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Las monjas de Lerma explican lo que es su comunidad Iesu communio en el siguiente texto firmado por ellas mismas:

UN ÚNICO PROYECTO: SECUNDAR EL QUERER DE DIOS

Hermanas Iesu communio de La Aguilera-Lerma

[La Razón 24.12.2010]

Suplicando la luz del Espíritu Santo, queremos releer con vosotros, en este momento de nuestro peregrinar, lo que el Señor ha venido haciendo en esta comunidad, como don de Dios que se nos está concediendo vivir. Hoy resuenan en nosotras, con especial fuerza, las palabras de Jesús: “La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. Vuestra alegría nadie os la podrá quitar” (Jn 16, 21). Nos sentimos pobres criaturas con el único deseo de vivir el don de Dios.

Los comienzos

Ha sido un largo camino el que nos ha traído hasta el día de hoy. Quien sólo haya conocido las últimas noticias podría tener la impresión de que nuestra vida ha cambiado de la noche a la mañana, pero no es ése el caso. Dios ha ido sembrando y trabajando este designio suyo día a día, durante bastantes años, en medio, sin duda, de nuestra fragilidad.

En la comunidad de Lerma, por pura gracia, que no es posible reducir a explicaciones humanas, comenzó a darse un crecimiento de vocaciones, que nos llenaba de asombro también a nosotras mismas. Dentro de una comunidad de Damas Pobres de Santa Clara, de modo sereno y paulatino, algo estaba naciendo. Bebíamos de San Francisco y de Santa Clara, pero también de los Padres de la Iglesia, de los santos, de los maestros y teólogos de la Iglesia y, por supuesto, del Magisterio, muy especialmente el de los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, a quienes amamos entrañablemente. Muchas de nosotras hemos sentido la llamada a la consagración en las Jornadas Mundiales de la Juventud.

Nuestra situación actual no es resultado de la negación de un carisma radiante como el de San Francisco y Santa Clara, en cuyo seno se han generado y seguirán generándose grandes santos. Si, aparte de la Madre del Señor, tuviésemos que afirmar una mujer apasionadamente enamorada de Jesucristo, tenemos grabado en lo más hondo la figura de Santa Clara: hija, mujer, esposa y madre según el corazón de Cristo. Sus cartas han sellado en nosotras la certeza de que la consagración es un camino de plenitud, de bienaventuranza, vivido en “un amor incomparable” (Sta. Clara, Carta III). Esta inquebrantable certeza, con la gracia de Dios, ha sostenido nuestra perseverancia en la vida consagrada. El franciscanismo ha sido la cuna en la que Dios ha querido que surja una nueva forma de vida.

No se trata de una negación, sino de la afirmación y acogida, en obediencia, de un designio de Dios sobre la vida de esta comunidad, que se perfilaba como una vida contemplativa que se hace presencia y testimonio. Siempre han resonado en nosotras las palabras que Juan Pablo II dirigió en Ávila a las religiosas contemplativas: “Consientan vuestros monasterios en abrirse a los que tienen sed. Vuestros monasterios son lugares sagrados y podrán ser también centros de acogida cristiana para aquellas personas, sobre todo jóvenes, que van buscando una vida sencilla y transparente en contraste de la que les ofrece la sociedad de consumo”.

A lo largo del camino, se han alzado voces, no siempre afectuosas ni respetuosas, pero muchas veces también sencillas y desconcertadas, que no comprendían lo que estaba sucediendo. Hemos sentido siempre un vivo dolor al oír que hacíamos mal y hasta traición a la Orden por secundar la llamada a una vida que no observaba estrictamente la Regla de las Clarisas. Incluso algunas voces que decían que no éramos verdaderas Clarisas, eran las mismas que nos pedían a la vez que enviásemos hermanas a sus conventos. Nunca nos ha dejado indiferentes la reiterada petición de que las hermanas de una comunidad, que iba haciéndose tan numerosa, fuesen repartidas por los diversos monasterios de Clarisas. Pero no era posible, en conciencia y ante Dios, acceder a esas demandas, porque las vocaciones que iban surgiendo se sentían llamadas a abrazar precisamente esta forma de vida que acaba de ser aprobada.

Cuando nuestras hermanas de los monasterios de Briviesca y Nofuentes, necesitadas de ayuda por su avanzada edad, nos pidieron con toda sencillez que las acogiéramos entre nosotras, les explicamos lo que estaba aconteciendo en nuestra comunidad; ellas lo aceptaron y su llegada ha sido una bendición para nuestra casa.

