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La levadura de los fariseos

Jesús les recomendó: «Estad atentos, evitad la levadura de los fariseos y de Herodes» (Mc, 8,15).

Los fariseos eran los conocedores de la ley y aparentemente los que la cumplían o se exhibían como cumplidores y esto les hacía dar la pauta de las normas y ser los amos del Pueblo de Dios. El grandioso templo de la época era el construido por Herodes el Grande antecesor del Herodes de la época y heredero de lo que a sus propios ojos era la demostración de que eran los Herodes los que habían hecho más que nadie por la religión.

Pero la santidad es otra cosa. El dedo de Dios estaba en María, en José y en los discípulos de su hijo Jesús, Hijo de Dios.

Los fariseos eran en apariencia o exhibición los cumplidores de la ley judía, la que dio Moisés en nombre de Dios y que habían ido amplificando los propios fariseos con numerosos preceptos, que a veces la desvirtuaban.

Se esforzaban en cumplir la ley y lo conseguían en gran parte, frente al común del pueblo, "la gente de la tierra", que era visible que no cumplía muchos de los preceptos de esa ley, ni se consideraba con medios para ello, dado que vivía o sobrevivía a duras penas. Los fariseos les exigía a los de "la gente de la tierra" el cumplimiento de la ley, que tan visiblemente incumplían, y les hacían ver su superioridad como cumplidores visibles ellos de la ley. Los de "la gente de la tierra" tenían interiorizada su inferioridad, se consideraban inferiores a los fariseos, no por ello sentían amor por los fariseos, sino que los consideraban un reproche viviente a su propia conducta, se consideraban pecadores comparados con ellos, y se consideraban alejados o rechazados por el propio Dios al verse incapaces de cumplir la multitud de preceptos, y, en consecuencia, de entrar en el seno de Abraham y en definitiva en el Reino de Dios, en el cielo.

La verdad es que el cumplimiento de la ley moral no da ningún derecho al cielo. Es un mínimo para no ser desobedientes a la suprema majestad de Dios, del Altísimo. Eso, el máximo cumplimiento del total de la ley, que tampoco los fariseos conseguían del todo.

«Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: "Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que teníamos hacer"»
(Lc, 17,10).

Lo que ocurre si se consigue cumplir lo que Dios ha mandado es no transgredir el orden metafísico óntico y teológico más que cósmico en el que algo que no es Dios dicta la ley u obra como ser supremo. Y esto es algo que Dios no puede dejar pasar sin dejar de ser Dios. Y es imposible que Dios deje de ser Dios. También es imposible que no se restablezca el orden óntico, previo al teológico y moral, y se restablezca aniquilando la transgresión y volviendo a poner a Dios no en su trono supremo, que éste es imposible que lo pierda, sino en el lugar supremo de acatamiento total por todas sus criaturas.

«¿Le importa al Todopoderoso que seas honrado? ¿Qué le aprovecha tu recta conducta?»
(Job, 22,3).

«Si eres justo, ¿qué le das? ¿Qué recibe de tu mano?»
(Job, 35,7).

«Que siete veces cae el justo, pero se levanta, mientras los malos se hunden en la desgracia».
(Prov, 24,16).

Pero la santidad es otra cosa. Dios Espiritu Santo sopla donde quiere. Y a los que Dios les da su gracia, les da así la santidad y el conocimiento y el cumplimiento de su voluntad. El cumplimiento de la ley es consecuencia de la gracia.

En el evangelio se ven las deficiencias del comportamiento de los apóstoles antes de la venida sobre ellos del Espíritu Santo; y se ve lo desenfocado de su idea del Mesías y de su reinado. Los fariseos se escandalizan de esos defectos de comportamiento y los toman como motivo para no aceptar a Jesús como el Mesías, en virtud del mismo desenfoque del cual el de los apóstoles era un pálido reflejo de la idea farisaica dominante sobre el Mesías y su reinado.

Pero el dedo de Dios estaba ahí, en el grupo de los apóstoles. Aprender buen comportamiento y practicarlo se puede hacer después, y se pudieron pulir después y lo hicieron por obra de la gracia, por obra del Espíritu Santo.

