus hermanos fueran asesinados durante la dictadura en la Argentina.

Luego de un mes de internación, monseñor fue trasladado a una casa contigua al Austral, a los fines de evitar que contrajera algún virus hospitalario y para seguir un tratamiento ambulatorio. Durante todo el proceso le practicaron cinco punciones para extraerles los líquidos, que en promedio fueron de cinco litros por vez, entre tanto le iban ajustando las medicaciones de manera a estabilizarlo.

Su nueva internación obedece a que el tratamiento no dio el resultado esperado y las fallas hepáticas ahora son mayores. En enfermedades como esta lo que cabe es el trasplante, pero esto es impracticable en su estado actual, por lo que apelarán a la implantación de un stend en el hígado, que en términos estadísticos tiene el 50% de probabilidades de resultar exitoso.

Los hermanos de Livieres Plano ya se están trasladando a la capital Argentina, en donde estuvo acompañado todo este tiempo por primos, sobrinos y amigos del clero diocesano y de la prelatura del Opus Dei, a la cual pertenece desde hace 50 años.

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13 de julio de 2015 por Damián Fernández, director de posgrados de Comunicación de la Universidad Austral de Buenos Aires
http://rogeliolivieres.info/2015/07/la-visita-del-papa-francisco-al-pais-es-sacudon-espiritual/#more-503

Desde Buenos Aires, donde guarda reposo, con un cuadro de salud complejo, monseñor Livieres habla con dificultad y emoción de su vida en la Iglesia del Paraguay.

–¿Cómo vive estos días de enfermedad?

–Estos días de enfermedad, los vivo cerca de Dios. Cerca de Él y cerca de la gente que me ayuda tanto y está a mi alrededor: Sin ellos no sé qué haría.

–Desde este momento y situación, ¿cómo resumiría una vida intentando servir a la Iglesia Católica?

–Es una vida felicísima. Con solo intentar servir a Dios y a la iglesia ya el Señor bendice con la alegría y hace que uno esté contento, independientemente de las circunstancias.

–Como obispo, ¿cómo describiría al pueblo paraguayo?

–Muy piadoso, muy cercano a la Virgen, a los santos. Ahora, tiene que mejorar en algunos aspectos, por ejemplo el uso de los sacramentos. No el bautismo, que se bautizan mucho, pero sí los demás, que quizás no están lo suficientemente desarrollados.

–¿Qué destaca de sus diez años como obispo de Ciudad del Este?

–Muchos puntos. Pero quería sobre todo señalar el seminario, con más de cien alumnos, y la producción de sacerdotes: ordené 60 estos últimos tres años, que es cuando empezó el seminario a producir sacerdotes.

–¿Hay algo de lo que se arrepienta?

Muchísimas cosas. Todos los días pido perdón al Señor por las cosas que hice mal, antes de dormir. Las enumero, por lo menos las que me doy cuenta, y el Señor baja con su perdón y con su paz.

–¿Algo que merezca una ulterior aclaración?

–Quiero decir que en todo momento estuve yo unido al Papa y a la Iglesia, que ni de cerca ni de lejos estuve con una disposición cismática, sino que señalé algunos errores que se han contemplado posteriormente en la legislación. Por ejemplo en la expulsión de obispos, que antes era completamente voluntad del Papa, ahora también lo es por supuesto, pero se debe seguir una reglamentación que yo sugerí.

–En las declaraciones públicas, ¿la actitud de un pastor frente al error debe ser igual a su actitud con los que se equivocan?

–La misericordia siempre tiene que estar presente en los juicios, no solamente del obispo sino de las personas particulares, de todos. Así es que, en general, tuve un buen recibimiento, porque procuré vivir la caridad delicadamente, de forma que se encuentre la persona no juzgada sino ayudada.

–¿Cuáles son los principales desafíos que enfrenta la Iglesia en Paraguay?

–La evangelización más profunda. La gente realmente es piadosa pero superficial, en el sentido de que hay puntos centrales de la doctrina católica que no se viven o no se plantean o se plantean flojamente. Por ejemplo, todo el uso de los sacramentos, el uso de la palabra de Dios, que es mayor ahora pero hay mucho que hacer. Las dos cosas, fundamentalmente, que son los puntos en los que la Iglesia se erige: la salvación de las almas y la predicación de los sacerdotes.

–¿En qué medida puede ayudar el viaje del Santo Padre?