Discernimiento y aprobación

Dios, poco a poco, ha ido desvelando su designio sobre nuestra comunidad. Pero este peregrinar, movido únicamente por el deseo de secundar dócilmente su querer, podía ser una mera ilusión sin el discernimiento y la aprobación de la Iglesia. Llevamos grabadas a fuego las palabras de Santa Clara: “Vivid siempre fieles y sujetas a los pies de la Madre Iglesia”.El rápido y continuo crecimiento de la comunidad hizo que el espacio vital de nuestro monasterio de Lerma resultara gravemente insuficiente. Por otro lado, crecía también el número de peregrinos que se acercaban a nuestros locutorios con un único deseo en el corazón: “Queremos ver a Jesús” (Jn 12, 21); y por tanto, necesitábamos con urgencia espacios adecuados. Tras llamar a muchas puertas, sólo apareció un lugar con posibilidades realistas: el convento de San Pedro Regalado de La Aguilera (Burgos), además muy cercano a Lerma. En un primer momento, los hermanos franciscanos, con la firma de dos contratos complementarios, nos cedieron su uso por treinta años a cambio de una contraprestación económica que debería pagarse cuando se pudiera vender el convento de Briviesca. El convento de La Aguilera, aunque ofrecía el necesario espacio, llevaba mucho tiempo casi deshabitado y se hallaba en un estado de grave deterioro, que hizo necesario emprender una obra de saneamiento muy importante. Un bienhechor quiso hacerse cargo de la reconstrucción.

Pero la comunidad seguía creciendo y nos veíamos en la necesidad de realizar ampliaciones que no era prudente acometer con la incertidumbre de si sería posible seguir usando el lugar cuando transcurriera el tiempo de la cesión. Creímos oportuno, por eso, pedir a la Provincia franciscana que nos vendiera el convento de La Aguilera. La Provincia nos comunicó su aceptación y las condiciones poco después; y con la ayuda de bienhechores —muchos de ellos, como la viuda del Evangelio, incluso “nos daban de lo que tenían para vivir”— se formalizó la compra, y poco a poco lo vamos pagando.

Cuando una parte de la comunidad iba a pasar a La Aguilera, solicitamos autorización a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada para poder ser una única Comunidad en dos sedes diferentes y con un único gobierno y una única casa de formación. El Cardenal Rodé, Prefecto de la Congregación, respondió: “Este Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada ha decidido acoger su instancia, en espera de que la Comunidad llegue serenamente a una mayor claridad respecto a lo que se sienten llamadas a realizar. Tal concesión es válida por tres años, con el ruego de enviar anualmente una relación a este Dicasterio”.

Nuestro Arzobispo, padre y pastor de la Diócesis, D. Francisco Gil Hellín, nos aconsejó que pusiésemos por escrito la realidad que se estaba viviendo en nuestra comunidad. Durante casi un año de oración, discernimiento y trabajo, fuimos redactando el texto de unas Constituciones. No era cuestión de idear conforme a un modelo unos Estatutos con más o menos acierto práctico, ni de elaborar un calculado proyecto de futuro. Se trataba de procurar plasmar por escrito los aspectos esenciales de la vida que ya venía viviendo la comunidad desde hacía más de diecisiete años.

Una vez acabada la redacción, se convocó un Capítulo, bajo la presidencia del Sr. Arzobispo, para que la comunidad se pronunciara sobre la oportunidad de poner en manos de la Santa Sede nuestra forma de vida, tal como quedaba expresada en el Proyecto de Constituciones. Se dio lectura del documento a toda la comunidad, con las oportunas explicaciones y dando respuesta a las preguntas que se iban planteando. Teniendo en cuenta la trascendencia del momento, se pidió en primer lugar que se pronunciaran en votación secreta, antes de abandonar la sala capitular, las hermanas que no forman parte del Capítulo, es decir, profesas temporales, novicias y postulantes. Aunque esa votación no tenía valor jurídico, parecía necesario que se expresaran en conciencia sobre el paso que la comunidad estaba decidiendo. A continuación tuvo lugar la votación del Capítulo propiamente dicha y se escrutaron por separado los resultados de las dos votaciones. Ambas asintieron por unanimidad a que los documentos que reflejaban nuestra forma de vivir fueran presentados ante la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada.

