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El verdadero Israel, heredero del Israel bíblico, es la Iglesia

El 15.05.1948, día en que el Estado de Israel proclamó su independencia, decía un artículo de L'Osservatore Romano: "El sionismo moderno no es el verdadero heredero del Israel bíblico"; y añadía que el cristianismo es "el verdadero Israel".

La Santa Sede reconoció al Estado de Israel en diciembre de 1993 y el intercambio de embajadores se produjo en junio de 1994. Antes que la Santa Sede, la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) había reconocido al Estado de Israel.

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Los cristianos somos los judíos espirituales

Ser judío no es una cuestión de genes, de raza. Ser judío es ser miembro del pueblo elegido. No elegido por sí mismo. El pueblo elegido por Dios para recibir de Él la revelación y la vida divina y transmitirla a los demás pueblos. Los que dejan de creer en Dios y de esperar a su Mesías y de recibirlo, tratan de afirmar su pertenencia al pueblo judío en su herencia genética. Convierten así al que llaman aún pueblo judío en el Mesías. Y así dicen que son judíos, pero son aquellos de los que dice la Biblia: "dicen que son judíos, pero no lo son, sino que mienten, son la Sinagoga de Satanás". Algunos de los cuales se convertirán en el período de la Iglesia de Filadelfia, que probablemente es el del pontificado de Benedicto XVI, al que le corresponde el lema "de Gloria Olivae" en la profecía de san Malaquías, o en el tiempo que se inicia en aquel pontificado.

"Te voy a entregar algunos de la Sinagoga de Satanás, de los que se proclaman judíos y no lo son, sino que mienten; yo haré que vayan a postrarse delante de tus pies, para que sepan que yo te he amado" (Ap 3, 9).

"Se llaman judíos sin serlo y son en realidad una sinagoga de Satanás" (Ap 2, 9).
29.08.2006

Los que para demostrar que son judíos rechazan a Jesucristo, los que convierten en su señal de identidad el negar que ya ha venido el Mesías esperado y que es Jesucristo, se convertirán como san Pablo. Asi lo pedimos a Jesucristo Dios y así los añoramos.
25.01.2009, fiesta de la conversión de san Pablo.

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«...no está en el exterior el ser judío, ni es circuncisión la externa, la de la carne.
»El verdadero judío lo es en el interior, y la verdadera circuncisión, la del corazón, según el espíritu y no según la letra. Ese es quien recibe de Dios la gloria y no de los hombres».
(Rom 2,28-29)

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«Los verdaderos circuncisos somos nosotros, los que damos culto según el Espíritu de Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús sin poner nuestra confianza en la carne».
(Fil 3,3)

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«Comprended de una vez que los que viven de la fe, ésos son los hijos de Abraham» (Gal 3,7).

«Si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán y herederos de la promesa» (Gal 3,29). [Lectura de la misa del 11.10.2014].

Todos sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán y herederos según la promesa (Gal 3,29). [Lectura de la misa del 8.10.2016].

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La promesa a Abraham es para las naciones cristianas de las que es padre y para los judíos de los que es padre si siguen su fe y creen en Jesús:

Abraham "...«recibió la señal de la circuncisión» como sello de la justicia de la fe que poseía siendo incircunciso. Así se convertía en padre de todos los creyentes incircuncisos, a fin de que la justicia les fuera igualmente imputada; y en padre también de los circuncisos que no se contentan con la circuncisión, sino que siguen además las huellas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham antes de la circuncisión.
En efecto, no por la ley, sino por la justicia de la fe fue hecha a Abraham y su posteridad la promesa de ser heredero del mundo.
...Depende de la fe, para ser favor gratuito, a fin de que la Promesa quede asegurada para toda la posteridad, no tan sólo para los de la ley, sino también para los de la fe de Abraham, padre de todos nosotros,
como dice la Escritura: «Te he constituido padre de muchas naciones»: padre nuestro delante de Aquel a quien creyó, de Dios que da la vida a los muertos y llama a las cosas que no son para que sean.
El cual, esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho «padre de muchas naciones» según le había sido dicho: «Así será tu posteridad».
..Ante la promesa divina, no cedió a la duda con incredulidad; más bien, fortalecido en su fe, dio gloria a Dios, con el pleno convencimiento de que poderoso es Dios para cumplir lo prometido.
Por eso «le fue reputado como justicia».
Y la Escritura no dice solamente por él que «le fue reputado», sino también por nosotros, a quienes ha de ser imputada la fe, a nosotros que creemos en Aquel que resucitó de entre los muertos a Jesús Señor nuestro, quien «fue entregado por nuestros pecados», y fue resucitado para nuestra justificación. (Rom 4,11-25).