–En una gran medida porque es un sacudón espiritual y una ocasión para manifestar la unidad, el afecto y, en el caso de los laicos y demás personas de la Iglesia, la proximidad también de ellos. No es el Papa una figura lejana sino que es una figura cercana; antes se decía: “ni aunque venga el Papa”, como una cosa imposible, y ahora el Papa viene y se subsana esa situación.

–¿Cómo es su relación hoy con el papa Francisco, luego de que decidiera separarlo de su diócesis?

–Es una relación buena porque nos hemos comunicado mutuamente y siento el afecto del Papa y él siente el afecto mío hacia él. Así que creo que las cosas están en su camino. Lleva tiempo arreglarlo pero se va a arreglar con la ayuda de todos, la oración de todos: tantos rezan por mí, a Dios gracias, y lo siento. Así seguiremos avanzando en el camino de unidad y el afecto con todos. Por mi parte siempre hubo afecto a la figura del Papa independientemente de quien fuera, ahora lo conozco y sé quién es.

–¿Y con su sucesor al frente de la Iglesia de Ciudad del Este?

–Una relación magnífica. Él vino a casa a verme varias veces, cinco, y yo le escribo, le llamo: tenemos una fluida relación. Le he pedido yo algunas cosas que las cumplió inmediatamente, y hasta ahora no cambió nada de lo que yo hice, así que somos muy próximos. Es un hombre excelente, buenísimo. Como el que yo estaba buscando como sucesor mío, porque la salud no me da, pero Dios me ha enviado, a través del Papa, una persona desconocida para mí, que reúne todas las condiciones.

–¿Pueden contribuir de alguna manera los fieles para que el Sínodo de la familia sea fecundo?

–Yo he animado siempre a todos a rezar por el tema del Sínodo que hubiera. Así que los fieles laicos pueden contribuir con su oración, con su sacrificio personal, a la realización de este acontecimiento grande de la Iglesia del que esperamos muchos frutos.

–Pedir perdón y perdonar es a veces algo heroico. ¿Podría ofrecernos un testimonio personal sobre esta dimensión central del cristianismo?

–La verdad es que a mí no me cuesta perdonar. Tengo un carácter que revienta cada tanto, pero enseguida me llevo bien con las personas, no es que guarde rencor, en absoluto. Me parece que perdonar y ser perdonado es un trámite habitual en la vida de la Iglesia. Todos tenemos que hacer eso si queremos funcionar como buenos hijos de Dios.

–¿Qué expectativas tiene del año santo de la Misericordia definido por al Papa para 2016?

–Me parece que es muy apropiado y fantástico el tema que ofrece al mundo católico para el año que viene. Dios quiera que tenga tantos frutos como han tenido los demás años santos.

Damián Fernández, director de posgrados de Comunicación de la Universidad Austral de Buenos Aires.

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¿Por qué se va la gente de la Iglesia?

10 de febrero de 2015   

http://rogeliolivieres.info/

http://rogeliolivieres.info/2015/02/por-que-se-va-la-gente-de-la-iglesia/

Desde hace algunas décadas asistimos a una constante disminución del número de católicos en América Latina. Muchos de los que abandonan la Iglesia no lo hacen por dejar de creer en Dios, sino para sumarse a otros grupos religiosos, principalmente sectas pentecostales.

 En algunos países los datos son especialmente dramáticos: solo el 46% se declara católico en Guatemala y el 66% en Brasil. Recordemos que no hace muchas décadas (antes de que empezara a ocurrir esta migración) eran países con más del 90% de católicos.

¿Cómo puede explicarse este fracaso de la pastoral de la Iglesia en naciones de antigua condición católica? Naturalmente, nuestra respuesta entra en el terreno de la conjetura. Más que una causa, hay un conjunto de causas que explican este fenómeno. Pero ahora interesa señalar la más importante de ellas. Y esto, es claro, depende del que opina.

Personalmente, yo pienso que la gente busca en la religión, en su fe, seguridad espiritual y sentido claro de su existencia. Creencias sólidas que vienen de Dios y han sido experimentadas positivamente a lo largo de los siglos. En cambio, los católicos, desde hace decenios, generalmente encuentran en los obispos y sacerdotes relativizaciones, no certezas de fe: dudas e interpretaciones demasiado personales que diluyen la verdad revelada por Dios y la fe compartida por la comunión de la Iglesia a través de los siglos.

Una persona que vive en la fe católica busca, además de solidez, una armonización entre esta fe y la razón. Esta fe «explicada» y «razonable» se va volviendo monolítica por medio de la oración y los sacramentos, a partir de los cuales se ahonda la relación personal con Dios. En este diálogo constante con el Señor va creciendo en la firmeza de su fe que, a su vez, empieza a transmitir a los demás cuando los ve vacilantes, desconcertados o titubeantes.