El pasado 4 de diciembre, nuestro Sr. Arzobispo nos comunicó con gozo que el Santo Padre Benedicto XVI, oído el parecer favorable de la Congregación, había manifestado su beneplácito para que las Constituciones fueran aprobadas y nuestra comunidad fuera transformada en un nuevo instituto religioso de derecho pontificio con el nombre de “Iesu communio”. El correspondiente Decreto de la Congregación está firmado el día de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.

Las hermanas nos llenamos de alegría, porque la Madre Iglesia había discernido y aprobado nuestra forma de vivir, y confirmaba su nacimiento, con el deseo de que sea acogido y cuidado por la comunidad eclesial sin sombras ni sospechas.

“Iesu communio”

Quienes nos habéis conocido y habéis leído el libro Ven y verás, tendréis muy vivas estas experiencias expresadas por las hermanas, una tras otra: “Queremos hacer presente a Jesús, la victoria del Resucitado, lo que Él ha hecho y está haciendo día tras día con nosotras; nos experimentamos gozosamente como piedrecillas de un mosaico que no se entienden separadamente sino llamadas a hacer presente en comunión una única Vida: Jesús”. La propia misión es ser “comunión de Jesús”, “Iesu communio”, comunión que brota del don de Jesucristo y se hace testimonio de la unidad en la caridad y manifestación de que el Espíritu convoca a los dispares y a los dispersos para que sean un solo corazón y una sola alma.

Como religiosas contemplativas, las hermanas nos sentimos llamadas a ser por entero de Jesucristo, a estar con Él y permanecer en vela para orar sin interrupción por los hijos que nos han sido confiados: “Que ninguno se pierda” (Jn 6, 39). Ser posada del Buen Samaritano, una casa abierta, donde los peregrinos sedientos y heridos puedan encontrarse con Jesucristo Redentor y experimentar que han sido acogidos en la oración y presentados al Padre, esperados como hijos por la Madre Iglesia; lugar de encuentro para avivar en comunión nuestra fe hasta hacer arder el deseo de santidad como plenitud de vida.

A quienes nos habéis acompañado en el camino y a toda la Iglesia os pedimos vuestra oración para vivir la misión que, por voluntad de Dios, la Iglesia nos ha confiado. Hoy más que nunca somos conscientes de nuestra fragilidad, pero avanzamos fiadas en la promesa de que el Espíritu Santo llevará a feliz término lo que ha comenzado en nosotras, porque para Dios nada hay imposible.

Somos hijas de la Iglesia; creemos y esperamos en la comunión de los santos; en ella queremos vivir, madurar y abrazar el don del seguimiento a Cristo hasta el fin, porque ¿a quién vamos a seguir? Sólo Jesucristo tiene promesa de vida eterna, sólo Él nos explica la vida. Según la palabra y experiencia de nuestro Santo Padre Benedicto XVI: “Quien deja entrar a Cristo en la propia vida no pierde nada, nada, absolutamente nada de lo que hace la vida libre, bella y grande”.

Gracias, Jesucristo; gracias, Madre Iglesia.

Hermanas Iesu communio

La Aguilera-Lerma

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Comunicado de la comunidad de Lerma - La Aguilera

Arzobispado de Burgos - Oficina de información, jueves, 9 de diciembre de 2010

Ante las peticiones de información que nos llegan, queremos confirmar que hemos recibido notificación oral de la decisión de Su Santidad Benedicto XVI de aprobar nuestra forma propia de vida y erigir nuestra comunidad como un nuevo instituto religioso femenino de derecho pontificio, denominado "Iesu communio". Estamos a la espera de conocer los documentos pertinentes, por lo que en este momento no nos es posible proporcionar una información más detallada.

Esta decisión se produce después del estudio, por los organismos competentes de la Curia romana, de la documentación presentada a través del Sr. Arzobispo de Burgos, Mons. Francisco Gil Hellín, como respuesta a la petición por la que la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada había animado a la comunidad en 2009 a procurar definir con claridad la forma de vida a la que se sentía llamada por Dios. El Sr. Arzobispo recibió asimismo la comunicación oral de la decisión pontificia, que nos transmitió inmediatamente.

Hasta ahora se ha venido guardando la lógica y necesaria reserva, por tratarse de materia sometida al estudio y decisión de la Santa Sede. La aprobación que ahora se nos comunica contiene la gozosa novedad y la fuerte responsabilidad de confirmarnos en la vida que Dios había suscitado entre nosotras desde hace tiempo. Él es el protagonista de todo y en Él confiamos para que lleve a buen término la vida que ha comenzado.

