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Cielo e infierno

El hombre no queda satisfecho al final con nada de lo que busca porque le apetece. Esto es así, porque el hombre es muy superior a todo lo que existe en el universo que tiene al alcance de sus sentidos. Esto lo lleva el hombre en su naturaleza de la que no es el autor. San Agustín expresó así la causa de fondo: «Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones 1,1,1).

Mientras estamos en esta vida, nos atraen todos los bienes materiales, muchos de los cuales los necesitamos; muchos otros, no. Dios no nos es evidente, aunque podemos deducir su existencia de la de las cosas materiales que sí nos son evidentes. Y además podemos tener fe en Dios y de ahí la esperanza de que Él nos dará la felicidad plena en la otra vida.

Pero metidos en la opacidad de nuestro cuerpo actual, no tenemos la evidencia de que Dios será nuestra felicidad. No sentimos su necesidad. Nuestros sentidos materiales, sólo nos presentan como apetecibles una u otra de las cosas que nos salen al paso o que nos presenta así nuestra imaginación ligada a los sentidos.

Tras la muerte, sin embargo, nuestra alma, separada del cuerpo material, tiene de pronto la evidencia de que Dios es nuestro bien, lo percibe de forma patente con una intensidad y una apetencia extrema, ineludible y urgentísima. Esta percepción y esta necesidad tan urgente que nos quema la tienen también los que rechazaban a Dios y mueren así. La diferencia enorme es que mientras unos reciben ya la participación en la vida divina o emprenden antes el camino de purificarse en el Purgatorio por no amar a Dios sobre todas las cosas, otros se ven fuera de toda posibilidad de tener su bien que es Dios, cuando en ese momento sienten que es Dios lo que necesitan y lo constatan con un ansia que les quema y les desespera al máximo y para siempre.

Por eso es urgente que nos convirtamos ahora que estamos a tiempo. Convertirse es centrarse en Dios. Esto siempre nos es posible porque Dios desea con ansia que no nos perdamos nuestro bien que es Él mismo. Nos hace continuos llamamientos a la conversión. El papa actual, en lo poco que lleva, ha insistido un montón de veces en dos cosas: en que todos somos pecadores y necesitamos convertirnos a cada paso y en que Dios nos perdona siempre, siempre, siempre; todas las veces que vayamos a pedirle perdón y por muy gordo que sea lo que nos tiene que perdonar.

Está claro que no nos gusta sufrir, privándonos de lo que nos apetece en cada momento; y haciendo lo que no nos apetece, como irnos a confesar. Jesucristo nos dio el ejemplo de aceptar voluntariamente el máximo sufrimiento por nosotros. Obedeciendo a Dios Padre que por su misericordia lo envió a salvarnos a costa de ese sufrimiento máximo. La misericordia que nos han demostrado así el Padre y el Hijo nos la concretan no sólo con el perdón, sino dándonos al Espíritu Santo para que nuestras obras tengan valor para el cielo.

Sí; hay que sufrir. Esta es la verdad de la vida que se aprende cuando se es mayorcito para haberlo aprendido, con muchos o pocos años. La elección no es en esta vida entre sufrir y no sufrir. Esto último no existe. Dios sí existe. Se trata de que aceptemos ya el bien que Él nos quiere dar en la vida futura. Que lo aceptemos ahora que estamos a tiempo. La elección es entre querer ahora la voluntad de Dios, con los sufrimientos que ahora nos cueste, para tener la felicidad total de Dios en la vida futura, o bien buscar ahora otras cosas, ir quedando insatisfechos y sufrir ahora bastante, que siempre es demasiado, y del todo en la vida futura. Además, cuando no se hace la voluntad de Dios, incluso el bien que se disfruta no hace feliz; y en cambio lo que se sufre haciendo la voluntad de Dios en esta vida no impide ser feliz ya. Sobre todo lo que se hace por los demás, cosa que han podido comprobar los que han sido generosos.

 

San Agustín dice bien estas cosas:

"Tarde te amé, Dios mío, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Tú estabas dentro de mi alma, y yo distraído fuera, y allí mismo te buscaba; y perdiendo la hermosura de mi alma, me dejaba llevar de estas hermosas creaturas exteriores que Tú has creado. De donde infiero, que Tú estabas conmigo, y yo no estaba contigo; y me alejaban y tenían muy apartado de Ti aquellas mismas cosas que no tendrían ser, si no estuvieran en Ti. Pero Tú me llamaste y diste tales voces a mi alma, que cedió a tus voces mi sordera. Brilló tanto tu luz, fue tan grande tu resplandor, que ahuyentó mi ceguera. Hiciste que llegase hasta mí tu fragancia, y tomando aliento respiré con ella, y suspiro y anhelo ya por Ti. Me diste a gustar tu dulzura, y ha excitado en mi alma un hambre y sed muy viva. En fin, Señor, me tocaste y me encendí en deseos de abrazarte." (Conf. 10, 27, 38).

"Pero, ¿qué es lo que yo amo cuando os amo? No es hermosura corpórea, ni bondad transitoria, ni luz material agradable a estos ojos; no suaves melodías de cualesquiera canciones; no la gustosa fragancia de las flores, ungüentos o aromas; no la dulzura del maná, o la miel, ni finalmente deleite alguno que pertenezca al tacto o a otros sentidos del cuerpo.

Nada de eso es lo que amo, cuando amo a mi Dios; y no obstante eso, amo una cierta luz, una cierta armonía, una cierta fragancia, un cierto manjar y un cierto deleite cuando amo a mi Dios, que es luz, melodía, fragancia, alimento y deleite de mi alma. Resplandece entonces en mi alma una luz que no ocupa lugar; se percibe un sonido que no lo arrebata el tiempo; se siente una fragancia que no la esparce el aire, se recibe gusto de un manjar que no se consume comiéndose; y se posee tan estrechamente un bien tan delicioso, que por más que se goce y se sacie el deseo, nunca puede dejarse por fastidio. Pues todo esto es lo que amo, cuando amo a mi Dios.

Pero, ¿qué viene a ser esto? Yo pregunté a la tierra, y respondió: No soy eso; y cuantas cosas se contienen en la tierra me respondieron lo mismo. Pregunté al mar y a los abismos, y a todos los animales que viven en las aguas, y respondieron: No somos tu Dios, búscale más arriba de nosotros. Pregunté al aire que respiramos y respondió todo él con los que le habitan: Anaxímenes se engaña porque no soy tu Dios. Pregunté al cielo, al sol, la luna y las estrellas, y me dijeron: Tampoco somos nosotros ese Dios que buscas. Entonces dije a todas las cosas que por todas partes rodean mis sentidos: Ya que todas vosotras me habéis dicho que no sois mi Dios, decidme por lo menos algo de Él. Y con una gran voz clamaron todas: Él es el que nos ha hecho.

Estas preguntas que digo haber hecho a todas las criaturas, era sólo mirarlas yo atentamente y contemplarlas, y las respuestas que digo me daban ellas, era sólo presentárseme todas con la hermosura y orden que tienen en sí mismas." (Conf. 10, 6).

"Dos amores hicieron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, hizo la ciudad del mundo; el amor de Dios, hasta el desprecio de sí mismo, hizo la Ciudad de Dios". (Ciudad de Dios, libro XIV, cap. XXVIII).