El relativismo y la formación doctrinal pobre –aunque a veces sofisticada– ha diluido las certezas de la fe y la intensidad de la vida espiritual entre nosotros. La Iglesia necesita volver a la solidez doctrinal de otras épocas, si no quiere disgregarse o desangrarse en mil sectas, incluso aunque subsistan dentro de ella.

Verdad es que Jesús prometió asistir a la Iglesia hasta el final de los tiempos. Pero también nos previno que, en su regreso, la fe de muchos se habría apagado y la Iglesia se vería reducida a un pequeño rebaño, a un puñado que logró escapar a la disgregación espiritual y doctrinal. A nosotros nos corresponde, en cada tiempo, ser fieles a Cristo y así atraer al mundo entero a la luz de la fe.

Muchos han enfocado equivocadamente el diálogo Iglesia-mundo. No le hicimos ningún favor al mundo cuando acudimos a ese diálogo con las mismas perplejidades de ellos. Un diálogo así se transforma con frecuencia en un intercambio de dudas.

Donde realmente se realiza ese diálogo con el mundo es en nuestros propios corazones, cuando consideramos las cosas a la luz de la luminosidad de Cristo. Los cristianos somos el mismo mundo sacralizado, orientado a Dios y por eso pleno y feliz.

Por supuesto, no me refiero al mundo que san Juan designa como uno de nuestros tres  enemigos  (el mundo, el demonio y la carne), sino al “mundo” como todo lo creado y que todavía no ha sido redimido en el corazón del cristiano por obra de la gracia.

Hemos de vivir como hijos de Dios y acudir a nuestros hermanos, los demás hombres, con ese conocimiento del Padre y de su enviado, Jesucristo, por el que se nos hace participar de la vida eterna. El esplendor de la verdad y de la fe deben verse reflejados en nuestra conducta y explicados con razonabilidad en nuestra conversación con el resto de los hombres. Además, necesitamos cultivar un trato humano que se preocupe de todas las cosas con ánimo de sencilla convivencia y sin pretender «pontificar» a los demás desde nuestro primer encuentro. Ya llegará el momento y los modos en que podamos ir sugiriéndoles un encuentro amable con las verdades sistematizadas por el Catecismo de la Iglesia Católica o, más sencillamente, por el Compendio del Catecismo.

Cuando aportamos las verdades de Dios al diálogo con los hombres, la mayoría respeta nuestras convicciones y agradece nuestra paz interior. Así sucede que vamos dialogando con el mundo desde la verdad que poseemos no porque sea nuestra, sino porque es de nuestro Padre y, por lo tanto, de todos nosotros. La experiencia nos muestra que, cuando somos fieles a la verdad del Evangelio en toda su plenitud y certeza, los hombres comienzan a retornar a la Iglesia, de la que sólo se fueron porque no encontraron suficiente alimento para sus vidas. Cumplamos, pues, con lo que el Señor nos encomendó: “Id y predicad a todas las naciones”.

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Mensaje de Navidad de 2014 y Año Nuevo de Monseñor Rogelio Livieres

24 diciembre, 2014

Queridos amigos:

Les escribo estas líneas para desearles feliz Navidad y Año Nuevo. Que el Señor nos bendiga a todos. Son tiempos duros para la Iglesia, nuestra madre amadísima. Y esos tiempos pueden todavía empeorar en el futuro inmediato, por eso le pedimos al Divino Niño Jesús que acorte este tiempo de prueba. Recemos por la Iglesia

Con mi bendición y afecto

+ Rogelio Livieres
Obispo

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Por qué no voy a la ordenación del nuevo Obispo

20 de diciembre de 2014   

http://rogeliolivieres.info/

http://rogeliolivieres.info/2014/12/por qué-no-voy-a-la-ordenacion-del-nuevo-obispo/

Yo no asistiré a la ordenación episcopal del nuevo Obispo de Ciudad del Este. Aunque él personalmente no tiene nada que ver con mis problemas con la Conferencia Episcopal Paraguaya (CEP), no quiero estar con los obispos de la CEP como si aquí no hubiera ocurrido nada.

