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San Justino el Filósofo, Padre de la Iglesia, mártir (100-165)

Escribe Canals (El reino mesiánico, Cristiandad. Barcelona. 1969)

El tema secular de la polémica entre "los judíos", hijos del pueblo escogido que había recibido la promesa del Mesías y que no recibieron su advenimiento, y los cristianos, los que creemos que Jesús de Nazaret, hijo de María Virgen, es el Mesías prometido a Israel, el Hijo de Dios Salvador del mundo, ha sido el del cumplimiento de las profecías mesiánicas. Para el judío creyente en la Ley y en los Profetas, y que en nombre de ellos niega que Jesús sea el Rey Mesías, el argumento de su incredulidad fue siempre el de que por Jesús de Nazaret no han venido a Israel y las naciones los bienes profetizados como signo y fruto del advenimiento.
Leemos en el profeta Miqueas:

"Acontecerá en los últimos tiempos que el monte de la casa de Yahveh será constituido por cabeza de todos los montes; más alto que todo collado, los pueblos correrán a él; muchas naciones vendrán y dirán: venid, subamos al monte de Yahveh, a la casa del Dios de Jacob; nos enseñará sus caminos, andaremos por sus sendas, porque la Ley saldrá de Sión, la palabra de Yahveh saldrá de Jerusalén; y juzgará entre muchos pueblos, y corregirá a las naciones fuertes hasta muy lejos, y convertirán las gentes sus espadas en azadones, sus lanzas en hoces. Ninguna nación alzará la espada contra otra; ya no se ensayarán para la guerra; cada uno se sentará debajo de su vid y debajo de su higuera y no habrá quien amedrente porque la boca de Yahveh de los ejércitos así lo ha dicho. Bien que todos los pueblos anduvieren cada uno en el nombre de sus dioses, nosotros andaremos en el nombre de Yahveh, nuestro Dios para siempre y eternamente."

y en Isaías:

"Saldrá una vara del tronco de Jesé, un vástago retoñará de su raíz y sobre El reposará el espíritu de Yahveh, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo de fortaleza, espíritu de conocimiento y de temor de Yahveh, y hará entender diligente en el temor de Yahveh, no juzgará según la vista de sus ojos, ni argüirá por lo que oyeren sus oídos, sino que juzgará con justicia a los pobres y argüirá con equidad para los mansos sobre la tierra, y herirá la tierra con la vara de su boca, con el espíritu de sus labios matará al impío y será la justicia cinto de sus lomos y la fidelidad ceñidor de sus riñones; morará el lobo con el cordero y el tigre con el cabrito se acostará, el becerro y el león y la bestia doméstica dormirán juntos y un niño los podrá pastorear; la vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas, y el león comerá paja como el buey y el niño de teta se entretendrá sobre la cueva del aspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna del basilisco; no harán mal ni dañarán en todo mi santo monte, porque la tierra estará llena del conocimiento de Yahveh como el mar cubierto por las aguas; y acontecerá que la raíz de Jesé será puesta como enseña sobre las naciones y buscada por todas las gentes; acontecerá que Jahveh tornará a tomar otra vez su mano para reunir las reliquias de su pueblo de Asur, de Egipto, de Partia, de Etiopía y de Persia, de Caldea, de Jamat y de las Islas; juntará los desterrados de Israel y los reunirá los esparcidos de Judá de los cuatro cantones de la tierra."

A los judíos es prometida la reunión del Israel disperso, la liberación de Israel y del mundo entero de las guerras, de la opresión, de la tiranía, la justicia para los pobres y los mansos; todo el mundo, como está el mar lleno de agua, lleno de conocimiento de Yahveh; todas las naciones buscando en Jerusalén la Ley salvadora de Dios, la paz mesiánica, los bienes mesiánicos;las naciones viendo en Israel brillar la bendición de Yahweh, todos los ídolos de las gentes, hundidos, derribados por la manifestación del rey Mesías. Esto es lo que los profetas anunciaban.
También anunciaban un siervo sufriente, rechazado por su pueblo, también anunciaban que el pueblo rechazaría y sería reprobado, dejaría de ser pueblo; también anunciaban que el pueblo que Dios buscaba quedaría rechazado y que las naciones que no le buscaban serían ahora el pueblo de Dios. Pero también anunciaban esto que acabamos de leer. ¿Es muy extraño que el pueblo de Israel considerase que el advenimiento del Mesías tenía que ser la bendición para Israel? ¿Es muy extraño que pudiese preguntar a los cristianos si acaso Jesús de Nazaret había hecho desaparecer las guerras entre las naciones o había hecho desaparecer toda tiranía y opresión en el mundo?