 

 

Proclama María en el Magníficat en la visitación a su pariente Isabel:

Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abraham y de su linaje por los siglos» (Lc 1,54-55).

Como en el Salmo 98:

El Señor da a conocer su salvación, revela a las naciones su justicia. Se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios (Sal 98,2-3).

 

¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra.

Se acuerda de su alianza eternamente
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac.

Porque se acordaba de la palabra sagrada
qué había dado a su siervo Abrahán

Sacó a su pueblo con alegría, 
a sus escogidos con gritos de triunfo. (Sal 105).

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«Si de hecho se nos hubiera otorgado una ley capaz de vivificar, en ese caso la justicia vendría realmente de la ley.
»Pero, de hecho, la Escritura encerró todo bajo el pecado, a fin de que la Promesa fuera otorgada a los creyentes mediante la fe en Jesucristo.
»Y así, antes de que llegara la fe, estábamos encerrados bajo la vigilancia de la ley, en espera de la fe que debía manifestarse.
»De manera que la ley ha sido nuestro pedagogo hasta Cristo, para ser justificados por la fe.
»Mas, una vez llegada la fe, ya no estamos bajo el pedagogo.
»Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús.
»En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo:
»ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.
»Y si sois de Cristo, ya sois descendencia de Abraham, herederos según la Promesa».
(Gal 3,21-29)

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Antes no teníais un Mesías, erais extranjeros a la ciudadanía de Israel y ajenos a las instituciones portadoras de la promesa. En el mundo no teníais ni esperanza ni Dios. Ahora, en cambio, estáis en Cristo Jesús. Ahora, por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos.
Él es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, derribando con su carne el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la Ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear con los dos, en él, un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz: paz a vosotros, los de lejos; paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu.
Por lo tanto, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo
Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu.

(Efesios 2,12-22)

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se me dio a conocer por revelación el misterio... que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos... que también los gentiles son coherederos (Efesios, 3,2-12).

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Los cristianos creemos en el Mesías esperado por Israel

La identificación de la religión con la pertenencia a un pueblo es propia de la Edad Antigua en la que cada pueblo o tribu tiene dioses nacionales. Y los otros dioses son denominados dioses extranjeros. Los que más identifican la religión como nacional son los judíos, que son el Pueblo elegido por Dios mismo.

La Iglesia católica se llama así precisamente porque es para todos los pueblos, naciones, lenguas y razas, porque católica quiere decir universal. Todos se convierten en miembros del Pueblo de Dios, aunque como injertados, como acebuche injertado en el olivo que es Israel, es decir, se convierten en Pueblo de Dios, no por la sangre, sino por la fe y la gracia; y así, como dijo Juan XXIII, "los católicos somos los judíos espirituales".

El problema lo tienen los judíos que creen que por serlo según la etnia, lo deben ser también de religión, los que identifican la religión con la pureza de la raza. Lo tienen y lo introducen en los demás.

El problema lo tienen hoy los que para demostrar que son judíos rechazan a Jesucristo, los que convierten en su señal de identidad el negar que ya ha venido el Mesías esperado y es Cristo.