Había decidido guardar silencio sobre lo ocurrido con la penosa Visita Apostólica a la Diócesis de Ciudad del Este y a mi posterior destitución como Obispo de ella, al ser declarada por el Vaticano como “sede vacante”. Sin embargo, el Sr. Arzobispo de Asunción, Monseñor Edmundo Valenzuela, ha vuelto sobre el tema en una entrevista brindada al diario ABC Color, en su edición del pasado 8 de diciembre, expresando sus deseos de que este domingo, día fijado para la ordenación del nuevo Obispo de Ciudad del Este, los Obispos del Paraguay me abracen y yo a ellos, como símbolo de comunión. También realiza una serie de consideraciones que reclaman mis agradecimientos, por un lado, así como algunas precisiones y reflexiones, por el otro.

En primer término, me reconforta que el Arzobispo haya dejado absolutamente en claro que el problema suscitado, que tuvo amplia divulgación en los medios de prensa, se debió a un problema de «crisis por comunión interna», es decir, de relaciones entre mi persona y los otros Obispos del Paraguay. En efecto, no hubo otro fundamento, sea éste de orden financiero, sexual o doctrinal, como falsamente algunos sospechaban, sino exclusivamente a la «falta de comunión».

Agradezco también a Mons. Valenzuela que haya reconocido lo que tantas veces había afirmado: los problemas de «comunión» comenzaron antes incluso de que yo ponga un pie en la Diócesis de Ciudad del Este, con el solo hecho de mi nombramiento como Obispo por parte de san Juan Pablo II. Claramente, esto indica que no se trataba de un mal relacionamiento de carácter personal –comenzaron antes de que me conocieran.

¿Cuál es, entonces, la causa de los conflictos que comenzaron hace más de 10 años? En ese momento, los Obispos querían para Ciudad del Este un Pastor que compartiera con ellos su misma visión y modelo de Iglesia. Como pensaron que yo no «encajaba» en su paradigma, protestaron a la Santa Sede, pidiendo que revocara mi nombramiento. Pero Roma se mantuvo firme y me «impuso» contra el parecer de la Conferencia Episcopal.

De hecho, y a pedido del Papa Benedicto, yo desarrollé un modelo pastoral distinto, cuyo eje principal fue la creación de un nuevo Seminario diocesano. Y abundancia de sacramentos. He ahí la raíz de las desavenencias.

Hoy muchos, incluso entre los mismos Obispos, reconocen el dinamismo y los buenos frutos que se han producido en Ciudad del Este. Frutos muy grandes que han cambiado el perfil espiritual de nuestra querida Diócesis. Sin embargo, aquí el juicio del árbol no se hace en base a los frutos, sino a la importancia que le dan a la uniformidad monolítica entre los Obispos, a la que erróneamente se define como «comunión». Las tradiciones y normas «de los hombres» de Iglesia son más importantes que las sorpresas de Dios y las normas de la fe y la doctrina.

El Sr. Arzobispo, en su entrevista, reconoció que el Obispo es la máxima autoridad pastoral en la diócesis que Dios mismo le encomendó. Sin embargo, aquí siguiendo la lógica de la unidad monolítica, destacó que dicha autoridad se debe ejercer siguiendo las orientaciones de la Conferencia Episcopal. A los Obispos en comunión con todo el colegio episcopal del mundo y al Papa los estableció Jesucristo, como fundamento de su Iglesia. Las Conferencias Episcopales, por su parte, son sólo creaciones humanas que se consolidaron recién a mediados del siglo pasado –con todas las ventajas y desventajas que las cosas humanas tienen. La comunión de los Obispos en el colegio episcopal, por lo tanto, no pasa por la conformidad con las recomendaciones que tenga a bien una Conferencia Episcopal sugerir a sus miembros. Pero, insisto, las tradiciones y normas humanas terminan imponiéndose con más fuerza que las leyes de Dios. Esto técnicamente se llama fariseísmo, ya Jesucristo había señalado este modo de ver las cosas problemático, pero típico, dentro de la religión. Las únicas autoridades que Dios ha constituido en su Iglesia, y sobre la que esta se edifica, son el Obispo de Roma, sucesor del Apóstol Pedro, y los Obispos en sus diócesis, sucesores de los otros Apóstoles. Las Conferencias Episcopales, de suyo, no tienen autoridad alguna sobre los Obispos. Sólo las delegadas por la autoridad de la Santa Sede que, de hecho, ha delegado muy poco a las mismas.

El Concilio Vaticano II reafirmó la autoridad divina de los Obispos frente una indebida centralización vaticana que se había venido imponiendo –como otra de tantas tradiciones humanas– especialmente después del Concilio Vaticano I y su proclamación de la infalibilidad del Papa y su suprema autoridad.