* * *

Este es el tema de los judíos con los cristianos. En el siglo II, San Justino el Filósofo nos lo refiere en su diálogo. El judío Trifón le arguye a Justino que los cristianos han abandonado a Dios para adorar a un hombre, a Jesús; que han abandonado la Ley de Yahveh. Justino comienza por vindicarse de la acusación de que los cristianos no adoran al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, y dice:

"Reconocemos que no hay otro Dios que el que creó el universo, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacoh, nos consideramos linaje israelítico, hijos de Judá, de Jacob, de Isaac y de Abraham, a quien Dios cuando le llamó -dice el cristiano al judío- le prometió que sería padre de muchas naciones. Nosotros somos este linaje de Abraham."

Pero Trifón, el judío, le replica:

"Pero vamos a ver, dime, ¿reconocéis vosotros que Jerusalén será restaurada, que vuestro pueblo se congregará; esperáis triunfar juntamente con los Patriarcas y Profetas, los que fueron de nuestro linaje, los que se juntaron con nosotros antes de que viniese vuestro Cristo?"

Y le dice:

"¿no será que para aparentar que nos superáis en las controversias os refugiáis en la aceptación de todo esto?"

Estamos ante el problema central. El judío le dice al cristiano: ¿esperáis vosotros lo que los Profetas anunciaron, o no lo esperáis?
¿Esperan los cristianos lo que anunciaron los Profetas? ¿Esperan la restauración de Israel y la reunión de las naciones con él? ¿Esperan la paz mesiánica? El judío sospecha que para el cristiano son ésas vanas e ilusorias esperanzas del pueblo judío, que veía en el Mesías a quien había de restituir el reino a Israel. Cuando los creyentes en Cristo confiesan que también ellos esperan la conversión de Israel y el cumplimiento de los bienes mesiánicos por la consumación del Reino, sospecha el judío que habla así para no verse obligado a reconocer que vanamente cree en Jesucristo. En el lenguaje del apologista cristiano se patentizaría sólo la argucia hipócrita que disimula la no aceptación del mensaje de los Profetas de Israel.

San Justino replica airadamente:

"No soy tan miserable que diga una cosa sintiendo otra. Yo y otros muchos cristianos así pensamos, de modo que tenemos como absolutamente cierto que así será. Así pues, yo y los cristianos que en todo sienten rectamente sabemos y creemos esto: Creemos en la resurrección de la carne, en la restauración de Jerusalén, la que profetizaron Ezequiel e Isaías y todos los demás Profetas. Pero he reconocido también -añade- que por su parte muchos, incluso del linaje de los cristianos, no reconocen lo que afirma la sentencia pura y piadosa".

"En cuanto a los que se llaman a sí mismo cristianos, pero que son impíos y ateos herejes, te he ya mostrado que en todo sienten impíamente".

Las últimas palabras de San Justino aluden a quienes niegan, con la restauración de Israel y el reino mesiánico, también la resurrección de la carne, la realidad de Cristo encarnado -del Cristo histórico diríamos hoy- y blasfeman del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Son los gnósticos, que se oponían antitéticamente a los cristianos judaizantes, ebionitas y milenaristas: los que, aun aceptando la fe en Cristo, deformaban la esperanza del segundo advenimiento, reduciendo a Cristo a ser rey de un reino mundano y visible, unívoco con las potestades terrenas.
Para los gnósticos carecía de sentido la Encarnación, pues todo lo que hay sobre la tierra y en el mundo visible es constitutivamente malo, efecto de un principio inferior y "caído", es decir, del Dios de Israel. Cristo no venía sino a liberamos de la naturaleza y de la ley. Los milenaristas esperaban un Cristo y un reino mesiánico, cuyo sentido acertaríamos probablemente a expresar refiriéndonos a la empresa religioso-política de los primeros califas islámicos.