Según Américo Castro, "el más antiguo texto de una prueba de limpieza de sangre en España" es una certificación judía de un rabino de Barcelona de 1300 que garantiza que dos miembros de su comunidad hebrea son "de descendencia pura", pues no tienen "mezcla de sangre impura", ni en sus "antecesores paternos, ni maternos, ni en sus parientes colaterales", por lo que pueden "matrimoniar con las más honorables familias de Israel". (Antonio Domínguez Ortiz, Los judeoconversos. 1971. Pág. 80).

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Enseña Santo Tomás en III, q. 61, a. 3:

“Los sacramentos son necesarios para la salvación humana en cuanto que son signos sensibles de realidades invisibles por las que el hombre es santificado. Pero después del pecado nadie puede ser santificado más que por Cristo, a quien Dios ha propuesto como víctima de propiciación, mediante la fe en su sangre, para manifestación de su justicia, pues él es justo y justifica a todo el que cree en Cristo. Por eso, era necesario que antes de la venida de Cristo hubiera algunos signos sensibles mediante los cuales el hombre testimoniase su fe en el salvador futuro. Y a estos signos se les llama sacramentos. Y de este modo se prueba que antes de la venida de Cristo fue necesaria la institución de algunos sacramentos.”

Y en III, q. 62, a. 6:

“No puede decirse que los sacramentos de la antigua ley conferían la gracia por sí mismos, o sea, por su propia virtud, ya que, de ser así, no hubiese sido necesaria la pasión de Cristo, según lo que se dice en Gal 2,21: Si la justicia viene de la ley, Cristo murió en vano.

Pero es que ni siquiera se puede decir que recibiesen la virtud de conferir la gracia santificante de la pasión de Cristo. Como hemos visto (a.5), la virtud de la pasión de Cristo se nos comunica por la fe y los sacramentos. Sin embargo, de modo distinto en cada caso. Porque la unión por la fe se realiza por un acto del alma. Mientras que la unión por los sacramentos se realiza utilizando cosas externas. Es cierto que nada impide que una cosa posterior en el tiempo ejerza una moción antes de existir realmente, con tal que esté presente en el conocimiento: el fin, por ejemplo, aunque se consigue después, mueve ya al agente por su conocimiento y su deseo. Pero lo que todavía no existe en la realidad no puede mover utilizando cosas externas. Y, por eso, cronológicamente la causa eficiente no puede ser, como la causa final, posterior al efecto. Es claro, por tanto, que de la pasión de Cristo, la cual es causa de la justificación humana, se deriva convenientemente la virtud justificativa a los sacramentos de la nueva ley, pero no a los sacramentos de la ley antigua.

Sin embargo, también los antiguos padres eran justificados, como nosotros, por la fe en la pasión de Cristo, pues los sacramentos de la antigua ley eran profesiones de fe, en la medida en que esos sacramentos significaban la pasión de Cristo y sus efectos. Queda claro, por tanto, que los sacramentos de la antigua ley no contenían en sí mismos una virtud que confiriese la gracia justificante, sino que sólo significaban la fe por la que se justificaban.”

 

La viña del Señor y el olivo

«Después del gran Papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor» (Benedicto XVI, primeras palabras alser elegido Papa, 19.04.2005.

«Se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos» (Mt 21,43).

La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel; son los hombres de Judá su plantel preferido. Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos. (Is 5,7).

La viña del Señor es la casa de Israel... Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó. y que tú hiciste vigorosa. No nos alejaremos de ti: danos vida, para que invoquemos tu nombre. Señor, Dios de los ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve (Sal 79).

Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «... Se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos» (Mt 21, 33-43).

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El olivo de Dios en el que fuimos injertados los gentiles y serán reinjertados los judíos (Rom 9 y 11)

Rom 9

Pues desearía ser yo mismo anatema, separado de Cristo, por mis hermanos, los de mi raza según la carne, - los israelitas -, de los cuales es la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas, y los patriarcas; de los cuales también procede Cristo según la carne (Rom 9, 3-5)... No todos los descendientes de Israel son Israel (Rom 9,6)... No son hijos de Dios los hijos según la carne, sino que los hijos de la promesa se cuentan como descendencia (Rom 9,8).