En otro frente, me entristeció ver que el Sr. Arzobispo manifestara que yo debía volver a un estado de comunión no sólo con la Conferencia Episcopal, sino también con el Papa Francisco. Siempre he estado en comunión con todos los Papas y siempre lo seguiré estando. Incluso cuando me tocó asentir a la decisión de mi destitución como Obispo. Y esto a pesar de que, personalmente y en el juicio de mi conciencia, considero esta decisión como injusta procesalmente, infundada en cuanto a la substancia de la causa, arbitraria y atentatoria contra la legítima autoridad que Dios ha dado a los Obispos como sucesores de los Apóstoles, y totalmente contraria a lo enseñado por el Concilio Vaticano II.

En breve, un abuso de autoridad, que en buen cristiano se llama un acto tiránico y dictatorial. Pero como no hay autoridad en la tierra superior a la del Papa, he acatado sin resistirme, precisamente, como expresión extrema de mi comunión con el sucesor de Pedro, a pesar de que me retirara el apoyo que los anteriores Papas me habían dado en esta misma causa.

Que el Papa tenga que rendir cuentas ante Dios por este acto que considero malo no tiene nada de raro ni de polémico. Como tantos Papas que han condenado o mandado a la hoguera equivocadamente. Es una simple verdad de fe: tendremos, todos, que dar cuentas de cada uno de nuestros actos a Dios. Especialmente los más poderosos, los que más autoridad han ejercido en nombre de Dios. No creo, por lo tanto, haber sido irrespetuoso, sino franco y al mismo tiempo un disciplinado hijo de la Iglesia. A pesar de lo injusto obrado, preferí someterme – sin renunciar – a los requerimientos pontificios para evitar mayores males a las obras que yo habría promovido, principalmente los seminarios. Pero igual le pedí disculpas si mis expresiones pudieran haberse considerado como una ofensa a su supremo oficio o persona sagrada.

En cuanto a la «revisión» de mi caso a la que Mons. Valenzuela se refiere, la única forma de cambiar algo mal fundado y mal decido es, sencillamente, volver atrás. Pero eso no es algo que a los hombres nos resulte fácil, incluso cuando nos hemos equivocado gravemente, como creo que ha sido en mi caso.

Yo colaboraré con el nuevo Obispo, si él lo desea, en la ayuda a las instituciones creadas por mí y también otras, si me pareciera conveniente. Hay que tener en cuenta que duramente mi servicio a la Diócesis, los bautismos se triplicaron; las bodas se duplicaron y ordené a 70 sacerdotes, cosa que no ha ocurrido en todo el Paraguay, juntas las Diócesis, aletargadas desde hace decenios. Así es que tengo qué dar.

Le deseo éxito al nuevo Obispo.

                                                 +Rogelio Livieres

                                           Ex Obispo de Ciudad del Este

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¿DIVERSIDAD O DISIDENCIA?

10 de noviembre de 2014

La Iglesia Católica es una. No hay varias Iglesias de Cristo. Pero si la miramos humanamente, nos encontramos con que hoy conviven dentro de ella modos muy contradictorios de pensar y vivir la fe. No me refiero a modos distintos de pensar y vivir una misma fe, lo cual es perfectamente legítimo. Más bien, vemos que se dan dentro de ella distintas clases de «fe». Insisto: humanamente hablando. Porque la fe católica es una: lo que siempre, lo que en todas partes, lo que todos los católicos han creído y han practicado, como ya decía san Vicente de Lérins. Que fue lo que enseñó Jesucristo y transmitió el Magisterio vivo de su única Iglesia.

Hay que reconocer, sin embargo, que en el interior de la Iglesia Católica conviven desde hace décadas modos de pensar incompatibles. Ya el Cardenal Ratzinger lo había señalado en su famoso libro Informe sobre la fe, aparecido en 1985. Los grupos disidentes, en vez de salir voluntariamente de la Iglesia o de que se los declare fuera de su fe y disciplina, permanecen dentro de ella, pese a negar hasta sus principios más fundamentales. Alguien tan ajeno a disputas teológicas como Jean-Marie Guénois, periodista muy simpatizante de todo tipo de cambios dentro de la Iglesia, ha reconocido en un reciente artículo aparecido en Le Figaro, Francia, que «hay en la Iglesia cismas de hecho entre muchos sacerdotes y fieles que no aceptan ya la fe católica sobre la Virgen María, la Eucaristía, por ejemplo; y que se llaman católicos cuando son, más que cristianos, auténticos protestantes… El Sínodo abre una crisis en la Iglesia en el sentido antiguo de la palabra, esto es, el de imponer una elección o decisión… El shock del Sínodo puede ser que abra los ojos de algunos».