Una vez difundida la noticia, a la espera del momento de hacer públicos los documentos oficiales, queremos expresar nuestra alegría y nuestra acción de gracias a Dios, a la Iglesia por su cuidado maternal, a nuestro querido Santo Padre y a nuestro Sr. Arzobispo.

¡Somos gracias a Cristo y a la Iglesia!

Comunidad de hermanas Lerma-La Aguilera

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Aspectos principales de la aprobación de «Iesu Communio»

La Razón

En la audiencia concedida el pasado 4 de diciembre de 2010 al Cardenal Franc Rodé, Su Santidad el Papa Benedicto XVI, tras oír el parecer favorable del Dicasterio, dio su beneplácito a la resolución propuesta por el Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada. En consecuencia, dicha Congregación emite el Decreto fechado el 8 de diciembre de 2010, Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, que contiene las siguientes disposiciones principales:

1. El monasterio autónomo de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo, de Lerma, se transforma en un nuevo instituto religioso de derecho pontificio, denominado “Iesu communio”.

2. En el mismo acto se aprueban y confirman las Constituciones del nuevo instituto ad experimentum por cinco años, conforme a la praxis habitual. Durante este tiempo debe experimentarse si las normas e instrumentos previstos en la redacción aprobada resultan suficientes para ordenar la vida y misión del instituto o es preciso revisarlas o completarlas en algún aspecto antes de su aprobación definitiva.

En ejecución de dicha decisión:

—Se declara extinguido a todos los efectos canónicos el monasterio autónomo y, conforme a lo previsto para ese caso por las Constituciones Generales de la Orden de las Hermanas Pobres de Santa Clara, la Santa Sede dispone que su patrimonio, activo y pasivo, pase al nuevo instituto religioso.

—Por gracia de la Sede Apostólica, las hermanas que han hecho su profesión solemne o temporal en el monasterio extinguido, conservan en el nuevo instituto la condición respectiva de profesas solemnes o temporales, con los derechos y deberes establecidos por el derecho universal y las Constituciones del instituto religioso “Iesu communio”. Se procede análogamente, respecto a las hermanas que aún no habían profesado en la fecha del Decreto, con los tiempos de postulantado y noviciado transcurridos.

—A las hermanas que por ancianidad, salud u otros motivos fundados así lo pidan, se les concede por indulto especial de la Santa Sede la facultad de continuar como monjas clarisas, sin la obligación de pasar al nuevo instituto o a otro monasterio; y de permanecer unidas a la comunidad con derecho de voz activa en el Capítulo y con los deberes adecuados a su edad y salud.

—La Madre Verónica María Berzosa es reconocida como Fundadora y confirmada como Superiora general del nuevo instituto. Se confirma asimismo en sus cargos a la Vicaria y a las demás hermanas que forman el Consejo.

—Finalmente, se encomienda al Arzobispo de Burgos el especial cuidado y vigilancia de la vida del nuevo instituto, sin perjuicio de la autonomía de vida y gobierno propia de un instituto religioso, por un periodo de cinco años, durante los cuales se le pide que informe anualmente a la Congregación de su desarrollo.

El Decreto concluye expresando el deseo de que, “fieles a la vocación recibida y dóciles a la acción del Espíritu, los miembros del instituto ‘Iesu communio’ sean, en la Iglesia y para el mundo, signo vivo del amor de Dios, manifestado en Jesucristo, crucificado y resucitado”.

Con entrañas de Eucaristía. Historia y consagración de las monjas de Iesu communio

JUAN JOSÉ AYÁN CALVO Facultad de Teología San Dámaso (Madrid)

L'OSSERVATORE ROMANO edición en lengua española - número 8, domingo, 20 de febrero de 2011, Página 10

Hace algo más de trece años [1997], la hija de una familia amiga decidió ingresar en el Monasterio de la Ascensión de las Damas Pobres de Santa Clara, en la villa burgalesa de Lerma (España). ¿Por qué la vida contemplativa en un monasterio a más de 600 kilómetros de su hogar? ¿Por qué en Lerma y no en cualquier otro lugar? A algunos les pareció un capricho «intolerable», hasta que la acompañaron al monasterio el día de su ingreso. Incluso los más reticentes hubieron de confesar entonces que comprendían la firmeza manifestada por aquella joven en su elección de un monasterio tan concreto y tan lejano. Vieron en el locutorio una comunidad de veinticinco religiosas profesas; siete evidenciaban un relevo generacional. Allí sor Verónica, que en 1984 había ingresado en el monasterio con dieciocho años y había sido elegida diez años después [1994] maestra de novicias -cuando no había ninguna novicia ni postulante-, tenía ahora bajo su responsabilidad a siete novicias y once postulantes [1997]. Un grupo de jóvenes que irradiaban el gozo de ser de Jesucristo y de vivir en la Iglesia. Sin complejos y con libertad dialogaban con quienes habíamos viajado para acompañar a la nueva postulante. Fue una interpelación continua para todos.