Hemos sido llamados no sólo de entre los judíos sino también de entre los gentiles... (Rom 9,24)

Los gentiles, que no buscaban la justicia, han hallado la justicia -la justicia de la fe- mientras Israel, buscando una ley de justicia, no llegó a cumplir la ley. ¿Por qué? Porque la buscaba no en la fe sino en las obras (Rom 9,30-32).

Rom 11

Israel no consiguió lo que buscaba; mientras lo consiguieron los elegidos. Los demás se endurecieron (Rom 11,7)... ¿Es que han tropezado para quedar caídos? ¡De ningún modo! Sino que su caída ha traído la salvación a los gentiles, para llenarlos de celos. Y, si su caída ha sido una riqueza para el mundo, y su mengua, riqueza para los gentiles ¡qué no será su plenitud! (Rom 11,11-12)... Si su reprobación ha sido la reconciliación del mundo ¿qué será su readmisión sino una resurrección de entre los muertos? (Rom 11,15).

Si algunas ramas fueron desgajadas, mientras tú - olivo silvestre - fuiste injertado entre ellas, hecho participe con ellas de la raíz y de la savia del olivo, no te engrías contra las ramas. Y si te engríes, sábete que no eres tú quien sostiene la raíz, sino la raíz que te sostiene (Rom 17,18)... Por su incredulidad fueron desgajadas, mientras tú, por la fe te mantienes. ¡No te engrías!; más bien, teme. Que si Dios no perdonó a las ramas naturales, no sea que tampoco a ti te perdone... Considera la bondad y la severidad de Dios: severidad con los que cayeron, bondad contigo, si es que te mantienes en la bondad; que si no, también tú serás desgajado (Rom 11,20-22).

En cuanto a ellos, si no se obstinan en la incredulidad, serán injertados; que poderoso es Dios para injertarlos de nuevo. Porque si tú fuiste cortado del olivo silvestre que eras por naturaleza, para ser injertado contra tu natural en un olivo cultivado, ¡con cuánta más razón ellos, según su naturaleza, serán injertados en su propio olivo! Pues no quiero que ignoréis, hermanos, este misterio, «no sea que presumáis de sabios» [Pr 3,7]: el endurecimiento parcial que sobrevino a Israel durará hasta que entre la totalidad de los gentiles, y así, todo Israel será salvo, como dice la Escritura: «Vendrá de Sión el Libertador; alejará de Jacob las impiedades»[Is 59,2021]. «Y esta será mi Alianza con ellos, cuando haya borrado sus pecados» [Is 27,9]. En cuanto al Evangelio, son enemigos para vuestro bien; pero en cuanto a la elección amados en atención a sus padres. Que los dones y la vocación de Dios son irrevocables. En efecto, así como vosotros fuisteis en otro tiempo rebeldes contra Dios, mas al presente habéis conseguido misericordia a causa de su rebeldía, así también, ellos al presente se han rebelado con ocasión de la misericordia otorgada a vosotros, a fin de que también ellos consigan ahora misericordia. Pues Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia. ¡Oh abismo de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos! (Rom 11,23-32).

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"Te voy a entregar algunos de la Sinagoga de Satanás, de los que se proclaman judíos y no lo son, sino que mienten; yo haré que vayan a postrarse delante de tus pies, para que sepan que yo te he amado" (Ap 3, 9).

"Se llaman judíos sin serlo y son en realidad una sinagoga de Satanás" (Ap 2, 9).

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«...no está en el exterior el ser judío, ni es circuncisión la externa, la de la carne.
»El verdadero judío lo es en el interior, y la verdadera circuncisión, la del corazón, según el espíritu y no según la letra. Ese es quien recibe de Dios la gloria y no de los hombres».
(Rom 2,28-29).