Ya el sabio fariseo Gamaliel dio en la diana cuando, en aquel sanedrín que después de haber dado muerte a Jesús, quería ahora acabar con los apóstoles, se atrevió a acertar y a decir:

"Un fariseo llamado Gamaliel, doctor de la ley, con prestigio ante todo el pueblo, se levantó en el Sanedrín. Mandó que se hiciera salir un momento a aquellos hombres, y les dijo: «Israelitas, mirad bien lo que vais a hacer con estos hombres. Porque hace algún tiempo se levantó Teudas, que pretendía ser alguien y que reunió a su alrededor unos cuatrocientos hombres; fue muerto y todos los que le seguían se disgregaron y quedaron en nada. Después de éste, en los días del empadronamiento, se levantó Judas el Galileo, que arrastró al pueblo en pos de sí; también éste pereció y todos los que le habían seguido se dispersaron. Os digo, pues, ahora: desentendeos de estos hombres y dejadlos. Porque si esta idea o esta obra es de los hombres, se destruirá; pero si es de Dios, no conseguiréis destruirles. No sea que os encontréis luchando contra Dios.» Y aceptaron su parecer.
(Hechos, 5,34-39).

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De Jesús ya se habían escandalizado; por eso Él decía:

"Dichoso el que no se escandalice de Mí" (Mt 11,6)

Como Jesús dijo, a Él ya le había pasado lo que luego les pasó a sus discípulos.

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"Yo tengo razones para confiar incluso en la carne; si algún otro cree que puede confiar en la carne, ¡yo más! Circuncidado a los ocho días de nacer; del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín; hebreo, hijo de hebreos; respecto a la ley, fariseo; respecto a fervor, perseguidor de la Iglesia; respecto a la exactitud en observar la ley, intachable. Pero lo que para mí eran ganancias, las he juzgado una pérdida a causa de Cristo; y más aún, juzgo que todo es una pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor, por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura para ganar a Cristo y existir en El, sin poseer una justicia mía, la que viene del cumplimiento de la ley, sino la que viene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe..." (Filipenses 3,4-10).

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Los fariseos hacían consistir en su conocimiento de la Ley su aparente superioridad sobre el pueblo, sobre "la gente de la tierra" a la que despreciaban:

"esa gente que no conoce la ley son unos malditos" (Jn 7,19)

Pero el cumplimiento de la Ley por los fariseos era aparente y ficticio; en realidad no cumplían:

"En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo:
- «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen.
Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar.
Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame maestros.
Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos.
Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo.
No os dejéis llamar consejeros, porque uno solo es vuestro consejero, Cristo.
El primero entre vosotros será vuestro servidor.
El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Mateo 23, 1-12).

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En el Evangelio de san Lucas, viene un dato más explícito sobre lo que decía Jesús que es la levadura de los fariseos:

«Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Nada hay encubierto que no haya de ser descubierto ni oculto que no haya de saberse» (Lc 12,1-2).

También en el Evangelio de san Lucas (11, 37-54) se concreta el elenco de cargos que formula enérgicamente Jesús de parte de Dios contra los fariseos y los maestros de la ley, llamados también legistas o escribas:

"Un fariseo le rogó que fuera a comer con él; entrando, pues, se puso a la mesa. Pero el fariseo se quedó admirado viendo que había omitido las abluciones antes de comer.
Pero el Señor le dijo:
«¡Bien! Vosotros, los fariseos, purificáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis llenos de rapiña y maldad.

¡Insensatos! el que hizo el exterior, ¿no hizo también el interior?
Dad más bien en limosna de lo de dentro, y así todas las cosas serán puras para vosotros.

Pero, ¡ay de vosotros, los fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de toda hortaliza, y dejáis a un lado la justicia y el amor a Dios! Esto es lo que había que practicar aunque sin omitir aquello.

¡Ay de vosotros, los fariseos, que amáis el primer asiento en las sinagogas y que se os salude en las plazas!

¡Ay de vosotros, pues sois como los sepulcros que no se ven, sobre los que andan los hombres sin saberlo!».

Uno de los legistas le respondió: «¡Maestro, diciendo estas cosas, también nos injurias a nosotros!».
Pero Él dijo:
«¡Ay también de vosotros, los legistas, que imponéis a los hombres cargas intolerables, y vosotros no las tocáis ni con uno de vuestros dedos!

«¡Ay de vosotros, porque edificáis los sepulcros de los profetas que vuestros padres mataron!
Por tanto, sois testigos y estáis de acuerdo con las obras de vuestros padres; porque ellos los mataron y vosotros edificáis.
«Por eso dijo la Sabiduría de Dios: Les enviaré profetas y apóstoles, y a algunos los matarán y perseguirán, para que se pidan cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas derramada desde la creación del mundo,
desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, el que pereció entre el altar y el Santuario. Sí, os aseguro que se pedirán cuentas a esta generación.

«¡Ay de vosotros, los legistas, que os habéis llevado la llave de la ciencia! No entrasteis vosotros, y a los que están entrando se lo habéis impedido».

Y cuando salió de allí, comenzaron los escribas y fariseos a acosarle implacablemente y hacerle hablar de muchas cosas,
buscando, con insidias, cazar alguna palabra de su boca.