Más adelante pude visitarlas con monseñor Eugenio Romero Pose, obispo auxiliar de Madrid ya fallecido. Se nos invitó a introducirlas en el fecundo pensamiento de los Padres de la Iglesia; había una especial sensibilidad con los más próximos a la época apostólica. Desde esta cercanía que mantuvo don Eugenio hasta su muerte -y que he podido continuar hasta ahora-, constatábamos que las vocaciones afluían cada vez más. Y se oía siempre la pregunta: «¿Por qué desean ingresar allí y no en otros monasterios?». Difícil responder a los prisioneros de metodologías y planificaciones. Simplemente bastaba decir: «Ven y verás». Allí las jóvenes percibían una diferencia, una experiencia espiritual que deseaban. Quizás estaba naciendo algo, sin que esta novedad se deba interpretar como minusvaloración de otras formas de vida religiosa.

Con la llegada de cada vocación aparecían también grupos de personas de toda edad y condición. Cada cual se sentía a su vez interpelado y conmovido por la experiencia que transmitían aquellas consagradas. Las palabras que Juan Pablo II había dirigido en 1982 en Ávila a las contemplativas parecían adquirir una particular viveza y confirmación: «Consientan vuestros monasterios en abrirse a los que tienen sed. Vuestros monasterios son lugares sagrados y podrán ser también centros de acogida cristiana para aquellas personas, sobre todo jóvenes, que van buscando una vida sencilla y transparente en contraste de la que les ofrece la sociedad de consumo». En esos encuentros en los locutorios, donde era fácil percibir un amor vibrante y contagioso a Jesucristo y a su Iglesia, hay quienes se han vuelto a acercar a la fe, o la han reavivado, o han rehecho su vida; otros se han visto reconfortados y alentados en su caminar; han sido ocasión incluso de que algunos jóvenes hayan sentido el despertar de la vocación al sacerdocio y a la vida religiosa. Tampoco han faltado las voces -a veces sin el respeto que exige incluso la discrepancia- de quienes no comprendían o no aprobaban una realidad que les parecía inauténtica o contraria en su -opinión- a las formas de la vida contemplativa.

El monasterio de la Ascensión en Lerma se hizo pequeño para la constante afluencia de jóvenes que se sentían llamadas a la forma de vida religiosa de aquel monasterio. Además, las clarisas del monasterio de Briviesca (Burgos) habían pedido ser recibidas en Lerma. Poco a poco llegaron a ser más de cien religiosas. Era necesario buscar una expansión del monasterio, no sólo para la vida religiosa, sino para la acogida de los peregrinos. Cosa factible en el monasterio de San Pedro Regalado -cercano a Lerma-, que los franciscanos accedieron a vender. Acontecimientos que se sucedían bajo el cuidado atento y asombro continuo de la madre abadesa, sor Blanca María, que había ingresado en el monasterio en 1962 a los veinte años de edad. En marzo de 2009 debía cesar en su cargo; la comunidad eligió abadesa a sor Verónica, hasta el momento maestra de novicias. Cuando concluyeron las obras del viejo monasterio de La Aguilera, se pidió permiso al cardenal Franc Rodé -entonces prefecto de la Congregación para los institutos de vida consagrada-, para constituir una única comunidad en dos sedes diferentes (Lerma y La Aguilera) con un único gobierno. En junio de 2009 la petición fue aprobada por tres años a la espera de que la comunidad, con serenidad, estableciera con claridad qué se sentía llamada a realizar. Al trasladarse a la nueva sede eran ciento veintisiete hermanas; pronto pidieron sumarse la mayoría de las hermanas del monasterio de Nofuentes. Y seguían acudiendo jóvenes solicitando ingresar. El nuevo monasterio pronto resultó también insuficiente; la mayoría eran jóvenes religiosas en formación y se hacía necesario habilitar nuevos espacios para seguir acogiendo vocaciones.