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Catequesis de Benedicto XVI:
San Justino el Filósofo fue “el pionero del encuentro positivo del cristianismo con el pensamiento filosófico”

San Justino, filósofo y mártir, es el más importante entre los Padres apologistas del siglo segundo. Nació entorno al año 100. Fundó una escuela en Roma, donde gratuitamente iniciaba a los alumnos en la nueva religión. Denunciado por este motivo, fue decapitado bajo el reinado de Marco Aurelio.
La palabra “apologista” designa a los antiguos escritores cristianos que se proponían defender el cristianismo naciente de las graves acusaciones de los paganos y de los judíos, y difundir la doctrina cristiana exponiendo los contenidos de la fe en un lenguaje comprensible.
En las obras que conservamos, las dos Apologías y el Diálogo con Trifón, ilustra ante todo el proyecto divino de la creación y de la salvación que se cumple en Jesucristo, el Logos, el Verbo de Dios, del que participa todo hombre, como criatura racional. Su primera Apología es una crítica implacable de la religión pagana y de los mitos de entonces.
(Benedicto XVI, Audiencia general, 21.03.2007, resumen de su catequesis hecho por el Santo Padre en español ).

San Justino

Queridos hermanos y hermanas: 

En estas catequesis estamos reflexionando sobre las grandes figuras de la Iglesia primitiva. Hoy hablamos de san Justino, filósofo y mártir, el más importante de los Padres apologistas del siglo II. Con la palabra "apologista" se designa a los antiguos escritores cristianos que se proponían defender la nueva religión de las graves acusaciones de los paganos y de los judíos, y difundir la doctrina cristiana de una manera adecuada a la cultura de su tiempo. Así, los apologistas buscan dos finalidades:  una, estrictamente apologética, o sea, defender el cristianismo naciente (apologhía, en griego, significa precisamente "defensa"); y otra, "misionera", o sea, proponer, exponer los contenidos de la fe con un lenguaje y con categorías de pensamiento comprensibles para los contemporáneos.

San Justino nació, alrededor del año 100, en la antigua Siquem, en Samaría, en Tierra Santa; durante mucho tiempo buscó la verdad, peregrinando por las diferentes escuelas de la tradición filosófica griega. Por último, como él mismo cuenta en los primeros capítulos de su Diálogo con Trifón, un misterioso personaje, un anciano con el que se encontró en la playa del mar, primero lo confundió, demostrándole la incapacidad del hombre para satisfacer únicamente con sus fuerzas la aspiración a lo divino. Después, le explicó que tenía que acudir a los antiguos profetas para encontrar el camino de Dios y la "verdadera filosofía". Al despedirse, el anciano lo exhortó a la oración, para que se le abrieran las puertas de la luz.

Este relato constituye el episodio crucial de la vida de san Justino:  al final de un largo camino filosófico de búsqueda de la verdad, llegó a la fe cristiana. Fundó una escuela en Roma, donde iniciaba gratuitamente a los alumnos en la nueva religión, que consideraba como la verdadera filosofía, pues en ella había encontrado la verdad y, por tanto, el arte de vivir de manera recta. Por este motivo fue denunciado y decapitado en torno al año 165, en el reinado de Marco Aurelio, el emperador filósofo a quien san Justino había dirigido una de sus Apologías.

Las dos Apologías y el Diálogo con el judío Trifón son las únicas obras que nos quedan de él. En ellas, san Justino quiere ilustrar ante todo el proyecto divino de la creación y de la salvación que se realiza en Jesucristo, el Logos, es decir, el Verbo eterno, la Razón eterna, la Razón creadora. Todo hombre, como criatura racional, participa del Logos, lleva en sí una "semilla" y puede vislumbrar la verdad. Así, el mismo Logos, que se reveló como figura profética a los judíos en la Ley antigua, también se manifestó parcialmente, como en "semillas de verdad", en la filosofía griega. Ahora, concluye san Justino, dado que el cristianismo es la manifestación histórica y personal del Logos en su totalidad, "todo lo bello que ha sido expresado por cualquier persona, nos pertenece a nosotros, los cristianos" (2 Apol. XIII, 4). De este modo, san Justino, aunque critica las contradicciones de la filosofía griega, orienta con decisión hacia el Logos cualquier verdad filosófica, motivando desde el punto de vista racional la singular "pretensión" de verdad y de universalidad de la religión cristiana.

