Explicaciones y desarrollos

POR QUÉ EL LIBERALISMO SÍ ES EL PROBLEMA
Una defensa católica de la libertad contra Thomas E. Woods Jr.

19 de abril de 2008

La tradición católica exige un Estado mucho más justo y libre que el Estado del liberalismo clásico. Y para eso, para que el Estado sea justo y en él haya libertad, la tradición católica exige un Estado unido a la Iglesia.

La tradición católica exige un Estado separado del liberalismo que quiere la separación de la Iglesia y el Estado.

Los liberales han sido atrapados y seducidos por el poder del Estado moderno separado de la Iglesia.

La civitas clásica medieval, el "Estado" con el que estaba familiarizado Santo Tomás era cualitativamente distinto del Estado moderno y del Estado liberal.

La civitas clásica medieval, el "Estado" con el que estaba familiarizado Santo Tomás es un Estado unido a la Iglesia.

Ésa es otra importante contribución de las encíclicas de los papas contemporáneos del liberalismo incluyendo al beato Pío IX, que condenó taxativamente el liberalismo en el Sillabus y que fue beatificado por Juan Pablo II.

Está claro hace mucho tiempo, concretamente desde el XIX, que el Estado moderno y el liberal son algo totalmente distinto de la Cristiandad y que no pueden tratarse analíticamente como una mera extensión del orden político que lo precedió y que lo reemplazará sin duda en el futuro, el orden político cristiano.

La Centesimus Annus no es la primera encíclica importante que trata al Estado como lo que es y lo que debe ser.

El Estado para ser humano debe ser cristiano católico. Como lo será en la Cristiandad futura.

La misma idea de soberanía liberal, según la cual el Estado soberano no debe reconocer la autoridad de Cristo como Dios y de su Iglesia y del Papa en la moral que debe regir las leyes y los actos de gobierno, ni siquiera habría sido reconocida por los medievales cuyo orden político pretenden los liberales que concuerda con el suyo.

La descentralización del poder que caracterizaba a la Inglaterra medieval y a toda Europa occidental era la de la Cristiandad, era la del Estado católico, donde imperaba "aquella síntesis de la religión y de la vida" que regirá en el futuro, tras la ruina del Estado separado de la Iglesia. La Cristiandad futura.

La "Bancarrota del liberalismo" de la que hablaba el Padre Henri Ramière es la anulación de las libertades en el estado liberal separado de la Iglesia. El totalitarismo en el que desemboca la democracia liberal, la separada de la Iglesia, a diferencia de la democracia tradicional, la unida a la moral y a la autoridad de la Iglesia en lo moral, a la que suplanta y desvirtúa. Toda la legislación de los parlamentos de todos los reinos medievales de la Cristiandad es más escasa e intervencionista que la de un sólo estado liberal.

La Cristiandad era muy social en su actividad y muy flexible en su organización. Los liberales tuvieron grandes dificultades para imponer el centralismo, pero consiguieron suprimir los gremios, los fueros, las autonomías y libertades. El liberalismo es la subversión del orden cristiano, según el cual la política y los políticos también están obligados a actuar según las normas morales objetivas insertas en la naturaleza humana, porque consisten en obrar conforme a su naturaleza racional de personas, que no se la han dado a sí mismos, ni ellos al pueblo, sino que vienen de Dios, que ha puesto a la Iglesia para enseñarlas con autoridad infalible, que hay que acatar para que la política sea humana y no un veneno para el pueblo, como ha sido por la separación de la Iglesia y el Estado que impone el liberalismo con mucha sangre. Dar la ley sólo corresponde a Dios, y enseñarla a la Iglesia, no a los liberales, que encima pretenden que lo que ellos dicen coincide con las doctrinas católicas.

Hoy en día los liberales definen su moral al margen de la Iglesia y pretenden que esto es lo católico. No es tampoco racional, ni humano. Sólo la feliz inconsecuencia que veía el papa León XIII en los liberales hacía que no se llegase aún a lo más inhumano. Cien años después se ha ido llegando.

