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La conversión de García Morente

Manuel García Morente, uno de los grandes intelectuales españoles de los años treinta del siglo XX, no era creyente. Había perdido la fe durante sus años de Bachillerato en Francia, a donde le había enviado a cursarlo su padre, que era liberal. García Morente hizo en Francia la carrera de Filosofía. Posteriormente amplió sus estudios en Alemania. En España, fue miembro de la Institución Libre de Enseñanza y consiguió muy joven la cátedra de Ética en la facultad de Filosofía y Letras de Madrid. Se había formado en la falsa filosofía de Kant de la que empezó a liberarse a través de Bergson, incluso de Ortega y de Heidegger y, sobre todo de Max Scheler. Pero él seguía siendo no creyente, aunque se casó con una católica muy piadosa y sus dos hijas también lo fueron. Una de ellas, llegó a ser monja y la otra se casó con un miembro de la Adoración Nocturna. Morente le apreció entrañablemente, como quería a su esposa y a sus hijas, pero cuando los domingos ellas salían para ir a misa, él se quedaba en casa.

Él mismo, tras su conversión, describió así esta etapa de su vida:

«la fe perdida, la soberbia de un pensamiento autónomo construyendo sistemas del universo sin Dios o, lo que es lo mismo, con un Dios que de Dios sólo tiene el nombre. Luego, más triunfos todavía. A los veinticinco años, catedrático de la Universidad de Madrid. ¡El catedrático más joven de España! Y vertiendo pedantescamente en la cátedra, con suavidad escéptica, toda suerte de falsedades, errores».

No quiso militar entre los republicanos, aunque era amigo de Ortega y de todos aquellos intelectuales que trajeron la república y la tuvieron que sufrir, como Morente y como todos, atrozmente.

Y de pronto, en la noche del 29 al 30 de abril de 1937, se produjo su conversión:

He aquí que un día, después de llorar mucho, en la soledad de mi cuarto, sentí un profundo consuelo que descendía sobre mí, una paz como intemporal y eterna envolvía mi alma y una especie de voz interior, muy suave   y cariñosa, me invitaba a confiar en la bondad infinita de Dios. Recordé entonces, una por una, las oraciones de mi infancia que, sin darme cuenta,empezaron a fluir de mis labios. Acudió a mi mente la imagen bendita de Nuestro Señor Jesucristo, llamándome como llamaba y llama siempre a todos los que sufren y lloran para darles el consuelo inefable de su divina palabra y de su amor inextinguible"

El rapidísimo proceso de su conversión fue seguido inmediatamente por lo que Manuel García Morente denominó "el hecho extraordinario", del que él mismo dejó una extensa referencia escrita cuyo momento central es el que sigue.

El hecho extraordinario

Refiere García Morente:

«Volví la cara hacia el interior de la habitación y me quedé petrificado. Allí estaba Él. Yo no lo veía, yo no lo oía, yo no lo tocaba. Pero Él estaba allí. En la habitación no había más luz que la de una lámpara eléctrica de esas diminutas, de una o dos bujías, en un rincón. Yo no veía nada, no oía nada, no tocaba nada. No tenía la menor sensación. Pero Él estaba allí. Yo permanecía inmóvil, agarrotado por la emoción. Y le percibía; percibía su presencia con la misma claridad con que percibo el papel en que estoy escribiendo y las letras –negro sobre blanco– que estoy trazando. Pero no tenía ninguna sensación ni en la vista, ni en el oído, ni en el tacto, ni en el olfato, ni en el gusto. Sin embargo, le percibía allí presente, con entera claridad. Y no podía caberme la menor duda de que era Él, puesto que le percibía, aunque sin sensaciones. ¿Cómo es esto posible? Yo no lo sé. Pero sé que Él estaba allí presente y que yo, sin ver, ni oír, ni oler, ni gustar ni tocar nada, lo percibía con absoluta e indubitable evidencia. Si se me demuestra que no era Él o que yo deliraba, podré no tener nada que contestar a la demostración, pero tan pronto como en mi memoria se actualice el recuerdo, resurgirá en mí la convicción inquebrantable de que era Él, porque lo he percibido.

»No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil y como hipnotizado ante su presencia. Sí sé que no me atreví a moverme y que hubiera deseado que todo aquello –Él allí– durara eternamente, porque su presencia me inundaba de tal y tan íntimo gozo, que nada es comparable al deleite sobrehumano que yo sentía. Era como una suspensión de todo lo que en el cuerpo pesa y gravita, una sutileza tan delicada de toda mi materia, que dijérase no tenía corporeidad, como si yo todo hubiese sido transformado en un suspiro o céfiro o hálito. Era una caricia infinitamente suave, impalpable, incorpórea, que emanaba de Él y que me envolvía y me sustentaba en vilo, como la madre que tiene en sus brazos al niño. Pero sin ninguna sensación concreta de tacto.

»¿Cómo terminó la estancia de Él allí? Tampoco lo sé. Terminó. En un instante desapareció. Una milésima de segundo antes estaba Él aún allí y yo lo percibía y me sentía inundado de ese gozo sobrehumano que he dicho. Una milésima de segundo después ya Él no estaba allí, ya no había nadie en la habitación, ya estaba yo pesadamente gravitando sobre el suelo y sentía mis miembros y mi cuerpo sosteniéndose por el esfuerzo natural de los músculos».

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Dice Forment:

Su conversión, Morente la califica de sobrenatural, de milagrosa:

«es cosa muy íntima y sentimental, es, por decirlo así, milagrosa», «no he llegado a ese cambio por nuevas ideas; es cosa del corazón, obra directa de Dios en el alma». (M. de IRIARTE, El profesor García Morente, sacerdote, p. 12.) .

El mismo García Morente, en el extenso relato en que la narra, escrito en septiembre de 1940 para su director espiritual del seminario, José María García de Lahiguera, no la atribuye a ninguna crisis filosófica.

Explica en el documento el asesinato de su yerno en agosto de 1936 por pertenecer a la Adoración Nocturna, su huida de Madrid, al ser destituido del decanato y peligrar su vida por haber sido en 1930 subsecretario del Ministerio de Instrucción Pública durante el gobierno del general Berenguer, la soledad y la pobreza de su estancia en París, el sufrimiento angustioso por sus hijas y nietos, que habían quedado en Madrid, con quienes se sentía muy unido desde el fallecimiento de su esposa en 1923, y la desesperación por el fracaso de todas sus gestiones para que su familia se reuniera con él. Estos serían los «antecedentes -dice García Morente- que acaso puedan contribuir a hacer plausible una explicación natural del hecho, que a mí me parece sobrenatural».