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«Los verdaderos circuncisos somos nosotros, los que damos culto según el Espíritu de Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús sin poner nuestra confianza en la carne».
(Fil 3,3)

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«Si de hecho se nos hubiera otorgado una ley capaz de vivificar, en ese caso la justicia vendría realmente de la ley.
»Pero, de hecho, la Escritura encerró todo bajo el pecado, a fin de que la Promesa fuera otorgada a los creyentes mediante la fe en Jesucristo.
»Y así, antes de que llegara la fe, estábamos encerrados bajo la vigilancia de la ley, en espera de la fe que debía manifestarse.
»De manera que la ley ha sido nuestro pedagogo hasta Cristo, para ser justificados por la fe.
»Mas, una vez llegada la fe, ya no estamos bajo el pedagogo.
»Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús.
»En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo:
»ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.
»Y si sois de Cristo, ya sois descendencia de Abraham, herederos según la Promesa».
(Gal 3,21-29)

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Judíos y cristianos

La Inquisición

La expulsión de los judíos

Santo Dominguito del Val

La limpieza de sangre

La expulsión de los moriscos

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Proclama María en el Magníficat en la visitación a su pariente Isabel:

Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abraham y de su linaje por los siglos» (Lc 1,54-55).

Como en el Salmo 98:

El Señor da a conocer su salvación, revela a las naciones su justicia. Se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios (Sal 98,2-3).

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No son culpables todos los judíos de la muerte de Cristo. Eran judíos sus seguidores; y sus familiares; y lo es Él mismo. No son tampoco culpables más que los que quieran serlo.

Tampoco somos los cristianos culpables de las persecuciones y matanzas de las que fueron objeto los judíos por parte de cristianos, ni de la Inquisición.

No procede pedir perdón ahora de esos crímenes por parte de los judíos actuales, ni por parte de los cristianos actuales que no se hacen cómplices.

¿Y a quién se pide improcedentemente perdón? ¿A los que agreden con el victimismo? ¿A los que se erigen en acusadores? ¿Y si uno de los que piden perdón se hace acusador él, se convierte entonces en perdonavidas?

"Es la sombra de la cruz que se extiende sobre nuestro pueblo. ¡Oh si mi pueblo se ofreciera a la luz! Al menos, ahora. Se cumple la maldición que mi pueblo ha llamado sobre sí. Caín debe ser castigado, pero ay de aquel que ponga  la mano sobre Caín! ¡Ay de esta ciudad, de este país, de estos hombres, sobre los que pesará la justicia divina por todos los ultrajes que serán cometidos con los judíos" (Santa Edith Stein).

Los judíos no son responsables colectivamente de la muerte de Jesús, puesto que la Iglesia no los responsabiliza, ni a los de aquella época, ni mucho menos a las siguientes de épocas. Roma locuta, causa finita.

«Eres tú quien lo has crucificado, deleitándote en los vicios y en los pecados», decía en la Edad Media san Francisco de Asís a sus coterráneos cristianos.

Incluso la culpabilidad personal de cada uno de los de aquella época, en el grado que sea, que sólo Dios lo sabe, tuvo el atenuante y hasta el eximente, tal vez, de la ignorancia, como el mismo Jesús les aplica y, lo mismo san Pedro.

Jesús, el Mesías prometido a los judíos, los absolvió cuando lo estaban crucificando por nuestros pecados:

«Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen».
(Lc 23,34)

El primer Papa, san Pedro, siguiendo a su divino Maestro del que era Vicario, los absolvió:

«Israelitas,
...vosotros renegasteis del Santo y del Justo, y pedisteis que se os hiciera gracia de un asesino,
y matasteis al Jefe que lleva a la Vida. Pero Dios le resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.
...Ya sé yo, hermanos, que obrasteis por ignorancia, lo mismo que vuestros jefes».
(Hechos 3,12-17)

Les exhorta san Pedro a convertirse y a arrepentirse para que crean que Jesús es el Mesías prometido a los judíos, lo reciban como tal y Él vuelva en su segunda venida.