Esto que señala Guénois es evidente. ¿Acaso no parece hoy que la Iglesia es un conglomerado de creencias contradictorias, que un cura dice una cosa y otro otra, como sucede, por ejemplo, en la Comunión Anglicana? Conviven entre nosotros, junto a la fe católica, cismas y herejías a lo largo y ancho del planeta. Quienes los promueven han advertido que es mucho más eficiente y lucrativo quedarse dentro de la Iglesia, no apartarse de ella. Trabajar desde su interior. Asumen incluso puestos importantes en su gobierno y pretenden hablar en su nombre, representarla.

En las últimas décadas, la jerarquía de la Iglesia supo ir encontrando modos de sortear divisiones institucionales frente a esta heterodoxia difusa expandida en muchos países, ambientes y clases sociales. Lo logró, algunas veces, mediante la búsqueda de consensos a través de fórmulas doctrinales más o menos aceptables para todos, aunque diluyendo de esta manera verdades que parecían «difíciles». Lo cierto es que incluso en esos casos en los que se hicieron valientes contribuciones y precisiones doctrinales (pensemos en la maravilla de tantos documentos papales de estas décadas), con frecuencia faltó firmeza en la implementación, en la corrección disciplinar y en la práctica pastoral. Una mano borraba lo que había escrito la otra.

Por ejemplo, contra la corriente y bajo enormes presiones de los medios de comunicación, Pablo VI reafirmó con heroísmo la moral católica en su encíclica Humanæ Vitæ. No obstante ello, a quienes se opusieron a su enseñanza públicamente se les permitió seguir actuando y predicando «como si nada». ¡Y cuántos sacerdotes y hasta Obispos, aunque no lo criticaran públicamente, sencillamente ignoraron el Magisterio del Papa en el confesionario y permitieron, o incluso recomendaron, el uso de métodos artificiales de contracepción, así como otros graves desórdenes morales!

Tras más de medio siglo de este estilo de gobierno «suave», en el que no faltó la convivencia con el error doctrinal y la desobediencia pastoral y disciplinar, hoy podemos ver con mucha más claridad que entonces que ese no fue el buen camino que las circunstancias exigían, sino que, por el contrario, ha sido la causa de muchos desencaminamientos que en la actualidad, lamentablemente, han alcanzado alturas y dimensiones insospechadas. Llevamos décadas de mala formación en muchos seminarios y facultades teológicas. Educados en este ambiente, algunos Obispos y Cardenales durante el reciente Sínodo sobre la Familia han dejado al descubierto en sus opiniones muchas de estas confusiones en temas tan fundamentales como la familia, la inmoralidad intrínseca de los actos homosexuales y el adulterio.

«El Sínodo abre una crisis en la Iglesia en el sentido antiguo de la palabra, esto es, el de imponer una elección o decisión… ». Estoy plenamente de acuerdo con esta reflexión del Sr. Guénois. Todos debemos elegir y decidir. Ninguno de nosotros puede «dejar pasar la pelota». Tenemos que asumir nuestros compromisos de fe bautismales. Seamos Obispos, sacerdotes, religiosos o laicos. Viejos o jóvenes. Formados académicamente o con una fe sencilla. Debemos, como Jesucristo y los Apóstoles, predicar la fe «a tiempo y a destiempo». Y defenderla de los errores y desviaciones, sean a nivel doctrinal o pastoral. Nos jugamos en esto no sólo nuestra salvación, sino la de muchísimos hombres y mujeres que dependen de nuestra modesta acción como «siervos inútiles», aunque fieles.

Con Pedro y bajo Pedro, ha llegado la hora de que despunten y se hagan presentes santas religiosas que, como nuevas santas Catalinas de Siena, apuntalen a la jerarquía de la Iglesia en el cumplimiento de sus deberes. Y de Obispos dispuestos a jugárselo todo en la defensa de la fe como modernos santos Atanasios. Y de Cardenales que imiten a san Pablo y no teman denunciar las desviaciones, los hechos y los gestos que siembran confusión. Y de laicos que, como nuevos santos Tomás Moros, estén dispuestos a los más altos sacrificios insistiendo en la indisolubilidad del matrimonio, no sólo a nivel doctrinal, sino incluso en los casos pastorales más difíciles y políticamente costosos. Y hasta también de niños que, como otros santos Tarcisios, estén dispuestos a inmolarse para mantener el respeto a la santa Comunión, a la que sólo podemos acceder cuando no vivimos en pecado.

