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Carta abierta a Indalecio Prieto:

Manila, 23 de marzo de 1938

“Quizá es ya tarde para lo que voy a decirle... Ojalá sea así. Por primera vez me alegraría en el alma haber trabajado en vano. Ello significaría que la guerra en España ha terminado... Fui amigo de usted. Periodista como usted. Elegido diputado como usted. Como usted, me esforcé en transformar en 1931 el régimen político de España... He compartido con usted angustias y responsabilidades... Me siento fracasado y desengañado como usted. Como usted tengo llenas las manos de cosas rotas. Hemos andado, usted maduro e influyente, yo joven y entusiasta, muchos caminos comunes. La revolución nos separó. En la medida de mis fuerzas, me opuse a ella desde el primer momento porque era un crimen y porque sentía la justificación de la reacción española ante el caos que siguió a las elecciones de febrero. Usted se calló. Yo me negué a ser cómplice del pillaje y de la sangre. Usted se calló. Yo acusé directamente a los ejecutores y a las masas que los seguían y que crucificaban a la España “roja”. Usted se calló. Con más personalidad, con más influencia, con más años, con más responsabilidades, con más información que yo, usted se calló... Esperaba usted su hora, Indalecio Prieto. Yo no esperaba nada. Su ambición le hizo callar. En el fondo de su espíritu turbulento y frío, al mismo tiempo lleno de ambiciones y de afanes de revancha, cerró los ojos ante la sangre y esperó. Su hora llegó a sonar. Fue después de los Comités, de los cementerios clandestinos, de los criminales convertidos en ministros de Justicia y mariscales, de los imbéciles furibundos en la Presidencia del Consejo... Usted creyó en Mayo de 1937, durante la sublevación anarquista en Barcelona, que su hora había llegado... Con Negrín de pantalla moscovita... Pero llegó usted tarde... Organizó una Policía suya... Deshizo a sus adversarios personales... Movilizó muchachos para la muerte... Pero usted no vio o no quiso ver que su hora estaba encharcada en la sangre de cientos de miles de españoles. Su hora nació muerta, ahogada bajo el peso de los cadáveres asesinados por las hordas que usted soñó dominar... Ahora es usted el responsable de este martirio inaudito de España... Todos sabéis que la suerte está echada... No prolongue más la guerra, Indalecio Prieto... Ríndase o márchese... Mucha sangre se ha vertido por su culpa, mucha. Ahorre sangre nueva en esa Cataluña querida que le maldecirá a usted... Será más digno rendirse ahora que huir mañana en una avión militar. Usted sabe que no se puede luchar contra las fuerzas de las cosas. Y sabe otra cosa. Sabe que en la hipótesis absurda de que usted sea capaz de ganar la guerra, España en vuestras manos volverá al caos del que se afana dramáticamente en salir. ¡Usted y yo conocemos muy bien a todos esos hombres de la República, de la Generalidad y de las Organizaciones Obreras! ¿No se acuerda de lo que me decía una mañana de marzo del 36 en el despacho de su casa mientras en la calle de la Montera ardía la iglesia de San Luis?:

Azaña está deshecho, ha perdido la cabeza...reconoce que no es capaz de gobernar esto y aspira a ocupar el cargo que él cree más tranquilo, de Presidente de la República, aunque haya que echar a Alcalá Zamora. Largo Caballero es un insensato que se cree seriamente el Lenin español, como lo llaman por aquí. Los comunistas no valen nada y a los anarquistas hay que barrerlos porque están dando la razón al fascismo. Pero no veo el hombre capaz de hacerlo. Son una fuerza. Veo esto muy mal, muy mal. Yo mismo no puedo nada. Mis propios correligionarios me echan a tiros de los mítines”...

Ordene la retirada de los frentes y márchese, por España, ¡España!, ¿Sabe usted? Si no, como a todos, podrán decirle con razón que no ha sido usted más que un criminal.

                                                     José María Massip

José María Massip, autor de la carta a Prieto desde Manila, fue un periodista español que describió, en 1945, la matanza de españoles llevada a cabo por los japoneses en Filipinas (también lo hizo Antonio Pérez de Olaguer, quien escribió el libro, "El terror amarillo en Filipinas").