El arzobispo de Burgos, monseñor Francisco Gil Hellín, que seguía de cerca y con celo de pastor el devenir de la comunidad, les aconsejó el asesoriamento de un especialista para explicitar canónicamente aquello que la Congregación para los institutos de vida consagrada les había solicitado: exponer con claridad lo que se sentían llamadas a realizar. Bajo la atenta mirada del arzobispo de Burgos y con la ayuda del doctor don Jorge Miras, las hermanas, tras mucha oración y discernimiento, redactaron un documento en el que procuraron plasmar la experiencia que la comunidad había venido viviendo durante diecisiete años. Bajo la presidencia de monseñor Gil Hellín, la comunidad aprobó -en votación secreta y por unanimidad- que el documento fuese presentado al dicasterio de la Curia romana.

El 4 de diciembre de 2010, Benedicto XVI, tras el parecer favorable de la Congregación vaticana, dio su beneplácito a la resolución propuesta por el cardenal prefecto, quien, en decreto fechado a los cuatro días, dispuso, entre otras cosas, que el monasterio autónomo de la Ascensión de Lerma se transformara en un nuevo instituto religioso de Derecho pontificio denominado «Iesu communio». La Congregación, a la vez que aprobaba sus Constituciones ad experimentum por cinco años, reconoció a sor Verónica Berzosa como fundadora, la confirmó como superiora general del nuevo instituto y encomendó al arzobispo el especial cuidado de la nueva comunidad, sin perjuicio de la autonomía de vida y gobierno propia de un instituto religioso.

Las hermanas de «Iesu communio» no han pretendido minusvalorar el carisma de santa Clara, mujer en la que saben reconocer y admirar su amor apasionado por Cristo y por la Iglesia y el brío de su consagración y entrega a Dios; tampoco han estado guiadas por la percepción de que sea un carisma agostado, pues son conscientes de los frutos de santidad que ha producido y que, sin duda, está llamado a seguir produciendo. Pero, reconociendo la herencia de san Francisco y santa Clara, han querido ser fieles a lo que Dios ha ido suscitando entre ellas, al paso de una meditación intensa de la Palabra de Dios -leída en el seno de la Iglesia-, de las enseñanzas de Juan Pablo II y Benedicto XVI, de un conocimiento cálido y vivencial de las grandes intuiciones y logros de la tradición patrística más próxima a la época apostólica y de un acercamiento a algunos de los grandes maestros de la teología contemporánea. Se han sometido en total transparencia al discernimiento de la Iglesia, y esta las ha animado vivamente a continuar el camino.

Urgidas por el grito de Cristo en la Cruz («Tengo sed») y su ardiente plegaria de que todos sean uno, se consagran a Dios en una existencia contemplativa y comunitaria para que el Espíritu las recree a imagen y semejanza de la humanidad de Cristo y las convierta en presencia orante, eclesial, que testimonie el gozo de la vida en Cristo, como el don incomparable mediante el cual Dios quiere enriquecer y colmar de bien a la criatura. No se entienden a sí mismas sin la maternidad de la Iglesia, en la que -por el don del Espíritu- se acercan a Jesucristo, aprenden a vivir en obediencia al designio de Dios y sienten la llamada a ser presencia de Cristo en el gozo de la unidad y de la comunión. Por ello quieren que, en sus casas, donde se observa una clausura constitucional, no papal, la iglesia y los locutorios sean espacios donde se custodie la presencia del Dios vivo, se celebre la fiesta de la salvación, se comparta la fe en Jesucristo, se acoja a los peregrinos que deseen celebrar la fe y se espere siempre al hijo que regresa agotado, desolado, decepcionado, arrepentido o desorientado. Quieren que sus casas tengan entrañas de Eucaristía, que en ellas se viva del misterio del Pan partido y de la Sangre derramada por la vida del mundo.

El 12 de febrero [2011], las más de ciento ochenta hermanas de «Iesu communio» entonaron el Te Deum al concluir la Misa de acción de gracias que, con motivo de su aprobación, presidió el arzobispo de Burgos, acompañado del cardenal arzobispo de Madrid, del nuncio en España, del arzobispo de Pamplona y del obispo electo de Ciudad Rodrigo [monseñor Berzosa, hermano de sor Verónica]. Cientos de sacerdotes y miles de fieles quisieron estar junto a las hermanas y sin duda no dejarán de hacerlo; para que el Espíritu las guíe y las ilumine en este camino recién iniciado, fruto sin embargo de una larga y paciente andadura. Pues sólo han pedido: «Rezad por nosotras y no dejéis de mirar a Cristo».

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