«Arrepentíos, pues, y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que del Señor venga el tiempo de la consolación y envíe al Cristo que os había sido destinado, a Jesús, a quien debe retener el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de que Dios habló por boca de sus santos profetas».
(Hechos 3,19-21)

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Los judíos no son responsables colectivamente de la muerte de Jesús (Catecismo de la Iglesia Católica de 1992, 597-598):

597 Teniendo en cuenta la complejidad histórica manifestada en las narraciones evangélicas sobre el proceso de Jesús y sea cual sea el pecado personal de los protagonistas del proceso (Judas, el Sanedrín, Pilato), lo cual solo Dios conoce, no se puede atribuir la responsabilidad del proceso al conjunto de los judíos de Jerusalén, a pesar de los gritos de una muchedumbre manipulada (Cf. Mc 15, 11) y de las acusaciones colectivas contenidas en las exhortaciones a la conversión después de Pentecostés (cf. Hch 2, 23. 36; 3, 13-14; 4, 10; 5, 30; 7, 52; 10, 39; 13, 27-28; 1 Ts 2, 14-15). El mismo Jesús perdonando en la Cruz (cf. Lc 23, 34) y Pedro siguiendo su ejemplo apelan a "la ignorancia" (Hch 3, 17) de los judíos de Jerusalén e incluso de sus jefes. Menos todavía se podría ampliar esta responsabilidad a los restantes judíos en el tiempo y en el espacio, apoyándose en el grito del pueblo: "¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!" (Mt 27, 25), que equivale a una fórmula de ratificación (cf. Hch 5, 28; 18, 6):

Tanto es así que la Iglesia ha declarado en el Concilio Vaticano II: «Lo que se perpetró en su pasión no puede ser imputado indistintamente a todos los judíos que vivían entonces ni a los judíos de hoy [...] No se ha de señalar a los judíos como reprobados por Dios y malditos como si tal cosa se dedujera de la sagrada Escritura» (NA 4).

Todos los pecadores fueron los autores de la Pasión de Cristo

598 La Iglesia, en el magisterio de su fe y en el testimonio de sus santos, no ha olvidado jamás que "los pecadores mismos fueron los autores y como los instrumentos de todas las penas que soportó el divino Redentor" (Catecismo Romano del Concilio de Trento, 1, 5, 11; cf. Hb 12, 3). Teniendo en cuenta que nuestros pecados alcanzan a Cristo mismo (cf. Mt 25, 45; Hch 9, 4-5), la Iglesia no duda en imputar a los cristianos la responsabilidad más grave en el suplicio de Jesús, responsabilidad con la que ellos con demasiada frecuencia, han abrumado únicamente a los judíos:

«Debemos considerar como culpables de esta horrible falta a los que continúan recayendo en sus pecados. Ya que son nuestras malas acciones las que han hecho sufrir a Nuestro Señor Jesucristo el suplicio de la cruz, sin ninguna duda los que se sumergen en los desórdenes y en el mal "crucifican por su parte de nuevo al Hijo de Dios y le exponen a pública infamia" (Hb 6, 6). Y es necesario reconocer que nuestro crimen en este caso es mayor que el de los judíos. Porque según el testimonio del apóstol, "de haberlo conocido ellos no habrían crucificado jamás al Señor de la Gloria" (1 Co 2, 8). Nosotros, en cambio, hacemos profesión de conocerle. Y cuando renegamos de Él con nuestras acciones, ponemos de algún modo sobre Él nuestras manos criminales» (Catecismo Romano del Concilio de Trento, 1, 5, 11).

«Y los demonios no son los que le han crucificado; eres tú quien con ellos lo has crucificado y lo sigues crucificando todavía, deleitándote en los vicios y en los pecados» (S. Francisco de Asís, Admonitio, 5, 3).