Con Pedro y bajo Pedro, todos debemos renovar nuestros compromisos bautismales y defender la integridad (sin caer en fundamentalismos) de la fe católica. Santo Tomás de Aquino nos recuerda que, cuando se trata de fallas en lo que a fe y moral se refiere, la corrección fraterna debe hacerse públicamente, para que no se difundan errores que comprometan la salvación de gente desprevenida.

Tanto el Catecismo de la Iglesia Católica como su maravilloso Compendio, que lo resume y precisa, son verdaderas joyas que pueden servirnos a todos como «mapas de la fe» –para que podamos saber dónde debemos estar parados, y por qué caminos debemos avanzar. Es bueno que los apreciemos, estudiemos y los conozcamos profundamente. Debemos defender lo que ellos nos enseñan y corregir los errores que puedan tergiversar esas verdades. No sólo en el campo de lo doctrinario. También en lo pastoral. Porque o vivimos como pensamos, o terminaremos pensando como vivimos.

Al Papa Francisco le toca hoy esa misma hora heroica que afrontó Pablo VI cuando a contracorriente publicó su Humanæ Vitæ. Él es el custodio y el guardián supremo de la doctrina y la práctica de la fe. Como a todos los Papas, le toca ser el administrador fiel que debe confirmar en la fe a sus hermanos. Unámonos a él y recemos encarecidamente por él, para acompañarlo con nuestro amor filial en esta dura prueba ante tantas presiones y confusión.

Estemos tranquilos. Un Papa no podría enseñar formalmente el error. Lo que sí puede ocurrir, y ha ocurrido algunas veces a lo largo de la historia de la Iglesia, es que por medio de silencios y omisiones, de nombramientos y promociones, de actos y de gestos, la autoridad contribuya a que se expanda la confusión y se desanimen los creyentes que están «peleándola» en las trincheras misionales de las periferias humanas. Le ocurrió al mismo san Pedro, el primer Papa, en Galacia. Después de afirmar en el Concilio de Jerusalén la verdadera doctrina, sembró sin embargo la confusión en Galacia por respetos humanos. Pero el Señor no lo abandonó: tuvo la gracia de contar con el apoyo y la corrección fraterna que le hizo san Pablo.

Amémonos los unos a los otros en la verdad. Esa verdad que, según la promesa de Cristo, es la única que nos hará auténticamente libres a todos.

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ESPERANZA FRENTE AL PELIGRO DE CISMA

9 de octubre de 2014   

En la Misa de Apertura del Sínodo Extraordinario sobre la Familia el Papa Francisco llamó a los Obispos a colaborar con el plan de Dios y formar así un pueblo santo. Ofrezco estas reflexiones con el deseo de servir al Papa de la mejor manera que puedo.

La Iglesia, fundada sobre la roca de Pedro, espera del Sínodo la promoción de la familia cristiana. Pero lo que la Biblia llama «el mundo» tiene una expectativa muy distinta: los medios de prensa vociferan cada día para que la Iglesia «se ponga al día». Un eufemismo para exigir que bendiga, y no condene, los desvíos morales cada día más frecuentes –entre otras razones, por la promoción sistemática desde la prensa y la industria del entretenimiento.

La Iglesia sin embargo no fue establecida para sancionar lo que el mundo pretende, sino para enseñarnos lo que Dios quiere de nosotros y acompañarnos en el camino de la santidad. Porque es en la voluntad de Dios, que todo lo sabe y no puede engañarse ni engañarnos, donde nosotros encontramos la verdadera paz y felicidad. Ni la doctrina de la fe ni la práctica pastoral –consecuencia de esa doctrina– son el resultado de consensos de curas, aunque sean cardenales u obispos.

Ya desde los primeros tiempos del cristianismo los Apóstoles y sus sucesores fueron presionados por poderosas élites religiosas y políticas para que tergiversaran la verdad y la misión evangélica que habían recibido de Cristo. Pero en vez de inclinarse ante otros dioses nos dejaron un testimonio de fidelidad incondicional a la verdad derramando su sangre. Porque «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hechos 5:29). Estos días me consuela pensar en el ejemplo de san Atanasio. Fue expulsado de su Diócesis no una sino cinco veces, debido a las maquinaciones de sus hermanos obispos arrianos con los que no estaba «en comunión», precisamente porque quería promover «la fe católica y apostólica», como dice la Plegaria Eucarística I, o Canon Romano.

