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La laicidad en la actual situación de hipótesis constatada por Benedicto XVI

Parece que Benedicto XVI se limita a la laicidad. Así cuando dice:

"La doctrina social católica no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado"
(Encíclica Deus Caritas est 28 a).

Pero esto es en una época como la contemporánea en la que impera la hipótesis de una sociedad en gran parte descristianizada y en la que imperan poderes anticristianos:

"La doctrina social de la Iglesia argumenta desde la razón y el derecho natural, es decir, a partir de lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano" (ib.).

Continuando lo afirmado por san Juan Pablo II:

"En las relaciones con los poderes públicos, la Iglesia no pide volver a formas de Estado confesional.
Al mismo tiempo, deplora todo tipo de laicismo ideológico o separación hostil entre las instituciones civiles y las confesiones religiosas.
Por su parte, en la lógica de una sana colaboración entre comunidad eclesial y sociedad política, la Iglesia católica está convencida de poder dar una contribución singular al proyecto de unificación europeo"
"La Iglesia católica, una y universal, aunque presente en la multiplicidad de las Iglesias particulares, puede ofrecer una contribución única a la edificación de una Europa abierta al mundo".
(San Juan Pablo II, ECCLESIA IN EUROPA).

Santo Tomás de Aquino dice que a los no cristianos hay que argumentarles con la luz de la razón, no con la Biblia.

"Algunos de ellos, como los mahometanos y paganos, no convienen con nosotros en admitir la autoridad de parte alguna de la Sagrada Escritura, por la que pudieran ser convencidos, así como contra los judíos podemos disputar por el Antiguo Testamento, y contra los herejes por el Nuevo. Estos otros no admiten ninguno de los dos. De donde, es necesario recurrir a la razón natural, que todos se ven obligados a aceptar. Aunque en las cosas divinas sea falible".
(Santo Tomás, Summa Contra Gentiles I, 2)

Benedicto XVI dice que este plantamiento es para la situación en la que la población no es católica, o sea, en la que falta la condición básica para que sea posible la tesis católica:

La Iglesia "no quiere imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento" (Encíclica Deus Caritas est 28 a).

Se refiere a lo que ocurre aquí y ahora. Por eso dice:

La Iglesia "desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido y después puesto también en práctica" (ib. 28 a).

No se refiere aquí a la situación de tesis católica, no habla del Reino de Cristo, de la aceptación y el acatamiento voluntario por todos los pueblos del mundo de la autoridad infalible que le compete a la Iglesia y al Papa en materia de fe y de moral incluida su autoridad infalible sobre la normativa ética de la política.

Desde la fe, se fundamenta la esperanza segura del reino de Cristo en plenitud:

"No obstante las oscuridades, al final vencerá Él, como luminosamente muestra el Apocalipsis mediante sus imágenes sobrecogedoras" (ib. 39).

La situación de tesis católica se producirá y llegará con total certeza como enseña el Concilio Vaticano II:

"La Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le servirán hombro con hombro" (Nostra aetate, 4).

Lo que es proclamar con toda seguridad la confesionalidad de todos los pueblos y que obrarán en consecuencia en el futuro.

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Lo que dice el Concilio Vaticano II de la laicidad sólo lo acatará un estado confesional católico. "Con frecuencia se invoca el principio de laicidad, en sí legítimo si se concibe como distinción entre la comunidad política y las religiones" (Gaudium et spes, 36). En lo técnico de cada asunto, los técnicos son los competentes, incluidos los políticos. En lo moral, la autoridad infalible es la de la Iglesia. Las leyes y los políticos deben atenerse a la moral.

El problema es que no se concibe la laicidad "como distinción entre la comunidad política y las religiones" (Gaudium et spes, 36), sino que los eclesiásticos desconfesionalizadores de España en los años 60 y 70 conciben la laicidad como separación entre la comunidad política y la autoridad de la iglesia en lo moral, no como distinción, que es lo que enseña el Concilio Vaticano II.

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Tesis, hipótesis, esperanza

Caducidad de la sana laicidad

Será también cuando todos crean que Jesucristo es Dios y obren en consecuencia, también en la vida política, lo cual se producirá con toda seguridad tal como fue anunciado por el Concilio Vaticano II:

"La Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le servirán hombro con hombro" (Nostra aetate, 4).

Lo que es proclamar con toda seguridad la confesionalidad de todos los pueblos y que obrarán en consecuencia en el futuro.

Mientras tanto:

Reivindicar la sana laicidad es pedir que las propuestas y aportaciones de los católicos sean tenidas en cuenta. Frente al laicismo, que excluye toda presencia de lo católico en la vida pública. Ya sería mucho. Porque algo es más que nada. Pero, cuando se permite que se presenten las propuestas católicas y luego se imponen normas anticristianas y antihumanas como las que legalizan la muerte de niños en el vientre manterno, ¿acaso alguien puede pretender que nos sea lícito a los católicos acatar normas anticristianas y antihumanas? La respuesta establecida por Dios es el non possumus. Ni se obedecen, ni se cumplen. Como decía Canals, no se puede aceptar deportivamente el resultado.