El imperio de la ley sin Dios, ni su Iglesia es la bancarrota del liberalismo. El liberalismo lleva a la pérdida de la libertad y el socialismo más todavía. La democracia liberal no es democracia y menos todavía lo es la versión socialista de la democracia liberal.

La economía sin la moral lleva a la complicidad del capitalismo con la dictadura sanguinaria de los comunistas que someten a China continental y explotan a su propio pueblo, y a la complicidad con la deslocalización que lleva a la miseria del subempleo y del paro a las poblaciones de occidente.

Las propuestas de los católicos tradicionales son aumentar la obediencia del Estado a la moral tal como la enseña la Iglesia con la autoridad divina de Jesucristo que todos los pueblos acatarán voluntariamente en el futuro, como enseña y proclama el Concilio Vaticano II (Nostra Aetate, 4).

Las explicaciones están en las encíclicas de los papas contemporáneos, en el Catecismo de la Iglesia Católica y en los documentos del Concilio Vaticano II (y de los anteriores).

El Concilio Vaticano II proclamó con seguridad: "La Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le servirán hombro con hombro" (Nostra aetate, 4).
Lo que es proclamar con toda seguridad la confesionalidad de todos los pueblos y que obrarán en consecuencia en el futuro. En la Cristiandad futura.

La historia va hacia la humanidad unida en Cristo
Progreso es todo lo que nos acerca a Cristo y así nos acerca a la humanidad unida, al verdadero humanismo
BENEDICTO XVI, AUDIENCIA GENERAL. Miércoles, 4 de enero de 2006:
"La historia tiene una meta, una dirección. La historia va hacia la humanidad unida en Cristo, va hacia el hombre perfecto, hacia el humanismo perfecto...  Sí, hay progreso en la historia, ...hay una evolución de la historia. Progreso es todo lo que nos acerca a Cristo y así nos acerca a la humanidad unida, al verdadero humanismo. Estas indicaciones implican también un imperativo para nosotros:  trabajar por el progreso, que queremos todos. Podemos hacerlo trabajando por el acercamiento de los hombres a Cristo; podemos hacerlo configurándonos personalmente con Cristo, yendo así en la línea del verdadero progreso".

La Iglesia aporta la esperanza cierta e imborrable de que con toda seguridad se llegará en el mundo a un modo de vida humano en plenitud de justicia y de paz como resultado de llegar a "conformar —en la verdad, en la justicia, en la libertad y en el amor— la historia humana con el orden divino"; se llegará a la paz que es "resultado de un orden diseñado y querido por el amor de Dios", como proclama Benedicto XVI en su mensaje para la jornada por la paz de 2006, precisando que "es un don celestial y una gracia divina".
El Concilio Vaticano II proclamó con seguridad: "La Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le servirán hombro con hombro" (Nostra aetate, 4).
Lo que es proclamar con toda seguridad la confesionalidad de todos los pueblos y que obrarán en consecuencia en el futuro.

Esta confesionalidad de todos los pueblos y de su organización política autonómica, nacional y mundial excluye taxativamente cualquier tipo de confusión entre la esfera religiosa y la esfera política.

Esta confesionalidad excluye también taxativamente la intolerancia religiosa. Todo lo contrario: por ser una virtud la tolerancia, aunque es posible practicarla con las fuerzas humanas, que lo sea de hecho siempre y generalizadamente por todos los pueblos y sus autoridades sólo es posible con los medios que aporta la Iglesia, y la aceptación de estos medios, en particular la autoridad de la Iglesia en materias morales como infalible, es lo que define a los estados confesionales.

De lo que se trata es de "la coherencia entre fe y vida, entre evangelio y cultura, recordada por el Concilio Vaticano II".

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NOTA: Este texto es un comentario, réplica y desmentido al fragmento publicado en Libertad Digital el 18.04.2008 del libro de THOMAS E. WOODS JR. POR QUÉ EL ESTADO SÍ ES EL PROBLEMA, que la editorial Ciudadela decía que pondría a la venta la siguiente semana.