Bendecir y aceptar «lo que todo el mundo quiere» no es ni misericordia ni amor pastoral. Más bien, es pereza y comodidad, porque estaríamos renunciando a evangelizar y educar. Y respetos humanos, porque nos importaría más el qué dirán que increpar proféticamente en la obediencia a Dios. Ya san Benito resumía, en otra época también signada por mucha confusión, el principio de vida eterna de la obediencia: «mi palabra se dirige ahora a ti, quienquiera que seas, para que renuncies a tus propias voluntades y tomes las preclaras y fortísimas armas de la obediencia…», «…así volverás por el trabajo de la obediencia a Aquel de quien te habías alejado por la desidia de la desobediencia» (Regla, Prólogo).

Dentro de la Iglesia, y últimamente desde algunas de sus más altas esferas, «soplan vientos nuevos» que no son del Espíritu Santo. El mismísimo cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, entre otros, ha criticado la pretensión utópica de hacer cambios de fondo en la práctica pastoral sin por ello afectar la doctrina católica sobre la familia. Sin juzgar sus intenciones, que presumo las mejores, y con la tristeza de tener que mencionarlos por nombre, ya que son de público conocimiento, el cardenal Kasper y la revista jesuita Civiltà Cattolica son activos propulsores que lideran esta confusión. Lo que antes estaba prohibido como una grave desobediencia contra la ley de Dios ahora podría quedar bendecido en nombre de su misericordia. Justifican lo injustificable por medio de sutiles interpretaciones de textos y hechos históricos. Pero los que realmente conocen de estas materias han reducido a polvo estos sofismas. No olvidemos lo que nos aseguró el Señor: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mateo 24:35).

Aprovechemos la extraordinaria oportunidad que nos ofrece el Sínodo para reafirmar de modo positivo lo que la Iglesia siempre y en todas partes ha creído sobre la familia y ha puesto en práctica en su disciplina. Esto nos exige, al mismo tiempo, defender la verdad frente a los que están dividiendo y confundiendo al Pueblo de Dios. La situación es gravísima y no soy yo el primero en advertir que desgraciadamente estamos frente al peligro de un gran cisma. Exactamente lo que el Señor y su Santísima Madre nos han prevenido en apariciones reconocidas y aprobadas por la autoridad de la Iglesia.

Frente a los que están queriendo «dibujar» consensos y manipular estadísticas, como si el Pueblo de Dios estuviera pidiendo lo que en realidad se le quiere gravar por la fuerza de una autoridad abusiva, recordemos que la Iglesia no vive ni se define a partir de las opiniones de los hombres y el cambio de los tiempos sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. La historia de cómo se terminó imponiendo a todo un pueblo católico el cisma de la Iglesia de Inglaterra, junto con el testimonio martirial de san Juan Fischer y santo Tomás Moro, son una lección que hoy vale mucho profundizar.

Roguemos por el Papa, por los Cardenales y los Obispos, para que todos estemos dispuestos incluso a derramar la sangre en la defensa y promoción de la familia contra las tormentas del engaño y la idolatría de la libertad sexual del hombre frente a Dios. No nos dejemos engañar ni apartar de la fe y de la práctica moral que Jesucristo nos enseñó. Sabemos que el mundo odió a nuestro Señor. El servidor no puede ser más que su amo. El mundo nos perseguirá, incluso invocando falsamente el nombre de Dios. Y a los eclesiásticos que hablen como el mundo quiere, los aplaudirá y los amará, «porque son de los suyos», no de Dios.

Monseñor Livieres, exobispo de Ciudad del Este (Paraguay), el 10 de noviembre de 2014:

"Al Papa Francisco le toca hoy esa misma hora heroica que afrontó Pablo VI cuando a contracorriente publicó su Humanæ Vitæ. Él es el custodio y el guardián supremo de la doctrina y la práctica de la fe. Como a todos los Papas, le toca ser el administrador fiel que debe confirmar en la fe a sus hermanos. Unámonos a él y recemos encarecidamente por él, para acompañarlo con nuestro amor filial en esta dura prueba ante tantas presiones y confusión.
Estemos tranquilos. Un Papa no podría enseñar formalmente el error. Lo que sí puede ocurrir, y ha ocurrido algunas veces a lo largo de la historia de la Iglesia, es que por medio de silencios y omisiones, de nombramientos y promociones, de actos y de gestos, la autoridad contribuya a que se expanda la confusión y se desanimen los creyentes que están «peleándola» en las trincheras misionales de las periferias humanas.
Le ocurrió al mismo san Pedro, el primer Papa. Después de afirmar en el Concilio de Jerusalén la verdadera doctrina, sembró sin embargo la confusión en Galacia por respetos humanos. Pero el Señor no lo abandonó: tuvo la gracia de contar con el apoyo y la corrección fraterna que le hizo san Pablo". (
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