Si el Antiguo Testamento tiende hacia Cristo del mismo modo que una figura se orienta hacia la realidad que significa, también la filosofía griega tiende a Cristo y al Evangelio, como la parte tiende a unirse con el todo. Y dice que estas dos realidades, el Antiguo Testamento y la filosofía griega, son los dos caminos que llevan a Cristo, al Logos. Por este motivo la filosofía griega no puede oponerse a la verdad evangélica, y los cristianos pueden recurrir a ella con confianza, como si se tratara de un bien propio. Por eso, mi venerado predecesor el Papa Juan Pablo II definió a san Justino "un pionero del encuentro positivo con el pensamiento filosófico, aunque bajo el signo de un cauto discernimiento":  pues san Justino, "conservando después de la conversión una gran estima por la filosofía griega, afirmaba con fuerza y claridad que en el cristianismo había encontrado "la única filosofía segura y provechosa" (Diálogo con Trifón VIII, 1)" (Fides et ratio, 38).

En conjunto, la figura y la obra de san Justino marcan la decidida opción de la Iglesia antigua por la filosofía, por la razón, más bien que por la religión de los paganos. De hecho, los primeros cristianos no quisieron aceptar nada de la religión pagana. La consideraban idolatría, hasta el punto de que por eso fueron acusados de "impiedad" y de "ateísmo". En particular, san Justino, especialmente en su primera Apología, hizo una crítica implacable de la religión pagana y de sus mitos, que consideraba como "desviaciones" diabólicas en el camino de la verdad.

Sin embargo, la filosofía constituyó el área privilegiada del encuentro entre paganismo, judaísmo y cristianismo, precisamente en el ámbito de la crítica a la religión pagana y a sus falsos mitos. "Nuestra filosofía":  así, de un modo muy explícito, llegó a definir la nueva religión otro apologista contemporáneo de san Justino, el obispo Melitón de Sardes (Historia Eclesiástica, IV, 26, 7).

De hecho, la religión pagana no seguía los caminos del Logos, sino que se empeñaba en seguir los del mito, a pesar de que este, según la filosofía griega, carecía de consistencia en la verdad. Por eso, el ocaso de la religión pagana resultaba inevitable:  era la consecuencia lógica del alejamiento de la religión de la verdad del ser, al reducirse a un conjunto artificial de ceremonias, convenciones y costumbres.

San Justino, y con él los demás apologistas, firmaron la clara toma de posición de la fe cristiana por el Dios de los filósofos contra  los  falsos  dioses de la religión pagana. Era la opción por la verdad del ser contra el mito de la costumbre. Algunas décadas  después  de san Justino, Tertuliano definió esa misma opción de los cristianos con una sentencia lapidaria que sigue siendo  siempre  válida:  "Dominus noster Christus veritatem se, non consuetudinem, cognominavit", "Cristo afirmó que era la verdad, no la costumbre" (De virgin. vel., I, 1).

A este respecto, conviene observar que el término consuetudo, que utiliza Tertuliano para referirse a la religión pagana, en los idiomas modernos se puede traducir con las expresiones "moda cultural", "moda del momento".

En una época como la nuestra, caracterizada por el relativismo en el debate sobre los valores y sobre la religión -así como en el diálogo interreligioso-, esta es una lección que no hay que olvidar. Con esta finalidad -y así concluyo- os vuelvo a citar las últimas palabras del misterioso anciano, con quien se encontró el filósofo Justino a la orilla del mar:  "Tú reza ante todo para que se te abran las puertas de la luz, pues nadie puede ver ni comprender, si Dios y su Cristo no le conceden comprender" (Diálogo con Trifón VII, 3).

© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana

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